El monstruo y su última presa Capítulo 19
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Capítulo 19

— ¿Q ué tanto haces allá afuera? —murmuró Reyna para sí, mientras su pie tamborileaba impaciente contra el suelo.

Llevaba toda la tarde esperando en su cuarto a que Beckham saliera del departamento. Ya debería haberse ido a trabajar o hacer cualquier cosa. No era propio de él alterar su horario perfecto, pero seguía en el penthouse . Podía oírlo moverse, y no había escuchado el sonido del ascensor.

Después de que saliera del salón la noche anterior, Beckham la había alcanzado para ordenarle que regresara al coche.

Esperó treinta eternos minutos hasta que por fin apareció.

El trayecto a casa fue tenso e incómodo.

No quiso seguir hablando con él sobre lo ocurrido, y estaba claro que él sentía lo mismo.

En cuanto llegaron, se encerró en su habitación y no volvió a salir.

Lo último que quería era cruzárselo en la sala y tener que entablar una conversación superficial sin sentido. No pensaba ser la primera en ceder. Eso lo tenía claro.

Unos pasos en el pasillo la hicieron quedarse quieta, mirando hacia la puerta. Alcanzaba a escuchar a Beckham del otro lado. ¿Qué diablos estaba haciendo ahí?

No tocó. No dijo nada. Simplemente se quedó ahí. Los dos estaban ahí. De pie. Ninguno dispuesto a dar el primer paso. A Reyna no le importaba si eso la hacía parecer terca. Él la había besado, la había tratado mal y, para colmo, estaba saliendo con otra. No tenía ningún motivo para hablarle.

Al cabo de unos minutos, lo oyó alejarse de la puerta. Luego, sonó el ding característico del ascensor, y Reyna se quedó sola.

—Por fin —suspiró.

Se quitó el ceñido vestido rosa de un tirón y lo arrojó al montón de ropa tirada en el suelo.

Entró en el vestidor, rebuscó entre su ropa normal y sacó un conjunto para vestirse: una camiseta de algodón holgada, unos jeans y sus Converse.

Se cepilló el pelo, se puso la gorra de beisbol bien baja sobre los ojos y metió la cámara en una mochila negra que se colgó del hombro antes de salir del departamento.

Le envió un mensaje al chofer de Beckham para avisarle que necesitaría un coche. Su guardaespaldas, Philippé, siempre la esperaba en el vehículo cuando lo requería. Beckham debía pagar una fortuna para que esos dos hombres estuvieran siempre disponibles para llevarla o vigilarla.

Al llegar al portal, el vehículo ya la esperaba, pero se detuvo al ver a Everett. Él abrió mucho los ojos al verla vestida así.

—¿Reyna? —preguntó.

No había estado de turno las últimas veces que había salido vestida de civil. Le alegraba que no supiera de su doble vida. Estaba claro que seguía tan traumatizado por lo sucedido que apenas podía mirarla. No quería involucrarlo en nada más que pudiera dañarlo.

—Ah, hola —dijo—. Tengo que irme.

Siguió hacia el coche, pero Everett fue tras ella.

—¿Me estás evitando o qué?

—¿Qué? No, claro que no. —Lo miró con cautela—. Pensé que tú me estabas evitando a mí.

—Apenas te reconocí. ¿Cómo iba a evitarte?

—Bueno, estuviste todo serio ese primer día que volví. Me llamaste «señorita Carpenter». Pensé que tal vez aún me culpabas, o que estabas de acuerdo con tus amigos.

—Perdón por eso, es que mi jefe estaba presente.

Desde el ataque ha estado más pendiente que nunca.

Creo que piensa que soy frágil, que voy a romperme o algo así.

Pero, bueno, acabo de terminar mi turno.

Si quieres, podemos salir un rato. Me encantaría saber qué haces vestida así. ¿Beckham te dio permiso?

Reyna hizo una mueca.

—Probablemente me arrancaría la cabeza si supiera lo que traigo puesto.

—Espero que no literalmente.

Se echó a reír; qué bien se sentía.

—No, no literalmente.

—¿Y qué vas a hacer?

—Matar el tiempo —respondió, sacando la cámara de la mochila—. Intento ver la ciudad desde otra perspectiva.

—Genial, ¿puedo acompañarte?

Ella bajó la vista a su uniforme de valet: camisa blanca, chaleco negro, pantalón de vestir y zapatos lustrados.

—Sin ofender, pero vas a desentonar donde voy.

—Ahora sí me muero de curiosidad. Tengo ropa en mi coche, está allá atrás.

Reyna lo pensó un segundo. Beckham no quería que nadie supiera que esas fotos eran suyas, pero no creía que algo pasaría por llevar a Everett. ¿A quién iba a contárselo? Era el valet del edificio.

—Está bien, ¿por qué no?

Reyna golpeó con los nudillos la ventanilla del copiloto. Esta bajó lentamente.

—¿Sí?

—Iré a la vuelta del edificio con mi amigo. ¿Puedes recogernos allí en unos minutos?

—No vas a irte sin nosotros, ¿verdad?

Reyna puso los ojos en blanco.

—Prometí que no lo haría. Estaremos en el estacionamiento trasero, bien iluminado.

—Cinco minutos —respondió el conductor, y volvió a subir la ventanilla.

—Son un encanto —murmuró ella, siguiendo a Everett.

—¿Y por qué te empezó a interesar la fotografía?

—Fue por el ataque, de hecho —contestó en voz baja, sin apartar la mirada del suelo—.

Ya tenía una mala imagen de las calles, pero eso la empeoró.

Beckham me dio la cámara, supongo que para evitar que me aburriera.

Entonces decidí ver las calles a través de los ojos del sufrimiento. Los ojos de personas como yo.

—¿Personas como tú?

—Que viva allá arriba ahora no significa que haya dejado de ser como tú o tus amigos o cualquier otra persona. No pertenezco a ese mundo, y quiero que mis fotos lo muestren. Quiero mostrar lo que nadie en Visage, en la política o en la alta sociedad ve realmente con sus propios ojos.

—Me parece genial —concedió.

Llegaron al Mustang de Everett y él sacó su ropa. Reyna lo observó mientras se quitaba el chaleco y la camisa, revelando un torso inesperadamente musculoso. Sus mejillas se encendieron y se dio la vuelta apresuradamente.

—Ay, perdón.

—Tranquila, no pasa nada —dijo con una risa—. Quiero saber más sobre tu fotografía. ¿Sabes? Me recuerda un poco a un blog del que todo el mundo habla últimamente.

—¿Qué blog? —preguntó ella, girándose de nuevo. Él ya se había puesto una camiseta gris lisa y unos jeans perfectos para la ocasión.

—Tengo que buscarlo en el celular.

El coche de Beckham se acercó mientras Everett navegaba en su teléfono.

Subieron al asiento trasero, y Reyna le indicó al conductor a dónde dirigirse.

Había estado tomando muchas fotos en un albergue para personas sin hogar últimamente.

Cada vez que las miraba, se le nublaban los ojos, y eso era señal de que contenían verdad.

—Ajá, es este. —Everett le pasó el celular—. Se llama Perspectiva.

Casi se le cae el teléfono: eran sus fotos, sus preciosas imágenes. Beckham había llamado al sitio Perspectiva . Ni siquiera se había dado cuenta de que otras personas podían verlas, Reyna solo las subía y las organizaba para sí misma.

—¿Dices que la gente las está viendo?

—Sí —confirmó, mirándola con curiosidad—. Son anónimas, claro, pero todos intentan averiguar quién es el fotógrafo. Creen que debe de ser un simpatizante de Elle.

—¿Un qué? —preguntó. ¿La estaban asociando con alguien a quien ni siquiera conocía?

—En serio no sabes nada de política, ¿verdad?

—No —admitió—. ¿Quién es Elle?

Everett echó un vistazo incómodo al conductor y al guardaespaldas.

—Alguien, y algo, con lo que mucha gente está en desacuerdo. —Entonces se inclinó y le ajustó la gorra de beisbol—. Te lo cuento cuando estemos fuera.

Ella captó la indirecta y cambió de tema hasta que llegaron al albergue. Una vez dentro, se colgó la cámara al cuello y juntos recorrieron los pasillos.

—Bueno, cuéntame.

Él echó un vistazo por encima del hombro, pero su guardaespaldas mantenía una distancia respetuosa, fingiendo ser invisible.

—Elle es el nombre en clave de una facción rebelde que está en contra los vampiros y contra Visage.

Cuando Visage empezaba a tomar forma, hubo una serie de protestas en contra de empresas controladas por vampiros y su ideología, la misma que ahora representa Visage.

Lo llamaron «Rebelión de Elle» por la mujer que la lideró y que fue asesinada durante una manifestación que, por lo demás, fue pacífica.

Todos pensaron que se acabaría ahí, pero desde entonces hay rumores de que los simpatizantes de Elle se han organizado para crear un movimiento clandestino.

Por eso se conocen como Elle, o a veces usan la L cursiva rodeada de un círculo y la pintan por las calles.

—He visto ese símbolo antes.

—Sí, está por todas partes. Los rebeldes de Elle creen que Visage no solo quiere ser la empresa más grande del mundo, sino que quiere gobernar.

Muchos afirman que fueron ellos quienes provocaron el colapso económico para obligar a los humanos a trabajar para ellos.

Crearon desesperación para que la gente les diera todo el poder.

La cabeza le daba vueltas. ¿Había personas luchando contra Visage?

—¿Y se cree que quien tomó esas fotos es un simpatizante de Elle? ¿Por qué?

Él sacó el celular de nuevo y le mostró la última entrada. Su entrada. Everett los había llevado justo al lugar donde había tomado la foto en ese mismo albergue.

—Porque nadie retrata lo humano como tú —apuntó con suavidad.

—Yo no… —empezó, pero sabía que la había descubierto. Dejó caer los hombros: adiós al anonimato.

—Entonces, ¿si eres tú?

Reyna se mordió el labio.

—Bueno, no sabía nada de Elle ni de los rebeldes hasta ahora, pero la gente está muriendo allá afuera y a nadie le importa.

Visage tiene todo el dinero y el poder, y no están ayudando a nadie.

Solo se llenan los bolsillos y se alimentan entre ellos.

Yo creo en el equilibrio, pero no formo parte de ningún movimiento.

—Suspiró y miró a su alrededor, donde cada rincón reflejaba el problema que acababa de describir—.

Solo quiero ayudar a mi familia a sobrevivir. Es lo único que me importa.

Everett asintió, comprensivo.

—Como todos nosotros.