El monstruo y su última presa Capítulo 15
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Capítulo 15

U na pesadilla arrancó a Reyna de sus sueños; en ella, un vampiro la perseguía por las calles y le abría la garganta. Gritó y se incorporó de golpe en la cama. Tenía el cabello pegado a la piel de su espalda por el sudor, estaba empapada y no lograba librarse de esa terrible sensación de inquietud.

Estaba en el penthouse de Beckham y se encontraba a salvo. Habían pasado días desde el ataque de aquel vampiro. No había ocurrido absolutamente nada más desde entonces, pero no lograba sacudirse las pesadillas.

Esperaba que Beckham no la hubiera oído.

No quería hablar de esto con él, no después de la distancia que había impuesto entre los dos.

Se había sentido tan segura entre sus brazos, pero en cuanto él la soltó, fue como si construyera un muro de hielo impenetrable para mantenerla al margen.

Se esforzaba tanto en alejarla que ella había dejado de intentar acercarse.

Quería que estuviera agradecida con su situación, y lo estaba; sin embargo, aún tenía esperanzas con él. Y la esperanza era peligrosa.

Se levantó de la cama y tomó un baño para quitarse el sudor.

Se envolvió en una toalla y se secó el pelo frente al espejo; luego, se lo recogió en un chongo alto y fue en busca de algo que ponerse.

Sin embargo, en cuanto entró al vestidor, notó un vestido rojo sangre colgado lejos de la demás ropa.

Se detuvo en seco y miró alrededor; odiaba cuando aparecían cosas así en su habitación, pues, por lo general, no significaba nada bueno.

Se acercó al vestido y deslizó los dedos por la tela sedosa. Era precioso y suave… y, aun así, no era para nada su estilo. Había una nota enganchada a la percha, misma que arrancó con rapidez:

Hoy

No había más instrucciones, eso era todo lo que decía.

Suspiró, muy consciente de lo que implicaba esa palabra, y se lo puso.

El vestido tenía un escote en forma de corazón, sin tirantes, con un lazo de satén ajustado en la cintura.

La falda era de tul y le llegaba hasta las rodillas; la hacía sentir como una bailarina, aunque estaba lejos de ser tan agraciada como una y, pensándolo bien, no había visto una bailarina desde antes de que su vida se fuera al demonio.

Se dispuso a salir del cuarto después de ajustarse el broche de la espalda, pero se topó con algo más que no había estado allí la noche anterior. Encima de su mesita de noche había una caja azul grande. Se apresuró hacia ella y encontró una tarjeta:

Perspectiva

Desató el listón y levantó la tapa de la caja.

Dentro había una cámara negra brillante, con un lente grande y una correa gruesa.

La sacó con reverencia; sus padres habían tenido una parecida cuando era niña, pero no sabía muy bien cómo funcionaba esta.

Le tomó un par de minutos trastear con los botones antes de encenderla.

La pantalla se iluminó, pero no mostraba lo que estaba apuntando.

Se llevó el visor a los ojos, apuntó hacia el vestidor y presionó con fuerza el botón de arriba.

La cámara hizo clic y zumbó, y al mirar hacia abajo, una imagen perfectamente nítida de su armario apareció en pantalla.

Se quedó boquiabierta: era una maravilla.

—Perspectiva, ¿eh? —Apretó el aparato contra su pecho y corrió a la siguiente habitación—. ¡Una cámara! —exclamó con entusiasmo al ver a Beckham sentado en un taburete de la cocina, con los ojos clavados en su maldito teléfono.

Él alzó la mirada una vez para evaluar su apariencia, y Reyna se quedó inmóvil bajo esa mirada incandescente.

—Y yo que pensé que te quejarías del vestido.

—Bueno, no es lo peor que me has puesto —replicó. Tenía las mejillas encendidas por la manera en que él la había examinado, pero estaba demasiado emocionada como para preocuparse por sus cambios de humor—. Pero ¡una cámara, Becks!

Él se encogió de hombros, como si no fuera nada.

—Dijiste que querías un pasatiempo.

—Es increíble —suspiró.

Sin pensarlo demasiado, le echó los brazos al cuello. Él se tensó bajo su contacto y ella se apartó de inmediato, pero no se disculpó. Estaba demasiado feliz para eso.

—¿Puedo salir ya a tomar fotos? ¿Qué voy a fotografiar?

—Me imagino que lo que tú quieras.

—Pues debería irme entonces.

—Espera. —Beckham le sujetó la mano para que no se escapara—. Deberíamos establecer algunas reglas básicas.

—¿Todo en esta casa viene con reglas? —se quejó.

—Sí.

—Bien. ¿Cuáles son? Arreglémoslo de una vez.

Él le dirigió una mirada severa, pero ella le devolvió una sonrisa.

—Es muy simple. Si vas a salir de aquí para tomar fotos, puedes ir adonde quieras siempre que uses mi coche y lleves un guardaespaldas contigo.

A Reyna se le cayó la mandíbula.

—¿Crees que necesito guardaespaldas?

Él ignoró por completo la pregunta.

—Si en algún momento el guardaespaldas cree que estás en peligro, tiene permiso expreso para sacarte de la situación.

—¿Algo más ?

Sabía que debía mantenerse a salvo, pero podría haberlo planteado de alguna manera que no diera a entender que iban a vigilarle cada movimiento.

—¿Qué planeas hacer con las fotos que tomes? —preguntó él con cautela.

—No sé, ¡acabo de recibir la maldita cámara! —Se encogió de hombros—. ¿Verlas? ¿Se pueden pasar a la computadora?

—Sí —respondió con cierta duda.

—Entonces, eso haré.

—Esto es importante, Reyna. No quiero que tus fotografías aparezcan en ningún sitio con tu nombre. Puedo crearte un sitio web anónimo y seguro, y enseñarte a subirlas, pero nadie debe saber que eres tú ni que yo te lo permití.

—¿Y por qué importa tanto? —inquirió, intrigada.

—¿Nunca has oído que una imagen vale más que mil palabras? No quiero que ninguna de esas palabras se relacione contigo.

—Ni contigo —dedujo ella.

—¿Estás de acuerdo?

—Sí —respondió automáticamente. Si decía que no, él nunca volvería a dejarla salir. Además, ¿quién iba a interesarse por sus fotos?—. Entonces, ¿me mostrarás cómo usar el sitio?

—Lo tendré listo antes de que acabe el día —prometió.

Reyna tragó saliva y lo miró con sinceridad.

—Gracias.

—De nada. —Los hombros de Beckham se relajaron, como si hubieran superado la parte difícil de la conversación—. También tienes una cita de compras con Sophie.

Se le cayó el alma a los pies; le daba libertad y le ataba una cadena al cuello al mismo tiempo.

—¿De verdad tengo que ir?

—Sí. —Volvió a su teléfono—. Visage está organizando un baile de celebración por la aprobación del Censo de Sangre. Tengo que asistir, lo que significa que tú también.

—¿Un baile?

La idea hizo que sus ojos brillaran. Un baile con Beckham, eso sí que podía ser interesante.

—Busca algo apropiado para ponerte y cómpralo con la tarjeta. No importa el precio, elige lo que quieras —murmuró sin alzar la vista.

—Está bien. —Volvió a abrazar la cámara contra su pecho—. ¿A qué hora la veré?

—Al mediodía.

Él volvió a mirarla, y dejó los ojos fijos en su rostro. Dios, si tan solo pudiera saber en qué estaba pensando.

—Ten cuidado con ella, Reyna. En realidad, es un lobo disfrazado de oveja.

—Entonces, ¿por qué tengo que ir con ella? —preguntó, exasperada. Toda esta política le resultaba agotadora. No quería rodearse de personas con las que tuviera que estar a la defensiva.

—Dijiste que querías hacer amigos. —Arqueó una ceja, esperando que lo desafiara.

—Sí… amigos. Gente con la que tenga cosas en común, no una mujer que también trabaja para Visage.

—¿Ah, sí? ¿Como los del hospital? Tu vida cambió por completo, y cuanto antes lo aceptes, más fácil será todo.

Sus ojos se desviaron inconscientemente a la boca de Beckham.

—¿Y tú?

—¿Qué tengo que ver yo, Reyna?

—Tu vida también cambió y, cuanto antes lo aceptes, más fácil será para los dos —susurró con valentía.

Sus ojos volvieron a encontrarse. Reyna sabía que Beckham sentía algo bajo todo ese orgullo, pero él no dejó ver ninguna emoción.

—El chofer estará aquí en una hora.