El monstruo y su última presa Capítulo 13
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Capítulo 13

E sto no podía estar pasando. Un vampiro no iba a matar a Everett. No podía salir corriendo y dejarlo allí para que muriera.

A pesar del sentido común, se precipitó hacia ellos y comenzó a golpear la espalda del vampiro.

—¡Detente! —gritó—. ¡Lo estás matando!

Como no reaccionó, le clavó el tacón en el pie con todas sus fuerzas.

Oyó un crujido horrible cuando algo se rompió, al tiempo que su tacón se hacía trizas.

El vampiro se apartó bruscamente de Everett, que cayó como un saco de piedras, y se giró hacia Reyna.

Ella retrocedió varios pasos, temblando de miedo.

—¡Mierda!

El vampiro avanzó de esa forma tan particular que ella ya conocía bien.

Su cuerpo dio una sacudida al darse cuenta de lo que había hecho.

Podría haber escapado; por muy cobarde que eso la hiciera sentir, al menos habría podido buscar ayuda.

Pero ahora estaba atrapada allí con ese monstruo, y podía ver en sus ojos vacíos que también iba a matarla.

Cuando la alcanzó, le dio un manotazo en la cara como si solo se tratara de un insecto.

El golpe la lanzó de cabeza contra un contenedor metálico, donde rebotó y cayó hecha un ovillo sobre un montón de bolsas de basura.

Su visión se tornó borrosa y, al tocarse donde le dolía, sintió algo húmedo, caliente y pegajoso empapándole el cabello.

El vampiro se agachó para alzar de nuevo a Everett y terminar lo que había empezado.

Sin embargo, en cuanto Reyna retiró la mano y vio en ella la sangre roja y brillante, el vampiro giró la cabeza de inmediato: sus ojos prometían muerte.

La joven intentó incorporarse, pero sus piernas no respondían; estaba desorientada, no tenía control de su cuerpo.

El vampiro que se acercaba tenía una sola cosa en mente, y ella no podía hacer nada.

—¿Qué tenemos aquí? Tu sangre huele como la más dulce fragancia —dijo mientras se aproximaba. La sangre de Everett le chorreaba por la barbilla—. Probarte será como beber el néctar de los dioses… si creyera que existen.

—¿Q-qué? —balbuceó ella.

—He oído hablar de sangre como la tuya. —Se inclinó para aspirar profundamente, deleitándose con su aroma como si fuera una rosa en plena floración—. Parece que la suerte por fin me sonríe.

—No soy nadie —suplicó ella, con lágrimas rodándole por el rostro—. Ya tuviste suficiente, déjanos ir.

—No lo creo.

El vampiro se inclinó hacia ella, saboreando su expresión de terror.

La sangre de Everett le había devuelto la vida, pero ella podía ver en sus ojos enloquecidos que lo que quería de ella era placer.

Se estremeció cuando deslizó la mano por su mejilla y le inclinó la cabeza para dejar su cuello al descubierto.

No podía hacer nada, ni siquiera gritar.

Cerró los ojos y se puso a rezarle a cualquier dios que quisiera escucharla…

Pero el mordisco nunca llegó.

Reyna abrió los ojos de golpe cuando la presión sobre su cuello desapareció.

No podía creer lo que tenía enfrente: Beckham sujetaba al vampiro del brazo.

Este gruñó, se zafó del agarre y de inmediato se lanzó contra Beckham, quien se movió tan rápido que ambos se volvieron una mancha borrosa.

Cuando se encontraron, el vampiro debió haber estado hambriento, pues, con sangre fresca en el sistema, tenía más fuerza y velocidad que hacía unos instantes.

Forcejearon, Beckham parecía tener la ventaja, ya que rompió las defensas del otro y desvió su embestida.

Aun así, la pelea continuó: puñetazos, patadas, cuerpos girando y tratando de dominar al otro.

En un movimiento que Reyna apenas pudo seguir, Beckham giró al otro vampiro hasta que su espalda quedó contra su pecho y colocó una mano a cada lado de su cabeza. Por un segundo, el vampiro se quedó completamente quieto: sabía que lo habían vencido.

Y, por primera vez, el rostro de Beckham quedó iluminado bajo la luz de la calle. Al mirar aquellos ojos oscuros como el ónix, Reyna soltó un jadeo audible. Tenía los colmillos al descubierto y parecía furioso.

Más que furioso.

Peligroso.

Implacable.

Letal.

—Becks —susurró horrorizada.

Pero él no pareció oírla. Lo único que se escuchó después fue un crujido repugnante, cuando Beckham giró la cabeza del vampiro en un ángulo imposible. Este cayó al suelo, indudablemente muerto.

Reyna se quedó boquiabierta. ¡Mierda! Acababa de matar por ella y no sabía cómo asimilarlo. Estaba a punto de perder el conocimiento, pero se aferró a este, desesperada por no sucumbir a la oscuridad.

—Pequeña —dijo con suavidad mientras se acercaba. La vio inhalar profundamente y luego contener el aliento mientras se agachaba. La levantó en brazos como si no pesara nada.

—Everett —musitó. Beckham suspiró y asintió. Se encargaría de él, ni siquiera tuvo que decirlo—. Gracias.

Y por fin, dejó que la oscuridad la envolviera.

Reyna despertó rodeada de cojines mullidos. Todo el cuerpo le dolía y tenía un dolor de cabeza punzante. Soltó un quejido al incorporarse, y una mano la detuvo por el hombro para que volviera a recostarse.

—Tranquila.

Abrió los ojos con esfuerzo. Beckham estaba sentado a su lado en el sofá del penthouse .

—Becks —dijo con voz ronca.

Nunca se había alegrado tanto de verlo. No podía creer que estuviera allí, que la hubiera seguido, que la hubiera salvado.

Lo único que deseaba era acariciar su hermoso rostro y disculparse por haber dudado de sus consejos.

Su gratitud no tenía medida. Ya no veía en él al monstruo que le había roto el cuello al otro vampiro, sino al hombre que la observaba asegurándose de que estuviera bien.

Un hombre que, aunque hubiera tomado una permanente contra su voluntad, iba a cuidar de ella.

Beckham evitó su mirada y tomó un vaso de agua de la mesa.

—Toma.

Lo aceptó sin quejarse y logró dar unos sorbos.

—Me salvaste la vida —murmuró, conteniendo las emociones que amenazaban con desbordarse.

—Se suponía que estarías a salvo.

Reyna no supo qué la impulsó, pero esta vez no contuvo el deseo de tocarlo. Alzó la mano y la apoyó suavemente en su mejilla. Su piel estaba fría al tacto, pero ella sentía que ardía por dentro. Tal vez por lo que acababa de pasar, tal vez por lo que su cercanía le provocaba.

—Becks —repitió en un susurro.

Él giró la cabeza para apartarse de su mano, negándose a mirarla.

—Perdí el control —dijo con aspereza—. No deberías haber visto eso.

—Me salvaste la vida .

¿Por qué Beckham no lo entendía? Podría haber muerto allá afuera, había estado tan cerca…

y la había salvado. Todo lo que antes le parecía una niebla confusa, ahora era claro como el cristal: no había por qué temerle.

Beckham no iba a hacerle daño, y debía empezar a confiar en él.

No habría hecho tanto por protegerla si tuviera intención de lastimarla.

—Nunca debiste estar en esa situación —apuntó él—. Estabas en el antro y, de pronto, ya no estabas.

—¿Me seguiste?

Él la miró a los ojos.

—Tuviste suerte de que lo hiciera. Si no, no te habría encontrado a tiempo.

—Sí… Mucha suerte —susurró.

Recordaba perfectamente como se había acercado el vampiro, la manera tan horrible en que había atacado a Everett, cómo se había lanzado sobre ella.

—¿Qué pasó con Everett? —Se sentó de golpe y la vista se le nubló. Se llevó una mano a la cabeza y volvió a recostarse.

—Necesitas descansar, Reyna. Everett está en el hospital, perdió mucha sangre y necesita una transfusión. Mi equipo médico los atendió a ambos y luego se lo llevaron.

Se tocó la parte trasera de la cabeza. Tenía un vendaje cuadrado cubriéndole la herida.

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

—Unos treinta minutos. Había que detener la hemorragia. —Beckham extendió la mano y le tocó la cabeza con ternura.

La hemorragia, su sangre. ¿Qué había dicho el vampiro sobre su sangre? De todas las cosas extrañas que habían pasado esa noche, eso era lo que menos sentido tenía.

—Beckham. El vampiro dijo algo raro —comentó. Él arqueó una ceja, curioso—. Dijo que mi sangre olía bien, como el néctar de los dioses. Que había oído hablar de sangre como la mía.

—Probablemente estabas delirando y no lo recuerdas bien.

—No —insistió—. Estoy segura. Dijo que mi sangre olía diferente.

—Estaba muerto de hambre. Era un vagabundo patético que se negaba a integrarse al nuevo sistema. Seguro tu sangre le olió a vida misma.

Reyna se mordió el labio y lo miró desde donde estaba, detrás de sus espesas pestañas.

—¿A ti no te olió diferente?

Beckham tardó un segundo en contestar.

—No.

Ella recordaba cómo había inhalado profundamente al acercarse a ella… y luego se había contenido, como si aguantara la respiración. Eso seguro que significaba algo. Pero ¿por qué mentiría? ¿Qué ganaba con eso?

—Entiendo —murmuró finalmente—. ¿Cuándo puedo ver a Everett? Necesito saber cómo está, fue mi culpa que saliera.

—Mañana —sentenció con firmeza—. La transfusión tarda varias horas y necesita descansar. Igual que tú, pequeña.

Reyna se hundió en los cojines.

—Todo esto es culpa mía —susurró—. Si no hubiera ido a ese callejón, nada habría pasado.

—¿Por qué fuiste?

Parecía molesto, pero Reyna se dio cuenta de que era la primera conversación que tenían sin discutir. Casi se sentía… normal.

Sin embargo, la pregunta despertó una ola de emociones.

Recordaba muy bien qué la había llevado a salir del club y terminar en ese callejón.

Estaba desesperada por alejarse de Everett y de la mirada intensa que le había dirigido.

Estaba confundida, no entendía por qué su mente volvía a Beckham una y otra vez en lugar de enfocarse en el chico guapo que tenía enfrente.

—¿Pequeña? —insistió.

—Estaba pensando en ti —confesó, mirándolo con cautela.

Beckham se tensó. Reyna no ocultaba lo que sentía; su corazón latía con fuerza en su pecho y en su garganta. En ese momento, sus ojos eran una ventana a su alma, y él podía leerla sin esfuerzo.

—¿Cómo? —preguntó al fin, y ella se sonrojó aún más.