Capítulo 16
C uando volvió a salir de su habitación, Beckham ya no esta ba.
Podría haberse saltado toda esta expedición y haber salido a fotografiar la ciudad por su cuenta, pero la asaltaron de nuevo las pesadillas.
No podía hacer eso, ni a sí misma, ni a Beckham.
Él se había preocupado de verdad por ella, y lo último que quería era que algo le pasara.
Quizá no fuera tan terrible estar con Sophie.
Bajó al vestíbulo y se sintió aliviada al ver que Everett había vuelto al trabajo.
—Señorita Carpenter —saludó con formalidad, sin mirarla a los ojos.
Abrió la boca para responder algo, pero ¿qué podía decir?
A Beckham lo había defendido por haberle salvado la vida, pero sabía lo que ella hacía y ahora todos sus amigos también.
Tal vez Beckham tenía razón. Tal vez todo era un desastre y no había forma de arreglarlo.
Everett era la persona más amable, genuinamente optimista y buena que había conocido.
Si ni siquiera él podía superar el hecho de que trabajara para Visage, entonces tal vez nadie podría hacerlo.
—Hola —murmuró.
—¿Hoy necesita el coche del señor Anderson?
—Sí, gracias.
Everett hizo una señal al conductor de Beckham.
El minuto que compartieron en silencio fue doloroso.
Quería decirle tantas cosas: lo contenta que estaba de que estuviera de vuelta; lo mucho que lamentaba el ataque; incluso quería rebatir las cosas que sus amigos habían dicho sobre ella.
Sin embargo, no le vinieron las palabras.
Se limitó a dejar que Everett le abriera la puerta.
—Gracias —susurró.
Sus miradas se cruzaron en ese breve momento entre que se sentó y él cerró la puerta. Se sintió como si la distancia entre ellos fuera insalvable. Las cosas nunca volverían a ser como antes. Tal vez él nunca volvería a ser como antes.
El trayecto hasta la boutique donde iba a encontrarse con Sophie fue corto.
Reyna se colgó su enorme bolso del hombro; el peso de la cámara en el fondo le dio confianza, y caminó decidida con sus tacones: al fin estaba empezando a acostumbrarse.
Aun así, esperaba tener tiempo después de esta salida para comprar ropa más cómoda que le permitiera mezclarse entre la gente mientras tomaba fotografías.
Vaciló en sus tacones cuando entró en la tienda. Esperaba un sitio pequeño con unos pocos vestidos, pues eso era lo que se imaginaba cuando pensaba en ropa de diseñador. Por el contrario, aquel lugar era enorme: tenía dos o tres pisos de altura y ocupaba casi una manzana entera.
Una mujer tan alta, delgada y hermosa como cualquier vampiro que hubiera visto se acercó a ella con paso firme, haciendo sonar sus diminutos tacones de punta afilada.
Llevaba un vestido negro que se ceñía a su figura esbelta y el pelo recogido en una coleta perfecta a la altura de la nuca.
A medida que se acercaba, Reyna se sobresaltó al darse cuenta de que era humana. ¿Cómo podía una humana ser tan hermosa?
—Usted debe ser Reyna —dijo con una sonrisa—. Soy Blythe.
—Hola.
—Su amiga ya llegó, permítame acompañarla.
—Claro —respondió, intentando aparentar seguridad en su andar.
Sus ojos recorrieron las paredes repletas de prendas hermosas y carísimas, sin saber por dónde empezar.
¿Cómo podía alguien permitirse eso? Mejor dicho, ¿cómo podían hacerlo cuando había tantas personas hambrientas, trabajando sin nada, con tantas necesidades?
Le revolvía el estómago ser parte de aquello.
—Nos alegra mucho que haya elegido nuestra tienda para su primera experiencia de compra. El señor Anderson nos informó que era su primera vez y que debíamos tratarla con la más grande cortesía. ¿Está emocionada?
—Eh… ya estoy un poco abrumada.
Blythe sonrió con amabilidad.
—Es completamente normal. Hemos tenido a otras personas que, como usted, vienen para su primera vez.
Lo más importante es equipar adecuadamente a los empleados de Visage.
De hecho, somos conocidos por ello. Algunos diseñadores incluso tienen una línea entera dedicada a la relación entre sujetos y patrocinadores.
—Oh. —No sabía qué responder. ¿Qué clase de ropa incluía una línea con temática de sujeto-patrocinador? ¿Quería siquiera saberlo?
—Busca un vestido de gala, ¿cierto?
—Sí. Tengo que usar algo extravagante, supongo —dijo, poniendo los ojos en blanco.
Los ojos de Blythe brillaron.
—Somos expertos en lo extravagante.
—Preferiría pasar desapercibida, pero tengo la sensación de que eso no es lo que se espera de mí.
—¿Una mujer tan bella como tú? En absoluto. Vamos a hacer que tú y tu amiga Sophie brillen más que ninguna. Cuando estás en una sala llena de vampiros, tienes que esforzarte al máximo.
Entraron en una sección de la tienda repleta de vestidos de gala. Había de todas las formas, tallas y colores. No tenía idea de por dónde empezar. Solo podía quedarse allí, muda, contemplando ese derroche de lujo.
—Reyna, con que ahí estás. —Sophie salió de un probador con un vestido amarillo muy revelador.
El escote le llegaba casi hasta el ombligo y los costados estaban abiertos, haciendo que su cintura pareciera diminuta.
Cuando se volteó para subirse a una tarima y mirarse al espejo, Reyna vio que tenía la espalda descubierta casi hasta el trasero, y la falda caía en volantes hasta los pies.
—Guau —murmuró.
—¿No es divino?
—Sin duda, no pasará desapercibido.
Sophie pellizcó los lados del vestido.
—Creo que necesito una talla menos, Blythe. Este me queda un poco flojo, ¿no crees?
¿Flojo de dónde? Estaba espectacular. Su melena rubia caía sobre un hombro mientras miraba a la vendedora con aire aparentemente inocente.
—Podríamos ajustarlo. Es mejor que sobre un poco, así es más fácil de poner y quitar —respondió Blythe con astucia.
—No —replicó Sophie, mirándose al espejo—. Está todo mal, quiero ser irresistible para todos los hombres en la sala.
Sin pensárselo dos veces, bajó la cremallera y dejó que el vestido resbalara por su cuerpo, que quedó en una pila a sus pies. Solo llevaba un brasier blanco sin tirantes, una tanga a juego y tacones. Empujó el vestido con un pie y suspiró.
—Búscame otra cosa, algo que eclipse al sol. —Luego se giró dramáticamente y volvió al probador—. Vamos, Reyna, encuentra algo que te guste. ¿Eres talla muestra siquiera?
Reyna ignoró su comentario mordaz, no importaba la talla que tuviera. Blythe, por su parte, la evaluó con la mirada.
—Tengo justo lo que necesita.
Reyna se mordió el labio.
—Perdón por ella.
—La señorita Sophie es una gran clienta y nos gusta mantenerla contenta. ¿Por qué no le busco unas opciones y se las llevo al probador?
—Gracias.
Incómoda, Reyna sujetó su bolso y caminó de regreso hacia Sophie. Otra vendedora le ofreció una copa de champán, que rechazó de inmediato.
—No seas tan mojigata —dijo Sophie, saliendo con otro vestido amarillo diminuto.
—No tengo sed, gracias.
—Lo que digas. ¿Estás emocionada por el baile?
Nunca he ido a uno de Visage, pero seguro será increíble.
Irá toda la gente importante. Solo he estado en fiestas pequeñas y conozco a todos los jugadores clave, pero esto…
Dios, me muero —exclamó, acariciando la tela sedosa, y soltó una risita—. O sea, no literalmente.
—Ese está bonito.
—¿Bonito? Ugh, eres malísima para esto.
De nuevo, se quitó el vestido para quedar en ropa interior, apoyando las manos en las caderas. Tenía un cuerpo tan increíble que Reyna se sentía mal solo de mirarla, pero era claro que a Sophie le gustaba presumir su físico.
—Aquí tienes, Reyna. —Blythe volvó cargando un montón de vestidos—. ¿Tienes tu tarjeta?
—Oh, sí, disculpa. —Sacó su tarjeta de crédito y se la tendió, pero Sophie se la arrebató antes de que a Blythe pudiera tomarla.
—¡Santo cielo!
—¿Qué?
—¿Tienes una jodida black card ?
—Eh… ¿sí?
—¿Beckham te la dio?
—Ajá…
—Carajo, necesito una de esas. Voy a obligar a Roland a darme una. Yo tengo un tope, es muy frustrante. No es que me niegue nada, pero igual… ¡Es imprescindible tener una black card !
—Señorita Sophie —intervino Blythe, extendiendo la mano.
—Cierto. Ay, qué envidia. —Le devolvió la tarjeta y le dedicó a Reyna una mueca de berrinche, como si ella hubiera decidido tener una tarjeta o fuese su culpa que Sophie no tuviera una igual.
Cuando Blythe se alejó, Reyna cerró la puerta del probador. No tenía lencería especial para probarse todo eso como Sophie. Su armario estaba lleno de tangas y brasieres de seda que le quedaban perfectamente, pero seguía incomodándole la simple idea de desnudarse en medio de la tienda.
El primer vestido era azul celeste, de corte sirena, y resultaba imposible caminar con él. Empezó a quitárselo, pero oyó a Sophie al otro lado.
—Dios, estás tardando una eternidad. ¿Cuándo puedo ver?
—¿De verdad quieres ver?
—¿Nunca has hecho esto antes?
—No —admitió.
—Pues sal ya, tontita.
Reyna salió con el vestido puesto y Sophie frunció la nariz.
—No, está horrible. Cámbiate.
Reyna puso los ojos en blanco. ¿Para qué quería verla, si solo iba a criticar?
Probaron varios vestidos más hasta que Sophie finalmente se enamoró de uno. Era completamente blanco, como un vestido de novia, con cristales auténticos incrustados. Centelleaba como un diamante con cada movimiento.
—Bueno —dijo Sophie de mejor humor ahora que había encontrado su vestido—, ¿cuántas veces te acostaste con Beckham antes de que te diera esa tarjeta?
El vestido ajustado que llevaba hizo que Reyna trastabillara.
—¿Qué? —exclamó.
—Ay, por Dios, deja de ser tan estirada.
—Yo… no sé de qué estás hablando.
Le daba miedo mirarse al espejo. Sentía el rubor bajándole desde la raíz del pelo hasta los pies.
—Por favor, no soy tan ingenua. —Sophie puso los ojos en blanco—. Ese vestido es feísimo.
Reyna se refugió de nuevo en el probador con lo que parecía el vestido número cien. Se tomó su tiempo. No quería seguir con esa conversación. ¿Por qué Sophie pensaba que se acostaba con Beckham? ¿Era eso parte del trabajo ? No es que no lo hubiera pensado… o que no lo deseara…
—Entonces, ¿es bueno? —preguntó Sophie.
—¿Quién?
—Beckham, obviamente. ¡Espabila, Reyna! ¿Beckham es bueno en la cama? —preguntó, aunque no esperó respuesta antes de seguir hablando—. Quiero decir, Roland es brusco conmigo y todo eso, pero ¿sabes lo que se dice de Beckham?
—¿Qué se dice? —musitó Reyna.
—Oh, ya sabes —dijo con aire distraído y agitando la mano con desdén—. En fin, sé que Roland es bueno, pero Beckham… no me lo imagino. Roland dice que tiene un pasado muy oscuro, así que seguro que es una fiera en la cama.
Reyna tragó saliva. ¿Cómo habían llegado a esta conversación?
—¿Entonces, lo es?
—No lo sé —dijo con suavidad.
—¿No sabes si es una fiera? ¿Cómo es en comparación con tus otros amantes?
Reyna cerró los ojos, intentando que la vergüenza no la desbordara.
—Sinceramente, Sophie, no lo sé. No me he acostado con Beckham.
Sophie soltó una carcajada, pero al ver la expresión de Reyna se detuvo.
—Espera, ¿hablas en serio?
—No podría ir más en serio.
—Dios mío, ¿cómo es posible? Roland me puso las manos encima desde el primer día. No se cansaba de mí, hasta que literalmente estaba delirando por las mordidas y agotada más allá de lo soportable.
—Eso no necesitaba saberlo —dijo Reyna, alzando la mano.
—Pero, entonces, ¿cómo conseguiste la black card ?
Reyna se encogió de hombros, sin saber qué decir.
—Él solo me la dio.
—¿Solo te la dio? —Parecía incrédula.
—Sí.
—Ahí estás, ma chérie —entonó Roland.
Entró en la zona de probadores con paso decidido, ignorando a Blythe por completo.
Sus ojos estaban fijos en Sophie, enfundada en su deslumbrante vestido blanco.
Luego se posaron en Reyna y se agrandaron, apreciativos.
Cuando la sorpresa se le pasó, su sonrisa se volvió lasciva, cargada de deseo.
Reyna se sintió completamente expuesta en el vestido negro hasta el suelo, con abertura hasta el muslo y escote pronunciado.
Sophie se lanzó a sus brazos e interrumpió el contacto visual. Reyna suspiró de alivio.
—¿Te gusta mi vestido para el baile? —preguntó Sophie, girando sobre sí misma.
—Sí, es perfecto. Ve a quitártelo para que lo preparen. —Le indicó a Blythe que la acompañara, dejándolo completamente a solas con Reyna.
Ella se quedó inmóvil, erguida sobre la tarima frente al espejo, bajo la mirada depredadora de Roland.
—Vaya, Reyna. Estás deslumbrante —apuntó, saboreando la última palabra.
—Gracias.
—Si vas al baile con ese vestido, eclipsarás a todas las mujeres presentes.
—No creo…
—Beckham es un hombre muy suertudo —dijo Roland, apareciendo repentinamente frente a ella.
—Sí… supongo. —Tragó saliva y desvió la mirada.
—¿Sabe complacerte? Ese tipo contenido, ensimismado y siempre al borde del abismo… ¿Es un buen amante?
Reyna cometió el error de mirarlo a los ojos. El vampiro la observaba como si muriera por comprobar si podría complacerla. O más exactamente, como si quisiera comprobarlo… y luego romperle el cuello. Sin duda, disfrutaría ambas cosas por igual.
—Podría mostrarte lo que te estás perdiendo —gruñó, deslizando los dedos por su brazo desnudo.
Su tacto le resultó repugnante a todos los niveles.
Se le cerró la garganta y se quedó congelada.
Si no se movía, quizá él perdería interés.
Tal vez se iría con Sophie y dejaría de acosarla con la mirada.
Solo quería huir, pero no era como si pudiera escapar de un vampiro.
Y, desde luego, no era un enemigo al que quisiera tener detrás.
—Agradezco la oferta —dijo—, pero Beckham es muy territorial. No creo que le hiciera gracia compartir.
La verdad era que ella no quería a nadie más. Le daba igual si Beckham quería compartirla o no.
Roland entrecerró los ojos y la agarró del cabello.
—Me encantaría ver a Beckham poniéndose territorial.
Reyna gimió al sentir el tirón repentino. Cerró los ojos y empezó a temblar de pies a cabeza.
—Por favor… por favor…
—Imagínalo, podría saborearte justo aquí. Y quizá, si tienes suerte, te dejaría probar mi sangre también. Mezcladas, podríamos rehacerte. Serías una vampira hermosa.
—Por favor, para —suplicó, apretando los ojos con fuerza e intentando aflojar la tensión en su pelo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Sophie, saliendo del probador.
Roland la soltó bruscamente.
—Nada. El coche nos espera, así que pide que te manden el vestido a casa.
Y se fue con paso firme. Reyna no pudo contener el temblor, ni siquiera cuando Sophie se marchó con una mezcla de compasión, celos y rabia que se notaba a leguas.
—Señorita Reyna —dijo Blythe—. ¿Encontró un vestido?
—Sí. Quiero que cargue este a la tarjeta —dijo—. Y después, quémelo.