El monstruo y su última presa Capítulo 3
9%

Capítulo 3

S ilencio.

Aparentemente, esa era la forma de ser de Beckham. Era silencioso. Le gustaba el silencio. Su teléfono estaba en silencio. Incluso su auto, un sedán de lujo increíblemente elegante, brillante, moderno, de esos que estaban hechos solo para mirarse, era silencioso.

Salieron de las instalaciones de Visage rumbo a la costa. El coche se desplazaba a una velocidad increíble, alejándola de su precario hogar, de sus hermanos, de su vida.

Reyna miró por encima de su hombro hacia la ventanilla trasera.

El corazón le latía con fuerza, lleno de remordimiento por dejar todo atrás.

Y, aun así, no cambiaría su decisión. Necesitaban el dinero y esa era la oportunidad perfecta, aunque no fuera lo que sus hermanos hubieran elegido para ella.

Las decisiones difíciles rara vez son lo que uno quiere.

Brian y Drew se volverían locos de preocupación cuando anocheciera y ella siguiera sin volver.

Ojalá hubiera podido despedirse. Como no tenían teléfono, no había forma de contactarlos, y llamar a la fábrica podía meterlos en problemas.

Quizá debió dejar una nota diciendo adónde iba, pero tal vez eso también los hubiera alterado.

Sin importar lo que sucediera, debía encontrar la forma de hacerles saber que estaba bien.

Suspiró hondo y se recostó en el asiento, lista para dejar su mundo atrás.

Pronto, la ciudad se materializó ante ellos. Siempre le había parecido horrible: fría y repugnante. Aprendió a odiarla cuando se vio obligada a vivir con su tío durante esos años espantosos. Era sucia, implacable, llena de gente indiferente a quienes los rodeaban, todos atrapados como ratas.

Desprovistos de todo, sus hermanos la habían sacado de ahí haciendo dedo. Se mudaron de ese infierno a otro distinto. A ella no le importaba cambiar un infierno por otro, siempre y cuando sus hermanos consiguieran trabajo en los almacenes.

—Entonces —aventuró Reyna en voz baja—, ¿dónde vives exactamente?

Beckham alzó la vista de su teléfono. Sus ojos, oscuros como la noche, la atravesaron con frialdad. Le lanzó una mirada que pareció espetar: « ¿Por qué carajos me hablas?».

—Ya lo verás —respondió, tajante.

Ella tragó saliva y apartó la mirada; era difícil sostenerle la vista.

Sus ojos oscuros, aunque apagados, eran aterradores.

Había acertado con su instinto inicial: Beckham era poderoso y lo demostraba en cada uno de sus gestos.

Le bastaba voltear hacia ella para que Reyna deseara encogerse en su asiento.

No lo hizo por orgullo, pero lo deseaba.

No podía imaginar cómo sería encontrarse con un vampiro como Beckham antes de la cura por tipo de sangre, cuando estos aún cedían a sus instintos más primarios y sanguinarios.

Se pegó a la ventanilla cuando entraron al corazón de la ciudad, observando los edificios altísimos, las multitudes, los ruidos y colores.

Desde que se fue con sus hermanos, no había vuelto a poner un pie en ese lugar.

No era seguro que alguien viviera ahí solo, y ellos jamás lo habrían permitido, aunque ella hubiera querido, aunque no era el caso.

Pasaron junto a un edificio que ocupaba toda una manzana. Sobre la entrada, escrita en letras enormes y rojas, estaba el nombre de Visage. Nunca había visto las oficinas centrales; el edificio era puro cristal y se perdía en las alturas. Incluso estirando el cuello, no alcanzaba a ver la cima.

—¿Trabajas ahí? —preguntó antes de poder contenerse.

Él soltó un suspiro largo.

—Sí. Ahora, ¿podrías guardar silencio, quedarte quieta y dejar de empañar las ventanas? Tengo trabajo y no puedo concentrarme contigo respirando en el vidrio.

Reyna se echó atrás en su asiento y lo fulminó con la mirada.

Qué imbécil. Solo estaba siendo curiosa con respecto a la nueva vida que estaba a punto de comenzar.

Lo mínimo que él podía hacer era responderle una o dos preguntas.

Pero claramente no sabía, ni le importaba, que esta era su primera vez en la ciudad en diez años.

Volvió a mirar por la ventanilla, frustrada. Todo se veía igual que antes: oscuro y desolado. Igual que la actitud de Beckham.

Poco después, el coche se detuvo frente a otro edificio gigantesco. El conductor se acomodó en la bahía circular y un valet se acercó de inmediato para abrir la puerta. Beckham bajó primero, sin mirar atrás. Con otro suspiro resignado, Reyna se deslizó por el asiento y lo siguió.

Trotó la distancia que los separaba para alcanzarlo.

Dos inmaculadas puertas de vidrio se abrieron solas a su paso y entraron en un vestíbulo colosal.

Al mirar a su alrededor, se quedó boquiabierta: el techo se perdía en lo alto, y un ascensor de cristal subía veloz por su riel hasta lo más alto del edificio.

Caminó por un suelo de mármol pulido, junto a muebles tan lujosos que ni siquiera sabía de qué material estaban hechos.

Y todas las personas... no podía ni concebirlo: todas eran hermosas.

Más que hermosas. Lucían ropa carísima, piel impecable y peinados perfectos.

Miró su propio atuendo y jaloneó el borde irregular de su camiseta favorita.

Sus jeans estaban gastados y casi rotos en las rodillas.

Traía un par viejo de Converse que alguien más le había dejado porque ya no le quedaban.

Ella y sus hermanos nunca pudieron costear zapatos nuevos.

Siempre se las arreglaron con lo que tenían.

Era claro que no encajaba en este lugar, para nada .

La gente la miraba sin disimulo mientras avanzaba, así que bajó la cabeza y evitó las miradas. Lo peor era que no podía dejar de contemplar ese impresionante lugar. Por una vez, deseó poder volverse tan invisible como en casa.

Beckham pasó una tarjeta por una caja negra y se abrieron las puertas del ascensor. Ya adentro, volvió a usar la tarjeta y presionó el botón para el último piso: PENTHOUSE .

El corazón de Reyna dio un brinco.

—¿Vives en el penthouse ? —soltó—. ¿Quién hace eso?

—Yo.

Nada más. Ni un sonido más de su parte. Por lo visto, era un hombre de pocas palabras.

El ascensor subió tan rápido que sintió como si su estómago se hubiera quedado en la planta baja. Cuando por fin se estabilizó, las puertas se abrieron en el último piso, directamente dentro del penthouse de Beckham. Dio un paso fuera del ascensor y entró en una habitación enorme. Y qué habitación.

Avanzó tambaleante, abrumada por el lujo que no podía procesar.

El departamento tenía una sala inmensa, con un sofá modular gigantesco y una televisión tan grande que ocupaba una pared entera.

Los únicos adornos en los muros eran unas preciosas fotografías en blanco y negro enmarcadas.

A la derecha, había una enorme cocina de acero inoxidable, tan impecable que daba miedo entrar, y mucho más cocinar en ella.

Su mirada regresó al ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad y del edificio central de Visage.

Incluso había un balcón con piscina infinita y jacuzzi.

¿Quién hubiera imaginado que vivir con un vampiro era estar rodeada de un pedazo del paraíso?

—Guau —murmuró—. Tu cocina es más grande que todo mi departamento.

Después se arrepintió. No quería que Beckham supiera nada sobre su casa. No parecía entrometido, pero, si este era su trabajo, no lo iba a mezclar con su vida personal.

Para disimular la incomodidad, se adentró más en la sala.

Sus ojos se posaron en las fotos de las paredes.

Paisajes urbanos oscuros, un primer plano de una mujer preciosa tomando café en una terraza, un cielo nublado, una vista aérea de una cuadra de edificios, gente caminando por la calle con los rostros y movimientos desenfocados.

Y las fotos seguían y seguían, todas hipnotizantes.

Era una versión sombría y decadente de la ciudad y, sin embargo, cautivadora a su manera.

—Me encantan —admitió, pasando los dedos por uno de los marcos negros.

Como Beckham no respondió, volteó hacia él. Estaba concentrado en su teléfono e ignorándola por completo. Esperó un momento a que dijera algo, lo que fuera.

Finalmente, él terminó lo que estaba haciendo y guardó el celular en el bolsillo del saco. Sus miradas se cruzaron y Reyna apretó los puños, decidida a no desviar los ojos. No quería tenerle miedo.

—Bueno, esta es mi casa. Vivirás aquí indefinidamente, así que acostúmbrate. —Ella casi se rio. ¿Acostumbrarse? ¿Hablaba en serio?—. Tengo algunas reglas que quiero que sigas mientras estés aquí.

—Está bien —respondió ella con cautela.

—Primero: nada de visitas externas. De ningún tipo, en ningún momento.

—¿Qué? ¿Es en serio? —preguntó. ¿Nunca podría invitar a nadie? Sonaba poco realista si iba a vivir ahí básicamente para siempre.

Él la fulminó con la mirada.

—¿Acaso no fui claro?

—No, pero ¿por qué no puedo traer a nadie?

—No sabía que tenía que darte explicaciones, señorita Carpenter. Soy tu empleador, así que o sigues mis reglas o te vas con las manos vacías. ¿Entendido?

Reyna se tragó la rabia. No es que tuviera planes de traer a alguien. Las únicas personas que conocía estaban a una hora de distancia y sin coche, pero habría estado bien tener la opción. Con suerte, haría nuevos amigos.

—Sí. Entendido.

—Fantástico. Segundo: debes dormir aquí todas las noches.

Ella frunció el ceño.

—¿Y dónde más se supone que dormiría?

Beckham cruzó los brazos con rigidez y la miró como si supiera algo que ella no. Reyna se sonrojó ante la insinuación. «Ah, sexo. Claro» .

—¿También tengo hora de llegada? —preguntó sarcástica.

Él ni siquiera se dignó a responder.

—Tercero: quiero poder contactarte en todo momento. Así que vas a necesitar esto.

Sacó un teléfono de su bolsillo y se lo pasó. Tenía una pantalla larga y prístina, y el aparato se sentía demasiado grande en su mano torpe: nunca había tenido uno. Ni siquiera había sostenido uno.

—Eh… ¿cómo funciona?

Beckham suspiró, exasperado, y le enseñó lo básico: encenderlo, hacer llamadas, mandar mensajes, conectarse a internet. ¿Qué haría con todas esas funciones? Era un misterio.

—Debes tenerlo en todo momento. Si intento comunicarme contigo y no lo logro, me voy a disgustar mucho —amenazó.

Por su expresión, disgustado probablemente significaba que, cuando la encontrara, la despedazaría.

—Okey, entendido —respondió, guardando el teléfono en el bolsillo de sus jeans.

—Un par de cosas más: tu habitación está al fondo del pasillo, a la derecha —señaló.

—¿Y la tuya?

Tan pronto como las palabras salieron de su boca, quiso tragárselas.

Parecía como si estuviera interesada en su cuarto, lo cual no era el caso.

Algunos empleados de Visage daban más que su sangre, pero ella no estaba ahí para acostarse con nadie.

Estaba para donar sangre y ganar algo de dinero. Eso era todo.

—Mi habitación no es de tu incumbencia, señorita Carpenter.

—Claro —murmuró, mirando hacia otro lado—. No quise decir… solo… da igual.

—Como decía: tu cuarto está allá. El refrigerador está comple tamente abastecido, pero si hay algo específico que te guste, puedes contactar a mi mayordomo. Él te conseguirá lo que pidas.

—¿Perdón? ¿Dijiste mayordomo?

—Su número está guardado en tu teléfono —explicó.

—O sea, ¿puedo pedir lo que sea?

—Dentro de lo razonable, por supuesto. Y eso es todo por hoy. Tengo que volver al trabajo. —Le dio la espalda y comenzó a alejarse.

—Espera —llamó ella, extendiendo la mano. Cuando él volteó y la miró como si fuera la peor molestia del mundo, la bajó de inmediato—. Quiero asegurarme de haber entendido las reglas. ¿Puedo salir?

Beckham alzó una ceja.

—¿Tan desesperada estás ya por irte?

—No —respondió, retrocediendo—. Solo quería saber si estaba permitido.

Necesitaba ver a sus hermanos cuanto antes, pero no quería romper ninguna regla el primer día.

—No eres mi prisionera. Puedes entrar y salir a tus anchas. Pero, como invitada en mi casa, quiero saber dónde estás en todo momento. Mándame un mensaje cuando salgas y cuando regreses.

—Ah —suspiró con alivio.

—Estoy pagando una fortuna por ti. No quiero desperdiciar mi inversión —apuntó con frialdad.

La palabra la hizo estremecerse. Estaba allí como proveedora de alimento y nada más. Beckham ni siquiera se molestaba en ocultar la humillación implícita en sus palabras.

—Inversión —repitió con voz apagada.

—Así es, señorita Carpenter. Una inversión muy muy costosa —remató.

—Ya veo. Entonces, ¿vamos a hacerlo o no? —espetó.

La rabia le brotó de inmediato. Se bajó el cuello de la camiseta y dejó al descubierto la yugular.

Para eso estaba allí, ¿no? El penthouse de lujo, el teléfono nuevo, el refrigerador lleno, la habitación propia e incluso el mayordomo no eran más que distracciones.

La realidad era simple: ella era comida y lo alimentaría.

Si estaba ahí para trabajar, entonces quería tener muy claro de qué se trataba.

No podía dejar que unos cuantos muebles elegantes la confundieran.

Nada de esto era suyo, estaba a la merced de un vampiro que podía remplazarla tan fácil como desangrarla.

Le temblaron las manos mientras el miedo le punzaba en la piel. Sin embargo, esperó sin retroceder, a pesar de que él no se movió ni un milímetro.

Beckham ladeó la cabeza y se limitó a observarla.

—No tengo hambre. Y tú deberías... —la recorrió con la vista de pies a cabeza— refrescarte.

Y con eso, se marchó por el pasillo, entró a una habitación y azotó la puerta.

Reyna recobró la compostura poco a poco. Su respiración era irregular. No podía creer lo que acababa de pasar. Simple y llanamente, la había rechazado.

De algún modo, ese maldito hombre lograba insultarla incluso sin estar presente.