Capítulo 5
R eyna caminaba de un lado a otro del departamento.
Por fin había logrado revisar el calendario de Beckham en su teléfono.
Se suponía que iba a estar fuera la mayor parte del día por compromisos de trabajo.
Había revisado dos veces para ver si en su apretadísima agenda había espacio para comer, pero no tuvo suerte.
Ella no aparecía para nada, y hasta donde podía ver, salvo que estuviera leyendo mal, él nunca se tomaba un descanso.
Nunca frenaba; no parecía hacer nada más que trabajar.
Y eso a Reyna le venía perfecto.
Con él fuera todo el día, podría ir a ver a sus hermanos. Sería una visita rápida, no más de tres o cuatro horas. Estaría de vuelta antes de que Beckham siquiera notara que había salido de la ciudad.
No era como si le hubiera prohibido salir; de hecho, le había dicho explícitamente que podía hacerlo.
Sin embargo, eso no apaciguaba su miedo al pensar en lo que le haría si volvía a disgustarlo.
Casi lo había hecho estallar solo por usar su ropa vieja.
Era una bomba de tiempo, y a Reyna le preocupaba acabar del lado equivocado de la explosión.
Aun así, tenía que ver a sus hermanos. Se aseguraría de no romper ninguna de sus reglas, y todo estaría bien.
Redactó un mensaje para Beckham. Le costaba manejar el teléfono, por lo que tuvo que borrarlo y corregirlo al menos una docena de veces antes de enviarlo:
Voy a salir. No estaré fuera mucho tiempo. Llevo el celular y la tarjeta.
La respuesta llegó casi al instante. ¿Cómo demonios escribía tan rápido?
Llama a mi chofer, Gerard. Él te llevará a cualquier parte de la ciudad. Si vas de compras por ropa nueva, cárgalo a la tarjeta. No quiero que uses nada barato. ¿Entendido?
Sí.
Bien. No llegues tarde esta noche. Tenemos que hablar.
Tragó saliva. Hablar, eso no podía ser bueno.
«¿Ya está enojado conmigo? ¿O es algún tipo de código para decir que quiere alimentarse?
». De cualquier modo, lo averiguaría esta noche.
Él no volvería hasta más tarde, así que tenía tiempo de sobra para ver a sus hermanos y regresar a tiempo para su conversación.
Encontró una bolsa en su clóset, donde guardó el teléfono y la preciada tarjeta negra.
Los únicos zapatos del armario que no tenían tacones de diez a quince centímetros eran unas alpargatas color nude .
Tendría que arreglárselas con ellas, así que se las puso y bajó al vestíbulo.
Debería llamar al chofer de Beckham, pero él había dicho que la llevaría a cualquier lugar de la ciuda d y ella quería salir de la ciudad.
Si tenía dinero suficiente para comprar ropa cara, entonces también tenía suficiente para tomar un taxi que la llevara fuera de la ciudad y la trajera de regreso.
Decidida, tomó el ascensor. Por las miradas que recibía de la gente a su alrededor, era evidente que nadie la reconocía como la mujer que Beckham había traído anoche.
De alguna forma, en una sola noche había logrado llegar a la altura de sus estándares.
Incluso una mujer la miró con envidia por sus ridículas alpargatas.
Lo que no daría por unos tenis en ese momento.
El valet se irguió al verla.
—¿Puedo ayudarla, señorita?
«¿Señorita, yo? ¡Increíble!».
—Eh... necesito un taxi.
El valet silbó y un coche negro se detuvo frente al edificio.
—¿Eso es un taxi? —preguntó con escepticismo—. Pensé que eran amarillos.
—Solo lo mejor para nuestros clientes de Visage —aclaró, mirándola con curiosidad.
—Ah, bueno. ¿Puede decirme cuánto cuesta?
Le dio vergüenza preguntar, pero no estaba segura de poder pagar un viaje tan largo en un coche como ese.
—Es nueva aquí, ¿verdad? —El valet le dedicó una sonrisa amable. Era reconfortante que alguien la tratara con amabilidad después de andar de puntitas todo el tiempo con Beckham.
—Sí —suspiró—. ¿Se nota mucho?
—Un poco. Soy Everett.
—Reyna. —Se estrecharon las manos, y ella suspiró aliviada de encontrar un poco de humanidad en medio de toda la situación.
—No se preocupe por el taxi. Se carga a su habitación. ¿Tiene la tarjeta?
Reyna sacó la tarjeta negra, y él silbó con admiración.
—¿Qué?
—Esta tarjeta es ilimitada.
—¿Perdón?
Él frunció el ceño, haciendo una expresión que parecía de disculpa.
—Su tarjeta es negra. Significa que tiene fondos ilimitados.
Ella abrió mucho los ojos y parpadeó varias veces. Eso no podía ser cierto, no había forma. Le estaban pagando por sus servicios, no le estaban dando acceso a toda la fortuna de Beckham.
—Creo que se equivoca.
Él volvió a sonreír.
—Seguro que sí —asintió, pero ella sabía que mentía—. Después de usted —indicó al abrirle la puerta. Reyna se bajó la falda mientras se deslizaba por el asiento de cuero.
—Gracias.
—Un gusto conocerla, Reyna.
—Igualmente, Everett.
—¿A dónde, señorita? —preguntó el chofer.
—Número cincuenta y cuatro del Bulevar Este, en el Distrito de Almacenes.
Él alzó las cejas al escuchar la dirección. Obviamente se preguntaba por qué una mujer que salía de ese edificio, con un atuendo impecable, iba a un suburbio destartalado.
—Solo acerque la tarjeta al lector y nos vamos.
Sacó la tarjeta negra, todavía pensando en lo que Everett le había dicho. Observó la pantalla en la parte trasera del coche y siguió las indicaciones. El monitor se iluminó apenas lo tocó:
Beckham Anderson
Reyna Carpenter
Visage Incorporated
Servicios limitados
Se quedó boquiabierta.
Y entonces comenzaron a aparecer los números. Observó cómo el costo del viaje subía de manera vertiginosa: era más dinero del que ella o sus hermanos habían visto en toda su vida, todo para un solo viaje en coche fuera de la ciudad. Increíble.
No podía apartar la vista de la pantalla mientras la ciudad desaparecía tras ellos y se acercaban a su antiguo vecindario.
Solo había pasado un día y ya sentía que había vivido una eternidad.
El conductor se detuvo frente al Distrito de Almacenes con lentitud, casi con cautela.
Haber estado lejos, en el departamento inmaculado de Beckham, hacía que el contraste con su hogar fuera abrumador.
Era sucio y, de hecho, describirlo así era quedarse corta. Era negrura, hollín, contaminación. Era lo opuesto a Visage.
Qué ironía que su hogar resultara más oscuro y tenebroso que un lugar lleno de vampiros, famosos por anhelar la noche, por prosperar en la noche.
—Cincuenta y cuatro del Bulevar Este. ¿Qué edificio? —preguntó el conductor.
Ella señaló un destartalado edificio de departamentos de cinco pisos.
Parte del techo había sido destruido un par de años antes, durante una fuerte tormenta, así que se veía aún más deteriorado que los edificios que lo rodeaban.
Sus hermanos vivían en el tercer piso, en un tugurio lleno de corrientes de aire.
—Voy a ver si hay alguien en casa. ¿Puede esperarme?
—Señorita, no le recomendaría a alguien como usted subir sola.
«Un día fuera de casa y ya no pertenezco», pensó.
—Estaré bien. Espéreme aquí.
Cuando abrió la puerta, un leve escalofrío le recorrió el cuerpo. Sus alpargatas nude tocaron la tierra cubierta de hollín. Por alguna razón, lo primero que pensó fue que Beckham jamás le permitiría conservar esos zapatos.
Subió hasta el tercer piso sin interrupciones. Ni siquiera la señora Lowry estaba sentada frente a su puerta abierta, lista para gritarle a cualquiera que pasara. Como no había nada que robar en el departamento, nunca lo cerraban con llave, así que entró sin problemas.
—¡Brian! ¡Drew! —llamó.
No hubo respuesta. Entró a la única habitación y la encontró vacía, apenas con tres tristes colchonetas en el suelo. De seguro sus hermanos estaban en el trabajo; debería haber ido allí primero, pero había querido revisar el departamento.
Bajó las escaleras a toda prisa y casi chocó con Gary Forman, el pervertido del edificio, que le agarró el brazo con brusquedad.
—¿Tienes algo de cambio? Una chica tan bonita como tú seguro tiene algo extra para un pobre hombre como yo.
—Gary, soy yo, Reyna. Suéltame.
—¿Reyna? —La miró con ojos desorbitados, aún sin soltarla—. No, Reyna se fue ayer. Sus hermanos la están buscando por todos lados.
—Pues he vuelto —espetó—. Si regresan, ¿puedes decirles que fui a los almacenes?
Jaló su brazo para zafarse y se alejó lo más rápido que pudo.
Cuando por fin se dejó caer de nuevo en el asiento trasero del auto, tenía el estómago hecho un nudo.
Con un suspiro, se dio cuenta de que tenía una huella de mano mugrienta en su piel limpia.
Con razón nunca se había sentido limpia antes.
Le indicó al conductor la dirección del almacén donde trabajaban sus hermanos y le pidió que se estacionara a la vuelta para que el coche no fuera visible. Él se ofreció a acompañarla, pero estaba más preocupada por que alguien le robara el auto que por cualquier cosa que pudiera pasarle.
Dobló la esquina hasta el frente del almacén justo al final de un turno.
Su corazón se detuvo cuando al menos una docena de hombres hambrientos la miraron fijamente.
Nunca en su vida había tenido miedo de los hombres en ese barrio, pero ahora no se parecía en nada a una mujer de los almacenes.
Parecía una chica rica de ciudad: ni ella misma se habría reconocido.
Entonces, uno de ellos dio un paso al frente: era Steven.
Reyna apretó los dientes con frustración, no era el momento para encontrarse con su ex.
No había hablado con él desde que la había dejado por otra y no tenía ningún interés en hacerlo ahora, pero tenía que hacerlo si quería encontrar a sus hermanos pronto. El tiempo corría.
—Hola, Steven —saludó y fue directo hacia él. Los otros hombres se dispersaron al ver que ya estaba «apartada», pero unos pocos la observaron con curiosidad al pasar.
—Hola, preciosa. ¿Qué puedo hacer por ti? —Sus ojos la recorrieron de arriba abajo.
—Estoy buscando a mis hermanos —respondió con impaciencia.
—¿Los conozco?
Reyna le lanzó una mirada incrédula. ¡Maldita sea! Habían estado juntos más de un año y ni siquiera podía reconocerla con un cambio de ropa y un buen baño.
Chasqueó los dedos frente a su cara para apartar su mirada de su escote.
—Steven, soy yo, Reyna.
—¿Reyna Carpenter? —Parecía que los ojos se le saldrían de la cara—. ¡Mierda, mujer!
—Sí. Estoy probando algo nuevo —afirmó con voz neutra—. ¿Has visto a Brian o Drew?
—¿Algo nuevo? Te ves increíble, carajo.
—Gracias, pero… ¿has visto a mis hermanos? —repitió. No podía ocultar la impaciencia en su voz.
—Estuvieron buscándote ayer. —Steven silbó mientras descaradamente le pasaba la mano por el costado—. La pequeña Reyna Carpenter ya creció y tiene cuerpo de mujer debajo de esos jeans y camisetas.
—Ya basta, Steven. —Le apartó la mano de un manotazo—. Ya sabes cómo me veo. No estoy aquí por ti, necesito hablar con mis hermanos.
—No te preocupes por ellos —dijo intentando persuadirla; luego, la hizo retroceder con esa mirada hambrienta que ya conocía y que anunciaba problemas.
—Steven —advirtió.
—Vamos, linda. ¿No quieres otra ronda?
—Fuiste tú quien me dejó, ¿recuerdas? Querías ver qué más había por ahí.
—No lo recuerdo así —espetó, restándole importancia.
Su espalda chocó con la pared del almacén y jadeó con nerviosismo.
A Steven le brillaron los ojos: era claro que tenía ventaja y lo disfrutaba.
En ese vecindario, nadie detendría a un hombre por abusar de una mujer.
Debería haberle hecho caso al conductor y pensar en su seguridad.
No imaginó que tendría que preocuparse por nadie de aquí, mucho menos por Steven.
—¿De dónde sacaste esta ropa nueva? —inquirió él, jalando la tela.
—No importa.
—Reyna, puedes decírmelo. —Su mano bajó por su cintura y ella lo empujó sin éxito; había perdido cualquier escape posible al quedar contra la pared.
—No me interesa.
—Explícame, ¿cómo una chica tan pobre como tú puede tener todos estos lujos de un día para otro? —Su mirada estaba llena de lujuria—. O es una puta, o es una puta de sangre. ¿Acaso fuiste a Visage?
Reyna apartó la mirada, incapaz de soportar la acusación en sus ojos.
—Déjame en paz. —Pero hasta para ella sonó débil.
—Entonces sí fuiste. Enséñame el cuello. —Le inclinó la cabeza, buscando las marcas de mordida que delataban a quienes trabajaban para un vampiro. Ella intentó abofetearlo, pero él le agarró la mano y la sujetó contra su costado.
—Si puedes ser una puta para un vampiro, puedes ser una puta para mí.
Sus labios bajaron hacia su cuello. Su enorme cuerpo la aplastaba violentamente contra la pared. No importaba cuánto se moviera, se retorciera o pataleara, no podía escapar.
Las lágrimas le corrían por el rostro. Había decidido ir a Visage para ayudar a su familia.
Durante todo ese tiempo había tenido miedo de ser utilizada y maltratada por el vampiro que la recibiera.
Sin embargo, Beckham no había hecho nada de eso: le había dado un lugar donde vivir, un guardarropa nuevo y acceso a fondos ilimitados.
Ni siquiera la había mordido todavía. En cambio, sus peores pesadillas se estaban haciendo realidad por culpa de alguien a quien conocía desde siempre.
Su mundo acababa de ponerse patas arriba.