Capítulo 4
R eyna despertó y se incorporó de golpe en la cama. Puso la mano sobre su pecho agitado; el corazón le latía a mil por hora y, por un momento, no recordaba dónde estaba ni por qué. Respiró con fuerza dos veces mientras sus ojos recorrían el lugar.
Visage. Beckham. Penthouse.
Una cama enorme, blanca y mullida, una alfombra esponjosa color crema, y cortinas largas de un verde tenue. Había también un clóset vacío que dudaba poder llenar algún día y su propio baño con tina de hidromasaje y regadera tipo cascada.
La noche anterior había pasado más de media hora bajo el chorro de agua hirviendo, tallándose cada centímetro.
Ni siquiera se había dado cuenta de lo sucia que estaba.
Era como si tuviera una piel nueva, y su cabello oscuro, que solía ser opaco y lacio, caía en ondas suaves y brillantes gracias al champú y acondicionador carísimos.
Pero ahora tenía que volver a la realidad. Era su primer día de trabajo de verdad y estaba segura de que Beckham iba a querer alimentarse. Tenía que prepararse para ese momento, lo cual significaba comer un desayuno abundante para evitar desmayarse por la pérdida de sangre.
«Pérdida de sangre». Se estremeció solo de pensarlo.
Salió de la cama de un salto y buscó su ropa. Se había ido a dormir con una camiseta blanca enorme que encontró en uno de los cajones; era mejor que volver a ponerse su ropa sucia de la noche anterior. Sin embargo, ahora que estaba lista para empezar el día, su ropa vieja había desaparecido.
Entró al vestidor y abrió la boca con asombro: una cuarta parte del espacio ya estaba llena de ropa.
Vestidos hermosos de todos los colores imaginables; faldas largas, blusas transparentes, pantalones ajustados que seguramente realzarían sus formas.
Era muchísima ropa, más de la que jamás soñó tener en casa.
Deslizó los dedos por los costosos materiales —satín, encaje, seda— y retrocedió casi de inmediato. ¿De qué se trataba todo eso? Revisó las etiquetas: todo era nuevo y de su talla.
«Pero ¿cómo saben mi talla?».
Aunque las prendas eran lindas, no sentía que fueran suyas; era como jugar a disfrazar a una muñeca. Como si alguien hubiera elegido ropa de forma aleatoria sin pensar en la persona que la usaría.
Se alejó del despliegue de atuendos y revisó el resto del cuarto. Los cajones estaban llenos de ropa interior tan pequeña y encaje tan fino que dudaba que le cubrieran un centímetro del cuerpo. Cerró el cajón de golpe.
El clóset había estado vacío la noche anterior.
No entendía cómo había llegado todo eso sin que ella lo notara.
No le gustaba que cualquiera pudiera entrar a su cuarto sin que se diera cuenta, aunque no había tenido uno propio desde hacía diez años.
Estaba por salir cuando notó que su ropa vieja estaba amontonada en el bote de basura.
—¿Pero qué...? —La sacó de un tirón—. No puedo creer que alguien haya tirado mi ropa.
Se puso de nuevo la camiseta gastada y los jeans raídos sobre el cuerpo limpio. No iba a ponerse esa ropa de muñeca; si Beckham había ordenado eso, estaba muy equivocado. Ella no era una muñeca que él pudiera vestir como quisiera: iba a usar lo que se le diera la gana.
Ya vestida, salió disparada al salón; estaba vacío.
Murmurando insultos entre dientes, se metió a la cocina para prepararse el desayuno.
Estaba sacando los ingredientes para un omelette cuando Beckham salió del pasillo del fondo.
Lucía tan imponente como siempre, con su traje negro de tres piezas y una corbata morada con un patrón oscuro.
Revisaba su teléfono, como de costumbre, y no levantó la vista hasta que escuchó el primer crujido del cascarón.
Sus ojos la encontraron, y ella le devolvió la mirada con frialdad.
Él la evaluó, y Reyna desvió los ojos: aunque estuviera enojada, era difícil sostenerle la mirada.
La mitad del tiempo parecía querer desayunarla; la otra mitad, lanzarla por la ventana.
—¿Por qué demonios sigues usando esa ropa tan espantosa? —preguntó con severidad.
—¿Y por qué demonios trataste de tirarla? —replicó ella.
—Es asquerosa.
—La otra ropa no me acomoda —espetó, mientras rompía otro huevo y batía el contenido con energía.
—Toda es nueva. —Ella se encogió de hombros con indiferencia, sin dignarse a mirarlo—. Y muy costosa.
Reyna suspiró y lo miró directo a los ojos.
—Parece ropa de muñeca. —Puso cara de asco—. No conozco a nadie que se vista así para estar en su casa.
Beckham la fulminó con la mirada.
—Tú no conoces a nadie. Claro que no conocerías a alguien que pueda ponerse esa ropa.
Reyna se tensó.
—Pues quiero algo que sea más como yo —insistió.
—Lo que llevas puesto ya no eres tú —aclaró con una voz peligrosamente baja—. Tíralo.
—¿Perdón?
Ahora era ella la que miraba con amenaza. Él no podía darle órdenes así como así.
—Dije que lo tires a la basura.
—Trabajo para ti, pero eso no significa que puedas controlar cada aspecto de mi vida.
Beckham inclinó la cabeza y la miró como si fuera una niña de tres años haciendo un berrinche.
—Dije que tires esa ropa, ya —repitió acercándose a paso lento—. Compra ropa nueva si no te gusta la que pedí, pero no puedo dejar que me vean con alguien vestida como tú. Ya hiciste el ridículo anoche en el vestíbulo. ¿Quieres seguir avergonzándote?
No dejaba espacio a discusión. Reyna asintió en silencio; con él tan cerca, le temblaba todo el cuerpo.
—Bien. Entonces ve a cambiarte.
Reyna dejó el batidor en el tazón, dio un rodeo y desapareció en su cuarto. No podía creer que estuviera dejándolo manejar su vida y vestirla como a una niña. Pero ¿cómo decir que no?
Buscó el conjunto menos llamativo que encontró: una blusa blanca de gasa con botones, metida en una falda de lentejuelas de color dorado rosado. Trató de no sentirse ridícula al caminar con eso puesto.
La aprobación silenciosa de Beckham no la hizo sentir menos incómoda. Aunque sí le dio un ligero alivio saber que al menos había hecho algo bien, incluso si acababan de pelear por ello.
—Toma. —Beckham deslizó una tarjeta negra sobre la barra de la cocina.
—¿Qué es esto?
—La empresa abrió una cuenta para ti con acceso a tus pagos, todo está en tu cuenta de ahorros. Puedes usar esta tarjeta para cualquier otra compra. También sirve como llave para el penthouse . Tu primer pago ya fue depositado.
Reyna tomó la tarjeta y la miró con asombro: tenía una pequeña fortuna en la mano. Era irreal.
—Gracias.
—No la pierdas. No son fáciles de conseguir.
Ella asintió y volvió a su desayuno. Terminó su omelette y se sentó a comer, acomodando la falda para no mostrar de más.
Cuando se sentó junto a Beckham, él levantó la vista del celular: parecía sorprendido de que siguiera ahí.
Estaba tan acostumbrado a estar solo que tener a alguien más en su casa lo descolocaba.
—Bueno, eso… —dijo como despedida y se dirigió a la puerta.
—¿A dónde vas?
Él se tensó al escuchar la pregunta.
—Al trabajo.
—¿Y cuándo vuelves?
—Sincronicé mi horario con tu teléfono. Usa la función de calendario y ahí tendrás la información actualizada.
—Ah, la función de calendario, claro —murmuró. Por supuesto que tenía un horario para todas sus cosas de trabajo.
Sin decir nada más, Beckham salió del penthouse , dejándola completamente sola. Y Reyna seguía sin tener ni la menor idea de qué se suponía que debía hacer. No habían hablado de cuándo se alimentaría, y él ni siquiera había mencionado querer beber su sangre.
Los vampiros necesitaban alimentarse cada dos o tres días, aunque podían sobrevivir hasta una semana sin hacerlo. Sin embargo, toda la información de Visage había dejado claro que su patrocinador querría alimentarse de ella a diario.
«¿Acaso no me está pagando para eso?».