El monstruo y su última presa Capítulo 17
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Capítulo 17

C on Beckham ocupado con el trabajo, Reyna no había en contrado el momento para contarle lo de Roland. Tal vez lo estaba evitando. En realidad, no quería revivir lo que había pasado. Beckham era excesivamente protector, y ella prefería mantenerse al margen de todo aquello.

Sin embargo, a medida que se acercaba la noche del baile, su ansiedad se disparaba.

No quería ver a Roland ni sentir sus asquerosos ojos sobre ella.

Se había restregado la piel toda la tarde para quitarse de encima la sensación de sus manos, para borrar el deseo que había brillado descaradamente en su rostro.

Pasaba más tiempo con su cámara desde entonces, usándola como excusa para no contarle nada a Beckham.

Aquel día, el conductor había accedido a detenerse en otra tienda de ropa, donde compró algunas camisetas lisas, un par de jeans, una gorra y sus preciados Converse.

Había escondido toda esa ropa en un rincón, donde esperaba que nadie más la encontrara y la tirara.

Cuando Beckham estaba en casa y ella tenía planes de salir, metía su ropa casual en una bolsa enorme y se cambiaba en el coche.

Ya era bastante difícil conseguir las fotos que quería sin desentonar por ir vestida de seda y tacones.

No quería volver a vivir lo que le había sucedido en los almacenes.

Puede que tuviera guardaespaldas, pero la gente no perdonaba a los ricos en ese entorno, y no podía culparlos.

Sin embargo, no deseaba ser blanco de esa rabia.

Además, las fotos que quería tomar no eran esas imágenes lindas y normales de la ciudad.

Prefería aquellas que mostraban el corazón real del lugar, similares a las imágenes en blanco y negro que estaban colgadas en la sala de Beckham.

Quería capturar lo que de verdad estaba pasando.

Quería encontrar una perspectiva propia.

La mayoría del tiempo lo dedicaba a intentar retratar a los pobres, a las personas sin hogar, a los mendigos, a vampiros famélicos, a las interacciones humanas y vampíricas de todo tipo.

Quería recordar cómo se sentía al ver a esa gente.

No deseaba formar parte del sistema. Estaba decidida a no olvidar nunca su origen.

Cada tarde, después de hacer sus tomas, las descargaba en el ordenador y las subía al sitio seguro que Beckham le había preparado para organizar sus fotos.

Él lo había hecho todo para que no metiera la pata y revelara su identidad, aunque ni siquiera parecía importar.

Solo eran fotos de la vida real en la ciudad.

Pero, por más que intentara distraerse, la noche del baile se acercaba.

Oficialmente llevaba diecinueve días viviendo en el penthouse de Beckham.

No había probado ni una gota de su sangre, y apenas se habían visto en los últimos cinco días.

Estaba nerviosa y emocionada a la vez por pasar toda la velada con él.

Beckham había contratado a un equipo de estilistas para que se encargaran de su pelo y maquillaje.

Cuando terminaron y se miró al espejo, apenas se reconoció.

Llevaba el cabello recogido en lo alto de la cabeza en un complejo peinado que dejaba al descubierto su cuello y clavículas, lo cual no era exactamente tranquilizante.

En los ojos llevaba un ahumado seductor, y su rostro parecía una máscara perfecta de porcelana. Ojalá le gustara a Beckham.

Tragándose la anticipación, salió de su habitación y lo encontró apoyado contra la barra de la cocina, vestido con un esmoquin y completamente absorto en su teléfono.

—¿Y bien? —preguntó, girando lentamente sobre sí misma en su vestido de gala.

Al final se había decidido por un vestido largo hasta el suelo, sin tirantes, de encaje negro y oro rosado que brillaba con el movimiento.

Le ceñía las curvas y moldeaba su figura de la manera más favorecedora.

Además, tenía una abertura discreta en el lado derecho que dejaba ver sus sandalias negras de tiras.

Podía sentir la mirada de Beckham sobre ella, pero seguía sin decir nada. Cuando terminó de girar, se encontró con sus ojos… y vio hambre. Un hambre desesperada reflejada en ellos.

—¿Me veo bien? —preguntó.

—Estás… exquisita —dijo al fin.

Reyna sonrió, radiante por su aprobación. Eran más palabras de las que habían cruzado en días.

Beckham le ofreció el brazo y ella apoyó ahí la mano con suavidad, dejándose guiar fuera del departamento.

No hablaron durante el trayecto en coche.

La joven estaba demasiado nerviosa por lo que estaba por venir.

Nunca había ido a un baile y no sabía bien qué esperar ni cómo comportarse.

A eso se sumaba su temor por Roland. En resumen, estaba al borde del colapso.

Cuando llegaron al enorme edificio, Beckham la ayudó a bajar del coche.

Una alfombra roja los esperaba, y al pasar entre la marea de fotógrafos, las luces de las cámaras capturaron cada uno de sus movimientos.

Beckham no soltó su mano ni un instante.

Ella se sentía segura a su lado y deseó que siempre fuera así, pero era inútil querer aquello que no podía ser.

Dentro, el salón de baile era gigantesco, el más grande que había visto en su vida.

La luz era tenue y de los techos colgaban candelabros de cristal que bañaban con su resplandor a todos los presentes.

Hombres impecables en esmóquines negros y mujeres con diminutas faldas negras y camisas blancas llevaban bandejas llenas de entremeses y copas de champán.

Había lujo y brillo por todas partes, desde las copas con filo dorado hasta los diamantes que relucían en cada muñeca.

No se había escatimado en nada para un evento organizado en apenas unas semanas.

La sala ya estaba llena de empleados de Visage, celebridades y figuras políticas importantes. Era increíble… y abrumador a la vez.

—Guau —murmuró.

—Un poco pretencioso, ¿no crees?

Se sobresaltó y lo miró. ¿Acababa de burlarse del evento de su jefe? Un poco más relajada, rio en voz baja.

—Un poquito, sí.

—Vamos a fingir que nos importa —murmuró él.

Beckham la guio tranquilamente entre la multitud.

Todos lo conocían y querían al menos unos minutos con él; en cada esquina se detenía a saludar a alguien nuevo, y le presentó a Reyna más personas de las que jamás recordaría.

Eran un borrón de rostros, trajes y vestidos de gala, todos vampiros.

Los únicos humanos eran los camareros, los músicos… y ella.

Por fin llegaron al frente de la sala, donde los esperaba su jefe, el señor Harrington.

—¡Beckham! —exclamó. Se estrecharon la mano como viejos amigos—. Veo que has traído a la encantadora Reyna. Roland y Cassandra acaban de llegar con sus permanentes. También tenemos unos cuantos más del programa esta noche. Jesse, creo, trajo a su sujeto.

—Es una excelente noticia, señor —respondió Beckham con cordialidad—. ¿Todo en orden con las nuevas incorporaciones?

—Mejor de lo que podíamos esperar. Tuvimos que retirar a uno —explicó Harrington con indiferencia.

No parecía darse cuenta de que hablaba de un ser humano, o tal vez simplemente no le importaba—.

No funcionó, pero no hay problema: los demás parecen encajar bien.

Una vez que entre en vigor el Censo de Sangre, podremos aplicar el programa a nivel general.

Beckham asintió.

—Parece que será un éxito más.

—Sin duda. Bueno, tengo que preparar mi gran discurso. —Se despidió con una última inclinación hacia Reyna antes de desaparecer.

—Reyna —saludó Sophie, acercándose a ella y besándole ambas mejillas—. Qué envidia, no vi ese vestido. Está claro que esa bruja no quería que lo tuviera.

—Estás preciosa, Sophie. Deslumbrante, como siempre —respondió Reyna.

—Por supuesto. —Su sonrisa era radiante.

Y entonces Roland pasó el brazo por la cintura de Sophie y la atrajo hacia sí.

—Tengo que admitirlo. El blanco virginal te sienta de maravilla, ma chérie —ronroneó contra su piel.

Reyna se pegó instintivamente a Beckham y su cuerpo se tensó, como una serpiente lista para atacar.

Todo en Roland la ponía en alerta, y lo peor era que Beckham apenas tenía idea de lo peligroso que era.

Se reprendió por no habérselo contado, especialmente al ver cómo los ojos de Roland recorrían su vestido. Se estremeció: odiaba cómo la miraba.

—Y tú… —sonrió—. Elegiste otro vestido.

—El otro me hacía sentir incómoda —soltó con frialdad.

—En cualquier caso, fue una buena elección. Beckham, tu chica parece un sueño, ¿no crees?

Beckham había estado distraído hasta entonces, pero de pronto se centró de nuevo en la conversación. Fijó los ojos en Reyna y, para la joven, todo se redujo solo a él.

—Un sueño, una fantasía —dijo—. Y una pesadilla.

—¿Ella o tú, Anderson? —preguntó Roland, y se rio como si Beckham acabara de contar un chiste, pero Reyna sabía que no lo era.

—Yo, por supuesto —respondió Beckham—. Yo soy el de los colmillos.

—Cierto. Al menos las pesadillas hacen que la sangre corra. —Roland mostró una sonrisa lasciva.

—Con permiso. —Beckham posó la mano sobre su brazo y ella se estremeció ante el contacto. Luego se encontró con su mirada intensa—. Voy por una bebida, ¿quieres algo?

—Sí, por favor.

—¿Champán?

Ella asintió.

—Muy bien.

Lo observó alejarse con el corazón desbocado. ¿Cómo podía un solo roce afectarla tanto? ¿Cómo podían las palabras y acciones de Beckham ser tan contradictorias? Sus ojos lo siguieron hasta la barra.

—Y según tú no se están acostando —apuntó Sophie sin tapujos.

—¡Sophie! —soltó con brusquedad.

—¿Qué? Basta con ver cómo te mira: ese hombre está listo para devorarte entera.

Reyna lanzó una mirada nerviosa a Roland y luego volvió a mirar a Sophie.

—Exageras, no es así para nada.

«Una mentira del tamaño de una catedral», pensó.

—Piensa lo que quieras, pero, con ese vestido, todos los hombres en esta sala te están mirando. —La voz de Sophie destilaba envidia—. Incluido Beckham.

—Lo dudo —replicó.

—Oh, pero lo hará —intervino Roland al pasar junto a Sophie, que se colocó justo al lado de Reyna, se inclinó hacia ella y le susurró al oído—: Igual que yo.

Reyna se estremeció de asco y se apartó de golpe. Sophie los miró a ambos, pero, o bien era tan tonta como para no captar las intenciones del vampiro, o simplemente le daba igual mientras él siguiera comprándole ropa cara.

—Te encontraré más tarde, cariño —murmuró Roland—. Puedes estar segura.

Se alejó, pero Reyna no pudo deshacerse de la punzada de desesperación que le dejaron sus palabras. Tenía que encontrar a Beckham, y rápido. Lo último que deseaba era quedarse a solas con Roland.

Escudriñó la sala buscándolo. Su altura y corpulencia lo hacían fácil de identificar incluso entre una multitud de vampiros. Estaba en la barra con un vaso de algún tipo de whisky en la mano. Lo vio vaciarlo de un trago, hacer una leve mueca y devolvérselo al barman, que se lo rellenó de inmediato.

El barman comenzaba a llenar una copa de champán cuando una mujer se acercó a Beckham. Él le habló con naturalidad, más relajado de lo que jamás lo había estado con ella. La mujer le puso la mano en la manga del traje y él no la apartó. ¿Qué carajos?

Incluso de espaldas, Reyna supo que era guapa. Llevaba un ajustado vestido azul real con cintura imperio y tafeta fruncido hasta el suelo. El peinado recogido dejaba al descubierto su nuca, aunque algunos rizos oscuros le caían con gracia por la espalda.

Entonces volteó y Reyna se quedó boquiabierta. No era guapa: era deslumbrante. Esbelta como una bailarina, con un rostro perfecto en forma de corazón, nariz respingada y labios rosados y carnosos.

Parecía estar buscando a alguien, pero finalmente se encogió de hombros y le dijo algo a Beckham. Para su sorpresa, él echó la cabeza hacia atrás… y rio.

Beckham estaba riendo. Ella no podía reconciliar eso con el Beckham que conocía. Él nunca reía; era serio, solemne, no tenía sentido del humor. De hecho, ni siquiera le gustaba que le hablaran, mucho menos que intentaran hacerlo sonreír.

Sin darse cuenta, se le helaron las venas. Todo el calor que Beckham solía despertarle fue sustituido por una punzada inexplicable. ¿Quién era esa mujer?

—Sophie —murmuró, intentando mantener la calma—. ¿Quién es esa vampira?

—¿Cuál?

—La que está hablando con Beckham en la barra.

—Ah —dijo Sophie en voz baja, y miró a Reyna con una expresión de pura compasión.

—¿Qué pasa?

—Esa es Penelope Sky.

—Penelope Sky —¿Por qué le sonaba ese nombre?

—Sí. Es la hija del alcalde, y es humana, no vampira —aclaró Sophie.

—¿Humana? —Repitió sin comprender. Beckham se mostraba así de cómodo con otra humana, y ella ni siquiera podía acercársele. No tenía sentido.

—Ajá… — Sophie le dio dos palmaditas en el brazo.

—Pues se ve muy cómodo.

—No me extraña, han estado saliendo de vez en cuando al menos por un año —explicó, como si fuera cualquier cosa.

—¡¿Qué?!

El impacto la golpeó como una ola. ¿Beckham tenía pareja?

Después de aquel beso, estaba convencida de que había algo entre ellos.

Ahora empezaba a cuestionarlo todo. Beckham no se sentía cómodo con ella, ni siquiera quería tenerla cerca; la evitaba, la mantenía a raya, y le había dejado muy claro que no tendrían nada más allá de lo estrictamente profesional.

Todo porque estaba con Penelope Sky, la hija del alcalde.

Mierda, vaya que dolía, mucho más de lo que había pensado.

—¿De verdad no lees los tabloides?

—No.

—Fueron la pareja más comentada del verano: una humana y un vampiro. Como imaginarás, salió en todos lados. Supongo que esa información no te llega fuera de la ciudad.

—Parece que no —dijo en voz baja. Sentía el estómago hecho un nudo. Beckham nunca le había mencionado que salía con alguien. Claro que nunca le contaba nada, ¿por qué le sorprendía?

—Bueno, se apagó un tiempo, pero parece que empezaron de nuevo. Quizá por eso no le interesas —soltó Sophie con descaro.

Reyna palideció.

—Lo nuestro no es así, Sophie, esté con ella o no.

—Lo que tú digas. —Sophie le dio otra palmadita compasiva en la mano—. Pero me alegro de no tener que competir con eso .

Decirlo así era quedarse corta. Competir con Penelope Sky era como competir con el sol.

Reyna intentó apartar la vista, pero no pudo evitar seguir mirándolo. Lo vio inclinarse para susurrarle algo al oído, y observó cómo su aliento le rozaba la piel, cómo ella le sonreía con esa familiaridad que solo da la intimidad.

Ya había tenido suficiente cuando Beckham notó su mirada. Sus ojos se encontraron desde ambos extremos del salón y las mejillas de Reyna se encendieron. Entonces él sonrió: era una sonrisa peligrosa, maliciosa, y cruzó la sala con Penelope… directamente hacia ella.