El monstruo y su última presa Capítulo 18
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Capítulo 18

— R eyna —la llamó Beckham—, quiero presentarte a una amiga mía. Ella es Penelope.

Reyna se tragó toda la rabia y la frustración que le atravesaron el cuerpo en ese momento.

Beckham no le pertenecía de ninguna forma, un beso no significaba nada.

Además, era su empleada, y aunque lo suyo fuera una relación que se había desviado un poco de lo profesional, él había dejado claro que no podían continuar en esa dirección.

—Hola —saludó en voz baja.

—Penny, ella es Reyna.

Ambas mujeres se evaluaron mutuamente. Reyna no sabía qué veía Penelope cuando la miraba. Su rostro sereno no revelaba nada, lo cual era todavía más exasperante. Para colmo, era más guapa de cerca; tenía los ojos de un azul clarísimo como el océano y un pequeño hoyuelo en cada mejilla.

Penelope tomó la palabra cuando entendió que Reyna no diría nada.

—Me han contado mucho sobre ti, Reyna.

—¿En serio? —Miró a Beckham, arqueando una ceja.

—Sí, me alegré tanto cuando llegaste. Le hace bien a Beckham tener a alguien cerca todo el tiempo. Y también a ti, por lo que me han contado.

Se negó a sentirse avergonzada de que esta mujer conociera su pasado. No podía creer que Beckham le hubiera contado, pero no podía hacer nada al respecto en ese momento. Ardía por dentro, una parte de ella quería ponerse a gritar.

—Sí, claro, justo lo que Beckham siempre había querido —soltó.

Penelope no pareció notar el sarcasmo, o quizá decidió ignorarlo.

—Anoche me contaba sobre tu interés en mi ciudad.

¿Anoche? ¿Había estado con ella anoche? Mientras Reyna estaba en su habitación preguntándose qué hacía y por qué la evitaba, él estaba con esta mujer.

—¿Tu ciudad?

—Ah, mi padre es el alcalde —aclaró con orgullo.

—Oh, perdona. Es curioso que esta sea la primera vez que oigo hablar de ti.

Beckham puso cara de fastidio, mientras que Sophie disimuló la risa fingiendo toser en la mano.

—Bueno —intervino Penelope—, he estado ocupada en la universidad. Ahora estamos de vacaciones, así que estaré por aquí mucho más.

La forma en que lo dijo sonaba a amenaza, pero ¿por qué alguien como Penelope tendría que amenazarla siquiera? La mujer era bellísima y parecía hecha a medida para Beckham. Para cualquiera, en realidad.

Mientras tanto, ella estaba ahí con ropa que no había elegido por sí misma, maquillaje y peinado hechos por otros, trabajando en un empleo que Penelope a duras penas podría imaginar. No había razón para que se sintiera amenazada.

—¿La universidad? —repitió, aferrándose a lo único que podía comentar—. Debe ser agradable poder costearse los estudios.

—Me siento muy afortunada.

Reyna tuvo que contener una carcajada. Claro que se sentía afortunada, ella se habría sentido igual si hubiera podido ir a la universidad, pero, en vez de eso, estaba allí, trabajando para Visage.

—¿Y cómo se conocieron? —indagó Reyna.

Penelope miró a Beckham con una amplia sonrisa.

—Oh… bueno… —Se sonrojó levemente—. Fue en un evento sobre política. Beckham estaba ahí en representación de Visage.

Él le dedicó una mirada divertida. Reyna se dio cuenta de que algo en esa historia no cuadraba.

—Lo recuerdas, ¿no? —le dijo Penelope, dándole un codazo.

—Sí, Penny, lo recuerdo.

—Te pasaste toda la noche evitándome como si tuviera peste. Pensé que olía mal o algo. ¿Cómo pudiste resistirte a esta cara? —bromeó, apoyando la cabeza en el hombro de Beckham.

Reyna no podía seguir viendo. Se volteó hacia Sophie, que la observaba con una expresión compasiva, pero no dijo nada.

No debió haber preguntado aquello. En realidad, no le importaba: no había nada entre ella y Beckham.

Aun así, él la había traído esa noche. Si prefería venir con Penelope, entonces no debería haberla invitado.

Haberse quedado en casa con sus fotos era mejor que sentirse excluida del chiste privado de una pareja.

—Seguro tuvo que ver con tus convicciones políticas —dijo Beckham con sequedad.

—Oh, cállate. Mis convicciones son perfectas y lo sabes.

Reyna suspiró. Necesitaba cambiar de tema para poder sobrevivir el resto de la noche.

— ¿Eso estudias?

—Ciencias Políticas, sí. Mi padre cree que es importante que siga sus pasos.

—Ya veo. ¿Y tú tienes alguna ambición propia? —ironizó.

—Reyna —la reprendió Beckham.

Ella le sonrió y disfrutó viendo a Penelope incomodarse. Al menos no sería la única.

—Siempre me ha gustado la política, y creo en lo que hace mi padre —aclaró Penelope—.

Está impulsando un cambio real en la ciudad.

Algo digno de admiración. Tiene programas para los hambrientos y los pobres.

Está trabajando para que la gente se recupere e incluso hizo una alianza con Visage para reducir el desempleo.

Reyna no sabía a quién intentaba convencer con ese discurso, pero ella había vivido en la calle. Había visto esta ciudad. Beckham la había instruido, igual que aquel vampiro renegado que casi la mata. Si Penelope creía que ella o su padre estaban haciendo bien su trabajo, necesitaban salir más.

—Qué bonitas palabras… aunque poco realistas —intervino Reyna.

—¿Qué quieres decir? He seguido de cerca a su equipo. He visto los avances.

—¿A esto le llamas un avance? —espetó Reyna, sorprendida por su propia vehemencia—.

¿Has pisado las calles? ¿Realmente has caminado por ellas?

¿Has visto a la gente hambrienta y sucia viviendo en la miseria?

¿Has sentido su nivel de desesperación? ¿Tu padre o tú, ya que en esas estamos, han hecho algo de verdad para cambiarlo, o solo se esconden detrás de discursos optimistas?

Porque no sé si lo sabes, pero las palabras no alimentan ni dan trabajo ni limpian las calles.

Penelope la miró atónita. A su alrededor, todos se habían callado ante la apasionada intervención de Reyna.

—Por s-supuesto que estamos trabajando para arreglar las cosas. No todo sucede de la noche a la mañana. Hemos lanzado iniciativas muy exitosas.

—¿Y cómo miden el éxito? ¿Más o menos muertos que ayer en sus distritos ricos? Probablemente ni siquiera puedan contar los cadáveres en los barrios bajos.

—No sé de dónde sacas esa información —replicó Penelope, indignada—, pero al gobierno de la ciudad le importan los pobres tanto como los ricos.

Reyna soltó una carcajada. Una carcajada de verdad.

—Los ricos siempre dicen que les importan los pobres… mientras recogen sus cadáveres. Sea lo que sea que estás haciendo, Penelope, no está funcionando.

—Reyna, ya fue suficiente —gruñó Beckham.

—Siempre es suficiente solo cuando tú lo dices.

Él la fulminó con la mirada, pero ella no se acobardó.

—¿Nos disculpan? —escupió él.

Sin esperar respuesta, le agarró el brazo con brusquedad y la arrastró fuera del salón.

El ruido se apagó cuando Harrington subió al escenario y habló al micrófono.

Sin embargo, Reyna no oía nada sobre el silencio atronador que se imponía entre ella y Beckham al cruzar las puertas dobles y entrar a un pequeño salón vacío.

—¿Qué diablos fue eso? —espetó Beckham.

—Olvidaste mi champaña.

—Qué me importa tu maldita champaña. Lo que dijiste fue completamente inapropiado.

—Lo que dije fue la pura verdad, y lo sabes. No voy a dejar que alguien me diga cómo es la vida allá afuera cuando nunca la ha vivido.

—No tienes idea de quién es Penelope.

Reyna bufó.

—¿La hija del alcalde? Eso me basta. La verdad, ni siquiera puedo creer que salgas con ella.

—Ella no es como tú te imaginas.

—Lo dudo mucho. Y si es tan maravillosa, ¿por qué nunca la habías mencionado?

—Creí que ya lo sabías.

Reyna levantó las manos.

—¿Y cómo se supone que iba a saberlo? —Se volteó con desprecio—. ¿Ella sabe que nos besamos?

—No. Eso no le concierne.

—¿No le concierne? —repitió, incrédula—. Seguro que ella no estaría de acuerdo. ¿Por qué no me dijiste que estabas con alguien?

—Lo que hago en mi tiempo libre es asunto mío.

—Evidentemente —escupió—. Ya lo dejaste muy claro. Ni siquiera sé por qué me trajiste aquí.

—Todos los permanentes debían estar esta noche, para mostrarle al resto de la empresa lo bien que funciona el programa.

—Qué sarta de mentiras —soltó ella—. ¿Me trajiste por trabajo? ¿Querías estar con Penelope? Digo, está clarísimo, lo ha estado desde el principio. Ojalá me lo hubieras dicho. Así no estaría aquí sintiéndome…

Lo miró a la cara, deseando que la entendiera. Pero eso no ocurriría, Beckham había dicho que quería ponerle fin a esto. Claro que le atraía: era un deseo físico, puro y simple, por un hombre que ni siquiera quería tocarla. Y, aun así, no podía sacarse de la cabeza sus manos, sus labios, su cuerpo.

—¿Sintiéndote cómo? —La instó a terminar, dando un paso hacia ella.

La temperatura subió con solo tenerlo cerca. Debería alejarse, pero eran como dos imanes.

Le tomó la mano y la colocó sobre su pecho.

—Esto —susurró.

Su corazón latía con fuerza bajo los dedos de Beckham.

—¿Y cómo se siente eso? —preguntó él, con la voz tensa. Su otro brazo le rodeó la cintura, acercándola aún más. Reyna dejó de respirar, con esa mano aún sobre su corazón que ahora palpitaba con furia. Tragó saliva y se humedeció los labios.

—Conflictuada. Quiero besarte —confesó—, pero no quiero acabar en un ridículo triángulo amoroso.

—No puedo darte lo que quieres, Reyna.

—¿Qué parte?

Y entonces sus labios volvieron a unirse y el resto del mundo desapareció.

Su mente se nubló. Las discusiones anteriores se desvanecieron. Incluso Penelope dejó de existir en cuanto Beckham la besó. Era como hundirse en el mar sin necesidad de salir a respirar. Se estaba ahogando en él. Perdida en un océano sin fin.

Tropezaron hacia atrás hasta que las rodillas de Reyna chocaron con un diván. El cuerpo de Beckham cayó sobre el suyo; su mano subió por la abertura del vestido y amontonó la tela alrededor de sus caderas. Ella gimió contra su boca, alentándolo a seguir.

Había algo urgente en sus movimientos. Reyna había soñado con este momento desde aquel primer beso. Había deseado repetirlo. Había ansiado sentir de nuevo esas manos rudas sobre su piel. Y ahora que por fin las tenía, lo besaba con una ferocidad que ni sabía que llevaba dentro.

—¡Beckham!

Ambos escucharon su nombre, y una pared de hielo los atravesó. Beckham se apartó de golpe. Durante un segundo, una expresión de horror cruzó su rostro, aunque pronto la reemplazó su compostura habitual. Nadie que lo mirara habría adivinado que acababa de besarla como si el mundo se acabara.

Ella no podía decir lo mismo de sí misma. Era humana, después de todo. Se incorporó con lentitud y trató de arreglarse el vestido. Tenía los labios hinchados, la piel encendida y el cabello ligeramente revuelto.

—Sí —respondió Beckham en voz alta—. Dame un momento.

Penelope entró por las puertas dobles un segundo después. Observó a Reyna, desarreglada, y a Beckham, impasible.

—Harrington quiere hablar contigo. Solo quería asegurarme de que todo estuviera bien.

—Todo está bien, Penny.

—Okey… —musitó y luego se retiró.

Reyna se cubrió la boca con la mano. No podía creer lo que acababa de pasar, lo que ella misma había provocado.

No sabía qué tipo de relación había entre Beckham y Penelope, pero sin duda lo que acababan de hacer no estaba bien.

Ojalá Beckham le diera alguna respuesta, en vez de esta montaña rusa de emociones.

—Tengo que hablar con mi jefe —anunció con frialdad.

—¿Eso es todo? Dijiste que no volverías a besarme, y ahora lo has hecho.

—Fue un error —respondió, implacable—. Tus emociones están por las nubes, y eso activa mis instintos más primitivos.

—¿No puede ser simplemente que eres un hombre deseando a una mujer?

—No. Soy un animal disfrutando la caza. El monstruo interior intentando salir. Nada más.

Reyna fue hacia la puerta. No tenía por qué quedarse a escuchar eso. Sin embargo, antes de salir, lo miró por última vez.

—Qué vida tan aburrida debes tener, sin alguien que te llene de pasión y haga que tus emociones también se disparen. Yo prefiero arriesgarme con el monstruo antes que resignarme al letargo.