El monstruo y su última presa Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Tal vez deberíamos ir a otro lado —sugirió ella, de pronto se sentía incómoda por estar en el mismo sitio donde había tomado fotos que otros estaban analizando con lupa.

Si alguien intentaba averiguar quién era el supuesto simpatizante de Elle, no sería buena idea quedarse ahí.

Y por cómo Everett hablaba del tema, estaba segura de que ni a Visage ni a Beckham les haría ninguna gracia.

—Tengo una idea, si te interesa. —Everett esbozó una sonrisa traviesa.

—Me encantan las ideas.

Él soltó una carcajada.

—A tu guardaespaldas puede que no le guste tanto esta.

—Se las arreglará —dijo con entusiasmo—. Vamos.

De vuelta en el coche, Everett dio una dirección al otro lado de la ciudad, mucho más lejos de lo que Reyna se había aventurado.

Pensó que su guardaespaldas reconocería el riesgo y se opondría, pero no dijo ni una palabra.

Siguió esperando a que saltara alguna alarma o que surgiera un impedimento.

Pero no ocurrió nada. Viajaron en completo silencio.

Bajaron del auto con la cámara de Reyna de nuevo guardada en la bolsa, y Everett le indicó al conductor dónde podía estacionarse. Philippé los siguió a una distancia prudente mientras caminaban unas tres manzanas desde donde los habían dejado.

—¿Por qué no nos dejaron justo en la entrada? —preguntó Reyna cuando llegaron a un enorme almacén. Le recordaba a su hogar.

—Aparecer en un auto de lujo en este sitio es la mejor forma de acabar apuñalado —aclaró.

Un escalofrío la recorrió al escucharlo, así que se pegó más a él. Llegaron a la entrada y cruzaron una puerta gris metálica.

Un hombre enorme, con músculos que parecían querer salirse de su piel, los detuvo antes de que pudieran pasar por la segunda puerta.

—Nada de armas. Nada de colmillos. Nada de problemas. Son las reglas en Five Points.

El tipo los esculcó rápidamente, revisó la bolsa de Reyna, y luego los dejó pasar.

—Ey, amigo. —El hombre detuvo al guardaespaldas—. ¿No me escuchaste? Nada de colmillos.

Philippé le dirigió una mirada que helaba la sangre y sacó una tarjeta de su cartera. El portero la leyó una vez y asintió.

—Okey, pero si causas problemas, tenemos autoridad para detenerte… por cualquier medio necesario. —Su tono era amenazante.

—Anotado —respondió Philippé con calma.

Al entrar, Reyna tuvo que hacer un esfuerzo para cerrar la boca.

Everett había dicho que este sitio sería algo diferente, pero superaba todo lo que había imaginado.

Gran parte del almacén era un espacio abierto, con un gigantesco cuadrilátero de lucha en el centro.

Dos personas se enfrentaban en el ring, vestidos únicamente con unos shorts ajustados, mientras una multitud enorme vitoreaba a su favorito.

Había un marcador improvisado colgado de una pared y una caja de apuestas.

—¿Qué es este lugar? —preguntó, sus dedos se morían por sacar su cámara.

—Five Points. Lo controla la mafia irlandesa.

—Quédate cerca —gruñó su guardaespaldas—. No quiero que esto se descontrole sin una vía de escape.

—De acuerdo. —Reyna puso los ojos en blanco. Como si no bastara con tener un guardaespaldas pegado en un sitio así, encima quería que se mantuviera cerca. Que se esforzara él en seguirle el paso.

—Vamos. —Everett la tomó del brazo, guiándola entre la multitud.

El público era muy variado. Algunos parecían tan pobres como la gente que Reyna había fotografiado en las calles.

Otros iban de traje (aunque no tan caros como los de Beckham), y gritaban por su luchador con tanto fervor como los demás.

También había otro grupo que le recordaba mucho a sus hermanos, gente que no estaba completamente perdida, pero tampoco prosperaba.

Podía verlo en sus ojos: para ellos, esto era un escape, una salida de la jaula en la que vivían.

Lo había visto muchas veces en la mirada de sus hermanos, pero, con ella en casa, jamás habían participado en algo así.

Esperaba que siguieran por buen camino ahora que no estaba.

Un dolor punzante le apretó el pecho, y tuvo que forzarse a apartarlo.

Era bueno pensar en ellos. No quería olvidarlos nunca.

Pero era difícil. El dinero debía estar ayudándolos, sí, pero le aterraba que sus rostros empezaran a desdibujarse en su memoria.

Sin embargo, no podía pensar en eso ahora, no iba a servirle de nada.

Everett se detuvo en medio de un grupo de personas, y un tipo se le acercó a pedirle una apuesta, así que le pasó un billete de cinco.

—Ponlo a favor de Gabe.

El hombre rio entre dientes.

—Va perdiendo, pero me quedo con tu dinero. —Luego señaló a Reyna—. ¿Y para la dama?

Ella negó con la cabeza.

—No, gracias.

Cuando el hombre se fue, Reyna se inclinó hacia Everett.

—¿Por qué apostaste por el que va perdiendo?

—Gabe O’Connor es una leyenda en estos rumbos. Puede que no lo parezca, pero ya lo verás.

Eso hizo. No sabía nada de peleas, pero los movimientos de ambos hombres eran casi una danza coreografiada.

El más grande tenía ventaja en altura, peso y fuerza.

Era pura masa, y la usaba con una destreza que solo se adquiría después de muchos combates.

Gabe, el más pequeño, se movía con rapidez, esquivaba, bloqueaba, golpeaba cuando el otro menos lo esperaba.

Aun así, parecía claro que el grandote iba a ganar.

Reyna sacó despacio la cámara de su bolsa y enfocó con el zoom. Tomó foto tras foto, intentando captar lo que Everett veía.

Entonces, con la velocidad de un relámpago, sucedió.

Gabe sonrió. Solo eso. Reyna lo captó justo a tiempo. Sabía que esa imagen sería brillante. Gabe estaba jugando: fingía perder para mantener las apuestas en su contra. Cuando ganara, sería aún más espectacular.

—Está jugando al gato y al ratón —susurró ella.

—Exacto —dijo Everett—. Se nota en sus pies.

—No, se nota en sus ojos… y en su sonrisa.

Alejó el zoom y tomó fotografías del público, del lugar, de la sensación de desesperación que impregnaba la sala.

Estaba enfocada en los gritos furiosos de una mujer cuando todos rugieron con desaprobación.

Alzó la vista hacia el ring, donde el tipo más grande yacía boca abajo, con la sangre brotándole del rostro.

Gabe no se había detenido: siguió golpeándolo hasta que lo apartaron por la fuerza.

La multitud se abalanzó hacia adelante, y Reyna estuvo a punto de soltar la cámara. La metió de golpe en la bolsa mientras Everett le sujetaba el codo con fuerza.

—¿Qué está pasando? —gritó.

—Mucha gente perdió dinero. Tenemos que sacarte de aquí.

Sus ojos buscaron a Philippé, pero estaba demasiado lejos.

Decidió que lo mejor era resguardarse con Everett y dejar que la guiara entre la multitud.

Perdió de vista al guardaespaldas, al igual que todo a su alrededor, y se aferró a Everett como si su vida dependiera de ello.

Estallaron peleas por todo el lugar; la gente estaba furiosa por haber apostado y perdido lo poco que tenía.

El ruido se volvió insoportable y de pronto aparecieron guardias armados con porras, tasers y pistolas para controlar a la masa.

Ella y Everett atravesaron una puerta sin vigilancia que Reyna había asumido que daba al exterior, pero conducía a una escalera.

Sin titubear, Everett empezó a subir los escalones de dos en dos.

A Reyna no le quedó más remedio que seguirle el paso.

Cuando por fin llegaron a un rellano con un pasillo largo, ya le faltaba el aire.

—¿Dónde estamos?

—Creo que son oficinas —aventuró Everett—. Busquemos una sala para refugiarnos un rato.

—Mi guardaespaldas debe estar volviéndose loco allá abajo —murmuró ella.

Everett se encogió de hombros.

—¿No es un poco liberador?

Le sonrió, y ella no pudo evitar soltar una risa. Había sentido miedo corriendo entre la multitud, pero ahora, de la nada, la invadía el alivio.

—Supongo que sí. —Empujó la primera puerta—. ¿Qué te parece esta?

Entró en la habitación y tanteó buscando el interruptor de la luz. En cuanto la encendió, se quedó pasmada.

—¿Qué diablos...?