El monstruo y su última presa Capítulo 14
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Capítulo 14

R eyna caminaba por el hospital. Era extraño estar en esa ala del edificio de Visage.

Ella y sus hermanos nunca habían tenido suficiente dinero para ir al hospital en el Distrito de Almacenes.

Cuando se enfermaba, tenía que sudar la fiebre en su estrecho departamento, con puro paracetamol y esperanza.

Ahora la rodeaba el entorno estéril, repleto de gente enferma que había perdido la esperanza y recurría al hospital vampírico para seguir con vida.

En cuanto entraron, Beckham desapareció dejándole apenas un par de indicaciones para que pudiera encontrar a Everett.

La recepcionista la dirigió por un pasillo hasta una enfermera, la siguiente enfermera le señaló otro pasillo y, tras algunas vueltas más, por fin lo encontró acurrucado en una cama de hospital.

Tenía una intravenosa en el brazo que la hizo estremecerse, pero al menos seguía respirando.

Ya no estaba pálido ni demacrado como la última vez que lo había visto. Un vendaje blanco se alcanzaba a ver en su cuello, y se imaginó las horribles marcas de mordida que habría debajo. Ambos tenían muchísima suerte de que Beckham los hubiera encontrado.

Tocó suavemente en la puerta entreabierta.

—Hola —susurró.

—Reyna. —Una sonrisa le iluminó el rostro—. Es tan bueno verte viva.

—Lo mismo digo de ti. ¿Puedo pasar?

—Por supuesto —respondió, dando unas palmaditas en la cama.

Cruzó la pequeña habitación y se dejó caer en una silla junto a la cama.

El solo hecho de que tuvieran que estar ahí le revolvía el estómago.

Tenían muchísima suerte de estar vivos, pero eso no aliviaba el nudo en su interior.

La vida no debería ser así, la oscuridad no debería contener estas pesadillas.

Incluso en casa, donde se suponía que era más peligroso, nunca había temido que algo tan violento pudiera pasar.

Tras un momento de incomodidad, Reyna rompió el silencio.

—Lo siento mucho. Nunca debí habernos puesto en esa situación.

—Nadie sabía que habría un vampiro allí —le recordó Everett.

—Es cierto, pero no quería que te pasara nada.

—Por suerte, ahora estoy a salvo. Todo gracias a ti.

—Gracias a Beckham, más bien. Nos salvó a los dos.

—Guau. —Everett estaba visiblemente sorprendido—. Un vampiro salvando humanos, nunca lo habría imaginado. ¿Qué hacía él allí?

—Supongo que me estaba siguiendo. Tengo una habilidad especial para encontrar el peligro... o quizá el peligro me encuentra a mí.

—Tal vez deberías haberme advertido antes —apuntó con una sonrisa.

Reyna soltó un suspiro de alivio al ver que su amistad no parecía haberse roto irremediablemente tras la experiencia traumática de la noche anterior.

Everett parecía interesado en ella y, aunque no le correspondía, no significaba que quisiera que muriera; mucho menos deseaba perder a su único amigo hasta ahora.

Justo cuando estaba a punto de decírselo, todos los amigos de Everett irrumpieron en la habitación. Mara, que iba al frente del grupo, corrió hacia él con expresión angustiada. Tenía la cara hinchada y los ojos rojos, como si hubiera estado llorando gran parte de la noche. Tal vez era el caso.

Reyna sintió una punzada de culpa; había estado encerrada en el departamento de Beckham, besándose con él, mientras su amigo estaba en el hospital recibiendo una transfusión. Sus verdaderos amigos habían estado ahí, esperado a que despertara. Intentó deshacerse de la vergüenza, pero era difícil.

—Hola, chicos. —Everett les dedicó una sonrisa.

—Ay, Everett —sollozó Mara, abrazándolo con fuerza. Él se rio y le dio un par de palmadas en el hombro.

—Estoy bien, Mara.

—¿Qué carajos te pasó? Pensamos que se habían largado juntos. —Le lanzó a Reyna una mirada acusadora.

Tuvo la sensación de que esa reacción tenía más que ver con la idea de que Everett y ella se hubieran ido juntos que con querer saber los detalles de su hospitalización.

Era bastante obvio que Mara estaba interesada en él.

Le extrañaba que se sintiera amenazada por ella; nunca había sido ese tipo de mujer y, honestamente, no quería serlo ahora.

Everett le gustaba como amigo, nada más.

Su corazón daba tumbos en una dirección completamente opuesta, una que ni siquiera debería estar considerando.

—Sí, ¿estás bien? —preguntó Brianna, empujando a Coop para que entrara.

La habitación empezaba a llenarse demasiado y, de pronto, Reyna notó que estaba sentada demasiado cerca de Everett.

—Ambos estamos bien. Nos atacó un vampiro errante —explicó él.

Mara se tapó la boca con las manos, horrorizada. Los demás se quedaron lívidos ante la idea.

—Se alimentó de mí. Me sacó tanta sangre que perdí el conocimiento y, si no me hubieran llevado inmediatamente al hospital, habría muerto.

Reyna asintió con gravedad.

—Después me atacó a mí. Me lanzó contra un contenedor de basura y me golpeé la cabeza, pero, bueno… otro vampiro vino a salvarnos.

—¿Qué? —Brianna estaba confundida.

—¿Otro vampiro? ¿Un chupasangre enfrentándose a uno de los suyos? —intervino Tucker.

—Sí —respondió la joven en voz baja.

Mara entrecerró los ojos.

—¿Qué carajos, Everett? ¿Por qué interferiría otro vampiro?

Reyna se sonrojó y mantuvo la vista fija en la sábana. Everett no dijo nada. Sería difícil mentir esta vez; había sido fácil ocultar dónde trabajaba, pero esto era diferente. Los vampiros no actuaban así sin un motivo.

—Oh, Dios mío —gritó Mara—. ¡Trabajas para ellos, para Visage!

Reyna se estremeció ante el tono acusatorio de su voz.

Quiso contarle todas las cosas que ella y Everett habían hablado el día anterior: que estigmatizar ese trabajo solo perjudicaba a quienes lo ejercían; que ella había tomado su decisión con pleno conocimiento de causa; y que sentir lástima por quienes trabajaban en ello no ayudaba en nada.

Pero, en lugar de eso, simplemente permaneció sentada en silencio.

Everett negó con la cabeza.

—Mara, basta ya.

—Visage ni siquiera debería existir —replicó ella—. Lo siento, Reyna, pero no deberías trabajar dentro del sistema, sino tratar de destruirlo.

—Mara, queremos ayudar a estas personas, no hacerlas sentir rechazadas —suspiró Brianna.

Tucker y Coop miraban a cualquier parte menos a Reyna, atrapados en pleno fuego cruzado.

—Fue ella quien nos mintió en la cara.

—Fui yo, en realidad —intervino Everett—. Y aunque ella les hubiera mentido, ¿de verdad creen que pueden culparla?

Reyna enderezó los hombros. No podía quedarse callada y permitir que la insultaran así.

—Sigo siendo humana. Al menos ustedes podrían actuar como si también tuvieran algo de humanidad.

—Estás renunciando a tu humanidad cada vez que dejas que beban de ti —la acusó Mara.

—¡Basta ya! —gritó Everett, y el silencio cayó de golpe—. Dejen en paz a Reyna.

—¿Cómo puedes defenderla? —espetó Mara—. Deja que un vampiro le chupe la sangre por dinero. Lo único peor que eso es ser un maldito vampiro.

—Un vampiro me salvó la vida —le recordó Everett—. Quizá no todos sean malos.

—Una excepción no basta para borrar las atrocidades cometidas por generaciones —replicó Mara con fiereza.

—Pero parece suficiente para condenarlos —dijo Beckham mientras entraba en la habitación.

Se hizo un silencio sepulcral. Todos se voltearon para mirar su imponente figura en la puerta: la energía que desprendía era pura intensidad.

Tucker, Coop y Brianna se escabulleron hacia el fondo de la habitación, buscando refugio.

Mara sostuvo la mirada de Beckham con desafío, pero no era inmune a su poder; cuando Beckham posó sus ojos en ella, Reyna supo que ese era el último lugar donde Mara quería estar.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con voz atronadora.

Nadie dijo una palabra.

—Eso pensé.

Sus ojos encontraron los de Reyna al otro lado de la habitación, y ella respiró aliviada de que estuviera allí.

Nunca habría imaginado que estaría tan feliz de tenerlo cerca.

Y es que no solo se había sentido degradada por los amigos de Everett, sino también acorralada, como un ratón en una trampa; aquellas personas eran de las que prenden la antorcha sin pensarlo dos veces, y no quería ser la próxima en la hoguera.

—Vámonos, Reyna.

Ella bajó la cabeza y salió rápidamente de la habitación. No le importaba lo que dijeran después de que se marchara, no quería quedarse ni un minuto más. Ni siquiera Everett se despidió.

Salieron del hospital en silencio. El chofer los esperaba en la entrada para visitas, y ella se deslizó con facilidad en el interior oscuro del coche.

La falda era tan ajustada que se le subió al sentarse, y estaba intentando bajársela cuando Beckham entró al coche.

Le bastó ver que el noventa por ciento de sus piernas estaban al descubierto para sacar el celular del bolsillo de su traje.

El coche retomó el camino hacia la ciudad en cuanto la puerta se cerró tras ellos. Reyna podía sentir la irritación que el vampiro irradiaba. No sabía si se debía a la conversación que había interrumpido al llegar o a otra cosa.

—¿A dónde te fuiste? —preguntó. Sus ojos estaban fijos en él, que tecleaba sin parar en ese maldito teléfono. El suyo estaba guardado en el bolso, sin usar, como de costumbre.

Beckham no dijo una palabra y Reyna lanzó un suspiro. ¿De nuevo silencio?

—No puedo creer lo que dijeron los amigos de Everett —susurró.

Se dejó caer contra el respaldo del asiento, preguntándose si lograría provocarle alguna reacción.

Lo único que él había notado eran sus piernas al descubierto, pero ella no iba a rebajarse a quitarse la ropa para llamar su atención—. ¿Todos piensan como ellos?

Ni una palabra. Ni siquiera levantó la cabeza para mostrarle que la estaba escuchando. Pensó en agitar la mano entre él y el teléfono, pero le asustaban las consecuencias.

—¿Vas a seguir ignorándome?

Beckham cerró los ojos un segundo antes de responder:

—Los prejuicios contra los nuestros son profundos. Nadie piensa bien de nadie porque nadie trata bien al otro, y un solo acto no los hará cambiar de opinión. Deberías ignorar lo que otros piensan de ti; solo tú sabes lo que es verdad y lo que no.

Reyna lo observó detenidamente. Era una reflexión profunda que venía de un vampiro que había salvado la vida de un humano. Aquello era una prueba más de que Beckham no era el villano que quería aparentar ante los demás, incluida ella.

—Sabes que ya ha pasado una semana y media, Becks.

—¿Solo llevas aquí molestándome ese tiempo? Lo haces parecer una eternidad, pequeña.

—Obviamente ya no puedo juntarme con esa gente que me odia, y tampoco puedo seguir encerrada en tu departamento. Necesito hacer algo, lo que sea —dijo, con la voz entrecortada.

Beckham resopló.

—Entonces usa la tarjeta y ve de compras. Cómprate una montaña de ropa para llenar tu armario. Haz amistad con otros empleados que sí entiendan lo que haces y no te juzguen por ello. Lo importante es que hagas algo que esté a la altura de tu nueva posición.

—¿Mi nueva posición? —preguntó, incrédula.

—Sí, Reyna. No sé qué parte no estás entendiendo. Tienes más dinero del que jamás soñaste. Úsalo.

Pensar que ahora era rica solo por trabajar para Beckham y vivir en su penthouse le resultaba ridículo. El único beneficio de vivir con él era que la compensación por ese trabajo que en realidad no hacía iba directamente a sus hermanos. Que ellos recibieran el dinero hacía que todo valiera la pena.

—¿Y quieres que vaya de compras con la tarjeta negra? ¿La tarjeta ilimitada?

—Es ilimitada por una razón —aclaró con sequedad.

—Sabes que mi armario tiene más ropa de la que podría desear y absolutamente nada cómodo para ponerme.

—¿Qué es lo que quieres de mí, Reyna?

Eso sí que era pregunta capciosa. La lista de cosas que quería de él, pero que no podía decir en voz alta, crecía cada día. Por instinto, su mirada descendió a sus labios, y luego volvió a esos ojos oscuros e insondables. Él apretó la mandíbula; estaba claro que eso no estaba a discusión.

—Necesito hacer algo, tal vez conseguir un trabajo.

—Ya tienes un trabajo.

Reyna se rio en su cara.

—Por ahora me pagan por sentarme en tu penthouse y aguantar tu actitud y tu obsesión con el teléfono. Eso no es un trabajo. No puedo vivir encerrada sin hacer nada. Estoy aburrida.

—Cualquiera moriría por esta oportunidad. ¿Por qué tienes que ser tan difícil?

—Obviamente no soy como los demás.

—Obviamente.

Suspiró y sintió el peso del espacio que los separaba.

—No firmé para quedarme encerrada sin hacer nada, ni para no ver a mis hermanos.

Beckham negó con la cabeza, incrédulo.

—¿No entiendes el peligro? ¿No te quedó claro anoche?

Ella levantó el mentón. Beckham se refería al ataque, pero todo en lo que podía pensar era en el roce de sus labios.

Al quedarse dormida la noche anterior, había revivido el momento una y otra vez.

Las fantasías la habían dejado aún más inquieta, una sola vez no era suficiente. Nunca sería suficiente.

—Lo de anoche solo confirmó lo que ya sabía. Hay gente buena y hay gente mala. Algunos vampiros son malos, y otros…—Reyna extendió la mano, atravesó la distancia que los separaba dentro del carro, y tocó la suya—. Otros son buenos.

Beckham apartó la mano como si lo hubiera quemado.

—Ahí es donde te equivocas. Todos son malos, solo que aún no lo sabes.

—No te creo.

—La bondad no existe ahí fuera, Reyna. Todos están corrompidos, todos están rotos.

—Yo no —susurró.

—Oh, pequeña, este mundo matará lo bueno que quede en tu tierno corazón.

—Pero no me romperá.

—No —coincidió. Apoyó la frente en su cabello y aspiró profundamente—. Seré yo quien lo haga.