Capítulo 7 #2
—No fue nada. Solo que… —Reyna ni siquiera podía decirlo. ¿Cómo le explicaría a un vampiro que la estaban juzgando por vivir con él y hacer lo correcto por su familia?
—¿Solo qué? —Su tono, más que de duda, era imperativo.
—Nada. No todos tienen una buena opinión de las mujeres que trabajan para Visage.
—¿Fue grosero contigo?
«Grosero», repitió en su mente y soltó una risa.
—Ahora que lo pienso, siempre ha sido grosero conmigo. O, bueno, más que grosero, siempre ha sido un imbécil.
—¿Y aun así fuiste a verlo?
¿Por qué la estaba interrogando? ¿Y por qué le estaba respondiendo? Beckham parecía muy interesado y, de hecho, le costaba apartar la mirada de sus ojos: eran hipnóticos.Quizá debería estar aterrada al hablar con él de esto, pero más que furioso, parecía tenso. Eso le dio valor para continuar.
—No fui a verlo. Él trabaja en el almacén y me lo encontré cuando fui a buscar a mis hermanos.
—¿Cómo se llama? —preguntó Beckham, con tono autoritario.
—¿Qué? —Reyna salió del trance—. ¿Por qué la pregunta?
—No permitiré que nadie te amenace. Eres demasiado valiosa.
Era valiosa… como un diamante o una obra de arte. No era una persona, sino un objeto.
—No importa —replicó girándose, herida por sus palabras.
—No me des la espalda.
Su cuerpo se tensó ante la orden. Tragó saliva con dificultad, temiendo que volviera a surgir ese depredador feroz que la miraba como si pudiera partirla en dos.
—No hemos terminado —afirmó, obligándola a mirarlo de nuevo—. Tenemos que establecer algunas reglas más. No puedo dejar que salgas del edificio a menos que estés con mi chofer en todo momento. Además, quiero que me informes a dónde vas, no solo que vas a salir.
—No necesito que me cuiden.
—Pues ya demostraste que eso no es cierto.
Reyna suspiró. Aunque lo deseara, no lograba enfadarse por las nuevas restricciones. A su manera, Beckham parecía genuinamente preocupado por su seguridad. Casi se sentía culpable por haberlo asustado. Resultaba hasta gracioso cuán absurdo era todo: ella había asustado a un vampiro.
—Lo siento —susurró al fin.
Antes no lo lamentaba, se había sentido furiosa. Ahora, genuinamente estaba arrepentida. Necesitaba ver a sus hermanos, pero no había pensado que sus acciones pudieran afectar a Beckham. No es que él pareciera alterado, no exactamente. Era solo… una sensación.
—Acepto tus disculpas. Es todo por ahora.
Le dio la espalda y se dirigió hacia el pasillo, como si diera por concluida la conversación.
—Disculpa —susurró ella—. ¿No querías hablar conmigo de algo? ¿O era solo eso?
Él se detuvo, aunque no volteó hacia ella.
—De hecho, sí. Mañana por la mañana tenemos planes, así que prepárate para salir a las ocho.
—¿Planes? —Arqueó la ceja, esperando una explicación.
—Han surgido algunos imprevistos. —Al fin, la miró desde la distancia, y Reyna se esforzó por no perderse otra vez en esos ojos.
¿Cómo podían ser tan hipnóticos? ¿Era algún tipo de habilidad vampírica?
Seguía poniéndola nerviosa, pero no podía apartar la mirada—.
Te lo contaré en la mañana, ahora que sé que estás a salvo.
Ella abrió la boca para hacer otra pregunta, pero la cerró de inmediato. Lo haría en otro momento.
—¿Algo más? —preguntó él.
Los pocos pasos que los separaban parecían un abismo. Estaban tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. No sabía si hacer la única pregunta que la rondaba, la que temía de verdad.
—Leí tu agenda y no vi nada sobre comida —susurró—. No sé si fue un error o cuándo…
Las palabras murieron en sus labios al ver reaparecer ese brillo hambriento en sus ojos. ¿Por qué carajos había vuelto a sacar el tema?
—¿Por qué? —inquirió él, avanzando hacia ella con paso lento—. ¿Tan dispuesta estás a darme tu sangre, pequeña?
Reyna se quedó paralizada, sin saber qué decir. No es que tuviera prisa, solo quería estar preparada. Sin embargo, la forma en que él la miraba hacía que su sangre hirviera. Nadie la había mirado así jamás.
—¿Y bien?
Ahora estaba justo delante de ella y no podía ocultar su corazón desbocado. Había abierto la caja de Pandora. En cualquier momento, sentiría lo que era que un vampiro se alimentara de ella. Temblaba de miedo y era como si le faltara el aire… todo al mismo tiempo.
Beckham alzó una mano y la deslizó por su cabello.
Reyna cerró los ojos involuntariamente al sentir esas grandes manos tomando el control.
Cayó en cuenta de que era la primera vez que él la tocaba, y fue plenamente consciente de su poder.
Siempre había visto esa fuerza contenida bajo la superficie, pero ahora la dirigía hacia ella, y se sentía tan indefensa como un cordero bajo sus dedos.
Él bajó lento por la curva de su cuello hasta la vena que latía con fuerza. Reyna abrió los ojos y se encontró con el reflejo de su propio miedo. Allí estaban, amplificados, todos sus temores.
Beckham se inclinó para alcanzar su piel. Ella inhaló hondo al sentir sus labios rozar la zona tan suave y sensible. Cerró los ojos de nuevo, y todos los pensamientos desaparecieron.
No fue como lo había imaginado. Reyna había anticipado terror.
Puro y absoluto. No esto. No había imaginado que algo se agitaría en su estómago, ni el calor en la parte inferior de su vientre por la cercanía.
Una parte de su mente le decía que se apartara, que esto era lo último que deseaba, que daría su sangre por necesidad y no por gusto.
Sin embargo, esa voz se apagó con los besos suaves en su clavícula.
Y entonces, lo sintió: un pinchazo agudo en el cuello. Todo su cuerpo se estremeció ante lo que sabía que vendría.
De la nada, Beckham la empujó con brusquedad para apartarla.
Su cuerpo chocó con la pared a varios pasos de donde estaba y se golpeó la cabeza al caer.
No fue un golpe demasiado fuerte, pero ya sentía que le pulsaba con fuerza y la vista se le nubló un instante.
Se llevó la mano a su cuello, donde encontró un leve rastro de sangre.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó. El miedo volvió con fuerza, borrando todo lo que acababa de sentir.
Él respiraba con agitación y evitaba su mirada.
—¿Beckham? —susurró, usando su nombre por primera vez.
Él alzó la mirada.
—Nada. No pasó nada —espetó y salió de la habitación sin decir nada más.
Reyna estaba tan confundida. ¿Por qué se había detenido? Y aún más importante: ¿por qué deseaba que no lo hubiera hecho?