El monstruo y su última presa Capítulo 22
61%

Capítulo 22

S us palabras sonaban como salidas de un sueño. Quería responder, pero temía despertar y que la ilusión se disolviera en la realidad.

No pudo evitar voltearse para mirar a Beckham y, cuando sus ojos se encontraron, todo se congeló.

Lo que fuera que estuviera ocurriendo entre ellos era real.

Puede que él lo negara. Puede que ella también intentara hacerlo.

Pero, en ese breve instante, vio que él sentía algo.

Un hilo invisible los unía, y todo lo que deseaba era jalar y acercarlo más.

—Este es uno de mis lugares favoritos de la ciudad —confesó él.

—¿Por qué?

Apenas podía respirar en su presencia. Estaban apenas a un paso de distancia, pero era como si de pronto todo el aire hubiese desaparecido.

—Desde aquí, pareciera que la ciudad no está fragmentada.

—¿Y desde las calles no?

Trazó con el dedo el rocío sobre la barandilla.

—Tú sabes cómo se ve desde allá abajo, lo has capturado con tu cámara.

Al oír mencionar la cámara, Reyna recordó de golpe cuál era el propósito de la salida. El hilo que los unía se alargó, reafirmando otra vez la distancia entre ellos. Era como una cuerda tensa, en un constante estira y afloja según la crudeza cambiante de sus emociones.

Para mantener la compostura, hurgó en su bolsa y sacó la cámara. Quizá poner una barrera física entre ambos la estabilizaría. Al menos, eso esperaba.

Retiró la tapa del objetivo y alzó la cámara. Tomó un par de fotos de los edificios de la ciudad. El clic familiar la tranquilizó y se dejó llevar por el ritmo de las imágenes.

—Es más fácil ver el conjunto desde un punto alto, pero el todo no equivale a cada parte —explicó Reyna—. Desde aquí arriba, uno asumiría que todos son felices y que viven en su cuento de hadas personal. Desde abajo, se ve la realidad, la mentira.

Beckham guardó silencio, y ella se preguntó en qué estaría pensando. ¿Estaba juzgando su respuesta? ¿Sopesándola con sus lentes color de rosa de Visage? Su visión no era popular entre los ricos, pero no podía olvidar lo que había visto y vivido.

—¿Entonces tú no estás viviendo un cuento de hadas? —preguntó él.

Reyna lo miró por encima del objetivo e hizo una mueca: ni por asomo.

A pesar del torrente de emociones que Beckham despertaba en ella, no sentía su vida como un cuento de hadas.

Tal vez era el sueño de muchas vivir en un penthouse , con una tarjeta de crédito ilimitada y un armario lleno de ropa de diseñador, pero no dejaba de ser una fachada.

Beckham no era un príncipe azul, y el mundo que habitaban no era un reino de paz y felicidad.

—Si esto fuera un cuento de hadas, no habría rebelión, ¿verdad?

—Tal vez, pero tú no formas parte de ninguna rebelión.

—No —admitió.

Era una voz muda entre muchas otras, silenciadas frente al poder. Gente sin energía para luchar, sin medios para lograr superarse y lo peor de todo: sin esperanza.

—Cuéntame de ese grupo clandestino, Elle, y su relación con la rebelión. Dijiste que hablaríamos al llegar aquí —le recordó.

Beckham refunfuñó en voz baja y volvió a mirar hacia la ciudad.

—¿Qué quieres saber?

—No lo sé, pero si la gente piensa que mis imágenes forman parte de Elle, quiero saber qué creen que representan.

—Preferiría que no supieras demasiado —dijo al viento—. Es más seguro así.

—¿Más seguro para quién? ¿Para ti o para mí?

—Para ambos —reconoció con pesar—. Para todos.

Reyna exhaló frustrada. No avanzaban nada con esa conversación. No es que ella formara parte de la rebelión, solo quería entender qué carajos estaba pasando allá fuera.

—¿Qué cosas sí puedo saber, entonces?

Beckham suspiró. Estaba ganando tiempo, esperando que se le olvidara, pero eso no iba a suceder. Lo miró fijamente y esperó hasta que, finalmente, él pareció resignarse.

—No repitas nada de lo que voy a contarte. Ya armaste suficiente espectáculo en el baile. —Esperó a que ella asintiera antes de continuar—. Hay dos facciones entre los vampiros. Una considera que los humanos son solo alimento.

Sus miradas se cruzaron brevemente y ella se sonrojó, no sabía por qué le resultaba vergonzoso, si debería parecerle espantoso. Tal vez le causaría más horror si ya la hubiera mordido.

—Nosotros controlamos el alimento —dijo, señalándola—. Y no deberíamos limitarnos. Al fin y al cabo, somos superiores. Deberíamos poder tener lo que queramos... a quien queramos. —La devoró con la mirada—. De hecho, muchos piensan que es restrictivo beber solo del tipo de sangre compatible.

Reyna soltó un grito ahogado.

—Pero si no lo hicieras, serías un salvaje ¿no? Matarías, nadie estaría a salvo.

Los ojos de Beckham se oscurecieron y un gesto severo apareció en su rostro.

—Sí, la gente moriría. Sería como antes, solo que ahora con mucho más poder en manos de los vampiros.

Pero esta facción se siente con ese derecho.

Los vampiros son la especie superior, están en la cima de la cadena alimenticia.

Son depredadores. —Su voz se volvió sombría, amenazante—.

Y tú no eres más que una mosca atrapada en nuestra telaraña, sin posibilidad de escape.

Reyna no pudo evitar estremecerse ante la sed de sangre en su voz. Soltó una risa, como si sus palabras no la afectaran, pero le salió forzada, desesperada. Odiaba imaginar un mundo como el que él describía, donde los humanos eran aplastados como insectos.

—¿Y la otra facción?

—Es la que respeta la cura. —Sus dedos se aferraron a la barandilla—.

La mayoría de los vampiros no pidieron ser convertidos en monstruos: nos crearon.

Nos obligaron a beber la sangre de nuestro creador, nos drenaron hasta quedar vacíos y luego nos dejaron morir solo para despertar así .

El virus, la maldición, como quieras llamarlo, vive en nuestro cuerpo, se arrastra bajo la piel y suplica por liberarse contra nuestra voluntad.

Nos impulsa a desear ser como el primer grupo.

—Pero la cura del tipo de sangre cambió eso, ¿no?

—Sí.

Y eso le hizo preguntarse aún más por qué él se negaba a beber de ella. No parecía salvaje como los vampiros que describía. ¿No debería querer alimentarse de su sangre?

—La cura frena ese impulso hasta cierto punto.

Nos hace casi humanos, nos hace sentir humanos.

Vivos, cuando hemos estado muertos por dentro durante tantos años.

Algunos disfrutan esa sensación y quieren convivir con los humanos sin más muertes, y otros creen que desear parecerse a una especie inferior es una abominación.

Una especie inferior. Vaya, ¿realmente pensaba eso?

—¿Y tú? ¿A qué facción perteneces?

Sus ojos buscaron los de ella, y se perdió de inmediato en esa profundidad oscura. No dejaban ver ninguna emoción, y aun así eran completamente hipnóticos. Luego, dio un paso hacia ella y Reyna se paralizó.

—He vivido menos que la mayoría de los míos.

Aún recuerdo lo que se siente ser humano —dijo, acariciándole el brazo.

La piel de Reyna se erizó—. Pero también recuerdo con claridad lo que se siente quitar una vida humana.

—Aferró la mano a su brazo—. He matado con saña, con placer.

He cazado personas, las he torturado, las he llevado a la locura solo para matarlas lentamente usando su propia demencia.

He hecho cosas horribles, y las he disfrutado, Reyna.

—Ya... lo entiendo —susurró y puso la mano sobre la de él, intentando que aflojara el agarre; estaba pasando de solo lastimarla a dejarle un moretón.

—Mi tipo de sangre, O negativo, es de donante universal, lo cual significa que casi no hay coincidencias para mí, a diferencia de un AB positivo, que puede recibir sangre de todos.

Antes de que existiera la cura, la mayoría de los humanos de los que bebía no eran compatibles. Cometí actos indescriptibles.

Reyna comenzaba a sentir nauseas al escuchar todo lo que había hecho. Ese no era su Beckham, lo sabía con cada fibra de su ser. Él ya no era esa persona. No podía haber deseado hacer todo aquello, no realmente.

—Así que, si me preguntas a qué facción pertenezco, no tengo una respuesta para ti. Ser humano es ser débil y frágil —dijo, soltándola por fin. Reyna sujetó su brazo, segura de que pronto tendría un moretón—. Pero ser vampiro es ser un asesino.

—No creo que quieras hacerle daño a nadie.

—¿Qué te hace pensar eso? —Retiró la mano con cuidado y observó la piel hinchada—. No te he dado razones para creerlo.

—He visto a Cassandra y Roland jugar con humanos como si fueran desechables, pero tú no lo haces.

Si Sophie estuviera muriendo, a Roland no le importaría, no haría nada para salvarla.

Pero tú arriesgaste mucho para asegurarte de que yo estuviera a salvo.

Y no solo yo… también Everett. —Beckham abrió la boca, seguramente para objetar, pero ella alzó una mano para detenerlo—.

Y sé que no es solo porque soy una inversión, Becks.

No bebes de mí, y podrías reemplazarme fácilmente.

Es porque te importa la humanidad. Te importo yo.

—Cree lo que quieras —espetó.

Fue la mayor falta de respuesta que había oído en su vida, pero no necesitaba que lo admitiera: sus acciones hablaban por sí solas.

Beckham hizo un gesto para que volviera a levantar la cámara y enfocara. Con eso dio por terminada la conversación. Ella suspiró, pero obedeció.

—Ahora busca Visage.

Ubicó el edificio. Estaban suficientemente lejos como para que los rascacielos parecieran apilados unos sobre otros, pero Visage era el más alto. Su enormidad destacaba en el horizonte.

—Eh… listo.

Él se había colocado detrás de ella, inclinándose hasta quedar a la altura de la cámara. Su pecho casi le tocaba la espalda y su aliento cálido le cosquilleó en el oído. Le cubrió la mano con la suya y ajustó suavemente el ángulo de la lente.

—Ahí —susurró—. ¿Qué ves?