Capítulo 9
— H az exactamente lo que yo diga —ordenó Beckham mientras se acercaban a la puerta abierta de la sala de conferencias.
Reyna asintió levemente. Después de su encuentro con Roland, no le hacía nada de gracia asistir a esa reunión. Estaba a punto de entrar a una sala llena de vampiros muy poderosos, y eso bastaba para dejarla sin habla. Ojalá supiera qué carajos estaba haciendo allí.
Beckham entró en la amplia sala de conferencias y ella lo siguió de puntitas con la cabeza gacha. La sala ya estaba llena y rebosaba de expectación. Rezaba por volverse invisible, aunque resaltaba completamente.
Beckham tomó asiento cerca del fondo de la gran mesa rectangular.
—Siéntate aquí —indicó, señalando el lugar que estaba justo a su lado.
La silla la hacía parecer un poco más bajita, pero no estaba en condiciones de discutir.
Pocos minutos después, un desconocido entró en la sala y se hizo el silencio.
Estaba encorvado y se apoyaba pesadamente en un bastón; su pelo era escaso, tenía la piel cetrina y parecía aún más pálido que los demás vampiros.
Si no hubiese sabido lo que era, habría creído que se trataba de un anciano a punto de morir.
Todos los hombres y mujeres presentes eran claramente vampiros, con sus cutis impecables, trajes inmaculados y cuerpos jóvenes y hermosos.
Y todos, sin excepción, le mostraban una reverencia evidente.
El hombre avanzó hasta la cabecera de la mesa y se acomodó en su silla.
Por lo frágil y enfermo que se veía, cualquiera habría esperado que alguien se apresurara para ayudarlo a sentarse, pero nadie se movió.
Reyna también había pensado que no era tan intimidante…
hasta que sus ojos barrieron la sala y se posaron sobre ella, sentada al lado de Beckham. En ese instante, supo que era letal.
Un escalofrío le recorrió la espalda y apartó la mirada de inmediato. A pesar de su estado, se veía que no era alguien a quien debía tomarse a la ligera.
—Bienvenidos —saludó. Su voz retumbaba a pesar de su aparente fragilidad—. Para quienes no me conocen, soy William Harrington, fundador y director ejecutivo de Visage Incorporated, y hoy es un gran día para la empresa.
La sala se mantuvo en silencio, y Reyna sintió cómo la tensión se acumulaba.
—Todos ustedes han contribuido enormemente a que este momento se hiciera realidad. Llevo más de veinte años trabajando por este resultado, y hoy por fin lo hemos logrado.
La joven tragó saliva. Eso no sonaba bien.
—Como ya saben, desde el anuncio de la Casa Blanca, el Censo de Sangre fue aprobado por el Congreso y firmado por el presidente.
Los presentes aplaudieron, pero Reyna miró a su alrededor, desconcertada. ¿Un Censo de Sangre? ¿Qué demonios era eso?
El hombre levantó una mano y el silencio volvió.
—Nuestra versión de la legislación fue aprobada, y el presidente ha accedido a colaborar directamente con Visage para completar todas las pruebas de tipo sanguíneo incluidas en la muestra del censo.
Una vez finalizada, tendremos una lista completa con los tipos de sangre de toda la población humana del país.
El rostro de Reyna palideció. ¿Por qué necesitarían una lista completa? ¿Acaso no tenían ya un programa voluntario con más empleados que cualquier otra empresa del mundo? ¿Para qué querrían un registro total de los tipos de sangre humanos?
La sala estalló en aplausos de nuevo, pero ella se inclinó hacia Beckham.
—¿Yo tengo que participar en el Censo de Sangre? —susurró.
—No.
—¿Por qué no?
—Solo quienes no han sido evaluados por Visage en los últimos diez años deben someterse a la prueba.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué? —gruñó en voz baja.
—¿Por qué específicamente en los últimos diez años?
—Nueva tecnología.
Reyna frunció el ceño.
—Pero ¿qué más da, si solo buscan el tipo de sangre? Eso existe desde hace décadas.
—Cállate, Reyna. Estamos en medio de una reunión —espetó.
La joven se recostó bruscamente en su silla, odiaba que la cortara así. Seguro que no era la única a la que le parecía extraño incluir una prueba de sangre en un censo.
Se distrajo durante la siguiente media hora mientras hablaban sobre la implementación y los aspectos comerciales que tendría la participación de Visage en el censo.
Debieron cambiar de tema en algún momento, porque Beckham la empujó con el codo para llamar su atención, y ella alzó la vista hacía el hombre mayor que seguía hablando.
—Como ya hemos tratado en reuniones anteriores, los puestos de patrocinador permanente han entrado oficialmente en vigor.
«Ah, me hablan a mí».
—Tres de nuestros cargos de más alto rango han traído hoy a sus sujetos para hablar del nuevo programa. Roland Batiste, Cassandra Dresla y Beckham Anderson. Por favor, pasen al frente con sus sujetos.
La silla de Beckham chirrió al arrastrarse sobre el suelo, y la ayudó a levantarse.
Las piernas de Reyna temblaban al avanzar hacia el frente de la sala.
Roland fue detrás de ellos, seguido por una mujer alta, delgada como una modelo, enfundada en un vestido blanco ceñido y con una melena rubia y suelta.
Detrás llegó una tercera mujer, pelirroja, con el cabello recogido en un chongo bajo, y con una belleza tan deslumbrante que parecía irreal. Se veía peligrosa, pero seductora.
Ella fue la primera en alcanzar a Roland.
—Roland, cariño.
—Cassandra —respondió, mostrando una sonrisa magnética mientras le besaba ambas mejillas.
—Beckham, querido. —La mujer sonrió y se colocó junto a él para besarle las mejillas también.
—Cassie —saludó el vampiro con cordialidad.
Detrás de Cassandra apareció un hombre. Era guapo, de cabello rubio y labios carnosos. Sus ojos no se apartaban del rostro de Cassandra: estaba completamente embelesado.
Roland fue el primero en hablar:
—Estoy satisfecho con mi experiencia siendo patrocinador de un sujeto permanente. Llevamos unas dos semanas juntos y ya es mucho mejor que el programa rotativo. He podido conocerla a un nivel más personal —agregó, mirando a la mujer con lujuria—, porque sé que no se irá. Esta es mi Sophie.
Sophie desfiló al frente, apoyó una mano en su cadera y adoptó una postura teatral. No parecía asustada en absoluto; al contrario, disfrutaba la atención.
—Antes participaba en el programa rotativo, y que me ofrecieran una posición permanente era el sueño de mi vida. Sinceramente, no podría haber pedido nada ni a nadie mejor.
Reyna se contuvo de poner los ojos en blanco. Qué sarta de tonterías.
—Este es Felix. —Cassandra sonrió y deslizó una mano por el brazo de su sujeto—.
Lleva conmigo un mes. Admito que estaba escéptica, pues tener un sujeto permanente en mi vida, en mi casa, con mi agenda…
sonaba más a molestia que a beneficio. Pero tener a alguien siempre disponible, sin preocuparme de cuadrar horarios…
bueno, Felix me ha hecho cambiar de opinión. Es delicioso.
Reyna no pudo evitar una mueca por la terrible elección de palabras.
Felix desvió la mirada del rostro de Cassandra solo lo justo para hablar al público.
—Llevaba tres años en la universidad antes de llegar a Visage.
Tenía casi cien mil dólares de deuda y sentía que no había servido de nada.
Cuando la economía colapsó, no conseguía trabajo y no tenía adónde ir.
Tuve que entrar al programa, y en estos años, nada ha sido mejor que estar en una posición permanente y segura con Cassandra.
Volvió a mirarla embelesado, prácticamente hipnotizado.
Ahora le tocaba a Beckham. Ay, Dios, ¡y luego a ella! ¿Qué carajos iba a decir? No podía hablar ante ese grupo. Apenas llevaba unos días allí y ya había metido la pata más veces de las que podía contar. Además, ni siquiera tenía experiencia previa con Visage.
Beckham tenía la vista fija hacia el frente. Ni siquiera se dignó a mirarla.
—Estoy satisfecho con mi participación en el programa permanente. Mi sujeto es Reyna, es obediente. El modelo de sujeto perfecto.
Se quedó boquiabierta. ¿Desde cuándo? ¿De dónde salían esas mentiras? Agachó la cabeza y clavó los ojos en el suelo, esperando que su incredulidad pasara por incomodidad.
—Muchos saben que al principio me oponía firmemente al programa —continuó Beckham.
Vaya, eso era nuevo.
—Pero tener a Reyna en mi casa, incluso por pocos días, ha hecho que cambie completamente de opinión. Este es el futuro de Visage.
Reyna intentó evitar que su rostro reflejara la sorpresa que sentía. ¿De qué hablaba? Odiaba tenerla en su casa, odiaba tenerla cerca y, sobre todo, odiaba tener que preocuparse por ella. ¿Por qué decía todo eso?
Dirigió la mirada al líder del grupo y pudo distinguir una expresión de triunfo. ¿En qué demonios se había metido?
—Reyna. —Con un gesto, Beckham le indicó que pasara al frente.
La joven puso un pie delante del otro y sintió cómo su cuerpo se paralizaba.
Todos la miraban y esperaban que hablara.
Las manos le sudaban, tenía la piel helada y sentía que se iba a desmayar.
Abrió la boca para comenzar, pero no salió nada.
Se llevó una mano al pecho que subía y bajaba junto con su respiración errática.
¿Qué se suponía que debía decir? ¿Qué esperaban de ella? Dios mío, eran demasiadas expectativas.
No, no podía hacerlo.
—Reyna —dijo Beckham con suavidad. Le apoyó la mano en la espalda para acercarla a él, y ella se dejó llevar—. Lo siento, no le gusta hablar en público.
—Voy a vomitar —susurró.
—La sacaré de aquí —anunció enseguida. No sabía si de verdad estaba preocupado o simplemente avergonzado, pero no le importaba. Sentía que no podía respirar y que pronto comenzaría a hiperventilar.
—Está bien. Asegúrate de que se sienta mejor, Beckham —indicó el señor Harrington, mientras Beckham la conducía hacia la puerta trasera—.
Humanos, son tan frágiles. Bien, los puestos permanentes se implementarán para todos los empleados de alto rango de Visage tan pronto como encontremos candidatos adecuados.
La puerta se cerró detrás de ellos y Beckham le puso una mano en el hombro.
—Reyna, cálmate. Ya no hay nadie, estás a salvo.
—Lo… lo siento —tartamudeó. Se llevó una mano a la frente y con la otra se aferró al saco del vampiro.
—Cuando dijiste que no te gustaba hablar en público, pensé que te referías a que no era tu actividad favorita. No que te ibas a quedar congelada y a punto de desmayarte.
—Bueno, pues te aviso que hablar en público me deja al borde del colapso —soltó.
—¿Siempre haces eso?
—¿Qué cosa?
—Usar el sarcasmo como mecanismo de defensa.
—¿Tú qué crees? —respondió. Su respiración se iba normalizando poco a poco. Se apoyó pesadamente contra la puerta y echó la cabeza hacia atrás.
Las pupilas del vampiro se dilataron al verla con el cuello expuesto. Ella notó cómo se acercaba y su cuerpo se quedó inmóvil. Por un instante, fue como si el mundo girara en torno a ellos, como si Reyna lo hubiera estado esperando toda la vida.
Entonces Beckham retrocedió un paso y carraspeó.
—Será mejor que regrese.
Ella cerró los ojos, sin saber si era por el miedo o por la vergüenza de lo que él seguramente había visto reflejado en ellos.
—Está bien, ve.
—Tu corazón late muy rápido —murmuró él, tan cerca que casi podía sentirlo sobre ella.
—Sí —susurró. Su mano le rozó el cuello con suavidad, y ella casi dejó de respirar—. ¿Becks?
Abrió los ojos cuando la presión desapareció. Beckham ya no estaba.
Reyna se irguió y miró a través del vidrio de la puerta hacia el interior de la sala, pero no había rastro de él. ¿Qué carajos? ¿Dónde se había metido? ¿Y por qué había desaparecido justo después de tocarla?
Beckham era un misterio hecho persona.