El monstruo y su última presa Capítulo 7
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Capítulo 7

— D ios mío, ¿qué hora es?

Brian sacó de su pantalón el viejo reloj de bolsillo de su padre.

—Cinco menos cuarto. ¿Quieres cenar?

—¡Cinco menos cuarto! —Reyna se puso de pie de un salto—. Tengo que irme. Debo volver a la ciudad. ¿Cómo se hizo tan tarde?

Cuando vivía ahí, rara vez podía pasar tiempo con sus hermanos, que siempre estaban agotados por trabajar catorce horas al día.

El tiempo se les había escurrido entre los dedos.

Pensaba quedarse solo un rato y volver antes de que Beckham siquiera lo notara.

Ahora le preocupaba llegar demasiado tarde, y se suponía que iban a hablar esa noche.

—¡Mierda!

Tomó su bolso y sacó su teléfono, no lo había revisado en todo el día. De hecho, lo había olvidado por completo después de enviarle a Beckham esos mensajes por la mañana.

—¿Eso es un teléfono? —preguntó Drew, asombrado.

—Sí. Beckham me lo dio.

Brian apretó los labios, claramente disgustado con la riqueza que aquel tipo ostentaba, pero en ese momento no había mucho que pudiera hacer al respecto.

Reyna tocó la pantalla hasta que se encendió y de inmediato se le fue el alma al suelo: tenía dos llamadas perdidas y dos mensajes de texto de Beckham.

También un mensaje de voz, al que no sabía cómo acceder. Abrió el primer mensaje.

Salí temprano del trabajo para que hablemos. ¿Ya comiste?

Por un momento, se le olvidó cómo respirar.

¿Estaba preguntando si había comido para asegurarse de que ella estuviera bien.

.. o para saber si él podría alimentarse?

¿O simplemente tenía curiosidad? ¿Tal vez quería llevarla a cenar usando uno de esos atuendos ridículos?

Recordó el segundo mensaje y lo abrió de inmediato.

¿Dónde estás? Estoy en casa. Te he estado buscando. Te dije que tuvieras el teléfono contigo todo el tiempo. Llámame en cuanto leas este mensaje.

—¿Qué pasa? —preguntó Brian—. Estás pálida como un fantasma.

—Yo... ya debería haber regresado. Él necesita que vaya.

—¿No puedes quedarte un poco más?

—No —dijo tajante.

Brian apretó los labios.

—No me gusta esto, Reyna.

—Bueno, todos tenemos que hacer sacrificios. —Se mordió el labio y bajó la mirada hacia el teléfono con tristeza—. Tengo que llamarlo.

—Te ves aterrada, Rey —apuntó Drew con suavidad, y su hermana lo miró a los ojos.

—Lo estoy.

Entró al dormitorio en busca de algo de privacidad. Había planeado todo el día para regresar a tiempo con Beckham, y ni siquiera había logrado eso. Incluso en sus interacciones breves, Beckham tenía mal genio, era volátil y errático; lo último que deseaba era hacerlo enojar.

Tragó saliva y marcó su número, sujetando torpemente el teléfono cerca de su rostro. Apenas sonó una vez antes de que su profunda voz cruzara la línea.

—Reyna —gruñó.

—Hola —saludó, incómoda—. Perdón. Creo que no escuché el teléfono.

—¿Dónde mierda estás?

—Salí —respondió con tono desafiante—. Te mandé un mensaje.

—Eso fue hace horas, y ni siquiera dijiste a dónde ibas.

—No sabía que tenía que hacerlo.

Él masculló en voz baja. Lo estaba provocando con sus respuestas, pero en realidad no había roto ninguna regla, excepto no haber contestado enseguida.

—Bueno, ¿dónde mierda estás, entonces?

—Estoy visitando a unos amigos. Tú dijiste que podía salir —le recordó.

—Sé perfectamente lo que dije, Reyna. Deja de esquivar la pregunta. ¿Dónde? ¿Dónde estás? ¿Y por qué demonios no estás en el penthouse?

Reyna cerró los ojos y se aclaró la garganta. «Aquí vamos», pensó.

—En el Distrito de Almacenes.

Beckham maldijo entre dientes.

—Eso está a una hora de distancia.

—Lo sé —susurró.

—Esto es inaceptable. Dije que podías tener cualquier cosa dentro de lo razonable, y eso no implica manejar una hora fuera de la ciudad y pasar el día en los barrios bajos.

—No lo especificaste.

—Pues lo estoy haciendo ahora. Regresa ya mismo y discutiremos exactamente qué significa dentro de lo razonable para mí.

La llamada se cortó.

El labio inferior le temblaba mientras luchaba por no llorar. No iba a llorar, no por Beckham. Este era su primer trabajo y ya temía que la fueran a despedir. Esa posición permanente no iba a durar mucho si él se enojaba así el primer día.

Mientras esperaba unos minutos para calmarse, le llegó otro mensaje de Beckham.

Voy a enviar un coche a buscarte. Responde con tu dirección de inmediato.

Escribió la dirección de la casa de sus hermanos. Le molestaba que ahora tuviera acceso a ella, aunque lo más probable era que estuviera en su archivo por si quería buscarla. Estuvo a punto de enviar otro mensaje para disculparse, pero se contuvo en el último segundo.

—¿Qué pasó? —preguntó Drew cuando ella regresó a la sala.

—Tengo que irme. Va a mandar un coche a buscarme.

—Rey. —La voz de Brian sonaba tensa—. ¿Estás segura de esto?

—No hay otra opción, Brian.

—No podemos protegerte allá. ¿Cómo sabes que no te va a matar en cualquier momento? Al fin y al cabo, es un monstruo.

—Supongo que no lo sé, pero estaría pagando mucho dinero solo para matarme. Tengo que confiar en que todo saldrá bien.

Le costaba hablar. No confiaba en que las cosas salieran bien; por el contrario, confiaba en que Beckham la despediría por insubordinación y buscaría la manera de cobrarle el viaje en taxi. Sin embargo, tenía que mantener las apariencias por sus hermanos: necesitaban esa seguridad más que ella.

Quince minutos después, una enorme camioneta negra se estacionó frente a su edificio. No podía verse más fuera de lugar.

—Tomen —indicó, entregándoles un papel—. Sé que no tienen teléfono, pero si hay una emergencia, pueden localizarme en ese número.

—¿Y tú cómo nos vas a contactar?

Ella retuvo las lágrimas y desvió la mirada.

—No lo sé.

—¿Cuándo te volveremos a ver? —preguntó Drew.

Negó con la cabeza; tampoco lo sabía.

—Los voy a extrañar. —Los abrazó con fuerza y poco después desapareció en el auto de vidrios polarizados. Quería alargar la despedida, pero dolía demasiado. Dolía dejarlos atrás.

Mientras se alejaba del Distrito de Almacenes, se giró en el asiento y vio cómo las siluetas de sus hermanos se desvanecían en la distancia. Cuando ya no pudo distinguirlos, regresó la vista al frente y trató de no llorar. Tenía casi una hora para practicar su mejor cara ante Beckham.

Tardaron menos en regresar que lo que había tardado en llegar a los almacenes. Supuso que Beckham le había infundido el temor de Dios al conductor. Si es que creía en Dios… o si es que Dios creía en él.

El único rostro amable que había conocido no estaba trabajando, así que cruzó con paso rápido hacia los ascensores. Lucía impresentable; todas las personas que por la mañana la habían mirado con envidia, ahora la contemplaban con desprecio. Ni siquiera quería ver su reflejo.

Deslizó la tarjeta negra en la ranura del ascensor, que subió sin esfuerzo. Sonó el timbre y se abrieron las puertas al penthouse impecable de Beckham. Respiró hondo y caminó tambaleante con sus alpargatas.

Beckham no estaba en la sala ni en la cocina cuando llegó. Miró hacia la puerta que siempre permanecía cerrada; se preguntaba si era su dormitorio o un pasillo que llevaba a otro lugar. De cualquier modo, no pensaba averiguarlo justo ahora que él ya estaba furioso con ella.

Caminó de puntitas hacia su cuarto, con la esperanza de cambiarse y lucir algo más decente antes de tener que enfrentarlo.

—Reyna.

Sus pies se detuvieron en seco y cerró los ojos por un instante para contener el miedo. No podía enfrentarlo como un cachorrito asustado, tendría que aguantar.

Se dio la vuelta lentamente para mirarlo.

—Hola.

—¿Cómo estuvo tu viaje? —La voz de Beckham era hielo puro.

—Bien. —Tragó saliva y mantuvo las manos a los costados—. ¿Y tu trabajo?

—Bien.

Avanzó hacia ella con tal facilidad y gracia que parecía flotar. Reyna intentó no temblar cuando se acercó. No debía mostrarle miedo, pero estaba segura de que él lo podía oler.

—Reyna. —Se detuvo justo frente a ella—. Eres la empleada más insubordinada que he tenido jamás, y llevas trabajando conmigo apenas veinticuatro horas.

—Debes tener un entorno laboral muy predecible.

No podía creer que acabara de decir eso. Provocarlo era lo último que quería.

—Así me gusta mi trabajo, y así quiero que sea mi vida. Tú, en cambio, no estás encajando en ella.

—No me has dado mucho tiempo. Tenía que salir, era importante.

—No tendría que darte tiempo —espetó—. Dime por qué fuiste a los almacenes.

Tragó saliva con dificultad. No quería hablar de sus herma nos; cuanto más supiera de ella, más podría usarlo en su contra. Esta era una relación profesional, y no tenía que compartir nada personal con él.

—¿Y bien?

—Mira, si vas a despedirme, hazlo de una vez.

Beckham ladeó la cabeza. Ella lo miró a los ojos, tan oscuros como el ónix. Daría cualquier cosa por saber qué estaba pensando cada vez que la observaba así.

—¿Despedirte? ¿Crees que te voy a despedir?

—¿Qué se supone que piense? —preguntó ella con impotencia.

—Quiero respuestas. Trabajas para mí y te perdiste una reunión importante. Tengo derecho a saber dónde estabas.

Reyna apartó la vista por primera vez. No podía mentirle a la cara, pero tampoco quería contarle sobre sus hermanos, y Beckham no la dejaría ir sin explicaciones. No podía creer que no la hubiera despedido al instante así que, dentro de todo, era una buena señal.

—Fui a visitar a mis hermanos. No les dije que iba a Visage, así que no sabían dónde estaba desde que me asignaron contigo.

Beckham se relajó visiblemente al escucharla.

—¿Tus hermanos?

—Sí —asintió, agotada—. Necesitaba decirles dónde estaba, no quería que se preocuparan.

—¿Eso fue todo lo que hiciste? Te ves como si te hubieras revolcado en el lodo.

—Bueno… —Hizo una mueca de vergüenza—. Me topé con mi ex.

—Más que topártelo, parece que te hubieras estrellado contra él —espetó. Toda la tensión había vuelto a sus hombros.