Capítulo 21
B eckham había dejado que Reyna se quedara con la ropa.
Por un momento pensó que sus camisetas anchas, jeans y Converse desaparecerían del armario al día siguiente, pero seguían allí, perfectamente dobladas. De hecho, habían sido lavadas y devueltas a su lugar.
Desde que Beckham la recogió, no había vuelto a salir a la ciudad. Podía hacerlo, pero esperaba a que él la llevara. En secreto, la idea la emocionaba. Si él quería llevarla a conocer otro rincón de la ciudad que pudiera fotografiar, seguro valdría la pena.
Además, pasar tiempo con Beckham, sin interrupciones, lejos del trabajo, de sus colegas, y de Penelope, sonaba bastante tentador.
Mientras esperaba, se pasaba horas revisando las imágenes que había tomado con Everett.
Subió algunas fotos de las peleas clandestinas a su página web y se preguntó si alguien las estaría mirando.
En particular, le encantaba un primer plano que había conseguido del luchador más bajito: su rostro era nítido y tenía una sonrisa desafiante.
Era una instantánea perfecta, con su lado humano prevaleciendo a pesar de las circunstancias.
El mundo en el que vivían ya era suficientemente terrible, así que valía la pena mostrar que aún quedaba algo de esperanza ahí fuera.
No es que Reyna fuera el mejor ejemplo de ello. Visage no era esperanza, sino un curita intentando cubrir heridas profundas que nadie se atrevía a mirar.
El sonido del ascensor la sacó de su melancolía. Cerró de golpe todo lo que tenía abierto en su laptop. Las imágenes de las peleas desaparecieron, seguidas de las misteriosas fotos del banco de sangre. Había guardado esas últimas en un archivo bloqueado, no quería que terminaran en internet.
Beckham entró sin tocar la puerta y ella cerró la computadora de inmediato.
Era tarde, por lo que no esperaba que viniera.
Apenas traía puestos unos shorts de seda y una camiseta de tirantes.
Había usado vestidos diminutos frente a él sin problema, pero en ropa de dormir se sentía mucho más expuesta.
—¿Pusiste las fotos en otro sitio aparte de la web que te creé? —preguntó sin saludar, yendo directo al grano.
—No —respondió, acomodándose en la cama.
—¿Dónde están?
—Están almacenadas en la laptop y subidas en línea. ¿Por qué? Dijiste que estaba bien.
—Lo está, solo no las enseñes a nadie. Jamás.
Reyna suspiró.
—Eh… pero salí con Everett a tomar fotos. Estuvo conmigo en las peleas y también fuimos a un refugio.
—¿Le dijiste que el sitio era tuyo? —Su tono fue tan cortante que Reyna dio un respingo. Beckham no quería que nadie supiera de su autoría, pero Everett lo había deducido. Ella jamás se lo habría dicho por cuenta propia.
—Lo adivinó.
Beckham frunció el ceño y entró en su cuarto con los puños apretados. Parecía a punto de golpear una pared… o a una persona. Sin embargo, Reyna no entendía por qué estaba tan molesto. No lo había divulgado, Everett lo había descubierto solo, y no era algo de vida o muerte.
—Tendré que investigarlo. No puedo permitir que esto te salpique —espetó con voz dura.
—Ya me lo dijiste antes, pero no creo que Everett diga nada. ¿A quién se lo diría?
—No puedo arriesgarme.
—¿Por qué estás tan enojado? ¿Qué sucedió?
—Reyna bajó de la cama y lo detuvo en su ir y venir.
Empezaba a asustarla. ¿Había pasado algo?
¿Tenía que ver con esa supuesta rebelión de la que Everett le había hablado?
No quería causarle problemas a Beckham, aunque en el fondo se alegraba de que sus imágenes estuvieran teniendo impacto.
—Nada, no pasó nada. Quiero asegurarme de que estás protegida —explicó apartándose de su contacto.
Se veía afectado, y eso solo la inquietó más—.
¿Recuerdas cuando te dije que una imagen vale más que mil palabras?
Algunas personas interpretan esas imágenes con palabras muy distintas a las que usaríamos tú o yo… y entonces pueden volverse peligrosas.
Se quedó muy quieta, imaginando qué podía asustar tanto a Beckham como para ponerlo así. Y si él estaba tan preocupado, ¿por qué la dejaba conservarlas?
—¿Debería dejar de publicarlas?
—¿Te gustan?
Ella asintió.
—Mucho. Me dan un propósito.
Él dudó un instante y luego negó con la cabeza.
—Entonces que se queden.
—¿Puedo preguntarte algo sin que te enfades?
Beckham entrecerró los ojos.
—Inténtalo.
Reyna respiró hondo.
—¿Todo esto tiene que ver con la rebelión?
Beckham se quedó inmóvil, era prácticamente una estatua. La miró como intentando encontrar algo en su rostro, aunque ella no supo qué.
—¿Qué rebelión?
—Elle —aclaró. Beckham alzó las cejas—. Escuché que hay una resistencia contra Visage.
—¿Dónde lo oíste?
—¿Importa?
—Sí. ¿Fue en las peleas? ¿Hablaste con alguien o viste algo sospechoso?
Desvió la mirada, no estaba lista para contarle lo del banco de sangre.
Si Elle era real, por supuesto que Beckham estaría del lado de Visage.
Con el cargo que tenía, pensar lo contrario sería absurdo.
Aunque fuera distinto de los otros vampiros poderosos que había conocido, nunca querría renunciar a su estatus.
El poder volvía a la gente hambrienta y codiciosa, dos cosas en las que los vampiros ya eran expertos.
—¿Fuera de las peleas, la reacción del público y salir corriendo perseguidos? No, nada fuera de lo común.
Beckham le dedicó una mirada severa.
—¿Entonces dónde lo oíste?
—Everett —confesó mordiéndose el labio con duda—.
Me dijo que mis imágenes podrían ser usadas por los rebeldes de Elle porque muestran el corazón de las dificultades humanas.
Pero yo no soy parte de la rebelión. Estoy claramente dentro del sistema, trabajando para ti y Visage, no haría nada que tú no quisieras para la empresa.
O sea, creo que la gente necesita ayuda, pero no creo que debamos destruir Visage; algunas cosas de las que hacen son útiles.
Creo que necesitamos una alternativa para ayudar también a quienes no trabajan con ellos.
—De pronto, se dio cuenta de que estaba divagando—. Bueno, ya me callo.
Beckham no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el pelo, frustrado, y parecía que quería decir muchas cosas.
Reyna podía sentir la indecisión que lo atravesaba.
Dios, no había planeado que nada de esto ocurriera.
Cuando Beckham le dio esa cámara, jamás pensó que sus fotos llegarían a tener tanto alcance.
—Vístete —soltó de repente—. Lo hablaremos en el camino.
—¿En camino a dónde?
—Ya lo verás. Solo lleva tu cámara.
Y salió de su habitación a toda prisa.
Ese hombre siempre tenía prisa.
Reyna se quitó la ropa de dormir y se puso un vestido negro de tela suave y espalda descubierta, a juego con unos tacones de suela roja.
Anhelaba sus jeans y Converse, pero cuando Beckham decía «vístete», no se refería a eso.
Le había dejado conservar la ropa, pero eso no significaba que quisiera verla usándola.
Al menos ya se estaba acostumbrando a los zapatos.
Salieron del penthouse poco después y subieron al coche de Beckham. El conductor los llevó por una ciudad oscurecida que parecía completamente dormida.
Reyna estaba ansiosa por saber adónde iban y qué le contaría él sobre la rebelión.
No había pensado que fuera a explicarle al respecto; de hecho, estaba convencida de que se enfadaría con ella por mencionarlo.
Como ninguna de esas dos cosas ocurrió, esperó con creciente impaciencia a que él hablara.
—Eres de pocas palabras, ¿verdad? —apuntó.
Beckham seguía mirando al frente, pero ella observaba su perfil y no se perdió la leve sonrisa que se dibujó en sus labios.
—Aguantaste tres minutos en silencio.
—Bueno, si esperara a que dijeras algo, me quedaría esperando para siempre.
—El silencio me da tiempo para pensar y no actuar de forma impulsiva.
Ella le lanzó una mirada cándida y, tras otro minuto en silencio, Beckham continuó:
—Durante mucho tiempo no pensaba antes de actuar, y ahora he cultivado esta nueva habilidad para proteger a los que me rodean.
—¿Y cómo protege eso a las personas? Parece que solo las mantiene alejadas.
—Donde deben estar —aseveró—. Todos deberían guardar su distancia.
—¿Todos? —preguntó, inclinándose hacia él. ¿Cómo podía pensar así? ¿Qué le había pasado para querer alejar a todo el mundo de su vida?
—Sí. No me entusiasma la idea de dejarme llevar por mis impulsos.
—¿Acaso te dejas llevar por alguno?
—Por unos cuantos —admitió.
Sus ojos la recorrieron de pies a cabeza y luego se detuvieron en sus labios.
Reyna se tensó, con el recuerdo de sus besos ardiendo en la memoria: no lograba sacárselos de la cabeza.
Incluso cuando él la sacaba de quicio, el simple roce de sus labios aún le erizaba la piel.
Quería más. Lo necesitaba como un adicto necesita su próxima dosis.
No sabía cómo lo hacía, pero cuando estaban así, ya no le importaba.
Daba igual cuán exasperante fuera: estaba atrapada en el torbellino del deseo.
—Alégrate de que no me deje llevar por más de ellos. Si lo hiciera, varias gargantas ya no estarían intactas.
Reyna quedó boquiabierta. ¿Qué se suponía que debía responder a eso?
—Ah... —Y desvió la vista al frente.
Por fin, el coche se detuvo frente a un edificio altísimo que se ubicaba en las afueras de la ciudad.
No era una zona peligrosa, pero Reyna nunca había estado tan lejos.
Ni siquiera sabía que existían zonas agradables fuera del centro.
Todo estaba oscuro. Incluso el edificio no tenía luces, parecía estar clausurado.
Pero Beckham había dicho que nada le estaba prohibido.
Beckham la ayudó a salir del coche y luego la guio hasta la puerta principal.
Reyna miró hacia dentro, pero no se veía nada.
El cristal debía de estar polarizado… o tal vez era simplemente que la oscuridad lo envolvía todo.
Él sacó una tarjeta de su cartera, la pasó por una ranura magnética que ella no había notado, y la puerta se abrió sin emitir un solo ruido.
La hizo entrar y tomó su mano para guiarla en medio de la penumbra. Reyna disfrutó del calor de su palma envolviendo la suya.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, observando los muros oscuros a su alrededor.
—Oficinas.
—¿De Visage?
—No.
—¿Entonces de qué empresa?
—Por una vez, cierra la boca y disfruta del viaje —ordenó, empujándola suavemente hacia el ascensor.
Ella se echó a reír.
—Está bien, tú ganas.
—Siempre.
Presionó el botón del último piso, y las puertas se cerraron tras ellos. Una luz tenue iluminaba el rostro de Beckham y proyectaba sombras extrañas en las paredes del ascensor. Sin embargo, Reyna no apartaba los ojos de él, y el vampiro tampoco había mirado a otro lado desde que habían entrado.
La tensión flotaba en el aire. Quería borrar la distancia que siempre existía entre ellos. Sería muy fácil hacerlo, pero el dolor del rechazo todavía le ardía bajo la piel. Apenas habían pasado unos días desde aquel beso en el baile… y desde que él la había apartado después.
—Becks —susurró.
—No lo hagas, Reyna. —Su tono sonaba más como una súplica que como una orden.
El corazón le latía con fuerza. Eso era lo último que quería oír, y ni siquiera sonaba como si realmente fuera lo que Beckham quería decir, pero se quedó quieta. Estar en su presencia ya era intoxicante. No iba a lanzarse a sus brazos por desesperación.
Largos segundos de agonía pasaron hasta que el ascensor se abrió de nuevo. Él salió, y ella lo siguió por un pasillo hasta una escalera.
—¿A dónde vamos?
—Arriba.
—¿No es este el último piso?
Él sonrió de esa forma tan única que hacía que el mundo se detuviera.
—El cielo es el límite.
Subieron dos largos tramos de escaleras hasta alcanzar la parte más alta.
Otra puerta se interponía en su camino. Cuando Beckham la empujó, Reyna salió al tejado.
A esa altura tan vertiginosa, el viento silbaba y la temperatura había bajado considerablemente.
Se frotó los brazos para alejar el frío mientras se acercaba al borde del edificio…
y se quedó paralizada, sobrecogida por la vista desde el jardín de la azotea.
—Guau —susurró contra el viento, con Beckham a su lado.
La ciudad entera se extendía ante ellos. Donde antes había visto oscuridad y silencio, ahora estaba claro que brillaba y vibraba lleno de vida. Los edificios y las calles se iluminaban formando un intrincado plano de luces.
—Es hermosa.
—Sí —respondió. Reyna sintió su mirada recorrerle el rostro, y se preguntó si hablaban de lo mismo—. Sí, lo eres.