El monstruo y su última presa Capítulo 10
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Capítulo 10

R eyna permaneció apoyada contra la puerta hasta que por fin logró calmarse, su pulso volvió a la normalidad y su respiración dejó de ser entrecortada. Aunque seguía desconcertada por lo ocurrido con Beckham, su mente volvía a funcionar con relativa claridad.

No sabía qué lo había ahuyentado y preguntárselo no serviría de nada. A pesar de que no llevaba tanto tiempo a su lado, estaba claro que no le gustaban las preguntas, mucho menos las que ella hacía.

Unos minutos después, la reunión de personal terminó y todos los vampiros comenzaron a abandonar la sala.

Reyna se pegó a la pared, sintiéndose de pronto muy vulnerable sin Beckham a su lado.

Sin embargo, apenas le prestaron atención.

El flujo de gente se había reducido cuando Roland y Cassandra aparecieron con sus respectivos sujetos y en compañía del señor Harrington.

—Ah, aquí está, señorita Carpenter —dijo el anciano—. No creo que nos hayan presentado oficialmente. Soy William Harrington.

Le tendió la mano y Reyna extendió la suya.

—Eh… puede llamarme Reyna.

—Reyna, claro. Lamento su incomodidad antes. ¿Se siente mejor?

—Sí, mucho mejor —respondió con rapidez. Se encogió sobre sí misma al ver con quién estaba. Dios, ¿dónde carajos se había metido Beckham? La ponía nerviosa, sí, pero al menos era su vampiro.

—Bien. —Harrington mostró todos los dientes al sonreír. Reyna alcanzó a ver sus colmillos e intentó no estremecerse—. ¿Qué le parece el programa hasta ahora?

Sus ojos eran tan punzantes como sus colmillos. No sabía qué estaba buscando, pero no pensaba darle más información de la necesaria.

—Bien, estoy muy satisfecha.

—No lo dudo —soltó Roland.

—Gracias por preguntar, señor Harrington —agregó ella, ignorando el comentario de Roland.

—¿Dónde se metió Beckham, por cierto?

Roland se encogió de hombros.

—¿Quieres esperarlo? —preguntó a su líder, poniendo una mano sobre el hombro de Reyna—. Yo puedo encargarme de su mascota hasta que aparezca.

Sintió su corazón desbocarse. No, definitivamente no debía quedarse a solas con Roland, Beckham había sido muy claro al respecto. Pero ¿dónde carajos estaba?

Sophie tomó la mano de su patrocinador.

—¿Por qué? ¿También la quieres a ella?

—Oh, cariño, no te preocupes —apuntó, acariciándole el cabello como si fuera una niña—. Puedo ocuparme de las dos.

—No me gusta cuando hablas así —murmuró ella, haciendo un puchero.

La mano de Roland se enredó bruscamente en el pelo de Sophie, obligándola a echar la cabeza hacia atrás. La mujer hizo una mueca de dolor, con los ojos abiertos como platos.

—Pago mucho dinero por tenerte aquí, Sophie. Haré lo que me dé la gana.

Reyna tragó saliva, pero nadie más pareció inmutarse. No le había creído a Beckham cuando dijo que él era amable . Había palabras que lo describían mejor, como frío, distante o sombrío . Sin embargo, al ver cómo Roland trataba a Sophie, se sintió afortunada.

—Sí, que Reyna venga con nosotros. Beckham sabe a dónde vamos —dijo Harrington.

—Estoy segura de que no anda lejos —soltó ella, mostrándose visiblemente nerviosa.

—No hay problema —intervino Cassandra—. Puedes venir con nosotros.

Le sonrió, pero Reyna no sabía si confiar en ella. No era tan inquietante como Roland, pero en su mirada había cierta ferocidad y una seguridad seductora que invitaba a no contradecirla.

Reyna echó un vistazo alrededor una vez más, ansiosa, y luego asintió.

—Está bien.

El grupo tomó el ascensor hasta un garaje subterráneo.

El lugar estaba repleto de coches negros con cristales polarizados y limusinas, y al fondo había unos autos deportivos en tonos rojos, naranjas y amarillos.

Ni un solo coche normal a la vista. Se preguntó si esa era la zona para ejecutivos y los empleados comunes se estacionaban en otro lado, o si todos esos autos eran propiedad de la empresa.

Tres vehículos se echaron en reversa y se detuvieron frente a ellos. Harrington subió al primero, solo. Roland y Sophie al segundo. El vampiro miró una vez por encima del hombro hacia Reyna, pero Cassandra puso una mano sobre la espalda de la joven y Roland desapareció en el interior de su coche.

El siguiente auto era para Cassandra, Felix y Reyna. Ella rodeó el vehículo y se sentó junto a Felix. Cassandra se apartó la melena roja de los hombros y los miró.

—Entonces, Reyna, ¿qué hacías antes de convertirte en acompañante?

Reyna tosió por la sorpresa. ¿También los vampiros les llamaban así?

—Eh… nada, en realidad.

Cassie alzó una ceja.

—¿Nada de nada? ¿No tenías vida?

—Pues… no. Terminé la escuela, no tenía dinero para ir a la universidad, y no encontraba trabajo.

No es que hubiera muchas oportunidades disponibles. Llevaba dos años buscando, pero nadie quería contratarla; al menos no para alguna actividad que sus hermanos aprobaran.

—Ya veo —dijo Cassandra, acariciando el brazo de Felix—. Entonces, tampoco tienes experiencia como acompañante, ¿cierto?

Reyna negó con la cabeza.

—Mmm. ¿Y cómo te sientes cuando Beckham te saborea?

Reyna se quedó muy quieta. Estuvo a punto de decir que aún no lo había hecho , pero, por alguna razón, sintió que esa no era la respuesta adecuada. No quería que pensaran que algo iba mal y la reasignaran… o la despidieran.

—Está bien —susurró.

—¿Bien? —Cassie soltó una risa—. Felix, ¿dirías que cuando te saboreo « está bien » y ya ?

—Es como estar en el cielo mismo.

Cassandra le acariciaba el cuello provocativamente y Reyna no pudo evitar seguir el movimiento de su mano. Había pequeñas marcas en su piel; no eran heridas abiertas, solo minúsculas imperfecciones que ni siquiera habría notado si no estuviera atenta.

—Sí, lo es —ronroneó ella.

De la nada, expuso el cuello de Felix con brusquedad, mostró los colmillos y los hundió en su garganta.

Reyna gritó y se pegó lo más que pudo a la puerta del coche.

Se quedó boquiabierta al verla hundirse en el cuello del joven para beber la sangre espesa y roja.

Un hilo le corrió por la barbilla hasta manchar la camisa de su acompañante, y el azul claro de la tela se oscureció al absorberla.

Reyna no podía apartar la mirada. Felix tenía los ojos en blanco y una expresión de éxtasis puro en su rostro. Cassandra emitió un sonido al beber, y la forma en que lo sostenía… era como sostener a una presa, como sostener su alimento.

Todo acabó tan rápido como había empezado. Cassandra recorrió con su lengua desde la clavícula hasta la herida para dejarla limpia. Ya estaba cicatrizando gracias a la saliva vampírica; solo quedaban dos pequeñas marcas y la mancha en su camisa.

—Oh, no, miren qué desastre he hecho —se lamentó, relamiéndose y observando la expresión horrorizada de Reyna—. No te preocupes, linda. Le conseguiremos otra camisa.

Y se echó a reír como loca antes de recostarse nuevamente en el asiento.

Reyna no se movió durante el resto del trayecto, ni siquiera cuando Felix se quitó la camisa, mostrando su torso esculpido, para ponerse otra. No quería pensar en cuántas veces había ocurrido eso como para que Cassandra llevara repuestos en el coche.

Quizá no estaba lista para que Beckham la mordiera. No, no lo estaba para nada.

Unos minutos después, llegaron a un restaurante. Cassandra la condujo al interior; era un local elegante, con una clientela de clase alta: uno de esos trajes costaba más que todo el Distrito de los Almacenes.

Los llevaron a una mesa al fondo y Reyna se sentó junto a Felix; el joven parecía normal, pero había algo en su forma de moverse que lo hacía lucir aturdido. ¿Era por la pérdida de sangre? ¿O Cassandra lo tenía drogado?

Harrington se sentó a la cabecera y miró el rostro pálido de Reyna.

—Cassandra —la reprendió.

—¿Hmm? —preguntó, mientras se aplicaba otra capa de lápiz labial rojo sangre.

—¿No podías esperar?

Ella alzó la vista con un aire travieso.

—¿Debería haber esperado? Tenía hambre y no es adecuado hacerlo en público.

Harrington le chasqueó los dedos a una camarera.

—Tráele a esta chica un vaso de agua.

Ella asintió y se esfumó. El agua apareció de inmediato y Reyna bebió tanto como pudo de un trago.

—¿Cuándo crees que entrará en vigor el Censo de Sangre, William? —preguntó Roland. Apoyó su brazo en el respaldo de la silla de Sophie y ella se inclinó hacia él.

—Tan pronto como logremos que el Poder Ejecutivo lo impulse. Son lentos, pero yo estoy financiando el proyecto, así que no depende de los impuestos. Idealmente, en un mes. El presidente habla de seis, pero no tiene ni idea.

—Pobre títere. Me pregunto a qué saben los títeres —entonó Cassandra.

—Es B positivo, Cassie. No vas a probarlo.

Ella alzó las cejas.

—Si fabricaras el maldito antídoto de una vez, podría probar a quien me diera la gana.

—¿Antídoto? —preguntó Reyna. No le gustó cómo sonaba eso para la población humana.

Harrington la miró.

—Todo está en fase de pruebas. Buscamos replicar al donante universal, así no haría falta ser tan específicos al seleccionar sujetos.

—Como en los viejos tiempos —dijo Roland—. Una fête .

Harrington rio.

—Ya tienes tu banquete, Roland. Ahora, tan solo disfruta de tu pequeña Sophie.

—Oh, lo hago.

—¿Y por qué… por qué lo necesitarían? —Reyna no pudo evitar la pregunta.

—Haces muchas preguntas, ¿no? —Harrington dirigió hacia ella su mirada de acero, y Reyna bajó la vista hacia su vaso—. Me sorprende que Beckham te permita ser tan curiosa, si lo detesta. Quizá aún no te ha roto.

Se estremeció ante la elección de palabras. ¿ Romperla ? ¿Eso era lo que tenía pensado para ella?

—Si tanto te interesa —continuó—, tengo un tipo de sangre rarísimo. ¿Sabes cuál es el más raro?

Reyna se aclaró la garganta.

—No.

—Rh nulo negativo. Significa que el individuo no tiene ningún antígeno Rh. Ni A, ni B, ni O. El verdadero donante universal. Es tan raro que solo he encontrado a tres personas que lo tienen desde que empecé a buscar.

—¿Solo tres?

—Exacto. Dos están muertas y una está a punto de estarlo. Un donante universal resolvería parte de mi problema. —Señaló su cuerpo deteriorado—. Buscamos un acompañante permanente para mí, pero estamos explorando otras opciones también.

—Bueno —murmuró, incómoda—. Espero que encuentre a alguien.

Harrington volvió a mostrar los colmillos.

—Yo también, querida. Estoy cambiando el mundo con esta empresa, empleando a más humanos que nunca. Cuando el censo entre en vigor, encontraré a los demás sujetos Rh nulo… si es que existen. —Su mirada se perdió por un momento y luego volvió a enfocarla—. Los encontraré.

En ese instante, Beckham apareció en la puerta como una tormenta a punto de estallar. Reyna se enderezó de inmediato, y él caminó por el lugar como si contuviera una fuerza que estaba a nada de desatarse.

—Ah, Beckham. Por fin —dijo Harrington.

—Perdón, William. Necesito hablar con Reyna. A solas.

Se apresuró a seguirlo y doblaron la esquina.

Cruzaron las cocinas, salieron por la puerta de atrás y bajaron por un pasadizo hasta un callejón sin salida.

Entonces la empujó contra la pared de ladrillo.

Su puño se estrelló contra el muro, que tembló y dejó caer algunos fragmentos sobre los hombros de Reyna.

—Te fuiste —gruñó.

—Yo…

—No. —Con un movimiento brusco, le puso un dedo sobre los labios. Ella dejó de respirar y lo miró a los ojos, tan oscuros como la noche. Su cuerpo temblaba bajo esa mirada salvaje—. Te fuiste sin mí.

El silencio era denso. Estaban casi pegados, el dedo del vampiro seguía sobre su boca, y la mente de Reyna vagaba hacia lugares peligrosos.

—Eres mi sujeto. ¿Tienes idea de lo que fue volver y que hubieras desaparecido?

De la nada estás con tres vampiros… —Ella negó lentamente, pero él le mostró los colmillos y Reyna se encogió de miedo—.

Están hechos para beber tu sangre, para dejarte seca y convertirte en un cadáver vacío.

Somos asesinos, no dudamos. Solo porque llevamos trajes y parecemos humanos no significa que lo seamos.

No somos como tú, mucho menos ellos . La única forma de llegar a lo más alto en Visage es siendo despiadado, Reyna. ¿Lo entiendes?

—Me estás asustando —susurró.

—Bien.

Se apartó y se pasó las manos por el pelo, intentando calmar se.

—¿Qué ocurrió mientras no estaba? Cuéntamelo todo.

Ella le relató lo del coche con Cassandra, la charla sobre el censo y el tipo de sangre excepcional. Beckham gruñó en voz baja y pareció a punto de golpear la pared otra vez.

—Te dije que no hablaras.

—Lo sé. Pero un censo y un antídoto… suena muy serio. ¿Alguien más lo sabe?

—No, y nadie más debe saberlo.

—No tengo a quién contárselo —murmuró—. ¿Becks?

—¿Otra pregunta? Me agotas.

Ella se mordió el labio.

—Si no estabas de acuerdo con el programa de permanentes, ¿por qué me aceptaste?

—¿Eso importa?

—No bebes de mí, no confías en tus colegas y desapruebas el trabajo de Visage. Aun así, estás en la cima. Intento entenderte.

Él la miró brevemente, con un destello salvaje en los ojos.

—Sería mejor que no lo hicieras.