El monstruo y su última presa Capítulo 12
34%

Capítulo 12

R eyna bajó tarde y más que irritada. Beckham conseguía alterarla como nadie más lo había hecho nunca.

Su sola presencia la ponía nerviosa; la mayoría del tiempo quería abofetearlo, y luego se perdía contemplando ese rostro tan atractivo.

Ni siquiera le caía bien, pero la tensión era tan densa que nunca sabía hacia qué lado se inclinaría la balanza.

—Guau —dijo Everett al verla salir. Estaba boquiabierto. Reyna sonrió ante su reacción y lo observó: llevaba unos jeans oscuros y una camisa a rayas azules arremangada hasta los codos. Quizá ella iba demasiado arreglada.

—¿Guau bien? —preguntó.

—Guau genial. Estás increíble.

—Gracias —respondió, radiante.

—Vas demasiado guapa para salir conmigo y mis amigos.

—¿Debería cambiarme? —preguntó con duda.

—Ni hablar. Si el señor Anderson te dejó salir así esta noche, no voy a dejar que vuelvas a entrar.

Reyna rio.

—Beckham. Llámalo Beckham. «Señor Anderson» suena a que es mi papá o algo.

—Claro, como digas. —Everett le ofreció el brazo—. Tengo el coche estacionado atrás. Es la costumbre.

Ella apoyó la mano en su manga y lo siguió hasta donde tenía estacionado un Mustang antiguo.

—Este coche es increíble —murmuró, fascinada.

—Gracias. La carrocería es original. Lo restauré con mi padre, era mecánico antes de que la economía se fuera a la mierda. Cuesta mantenerlo con gasolina, pero para ir y volver del trabajo no está mal.

Everett abrió la puerta del copiloto y ella se hundió en el asiento. Desde que había dejado el Distrito de Almacenes, era la primera vez que subía a un coche sin chofer. Se sentía más normal, menos como una muñeca de escaparate. Esa noche no era la mascota de nadie, solo era Reyna.

El antro estaba a cinco o seis cuadras. En un día normal en casa, habría ido y vuelto caminando sin problema; sin embargo, no era seguro hacerlo en la ciudad, y ya no tenía sus tenis, solo esos absurdos tacones.

Dejaron el coche en el valet y entraron al local, un sitio vibrante ya medio lleno de cuerpos.

Everett le tomó la mano y la arrastró entre la multitud hasta un sitio reservado, en donde ya se encontraba un grupo de personas, con copas y una jarra de cerveza sobre la mesa.

En cuanto llegaron, una rubia se lanzó sobre Everett.

—Everett, llegaste.

Él la abrazó y se separaron; luego tiró de Reyna para acercarla más.

—Mara, esta es mi amiga Reyna. Acaba de mudarse a mi edificio.

Reyna lo miró con curiosidad mientras él la guiaba hacia el interior del reservado y se sentaba a su lado. Mara se acomodó enfrente.

—¿También estás en el valet? —preguntó con incredulidad.

Everett negó con la cabeza.

—Es recepcionista.

—Genial. Yo fui camarera allí una semana antes de que me dieran ganas de abrirme las venas para que los malditos chupasangres hicieran una fiesta.

—Oh —murmuró Reyna con incomodidad. ¿Por qué motivo Everett había mentido sobre ella? Sabía perfectamente para quién trabajaba; sin embargo, estaba claro que a aquella mujer no le gustaban los vampiros, así que quizá era mejor seguirle el juego.

—Mara —intervino Everett, negando con la cabeza—. Deja la política por una noche, ¿quieres?

—Okey, okey —respondió alzando las manos—. Te presento al resto. Reyna, ellos son Brianna, Tucker y Coop.

Los señaló uno por uno: Brianna era una mujer negra muy alta que llevaba un vestido rojo estampado y el cabello corto; Tucker era un tipo de espesos rizos negros y piel color canela que usaba una chamarra de cuero gastada; y Coop era un chico blanco de pelo castaño largo, que parecía un rockero flacucho y tatuado.

—Entonces, Reyna —comenzó Brianna, inclinándose sobre la mesa—, ¿de dónde sacaste ese atuendo? ¿Robaste un banco?

Reyna bajó la vista y se dio cuenta de lo ridícula que debía parecerles. Iba envuelta en seda, con marcas de diseñador y zapatos carísimos.

—Ah, esto… Bueno, no se lo digas a nadie, son imitaciones. —De pronto fue consciente de que con ellos tampoco podía ser realmente libre. Al menos con Becks no tenía que mentir sobre quién era.

—Las mejores imitaciones que he visto —dijo Mara, claramente sin creérselo.

—¿Quieres una copa? —preguntó Everett.

—Muero por una. —Reyna salió del reservado y lo siguió hasta la barra—. ¿Qué demonios fue eso?

—Lo siento —dijo con una sonrisa tímida—. Por aquí no tienen buena opinión de Visage.

—¿Y cómo sabes que trabajo para Visage?

Everett le lanzó una mirada significativa.

—Una mujer hermosa con una tarjeta de crédito ilimitada que va y viene con Beckham Anderson… Es bastante obvio.

—Oh… —Sus mejillas se encendieron—. ¿Crees que soy hermosa?

Everett rio.

—Sí, pero no se lo digas a Beckham. Ese cabrón da miedo.

—Cierto —admitió, pero algo le llamó la atención—. Espera, ¿Beckham siempre sale con chicas guapas?

Se apoyó en la barra mientras Everett pedía las bebidas.

—No diría que siempre sale, pero todas las mujeres con las que lo he visto eran atractivas. —Frunció el ceño—. ¿Por qué?

—Curiosidad.

Pensar en otras mujeres pasando por la vida de Beckham la inquietaba, aunque no sabía muy bien por qué. Llevaba poco tiempo allí, pero era lógico que, dado el sistema, tuviera una donante distinta cada mes. Y todas eran hermosas, especialmente elegidas para la élite.

Trató de ignorar el nudo en el estómago. No entendía por qué le molestaba tanto imaginarlo alimentándose de otra: esto era un trabajo, lo era para todas. No tenía nada de malo y no era asunto suyo. Definitivamente no lo era.

Everett le entregó una copa de un líquido rojo oscuro y ella alzó una ceja.

—¿Y esto?

—Disfruta la ironía. Se llama chupasangre.

Se llevó el vaso a los labios. El líquido espeso le estalló en la boca con un sabor a cereza dulzón y delicioso.

Everett se inclinó y le limpió una gota del labio.

Ella se tensó y apartó la vista; no estaba segura de qué significaba esa salida para él, pero ella solo buscaba amigos.

Además, no podía evitar pensar en cómo habría reaccionado Beckham al verla con sangre en los labios. Estaba mal en todos los niveles.

Reyna regresó con Everett a la mesa y se deslizó hacia el centro del sillón.

Brianna y Coop se besaban con desenfreno mientras Tucker se empinaba una cerveza.

Nunca había conocido a gente tan desinhibida.

En su casa, todo el mundo trabajaba sin parar; las jornadas eran duras y apenas quedaban fuerzas para divertirse.

Incluso su tiempo con Steven era entre turnos en la fábrica.

Mara se inclinó por encima de Reyna y le dio un codazo a Everett.

—¿Le pediste un bloodsucker ? —Le lanzó una mirada borracha y coqueta.

—Todo bien, Mara. No te preocupes —respondió el joven.

Ella apartó la mano y puso los ojos en blanco.

—Como digas.

Brianna se despegó de Coop.

—Ah, un bloodsucker . Es delicioso, apenas sabe a sangre.

Reyna palideció.

—¿Qué?

Mara soltó una carcajada.

—¡Buena esa, Brianna!

—Era broma —aclaró Everett—. No tiene sangre, solo alcohol.

—Ah…

—Hablando de chupasangres —intervino Brianna, señalando con la cabeza hacia la pista de baile.

Todos voltearon. Reyna no vio ningún vampiro. Claro, los pocos que conocía eran ricos y probablemente no pisarían un antro como ese.

—Está guapísima —comentó Tucker.

—¡Tucker! —le recriminó Mara, sacudiendo la cabeza.

—No sabes divertirte.

—¿Quién? —preguntó Reyna.

—La de allá. —Mara le giró la cabeza hasta que encontró a la mujer en el centro de la pista. Era rubia, con el pelo recogido a un lado. Llevaba ropa ajustadísima, labios rojo sangre, y estaba tan delgada que se le marcaban los huesos del cuello.

—¿Qué pasa con ella?

—¿No lo ves? —insistió Mara—. Trabaja para Visage.

Reyna tragó saliva y volvió a mirar a la mujer.

—¿Cómo sabes?

—Mira las mordidas que trae en el cuello —señaló Brianna.

—Es realmente triste —agregó Mara—. Las chicas como ella no tienen opciones, mucho menos tienen elección.

—Bueno, eligieron Visage —replicó Reyna.

—Sí, pero nadie elige ser acompañante de sangre si es que puede conseguir cualquier otro trabajo —intervino Coop.

—¿Y si no puede? —preguntó Reyna, deseando que su propio cuello estuviera cubierto, a pesar de que Becks no se hubiera alimentado de ella. Aun así, sentía como si lo tuviera al descubierto, como si todos fueran capaces de verlo.

Everett le apretó la mano, como si pudiera sentir el golpe de ansiedad.

—Vamos, dijimos que hoy no hablábamos de política.

—Mira, la gente de Visage necesita ayuda —apuntó Brianna—. No deberían estar regalando su sangre. Es perverso.

—Necesitan más que ayuda. Hay que acabar con Visage —sentenció Mara.

—Mara —suspiró Everett—. ¿Podemos dejar este asunto para otra noche?

—Nadie va a dejar de trabajar para ellos mientras sea tan adictivo —añadió Coop.

—¿Qué? —saltó Reyna, volteando hacia él.

—No es cierto —protestó Brianna, dándole un golpe en la cabeza.

Mara puso los ojos en blanco.

—Técnicamente, acelera la adrenalina. Es similar a lo que ocurre en una respuesta de lucha o huida, así que el cuerpo libera endorfinas para compensar. Es un poco como el sexo.

—Basta de discursos anti-Visage, antivampiros y antiacompañantes de sangre por hoy. Algunos vivimos de eso, y es lo que hay —dijo Everett, señalándose a sí mismo. Las mejillas de Reyna ardían, por lo que el joven le tomó la mano y la sacó del sillón—. Ven, vamos a bailar.

—Eso fue… iluminador —murmuró Reyna mientras la guiaba a la pista.

—No les hagas caso. Siempre andan con sus rollos de justicia social.

—No es que estén equivocados. Mucha gente elegiría otra cosa si pudiera. —Reyna se encogió de hombros mientras rodeaba su cuello con los brazos y apoyaba la cabeza en su pecho, intentando calmar su corazón desbocado—. Dios sabe que lo intenté.

—Tampoco tienen razón del todo. El mundo está hecho mierda, uno gana plata donde puede. Tú elegiste tu trabajo igual que yo, y no hay nada malo en ello —suspiró—. Mara es de las que les gusta polemizar.

—Pero ni siquiera sabe…

—Estoy seguro de que lo sospecha.

—¿Cómo? —inquirió, ni siquiera tenía marcas.

—Vamos, Reyna. Nadie que trabaje en mi edificio se ve como tú.

La música cambió a un ritmo lento, casi hipnótico, y ambos se acoplaron a la cadencia. Las manos de Everett se aferraron a su cintura, acercándola aún más.

—¿Y eso qué significa? —preguntó, entrecerrando los ojos.

—Que eres hermosa.

Ella se rio.

—Qué raro es oír eso. En el lugar donde crecí, apenas me consideraban pasable. No tenía trabajo y solo era una boca más que alimentar. Mi vestido más lindo era… ah, claro, no usaba vestidos, porque no eran prácticos.

Everett le apartó un mechón de cabello del rostro.

—Quienquiera que haya sido esa chica antes de llegar acá, ya nadie puede verla.

Algo en la forma en que la miraba le robó el aliento.

Ella solo había venido a hacer amigos, no esperaba que alguien la mirara así.

Por un segundo, sus ojos se volvieron tan negros como el ónix, y su rostro dejó de ser el de un chico dulce para parecer esculpido en mármol.

La imagen de Beckham apareció en su mente, una visión que no debería estar teniendo. Se apartó de golpe.

—Necesito aire.

Y salió corriendo lo más rápido que pudo.

No podía respirar, todo estaba mal. ¿Acaso no debería querer que la mirara así un chico guapo y simpático?

Pero no era lo que quería. ¿Y esa visión de Beckham?

Sí, era guapo y le gustaba la forma en que la miraba, pero no debería estar pensando en él de esa manera, mucho menos preguntándose cómo reaccionaría si la viera con sangre en los labios.

Reyna encontró la salida trasera de emergencia y empujó la puerta, rogando que no sonara la alarma. Cuando nada ocurrió, salió y respiró hondo, intentando calmarse. Tenía que controlarse.

Un minuto después, Everett salió por la misma puerta. Ella volteó de golpe y se llevó la mano al pecho.

—Dios, me asustaste.

—¿Por qué te fuiste?

Reyna desvió la mirada. ¿Cómo explicarlo?

—Necesitaba aire. Me sentí encerrada.

—No quise presionarte. —Dio un paso hacia ella.

—No, no fuiste tú. Es solo que… son demasiados cambios a la vez.

—Perdón, no quise asustarte. —Se veía avergonzado.

—No estoy asustada. No sé… simplemente no estoy lista —apuntó sin convicción.

—Volvamos adentro. Prometo portarme bien.

—Y yo prometo portarme mal —dijo una voz desde las sombras.

—Reyna —murmuró Everett inquieto, empujándola detrás de él—. Vámonos de aquí.

Entonces el tipo se acercó, y Reyna se dio cuenta de que no era humano: era un vampiro.

Pero había algo extraño en él. Su piel, pálida y mortecina, era tan blanca que casi parecía translúcida.

Daba la impresión de que su cuerpo podría deshacerse con solo tocarlo.

Vestía unos jeans y una camiseta desgarrados; las prendas colgaban de su famélica figura como el vestido de novia de una madre sobre los hombros frágiles de un niño.

No tenía nada del porte imponente de Beckham ni de los vampiros que había conocido en Visage. Sin embargo, reconoció en sus ojos el mismo deseo, la misma necesidad, como un dragón vivo y hambriento tratando de romper su jaula.

—Ya nos íbamos. No queríamos molestarte —dijo Everett, retrocediendo poco a poco. Le dio un empujón a Reyna y le susurró—: Corre, Reyna. Corre.

El corazón le retumbaba en los oídos mientras corría hacia la puerta. Sentía a Everett pisándole los talones, pero no eran lo suficientemente rápidos. Ninguno lo era. Era una pesadilla, una que el mundo entero ya había vivido antes de la cura.

Tropezó con los tacones, maldiciéndose por haberlos elegido.

Pero no importaba: no iban a lograrlo de todos modos.

Miró por encima del hombro justo a tiempo para ver al vampiro lanzarse sobre ellos con una velocidad inhumana y los colmillos al descubierto.

Reyna gritó y se apartó, el vampiro atrapó a Everett y ella se quedó paralizada mientras lo sostenía como si fuera un muñeco de trapo.

—No… —alcanzó a susurrar, justo antes de que los colmillos se hundieran en el cuello de su amigo. La sangre brotó a borbotones, y el vampiro bebió con avidez.

Mientras veía cómo la vida se escapaba del rostro de Everett, Reyna soltó un grito desgarrador.