El monstruo y su última presa Capítulo 8
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Capítulo 8

R eyna no estaba acostumbrada a tener ropa nueva, y quién sabe si alguna vez llegaría a habituarse.

No había nada en su armario menos extravagante que el conjunto del día anterior.

Además, sus alpargatas habían desaparecido; seguro Beckham había ordenado que las tiraran por pisar el suelo del Distrito de Almacenes.

Por un momento le dieron ganas de ponerse algo exagerado, pero aún no sabía a dónde iban, y el miedo de lo que había sucedido la noche anterior, el arranque de furia desbocada de Beckham, la contuvo.

Se enfundó en un sencillo vestido negro sorprendentemente cómodo; el tejido era tan liviano que parecía aire.

Habría dado lo que fuera por tener sus Converse en ese momento, pero terminó con unos tacones negros de más de diez centímetros.

Le apretaban un poco los dedos, aunque al menos tenían una suela acolchada.

Caminó tambaleándose hasta el espejo. Aunque se sentía ridícula, tenía que admitir que se veía bien. No lucía espectacular, más bien pasable.

Beckham la esperaba afuera de su habitación.

Se veía peligrosamente atractivo, vestido con un traje negro impecable, camisa y corbata también negras.

La forma en que la recorrió con la mirada fue suficiente para saber que había acertado.

La observó diez segundos más de lo normal antes de regresar la vista a su teléfono.

—¿Aceptable? —preguntó, girando sobre sí misma. Ahora sí que se sentía como una muñeca.

—Te ves bien —respondió.

«Bien», pensó Reyna. «Claro».

—Vamos

Beckham se dirigió al ascensor. Ella se apresuró a seguirlo, pero aquello resultaba todo un reto con esos tacones ridículos. Las puertas casi se cerraron en su cara y, al intentar detenerlas, tropezó hacia adelante, extendiendo el brazo para alcanzarlas. Se abrieron de nuevo.

Buscó apoyarse bien, pero no lo consiguió. Se tambaleó y fue a dar contra Beckham, agarrándose de su traje y estrellándose con su pecho.

—Dios mío —gimió, intentando enderezarse, solo para resbalar de nuevo. Beckham extendió una mano, la tomó de la cintura y la mantuvo erguida con su brazo firme. Pero ella seguía pegada a él, mirando esos pozos oscuros que eran sus ojos—. Eh… perdón.

Tragó saliva y luchó por no mirar sus labios, los mismos que le habían besado el cuello la noche anterior. No, no pensaría en eso ni en el beso, ni en la mordida, ni en cuánto había deseado que sucediera mientras él la tocaba como ahora, con su mano reposando sobre su cintura.

Dio un paso atrás y carraspeó.

—Perdón —repitió.

—Ten más cuidado —repuso él con brusquedad.

—Apuntado. —Un escalofrío le recorrió la espalda bajo su mirada, sintiendo todo el peso de su poder. ¿Cómo podía estar pensando en sus labios? Lo único que él quería hacer era arrancarle la garganta, y podría hacerlo con suma facilidad.

Excepto que no lo había hecho.

Al menos no todavía.

Tragó saliva con dificultad e intentó deshacer el nudo que sentía en el estómago mientras el ascensor bajaba suavemente hasta el vestíbulo. Al salir, el teléfono de Beckham comenzó a sonar.

—Tengo que atender esto —dijo—. Ve al coche, te alcanzo en un minuto.

—Vale.

Se preguntó quién lo llamaría tan temprano. Claro que ella nunca había recibido una llamada, entonces ¿qué iba a saber? Debía de ser importante.

Como pudo, cruzó el suelo de mármol sin resbalarse. Era probablemente lo menos sexy que había hecho en su vida: caminaba como un pato. Los tacones le apretaban los pies y el vestido se le subía a cada paso. Aceleró su andar cuando por fin pisó la alfombra bajo las puertas de cristal.

—¡Everett! —exclamó y se cubrió la boca casi de inmediato. No había querido sonar tan entusiasta, pero era la única persona que había sido amable con ella.

—Hola, Reyna. —Su sonrisa se iluminó al verla—. ¿Tuviste un buen día ayer?

—Fue… intenso —explicó, con su propia sonrisa apagándose un poco.

—Seguro que sí. ¿Necesitas un taxi?

—En realidad, voy en el coche de Beck… del señor Anderson.

Everett asintió y apartó la vista de inmediato. Chasqueó los dedos hacia un hombre al otro lado del estacionamiento, y pronto un reluciente coche negro se detuvo frente al servicio de valet.

—Aquí tiene —dijo, cambiando su tono al dirigirse a ella. Reyna no entendía qué había hecho mal.

—¿Todo bien, Everett? —preguntó, tomándole del brazo para detenerlo.

—Por supuesto.

El coche ya estaba estacionado frente a ella.

—Permítame. —La acompañó hasta el vehículo y le abrió la puerta trasera.

—¿Everett? —insistió.

—Reyna, estás aquí con nuestro cliente más importante. Pensé que… Bueno, no importa. —Sonrió.

—¿Qué pensaste? ¿Que me vendría bien un amigo? Porque acertaste.

—¿Un amigo? —repitió y soltó una carcajada—. Tú no eres de la ciudad, ¿verdad?

—No —admitió.

—Se nota. —Everett suspiró y sacó una tarjeta del bolsillo de su saco. Deslizó el papel en su bolso al ayudarla a subir al coche—. Unos amigos y yo iremos este fin de semana a un antro cerca de aquí. Llámame si quieres venir.

—¡Claro! —respondió, tal vez con demasiado entusiasmo, así que tosió y rectificó—. O sea, sí… mmm… si puedo salir.

—Si no, habrá más oportunidades.

Ella asintió.

—Gracias.

—No, gracias a ti.

Se hundió en el asiento trasero y Everett cerró la puerta. Buscó la tarjeta en su bolso y acarició las letras con los dedos: «Everett Taylor». Por poco brincaba de alegría. ¡Tenía planes para el fin de semana! Planes de verdad. Con humanos.

La puerta del vehículo se abrió de nuevo y Reyna se apresuró en guardar la tarjeta. Luego se deslizó hacia el otro asiento justo cuando Beckham subía.

—Vamos.

Beckham sacó el celular enseguida y le dedicó toda su atención.

Reyna estaba segura de que era adicto: ¿cómo podía alguien pasar tanto tiempo pegado a una pantalla?

Se perdía todo con la cara hundida en ese aparato.

Le daba igual que llevara doscientos años en la ciudad.

Bueno, de hecho, no sabía cuántos años tenía, aún había muchísimo por descubrir.

Sin apartar la vista de la ventana, preguntó:

—¿A dónde vamos, por cierto?

—Al trabajo —respondió.

Reyna se estremeció al pensar en la sede de Visage, con tantos vampiros en un solo lugar.

—Ah, ¿vamos al trabajo nada más? ¿Me arreglé así solo para ir a tu trabajo?

—¿Consideras que esto es arreglarte?

—Sí, mucho —replicó, pasando los dedos por el tejido sedoso del vestido.

Él soltó una risa seca.

—Sí, vamos al trabajo nada más. Tenemos una presentación especial esta mañana y tú vas a participar.

—¿Yo? —protestó—. ¿Cómo voy a participar?

—Formarás parte de la presentación, puede que digas algunas palabras. Solo haz lo que yo diga —añadió distraído.

—Lo siento. —Negó con la cabeza—. Pero hay dos cosas que no hago: involucrarme con agujas y hablar en público.

Beckham por fin apartó la vista del teléfono.

—¿Le tienes miedo a las agujas?

Reyna se estremeció ante su pregunta; al menos había conseguido su atención.

—Me dan escalofríos —agregó. Beckham le dedicó una expresión de lo más divertida, como si no pudiera creer que alguien le tuviera miedo a algo tan trivial. Incómoda, se removió en el asiento—. Oye, es un miedo común.

—¿No crees que es irónico tener miedo a las agujas y trabajar para un vampiro?

Ella le lanzó una mirada de reojo y se obligó a no tocarse el cuello, justo en el lugar donde sus colmillos la habían rozado la noche anterior.

—Para que fuera irónico, dicho vampiro tendría que morderme.

—No me tientes, pequeña —replicó.

Reyna se enderezó de golpe. Eso no era lo que había querido decir.

—¿Ese es mi nuevo apodo o qué? ¿«Reyna» es demasiado largo?

—«Reyna» es perfectamente adecuado.

Y se hundió de nuevo en el teléfono, dando por terminada la conversación.

Reyna, por su parte, volvió a mirar por la ventanilla, observando la ciudad gris bañada por la tenue luz de la mañana. Tenía una belleza lúgubre, pero belleza, al fin y al cabo.

Entonces él le apartó el cabello oscuro del hombro; la piel se le erizó y todos sus pensamientos se desvanecieron.

Con el cuello al descubierto, Beckham tocó el punto sensible donde sus colmillos la habían rozado.

—Sí lo eres. —Reyna no se movió, ni siquiera respiró. Sintió sus manos recorrerla como descargas eléctricas. Luego, los dedos del vampiro subieron del cuello hasta su barbilla, obligándola a mirarlo y continúo—: Mira cómo tiemblas.

Una sonrisa arrogante se dibujó en su rostro. Parecía complacido de provocarle miedo, pero ella no podía evitar sentirse así. Ladeó la cabeza, analizándola, hasta que pareció encontrar lo que buscaba.

—Así es, Reyna, eres mi pequeña.

Y entonces solo existía Beckham.

Un depredador acechando a su presa.

Y ella estaba atrapada.

Como un conejo en una trampa.

De pronto, Beckham dejó caer la mano. Por un instante, Reyna se había olvidado por completo de dónde estaba y qué estaba haciendo. Se acomodó en su asiento, intentando recuperar el control.

El coche se detuvo frente a Visage. Gerard, el conductor, rodeó el vehículo para abrirle la puerta a Beckham, y luego le ofreció la mano a Reyna para ayudarla a bajar. Se tambaleó un segundo, pero logró mantener el equilibrio. Alzó la vista y, asombrada, contempló el enorme edificio de cristal.

Corrió para alcanzar a Beckham cuando notó que no la había esperado, y ni siquiera había volteado para asegurarse de que lo seguía. Por suerte, los tacones no resbalaron en los escalones de hormigón, y entró justo detrás de él en Visage Incorporated.

Detuvo su andar apenas puso un pie dentro del edificio más alto de la ciudad. El vestíbulo era espectacular: cristal sobre cristal sobre más cristal. Todo lo demás estaba hecho de mármol blanco, porcelana reluciente y granito pulido.

—Reyna. —Beckham la llamó con tono cortante.

—Perdón. —Se apresuró a alcanzarlo—. Es que… es increíble.

—Pasa por el control de seguridad.

—¿El qué?

Beckham soltó un suspiro.

—Que pases por el escáner corporal.

Reyna miró una caja de cristal que no había notado antes.

—¿Y qué buscan?