El monstruo y su última presa Capítulo 11
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Capítulo 11

E l resto de la tarde fue mejor de lo que esperaba.

Mientras Beckham y sus colegas se tomaban un cóctel y discutían sobre la empresa, Reyna comió un almuerzo completamente normal.

Sin embargo, después de lo sucedido, Beckham la mantuvo bajo una vigilancia férrea.

Lo que sea que lo hubiera alterado por irse de Visage sin él, se hizo sentir incluso en su vida cotidiana.

Reyna no podía salir del penthouse sin que él la acompañara, lo cual significaba que no salía nunca.

Su mundo se había convertido en una rutina monótona, y no se parecía en nada a lo que había imaginado.

Lo que más le llamaba la atención era que, después de casi seis días, Beckham no había bebido de ella ni una sola vez.

Y, honestamente, no tenía idea de cómo hacía el vampiro para sobrellevarlo.

Una semana era el máximo que los de su clase podían pasar entre comidas sin empezar a sentirse enfermos e irritables, y aunque Beckham no podía volverse más irritable de lo que ya era, desde luego no parecía enfermo.

No sabía qué significaba, pero después del espectáculo que había dado Cassandra en Visage, no tenía muchas ganas de preguntárselo.

Desde su conversación con Harrington, Reyna había empezado a interesarse por el desarrollo del Censo de Sangre y las investigaciones sobre antídotos.

Circulaban rumores de que Visage había comprado el censo al gobierno para llevar a cabo una misión secreta.

Reyna quería decirle a la gente que estaba en lo cierto, pero, por supuesto, no podía.

No podía hacer nada que pusiera en riesgo el dinero para su familia.

Mientras se le iba un día más, lleno de un tedio absoluto, recordó que tenía la tarjeta de Everett, así que la sacó del bolso y marcó su número.

Después de dos tonos, Everett respondió:

—¿Hola?

—Everett, soy yo, Reyna —dijo entusiasmada. No había salido de casa y la idea de ver a otro ser humano le levantó el ánimo.

—Ah, señorita Carpenter —respondió él—. ¿Has decidido unirte a nosotros?

—¿Sigo invitada?

—Por supuesto. ¿Dónde paso por ti?

—Oh… eh, sigo en casa de Beck… del señor Anderson —explicó. Nunca se había sentido más incómoda.

Se hizo un silencio.

—Bien, de acuerdo. Te recogeré en la recepción el sábado a las nueve.

—Perfecto. ¡Qué emoción!

—Entonces, nos vemos.

—Espera, ¿qué debería ponerme? —Nunca se había preocupado por eso antes de conocer a Beckham, pero ahora temía ir demasiado arreglada… o demasiado informal.

Everett soltó una carcajada.

—Lo que quieras. Solo vamos a un antro.

—Un antro, claro —repitió, como si hubiera estado en uno antes.

Y así fue como acabó revolviendo su armario a las ocho de la noche del sábado, buscando algo que ponerse.

Aún no le había dicho a Beckham que iba a salir, pero quizá era mejor avisarle al irse que pedirle permiso.

Él había dicho el primer día que no era su prisionera; si eso era cierto, entonces no debería tener problema en que saliera con unos amigos.

Estaría bien… o, al menos, eso se repetía a sí misma.

Después de investigar en internet qué atuendos usar para salir de fiesta, finalmente se decidió por un vestido negro brillante con un subtono plateado, tirantes finísimos y un escote cuadrado que se ceñía a su figura como un guante.

Lo combinó con unas sandalias de tiras negras de tacón, y recogió todo su cabello oscuro en un chongo alto, dejando unos mechones sueltos enmarcando su rostro, algo muy diferente de su habitual coleta. Esperaba no desentonar demasiado.

A eso de las nueve menos cuarto, salió de su habitación en busca de Beckham. No tenía muchas ganas de enfrentar esta conversación.

La sala estaba vacía, como siempre, y tuvo que mandarle un mensaje para que saliera del cuarto del fondo, al que ella no tenía permitido entrar.

Cuando por fin apareció, se detuvo en seco en el umbral de la puerta.

Sus ojos se agrandaron al recorrerla de pies a cabeza, y el aire entre ellos chispeó.

—¿Qué traes puesto?

Ella señaló su atuendo.

—¿Un vestido? Tú lo dejaste en mi armario.

—Sí, pero no para las nueve de la noche si vamos a quedarnos en casa.

Tragó saliva y reunió el valor para decírselo.

—Bueno, voy a salir con unos amigos.

De todas las reacciones que esperaba, la risa era la última.

—¿Tus amigos? ¿Los del Distrito de Almacenes? —preguntó incrédulo.

—No —soltó con rabia sin poder evitarlo. Él no tenía por qué ser tan imbécil—. Los que he hecho desde que estoy aquí. Vamos a un antro que está cerca de aquí, nada más.

Beckham se irguió de inmediato. Claramente no le gustó su tono ni que se reuniera con gente que él no conocía.

—¿Y quiénes son esos amigos tuyos?

—Voy a salir con Everett, el del vestíbulo.

—¿El del valet? —preguntó frunciendo los labios.

—Sí —respondió mientras se alisaba el vestido e ignoraba su mirada de desaprobación. No iba a acobardarse—. Vamos a salir con sus amigos.

—No —sentenció—. Eso no suena seguro.

—¿Cómo que no suena seguro? ¡Ni siquiera los conoces!

—Por eso.

—No, tú no puedes decidir. Dijiste que no era tu prisionera, y me has tratado como tal toda esta semana, sobre todo después de que me fui de Visage sin ti. ¿Qué se suponía que debía hacer? Dijeron que nos íbamos y que tú nos alcanzarías, por eso los seguí. No puedes obligarme a quedarme aquí.

—No eres mi prisionera. —Su mirada era de acero. Sabía que lo estaba sacando de sus casillas, pero a estas alturas, a Reyna le daba igual—. No entiendes esta ciudad, y no tienes idea de lo que puede haber ahí fuera.

—No va a pasar nada. Estoy en un lugar nuevo, no conozco a nadie y la primera persona que ha sido amable conmigo sin que le paguen por ello me invitó a salir con sus amigos. ¿No puedes entender lo que eso significa para mí?

Beckham la observó en silencio. Ella apretó los dientes y cruzó los brazos con gesto desafiante. Tenía planes, y él no iba a dictarle su vida. Para que esta situación funcionara como algo permanente, tendría que aprender a confiar en ella.

—¿Entonces? ¿No lo entiendes en absoluto? —preguntó—. Déjame explicártelo. Estoy completamente sola. Todo el tiempo. No tengo amigos. Mis hermanos están a una hora de aquí y ya no forman parte de mi vida. La única persona en mi vida … eres tú .

Beckham alzó una ceja y la miró con su típica impasibilidad.

—Y contigo me siento… inútil.

—¿Inútil? —repitió.

—¿Que no te da hambre nunca ?

Beckham sonrió con sorna, lo cual la sacó aún más de quicio. ¿Cómo podía mantenerse tan tranquilo? No es que ella ansiara que la mordiera. La idea todavía la aterraba, pero ¿acaso no comía?

—¿Cómo acabé con el único vampiro que no come? —exclamó, frustrada.

Él la miró como si intentara leer más allá de sus palabras.

—¿Eso es lo que quieres?

Tragó saliva, había llegado a terreno peligroso. No quería volver a tener esta conversación. No quería pensar en los besos que él le había dejado en el cuello. En cómo, pese al miedo que debería sentir, cuando él la miraba así, su interior se incendiaba. Era una paradoja inquietante.

—Estoy intentando entenderte.

—Pensé que había dejado claro que no debías intentarlo —replicó. Su mirada era intensa, letal.

—No soy buena siguiendo instrucciones.

—Ya me había dado cuenta.

—Entonces, ¿solo me aceptaste para contentar a tu jefe? —soltó por fin la pregunta que llevaba días dando vueltas en su cabeza, desde que se enteró de que Beckham ni siquiera había querido una permanente.

—¿Te molestaría si te dijera que sí?

La respuesta la dejó sin palabras.

—¿En serio?

Beckham no parecía del tipo que aceptaría algo así solo por trabajo. No daba la impresión de que alguien pudiera obligarlo a nada. Era imponente, y ni siquiera esa palabra alcanzaba a describirlo.

Dio unos pasos lentos hacia ella, como un depredador acechando a su presa.

Reyna retrocedió por instinto, pero pronto recordó que no iba a morderla.

Si no lo había hecho ya, dudaba que lo hiciera ahora.

Aquella primera vez había sido un accidente.

A él ni siquiera se le antojaba, y ella no debería desear que las cosas fueran diferentes.

—¿Acaso parezco feliz de tener a alguien invadiendo mi espacio? ¿Alguien a quien tengo que vigilar constantemente? —preguntó. Estaba tan cerca que Reyna tuvo que alzar la cabeza para mirarlo.

Su estómago dio un vuelco con su proximidad. Era como si hubieran quedado atrapados en una burbuja. Beckham tenía una presencia tan poderosa que, cuando estaba así de cerca, era imposible olvidar que era un vampiro. A veces, se volvía abrumador.

Sin embargo, por primera vez, pudo ver al hombre que se escondía debajo de esa fachada letal. Podía ser aterrador… pero también era aterradoramente hermoso, con su cuerpo esculpido, sus pómulos afilados y esos ojos como pozos de ónix. Destilaba masculinidad sin siquiera intentarlo.

—No —susurró por fin, sacudiéndose esos pensamientos y volviendo al tema.

Estaba claro que Beckham no era del tipo que quisiera a nadie en su penthouse .

No debía enfadarse porque él no la quisiera, pero sentirse inútil la enfurecía.

Ser inútil en su trabajo era otro nivel—.

Entonces, ¿qué? ¿No vas a beber de mí porque invado tu espacio?

—Puedo hacer lo que quiera contigo, pequeña.

La forma en que los ojos de Beckham recorrieron su cuerpo cubierto con ese minúsculo vestido la hizo sentirse completamente sucia. Ella le devolvió la mirada, encontrando solo al monstruo en sus pupilas.

—Muy bien. Bébeme. No me bebas. Muérete de hambre. Por mí, puedes hacer lo que quieras, pero esta noche voy a salir. Y si no me voy ya, llegaré tarde.

Le lanzó una mirada fulminante y caminó hacia el ascensor. Pulsó el botón y empezó a golpetear el suelo con el pie, impaciente.

Cuando ya estaba dentro y las puertas comenzaban a cerrarse, él dijo por fin:

—Ten cuidado esta noche, pequeña.