Capítulo 2
— ¿P ermanente? —Reyna se quedó sin aliento.
—Así es. El nuevo sistema la emparejaría con un vampiro compatible. Viviría en su casa y compartiría alojamiento con su patrocinador.
—¿Para siempre? —preguntó incrédula.
—Bueno, no exactamente para siempre, como si no hubiera otra opción, señorita Carpenter. El sistema busca solucionar algunos de los problemas del modelo anterior. Reduce la rotación y ofrece a los sujetos una mejor calidad de vida.
—Entonces, ¿nunca podríamos irnos?
—Por supuesto que sí. Si el sujeto o el patrocinador consideran que la relación ya no funciona, asignaríamos otro permanente y el contrato anterior se anularía.
No tenemos ninguna base legal para retenerla en contra de su voluntad.
Solo intentamos encontrar un estilo de vida más adecuado para nuestros patrocinadores.
Y para su tranquilidad, todos los seleccionados para este programa pertenecen a la élite. La tratarán muy bien.
Un puesto permanente con un vampiro. No se le ocurría algo que quisiera menos. Sonaba como la configuración ideal para que los vampiros se aprovecharan de los humanos, sin los controles del sistema anterior.
—Es una mejor situación para los patrocinadores, pero ¿y nosotros? —reclamó—. ¿Cómo sabemos que de verdad nos van a cuidar si ya no hay controles mensuales?
—Le garantizo que todos los patrocinadores fueron minuciosamente seleccionados. Son altos funcionarios dentro de la organización. Jamás pondríamos a nuestros empleados en situaciones peligrosas.
—Claro —apuntó con sarcasmo—. Entonces estos patrocinadores son más importantes que los anteriores. ¿Eso significa que pagan mejor?
El hombre soltó una risa breve y luego recuperó la compostura.
—Veo que le gusta ir al grano. ¿Qué le parecería el doble del salario mensual por esta posición permanente?
Reyna abrió mucho los ojos. ¿El doble? ¿Por vivir indefinidamente en la casa de un vampiro?
Era increíble. No tendría que trabajar tanto tiempo en Visage si podía ganar el doble de lo que le habían prometido al principio.
Con ese sueldo, podría ahorrar para ir a la universidad.
Y con un título, tal vez alguien querría contratarla.
Todo dependía de cómo fueran en realidad las cosas una vez instalada.
Podía con eso. Y no importaba lo que dijeran Brian o Drew, era su deber hacerlo.
—¿Está interesada en este nuevo programa? —preguntó el doctor Washington.
—Yo...
Estaba a punto de decir que sí, pero la insistencia del doctor la detuvo. ¿Por qué le interesaba tanto? Algo de la situación la incomodaba, pero no era lo obvio. Estaba rodeada de vampiros y a punto de entregar su sangre con regularidad, eso ya lo había asimilado. Era algo más lo que la inquietaba.
—¿Por qué fui seleccionada? —decidió preguntar.
El médico frunció los labios.
—Encaja en el perfil.
—¿Y cuál es ese perfil?
—Joven, saludable y compatible.
—Dijo algo sobre mi historial en el archivo. ¿Qué tiene de especial mi historial?
El doctor Washington entornó los ojos y abrió su archivo en la computadora.
—Aquí dice que sus padres fallecieron en un accidente automovilístico.
Tenía diez años. Sus hermanos, Brian y Drew, catorce y doce.
Actualmente trabajan en los Almacenes Cartwright.
Su tío es el único pariente vivo restante.
La dejó cuando tenía once y, según nuestros registros, desapareció por completo, aunque no se ha reportado su muerte.
Su historial, señorita Carpenter, indica que está completamente sola, salvo por dos hermanos que apenas pueden con una boca más que alimentar.
Reyna alzó el mentón, desafiante. Oír su historia desgranada con tanta frialdad le estrujó el corazón.
—Conozco muy bien mi historia. Pero eso no explica por qué soy buena candidata para su programa permanente. ¿Buscan a alguien sin familia? ¿Alguien que, si las cosas salen mal, nadie vaya a buscar ni a levantar la voz en su nombre?
Él soltó una carcajada.
—Ya le dije que estará perfectamente segura. Está dudando, lo entiendo, pero le aseguro que tiene una idea equivocada de nuestra organización.
—Ah, ¿sí?
—No la elegimos para evitar complicaciones legales, sino porque es usted quien más lo necesita, señorita Carpenter.
No tiene a nadie que la ayude y es una carga para sus hermanos.
—Su sinceridad fue brutal—. Un puesto permanente en Visage le daría todo lo que siempre ha querido y más.
Buscamos personas que de verdad quieran una relación estable con nuestros patrocinadores.
Si prefiere algo temporal con menos paga, este servicio no es para usted.
Reyna necesitaba tiempo para pensar. De por sí, Brian y Drew se molestarían al saber que había aceptado un mes de trabajo en Visage.
No quería imaginar cómo reaccionarían si supieran que había accedido a vivir con un vampiro de forma permanente.
Nunca pensó en Visage como algo permanente, solo quería una solución temporal para ayudar a su familia.
Sin embargo, incluso cuando regresara de trabajar, necesitaría encontrar una forma de sostenerse a largo plazo, y para eso necesitaba un título.
No sabía cuánto tiempo tendría que trabajar en Visage antes de que todo se estabilizara y sus hermanos pudieran vivir cómodamente de nuevo. Le tomaría mucho más con el sueldo básico que con el salario de una permanente.
—Podría renunciar cuando quisiera, ¿cierto? —quiso asegurarse Reyna.
—Por supuesto —confirmó el doctor—. Si considera que la situación no es lo que buscaba, la retiraremos del programa, pero hemos sido muy cuidadosos al seleccionarla a usted y a su patrocinador. Creemos que será un buen vínculo.
Reyna suspiró. Tal vez sus sueños podían hacerse realidad. ¿Qué tanto podían empeorar las cosas?
—Está bien. ¿Qué tengo que hacer?
Después de completar una montaña de papeleo, el doctor Washington regresó a la habitación de Reyna para recoger todos los documentos. Sentía que estaba vendiendo su alma al diablo, pero aun así se aseguró de leer cada línea.
El doctor examinó cada firma y asintió.
—Todo en orden. Su patrocinador llegará para recogerla.
—¿Qué? —respondió sobresaltada—. ¿Ahora? ¿Tan pronto?
El doctor la miró, confundido.
—¿Acaso está reconsiderando?
Reyna se acomodó un mechón de cabello castaño detrás de la oreja.
—No. No estoy reconsiderando. Solo... no sabía que el trabajo empezaría hoy mismo y que me iría con él de inmediato.
—Bueno, el trabajo comienza en cuanto se firma el contrato. Además, su patrocinador es un hombre muy ocupado y no tiene tiempo para regresar a buscarla en otra ocasión.
—Ah, ya veo. Es que necesito hablar con mis hermanos.
—Estoy seguro de que podrá hacerles llegar un mensaje una vez que esté instalada en su nuevo alojamiento.
Frunció el ceño. No podía creer que estaba a punto de revelar cuán desesperadamente pobres eran, pero no tenía otra opción. Claramente, la compañía ya conocía su historial. No sería sorpresa para nadie.
—Pero no tenemos teléfono ni nada de eso.
—¿Tal vez una carta? —sugirió.
Reyna frunció aún más el ceño.
—De verdad necesito hablar con ellos en persona.
—Me temo que eso no será posible por el momento. Su patrocinador está por llegar. Tendrá que irse con él ahora a menos que quiera renunciar por completo a su puesto en Visage.
—No, claro que no quiero perder mi lugar. Ya firmé todos esos papeles. —Señaló la pila que el doctor aún sostenía.
—Entonces, tendrá que hablar con su patrocinador después para saber cuándo tendrá tiempo libre para visitar a sus familiares. Ya es empleada de Visage y debe cumplir con sus normas.
Su teléfono vibró en el bolsillo. Lo sacó, revisó el mensaje y su cuerpo se tensó.
—Ya llegó.
—¿Tan rápido? —Reyna se irguió, intentando parecer más alta sobre la cama de hospital, con sus jeans gastados. Era difícil, considerando que sus pies ni siquiera alcanzaban el soporte inferior y sus piernas colgaban, balanceándose a la menor provocación.
—Sí. Está entrando ahora mismo.
—¿Cómo es él? —preguntó con cautela. No sabía exactamente por qué lo preguntaba en ese momento.
Tal vez era algo que debía haber considerado antes de aceptar vivir con un vampiro de forma.
.. indefinida. Sin embargo, al final eso quizá no importaría.
Era un vampiro, ¿qué tan diferentes podían ser los vampiros entre sí?
—Ya lo averiguará.
Llamaron a la puerta.
—Ah, ahí está.
Reyna se puso de pie de un salto. Habría sido ridículo quedarse sentada en esa cama.
No quería que su primer encuentro con su nuevo empleador fuera el de una niña asustada en una habitación blanca.
Quería mostrarse fuerte y segura, lista para enfrentar lo que viniera.
Sin embargo, en cuanto su patrocinador entró en la habitación, se encogió de miedo. Nunca se había sentido tan pequeña.
El hombre llenaba el umbral de la puerta.
Su sola presencia lo hacía parecer aún más alto y corpulento de lo que ya era.
Era como si Reyna pudiera sentir toda esa energía vibrar justo debajo de la superficie.
No había otra forma de describirlo. Tal era su confianza que parecía absorber todo el aire de la habitación.
La joven levantó la mirada para encontrarse con la de él, y lo único que pudo hacer fue perderse en ese abismo oscuro. Por un instante, creyó ver un destello en sus ojos, algo parecido a un atisbo de urgencia; sin embargo, se desvaneció de inmediato, reemplazado por indiferencia pura.
Su rostro parecía estar tallado en piedra, con pómulos marcados que le hundían las mejillas y una mandíbula firme y bien definida.
Incluso su cabello oscuro estaba perfectamente cortado y peinado.
Llevaba un traje negro impecable y una corbata rojo sangre.
Era francamente aterrador, pero también.
.. deslumbrante. Aterradoramente hermoso.
—Reyna, permítame presentarle a su patrocinador —intervino el doctor Washington—: Beckham Anderson, vicepresidente senior de Visage Incorporated.
Ella sostuvo la mirada de Beckham y se negó a apartar la vista. Si estaba intentando intimidarla con esa mirada letal, estaba funcionando, pero no permitiría que él se diera cuenta.
Ahí estaba ella: jeans raídos, una camiseta gris, Converse negros y una gorra rojo oscuro metida en el bolsillo trasero.
El cabello recogido en una cola de caballo alta y sin una gota de maquillaje.
Todo eso frente a un hombre que era la imagen misma de la perfección.
Aun así, no apartaría la mirada; no le daría ese gusto.
Como no dijo nada, el doctor carraspeó y continuó:
—Señor Anderson, su nuevo sujeto: la señorita Reyna Carpenter.
Nadie habló.
Todas las veces que había pensado en venir a Visage y convertirse en acompañante de sangre, jamás había imaginado cómo sería el vampiro con el que le tocaría convivir. Este hombre la hacía querer salir corriendo. Era una pesadilla vestida de traje.
«¿Cómo se supone que voy a vivir con él?», se preguntó.
—Bueno —el doctor se veía incómodo—, ¿qué opina?
Beckham desvió la mirada hacia él.
—Sí. Está bien, servirá. Tengo un coche esperándome y una reunión que atender. Prepárela para salir de inmediato.
Reyna alzó las cejas. Apenas un vistazo fugaz y listo. El papeleo ya estaba terminado, pero ella pensaba que, al menos, querría conocerla un poco. Al fin y al cabo, iban a vivir juntos quién sabe por cuánto tiempo. Pensó que, tal vez, así se sentía estar en un matrimonio arreglado.
—Creo que está lista para irse —sentenció el doctor sin mirarla—. Necesitamos su firma de aprobación y podrá ser dada de alta.
El doctor le entregó el último formulario que Reyna había firmado. Beckham lo firmó con un gesto rápido y decidido.
—Perfecto, es mía. ¿Ya podemos irnos? —lanzó con brusquedad.
—Sí, sí, por supuesto. Reyna, acompáñenos.
Reyna se obligó a dar un paso. Podía hacerlo, podía dejar atrás todo lo que conocía para irse con este extraño.
.. vampiro. Un vampiro que iba a beber su sangre con regularidad.
Tragó saliva y alzó el mentón; lo hacía por Brian y Drew, pero también por sí misma: quería hacer algo con su vida. Algún día lo lograría.
Todo viaje empieza con un primer paso, y el suyo era este.
Se acercó al doctor, la única figura más o menos familiar en ese momento. Su patrocinador ya estaba revisando su teléfono. Ni siquiera la miraba.
—No va a hacerme daño... ¿cierto? —susurró, sin apartar los ojos del señor Anderson.
Las aletas de la nariz de Beckham se ensancharon y sus ojos se clavaron en los de ella.
—No estoy aquí para hacerte daño, eres mi empleada y te trataré como tal. Y ahora tenemos prisa, así que cualquier otra cosa que quieras discutir con el doctor tendrá que esperar. Si todo está en orden, nos vamos.
Reyna se perdió en el negro de sus ojos.
Sentía que se ahogaba, como si estuviera cayendo a un abismo sin fondo, sin escapatoria.
Si alguna vez supo nadar, lo había olvidado.
Solo estaban ella, ese monstruo, y su propia incapacidad para decir algo que calmara la ira que crecía en él.
Muy pocas cosas estaban claras sobre lo que vendría una vez que atravesara esa puerta.
Lo único seguro era que Beckham Anderson era un completo y absoluto imbécil.