Capítulo 20
— G uau —exclamó Everett, siguiéndola al interior del cuarto.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Reyna.
La sala era de un blanco inmaculado y estaba tan limpia como el hospital de Visage donde la habían examinado por primera vez.
Una de las paredes estaba llena de contenedores grises apilados que le llegaban a la cintura, y todos estaban repletos de bolsas de sangre.
En la pared opuesta, las bolsas estaban conectadas a una máquina que Reyna nunca había visto.
Una bolsa goteaba dentro de otra y esta, a su vez, en una tercera, formando una línea que iba del techo al suelo.
El zumbido suave de las máquinas llenaba el ambiente y le daba ritmo a la operación.
—He oído rumores sobre esto, pero no creí que fueran ciertos —susurró él.
—¿Que fuera cierto qué?
Everett se giró hacia ella con expresión tensa.
—Bancos de sangre en el mercado negro.
Reyna se quedó boquiabierta.
—¿Eso existe?
Sacó de nuevo la cámara de la bolsa. No había forma de que pudiera recordar cómo era ese cuarto si no tomaba una foto. No las iba a publicar, no ahora que sabía que vigilaban sus imágenes. Las guardaría solo para ella.
—Es un rumor. No creí que realmente estuvieran haciéndolo.
—¿Quiénes? —De pronto, sintió escalofríos. Bajó la cámara para mirarlo.
—Cualquiera. Visage tiene el monopolio de la sangre para vampiros. Aquí tienen muchísima, así que deben ser opositores. Podría ser una operación de Elle.
Reyna palideció.
—Entonces deberíamos irnos. No quiero involucrarme en nada de esto, ni siquiera por accidente.
Alguien podría estar vigilándonos. —Sus ojos recorrieron la habitación en busca de alguna cámara, pero era difícil distinguir algo entre las filas de bolsas.
De todos modos, no le hacía gracia ese cuarto.
Le daba mala espina. Donde había sangre, había agujas—. Ya no quiero estar aquí.
—Concuerdo. Vámonos.
Reyna volvió a guardar la cámara y retrocedieron hacia el pasillo. De una habitación contigua salieron un hombre en bata blanca y dos mujeres en uniforme médico.
—¡Oigan! —gritó el hombre—. Ustedes no deberían estar aquí.
—Perdón, nos perdimos —se excusó Everett, intentando sonar conciliador.
—¡Seguridad!
—Vámonos.
La tomó del brazo y salieron corriendo escaleras abajo.
Un hombre los siguió, bajando un piso, y luego otro.
Reyna ya estaba jadeando cuando al fin llegaron a la planta baja y Everett empujó la puerta para salir.
Estar afuera la desorientó, ¿a dónde habían salido?
Se suponía que tenían que haber regresado al almacén.
No tuvo tiempo de pensar, se limitó a seguir a Everett.
El tipo que los perseguía no parecía nada contento de que hubieran irrumpido por error en el banco de sangre.
No sabía si su amigo tenía claro a dónde iban o si simplemente los estaba llevando por los callejones hasta despistarlo.
Finalmente, la jaló con fuerza hacia un hueco en la pared y le tapó la boca con la mano.
El guardia dobló la esquina y pasó corriendo de largo. Tras unos minutos, cuando estuvieron seguros de que se había ido, Everett la soltó.
—Por aquí —indicó. Abrió una puerta lateral y subieron dos pisos de escaleras.
—¿Dónde estamos? Estoy completamente perdida —admitió Reyna, aún sin aliento.
El chico abrió la primera puerta a la derecha.
—Hogar, dulce hogar.
Entraron a un pequeño departamento y él cerró la puerta rápidamente.
—¿Aquí vives?
Él asintió, un poco sonrojado.
—No es gran cosa, pero es mío.
Y realmente no lo era. Con lo impecable que era en el trabajo y el coche elegante que conducía, ella pensó que viviría en una zona algo mejor. No sabía hasta dónde habían corrido, pero no podía haber sido tan lejos.
—¿Vives solo?
—Sí. Solos yo y Hopper. —En ese instante, un perro diminuto salió del dormitorio saltando y corrió directo hacia Everett. Él sonrió, lo alzó y dejó que el peluche andante le lamiera la cara.
—Ay, por Dios, ¡qué ternura! —exclamó Reyna.
—Toma. Le cae bien todo el mundo.
Everett le pasó al perrito, y ella se desplomó en el sofá.
Hopper se acurrucó contra ella y no le permitió dejar de acariciarlo ni un segundo.
Después del caos, resultaba absurdamente relajante.
No podía creer que ese mismo día habían ido a una pelea clandestina, descubierto un banco de sangre ilegal y escapado de un tenebroso guardia.
—Cuando dijiste que íbamos a hacer algo emocionante, no esperaba esto.
Él suspiró y se dejó caer a su lado.
—Yo tampoco. No te habría llevado si hubiera sabido que iba a pasar todo eso.
—¿Qué crees que hacen con toda esa sangre?
—¿Venderla? —aventuró. Luego se puso serio—. Creo que la verdadera pregunta es: ¿ d e dónde la están sacando?
Reyna se estremeció.
—Puaj. No quiero ni pensarlo.
—Y no deberías. Mejor olvida todo esto, no necesitas meterte en algo así. Tienes tu vida.
—¿Y tú?
Él esbozó una sonrisa.
—Soy demasiado inteligente para enredarme con eso. Y no comparto el pensamiento de mis amigos de que todos los vampiros son malos por el simple hecho de ser vampiros.
—Claro, así como no todos los humanos son buenos por ser humanos.
—Exacto.
Se quedaron así en el sofá hasta que la respiración de Reyna se normalizó. Estaba tan agotada que sentía que podría quedarse dormida ahí mismo. Se le vino todo encima de golpe.
—Me gusta tu casa —murmuró con sueño, y Everett soltó una risa.
—Seguro que no es nada comparado con donde estás ahora.
—Esto se siente más como un hogar. Crecí en el Distrito de Almacenes.
Everett frunció el ceño.
—¿En serio? Dicen que es terrible por allá.
—Todo es terrible en todas partes, pero al menos ahí tenía a mis hermanos. Ellos hacían que valiera la pena.
—¿Y ahora dónde están?
—Siguen allí. —Los ojos se le llenaron de lágrimas, que se limpió enseguida—. Los extraño mucho. Siento que ha pasado una eternidad desde que me fui.
—Pero pronto volverás con ellos, ¿no? ¿No funciona así el programa? ¿Un mes y luego rotas?
Reyna cerró los ojos y tragó saliva.
—Así funcionaba, pero lanzaron un nuevo programa. Mejor sueldo, mejores beneficios… y vives con el patrocinador de forma permanente.
—¿Qué? —Everett se quedó boquiabierto—. ¿Tienen los permisos para hacer eso?
—Ya lo están haciendo. Me quedaré con Beckham hasta… bueno, no sé hasta cuándo. El contrato decía que indefinidamente.
—Vaya… —fue lo único que alcanzó a decir, atónito. Su silencio le permitió a Reyna escuchar las vibraciones de su teléfono en el bolso. Lo sacó con resignación y suspiró al ver el nombre en la pantalla.
—Es Beckham. Lo siento.
—En realidad es culpa mía. No debimos abandonar a tu guardaespaldas.
—Para empezar, no debería imponerme uno —murmuró molesta.
—Ve al cuarto —le ofreció, señalando detrás de él.
—Gracias.
Entró y contestó la llamada.
—¿Hola?
—Reyna. —La respiración de Beckham sonaba agitada—. ¿Dónde estás? ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien.
—Perdiste a tu guardaespaldas.
—Lo sé —dijo suavemente—. Sé que va contra las normas, pero no teníamos otra opción.
—Maldita sea, por esto no quería que estuvieras en lugares donde pudiera pasar algo. —Sonaba más preocupado que enojado, lo cual la desestabilizó.
—Bueno, ya no importa. Estoy bien.
—¿Dónde estás? He estado tratando de localizarte. Acabo de llegar al almacén, a los organizadores no les hizo gracia verme —explicó.
¿Había manejado hasta allá… por ella?
—Solo dime dónde carajos estás. La última vez que pasó algo así, casi mueres.
—Estoy en casa de Everett —confesó al fin. No quería decírselo, todavía estaba molesta con él. Sabía que no lo aprobaría. Nunca aprobaba nada de lo que hacía.
—¿Estás en el departamento de otro tipo?
La rabia volvió a encenderse.
—Sí —respondió desafiante—. ¿O qué? ¿Tú no vas a casa de Penny? —Pronunció el diminutivo con sarcasmo.
—Eso no es asunto tuyo.
—Y esto tampoco es asunto tuyo.
—Tu ubicación sí lo es. Envíame la dirección para que un coche pase por ti.
—¿Y si no quiero?
Beckham maldijo en voz baja.
—Tengo otras formas de averiguar dónde vive, no me obligues a usarlas.
—Amenazas vacías —murmuró.
—No me pongas a prueba.
Ya no le quedaban fuerzas para pelear. Una tarde tan llena de aventuras la había drenado. Solo quería acurrucarse y dormir.
—Está bien, se la pediré a Everett.
Colgó antes de que él pudiera responder y volvió al salón.
—¿Oíste eso?
Everett la miró con cara de niño regañado.
—Sí, lo siento. ¿Todo bien?
—Supongo. —Se encogió de hombros.
—Si quieres, puedes quedarte aquí.
—Gracias, pero no. — No podía hacer eso, sería como cuando vivía con sus hermanos. Le sería igual de difícil buscar otro trabajo ahí como lo había sido allá. Para Everett no sería más que una boca extra por alimentar. Al menos Beckham podía cuidarla y ella podía mandar el resto del dinero a casa.
—Oh… bueno.
—No tiene que ver contigo, en serio. Es que tengo que ayudar a mi familia, y esto es lo que hay. Necesito la dirección de tu casa.
Le pasó el móvil, y él la escribió.
—Gracias por esta tarde tan… emocionante —concedió—. ¡Ah, tu auto! ¿Quieres que te lleve?
—No —respondió de inmediato—. Quiero decir… No creo sea buena idea cruzarme con Beckham tan pronto, después de haberte puesto en peligro otra vez. Me salvó la vida y pagó mi hospital. No quiero que me mande de regreso. Tomaré el metro o pediré un aventón.
—Está bien. Perdón por todo esto.
—Me divertí contigo. Aunque parece que no podemos hacerlo sin poner tu vida en riesgo… pero, bueno, ¿de qué sirve vivir si no es al límite?
Reyna soltó una carcajada y lo abrazó.
—Nos vemos.
Cuando bajó a la calle, el coche de Beckham ya la esperaba. El conductor abrió la puerta trasera y Reyna se deslizó dentro con un suspiro.
Recorrieron un buen tramo en silencio antes de que Beckham dijera algo. Había estado tan concentrado en su maldito teléfono que Reyna ni siquiera estaba segura de si se había percatado de su presencia.
—Me alegra que estés bien —dijo al fin.
—Ajá… —Siguió mirando por la ventana.
—¿Conseguiste las fotos que buscabas?
Pensó en las imágenes que había tomado esa noche y sonrió.
—Creo que sí.
Beckham le quitó la gorra de beisbol sin que se diera cuenta; se había olvidado de que la llevaba puesta. Volteó a verlo y él deshizo su peinado, enredando los dedos en su cabello oscuro y dejándolo caer en ondas.
—No saliste de tu habitación.
Ella tragó saliva.
—Lo sé.
—Te esperé.
—¿Por qué?
Él había estado enojado con ella, y ella aún más con él. No soportaba las señales contradictorias que le enviaba.
—No lo sé. No me parecía bien dejar las cosas así contigo.
Reyna entreabrió los labios con sorpresa.
—Oh…
—Y luego me enteré de dónde estabas y lo que había pasado. —Casi parecía dispuesto a vulnerarse, pero esa palabra no le quedaba para nada al hombre imponente que tenía delante—. Si hubiera sabido que querías explorar así… te habría llevado yo.
—¿En serio? ¿Me habrías llevado a las peleas? ¿Te habrían dejado entrar siquiera?
Beckham rio y fue el mejor sonido que Reyna había escuchado en su vida.
Su risa era eléctrica, le iluminaba el rostro, aunque solo fuera por un instante.
Era como un destello del pasado: de su vida antes de convertirse, antes de dejar que el monstruo lo dominara y cerrarse a sentir.
Haría cualquier cosa por volver a escucharlo.
—A mí no se me niega la entrada a ningún sitio. Bastaba con pedirlo.
—Perdón, pero pedirte algo es como sacarte una muela, Becks. No lo haces fácil.
—Lo sé. No soy un hombre fácil de tratar.
Reyna frunció el ceño y asintió. Era cierto. Y también era mentira. A veces, le resultaba tan fácil estar con él. Cuando bajaba la guardia. Cuando no le escondía su relación con otra mujer. Por mucho que quisiera sacarle los ojos por eso, y por besarla a pesar de todo, sabía que no tenía derecho.
Una parte de ella quería aferrarse al enfado, recordarse lo mucho que le dolía cuando él la hacía a un lado.
No quería sentirse usada ahora que sabía que estaba con otra, pero tampoco deseaba estar lejos de él.
Le gustaba tenerlo cerca. Le gustaba su compañía taciturna.
Incluso aunque odiaba nunca saber a dónde iba.
Sin embargo, al mirar sus ojos negros como la noche, algo se tejió entre ambos, y no sería ella quien rompiera el hechizo.
—¿Me llevarías contigo? —susurró.
La mirada compartida se volvió ardiente.
Sus palabras tenían más de un sentido, y hasta que las dijo se dio cuenta de que no hablaba de ir a tomar fotografías.
Aunque quisiera cerrarle su corazón, su cuerpo no escuchaba a su mente.
De pronto, el asiento trasero se sintió sofocante, y la corta distancia entre ellos vibraba de deseo.
Beckham rompió el contacto visual y bajó la vista hacia su teléfono apagado. Ella soltó un suspiro tembloroso y se obligó a recomponerse.
«Beckham, por Dios…», murmuró en su mente.
—Por cierto —dijo él—, ¿qué diablos llevas puesto?