El monstruo y su última presa Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Cualquier cosa o persona que no pertenezca aquí. Ya te registré.

—Okey.

Avanzó con cautela. Al atravesar el escáner, una luz roja parpadeó y recorrió su cuerpo. Una imagen de ella misma apareció enfrente, la luz cambió a azul y apareció el mensaje:

Sujeto humano: Reyna Carpenter

Identidad confirmada

Aprobada

Siguió caminando y se estremeció cuando la imagen desapareció. Beckham la esperaba al otro lado.

—¿Qué mierda fue eso?

—Una medida de seguridad.

—¿Y qué pasa si no te aprueban?

—Más vale que no lo descubras nunca.

Reyna puso los ojos en blanco ante su falta de respuesta y volvió a mirar a su alrededor. Todos vestían con traje negro. Incluso las mujeres llevaban faldas negras de tubo y blusas blancas impecables. Todo era pulcro, ordenado, ni un solo detalle estaba fuera de lugar.

Siguió a Beckham hasta el ascensor.

—¿Todos los que trabajan aquí son vampiros?

—Claro que no, tú trabajas aquí.

—Sabes a lo que me refiero, Becks.

El vampiro se detuvo para mirarla antes de pulsar el botón.

—¿Becks? ¿Ese es mi nuevo apodo? ¿«Beckham» es demasiado largo?

Reyna se encogió de hombros, restándole importancia, pero se sintió ligeramente victoriosa por haberlo descolocado al menos un segundo.

El ascensor se abrió y ambos entraron. Beckham seleccionó el piso al que iban.

—¿Hay humanos en tu piso?

—¿Por qué siempre haces tantas preguntas? —espetó de mal humor.

Ella se encogió un poco, pero aun así replicó:

—Porque no me das ninguna respuesta.

—Ya tienes todas las respuestas que necesitas —explicó, buscando su teléfono como por reflejo.

—Genial.

Beckham la ignoró, centrado en lo que fuera que estuviera viendo. El ascensor se detuvo, pero antes de que ella pudiera salir, él extendió la mano e impidió que las puertas se abrieran.

—¿Qué pasa? —preguntó, exasperada.

—Intenta no hacer enojar a nadie. —Reyna frunció el ceño—. No todos son tan… amables como yo.

—¿Amable? —No pudo evitar que el sarcasmo se le adivinara en la voz.

Los ojos de Beckham se oscurecieron con seriedad.

—Sí, y más vale que no lo olvides.

Sin más ceremonias, abrió las puertas y salió del ascensor.

Ella refunfuñó en voz baja, pero lo siguió.

Claramente, había una razón para aquella advertencia.

Tal vez sí debía tener más cuidado en su trabajo, rodeada por un mar de vampiros.

Se mantuvo muy cerca de él mientras avanzaban hacia su oficina.

—¿Becks? —susurró cuando sintió miradas desde todas las direcciones—. ¿Todos lo saben?

—¿Saber qué?

—Tu qué crees...

—¿Que eres humana? —preguntó—. Sí, creo que eso es bastante evidente.

Claro que no se refería a eso. Se preguntaba si todos sabían que Beckham era su patrocinador.

¿La despreciaban por haber aceptado ser una empleada humana?

Necesitaban a personas como ella para generar ingresos y mantener la empresa a flote, pero eso no significaba que no juzgaran a quienes hacían ese trabajo.

Había visto los peores comportamientos en su propia especie, así que no podía imaginar cuánto más la rechazarían los vampiros.

Sin embargo, se abstuvo de expresar sus inquietudes mientras caminaban por el pasillo.

No fue una sorpresa que la oficina de Beckham estuviera en la esquina del último piso. La altura mareaba, por lo que desvió de inmediato la vista de la ventana. No le daban miedo las alturas, pero aun así resultaba intimidante.

Beckham se dirigió hacia un gran escritorio negro frente a una pared llena de pantallas. Tecleó unas cosas en la computadora y se desconectó del mundo.

—Anderson —llamó alguien desde la puerta.

Reyna se volteó con rapidez y vio entrar a un hombre alto y de tez clara. No era especialmente atractivo, pero su presencia era autoritaria. No se imaginaba a nadie más irrumpiendo así en la oficina de Beckham.

—Batiste —respondió con naturalidad, aunque con un matiz tenso. Este debía ser uno de esos vampiros que eran de cuidado.

—¿Es ella? —Los ojos del hombre recorrieron la piel de Reyna, que de pronto se sintió completamente expuesta con su vestidito negro.

—Sí. Reyna, él es Roland Batiste.

El hombre cruzó la habitación con paso felino y le tendió la mano. Ella la tomó con lentitud.

—Hola —saludó, dudando.

—El placer es todo mío, mademoiselle . Eres simplemente magnifique . —Besó su mano con teatralidad—. William tenía razón, lo mejor de lo mejor.

—¿Te importa, Roland? —intervino Beckham, que de pronto estaba codo a codo a su lado.

No debería haber sentido calidez por tenerlo tan cerca, pero así fue.

Roland le provocaba escalofríos, había algo en él que la ponía en alerta.

En ese momento comprendió lo que Beckham quiso decir en el elevador: Roland era peligroso, lo sentía en cada fibra de su cuerpo.

Le asustaba pensar que Beckham fuese el bueno en comparación.

Todo acerca de la situación resultaba aterrador.

— Mais bien sûr .

Reyna miró a Beckham, confundida.

—¿Eso fue francés?

Roland soltó una carcajada.

—Efectivamente. Dije «pero por supuesto». Mis modales… qué horror.

—Tan cuestionables como siempre —dijo Beckham con sequedad.

Roland siguió riendo como si Beckham hubiera hecho una broma, pero Reyna notó que hablaba muy en serio. No quería que nadie, y mucho menos Roland, la tocara.

—William nos espera en la sala de reuniones en cinco minutos. Yo también llevaré a mi mascota. Ya verás, es lo que ustedes en este país llaman un bombón.

Beckham lo despidió con un gesto de fastidio y Roland salió del despacho.

Reyna soltó el aire con alivio al verlo marcharse.

—¿Ese es el tipo de persona al que te referías cuando dijiste que tú eras amable?

Beckham seguía mirando la puerta, sin apartarse de ella. Su voz fue firme cuando respondió:

—Sí. Exactamente ese tipo.