Las cartas sobre la mesa #3
—¿Cómo has dicho? —preguntó Roncero, blanco como la pared.
A Bermejo también le sonaba ese nombre, pero no caía en ese instante. Debía ser alguien importante, y al parecer un viejo conocido de Roncero, ya que la mención de dicho nombre había impresionado mucho a su buen amigo.
Roncero tomó el teléfono y buscó un contacto específico.
Bermejo vio cómo el capitán se tensaba, no sabía bien lo que pretendía hacer.
Estuvo tentado de advertirle, pero pareció entonces que recuperaba el control, dispuesto a llegar hasta el final.
Pulsó el icono de llamada y activó el altavoz.
El silencio en la sala se volvió denso, solo roto por el tono de llamada que conectaba Marbella con Dubái, a miles de kilómetros de allí.
Tras varios segundos, una voz profunda y calmada respondió al otro lado en un inglés académico, con un tono que Roncero distinguió a la perfección.
—¿Manuel? Espero que las buenas noticias justifiquen esta llamada tan inoportuna, no me gusta que me interrumpan y ya sabes que yo…
Roncero se acercó al micrófono con un rictus de suficiencia en el rostro. Incluso le pareció distinguir el brillo de algo más en sus ojos, el rastro de un antiguo desagravio del que por fin podría resarcirse.
—Manuel no se puede poner ahora al teléfono, jeque Al-Mansour —respondió Roncero en un inglés con acento de Brooklyn—.
Soy un viejo amigo de tu padre, puede que ahora mismo no me tengas localizado.
En los viejos tiempos nos conocíamos por nuestros nombres de guerra; él era Aladin y yo, Disney, el norteamericano que acabó con su negocio.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.
Bermejo contuvo la respiración, ya sabía de qué le sonaba el nombre real del jeque.
El Turco y su abogado, sin embargo, no entendían aquella pantomima y se miraban con sorpresa, mientras el aire de la habitación parecía haberse congelado a su alrededor.
—El teniente Roncero, cuánto honor —respondió el jeque con un tono de voz gélido—.
Yo también hice mis deberes entonces, cuando acabaron con la vida de mi padre durante aquellos juegos florales organizados por Volkov y compañía; conozco muy bien tu reputación.
Veo que sigues empeñado en entrometerte en los negocios de la familia, asuntos que superan con mucho tu jurisdicción.
Y esta me la vas a pagar, te lo aseguro.
—No me asustan tus bravatas, Al-Mansour, ni tus muchos contactos.
Y por cierto, para ti, soy el capitán Roncero.
Hemos acabado con la infraestructura de tu organización, la Red del Estrecho ya es cosa del pasado en España.
Pero además, tengo a todos tus hombres bajo mi jurisdicción, aparte de otros muchos datos con los que darte un golpe mortal mucho más allá de nuestras fronteras —ladró Roncero, fuera de sí—.
No vuelvas a mandar a tus perros a nuestro territorio, o acabaré contigo de una vez por todas.
Los allí presentes sabían que era muy complicado que pudieran siquiera acceder a un jeque protegido por la realeza saudí, recluido en su torre de marfil en Dubái.
Era más postureo que otra cosa, pero Bermejo entendía perfectamente a su compañero; Roncero necesitaba desahogarse y soltar presión después de unas jornadas tan complicadas.
Y más al conocer la animadversión personal que Pablo le tenía a la familia Al-Mansour y a todos los de su calaña, tras aquel operativo tan peligroso en el que se infiltró años atrás en la costa levantina, asumiendo la identidad de un pederasta norteamericano invitado a una fiesta salvaje de la mafia rusa en la que se habían traspasado todos los límites.
Una misión digna de película que acabó inmortalizada en la novela de Miriam Monfort, El aroma del miedo .
—Disfruta de tu pequeño momento, capitán —respondió Al-Mansour con retintín, alargando las palabras con una calma amenazante—.
El desierto de mis ancestros tiene la memoria muy larga y yo no olvido una afrenta, deberías saberlo.
En cuanto a ti, Manuel, si estás escuchando…
Espero que seas consciente de lo que significa este fracaso, tu tiempo en este mundo está a punto de expirar.
La llamada se cortó a continuación de forma abrupta. El Turco pareció hundirse en la silla, asustado ante la sentencia de muerte pronunciada en voz alta. Roncero dejó el teléfono sobre la mesa, miró a Bermejo y ambos salieron de la sala, dejando al detenido sumido en los pensamientos más crueles.
En el pasillo, tras salir de la sala, Palacios los esperaba con el rostro pálido.
—Habéis cruzado una línea muy peligrosa, no sé si no acabaremos arrepintiéndonos —murmuró el experto en ciberdelincuencia—.
La familia Al-Mansour es caza mayor, conocemos muy bien la trayectoria tanto del padre como del hijo desde que el patriarca se convirtiera en un codiciado traficante de armas hasta hoy.
Todo esto nos da una pista del volumen de negocio que manejaban, y esto no va a quedar así.
Ese tipo nos va a buscar las cosquillas y se sabe intocable.
—Eso ya lo veremos —respondió Roncero, ajustándose la chaqueta—.
Removeré cielo y tierra si hace falta, aunque sea por tocarle las narices.
Esa gente que mira a todo el mundo por encima del hombro me saca de quicio.
Y este tipo hoy ha debido aprender una pequeña lección, o eso espero.
En este rincón del mundo aún hay gente que no le tiene pánico, que no se deja comprar tan fácilmente, que no puede corromper con todo su dinero y poder.
Y que, además, no va a permitir que destruya el sistema desde dentro y campe a sus anchas por donde quiera.
En la calle, el viento de levante había suavizado la jornada, con unos agradables veinte grados centígrados al medio día.
Pero no había subido tanto la temperatura para que el aire acondicionado del edificio de la Benemérita estuviera a esa potencia, aunque el interior estuviera algo recargado, sobre todo después de las maratonianas sesiones de interrogatorios y diligencias diversas.
Eso es lo que intuyó Miriam nada más adentrarse en otro cuartel de la Guardia Civil, en este caso el de Marbella, pensando que tal vez se les hubiera estropeado el aparato.
La periodista reconvertida en escritora nunca hubiera sospechado, allá cuando estudiaba la carrera en la Complutense y coincidió un semestre con un joven Pablo Roncero, que ese sería el pan nuestro de cada día tras emparejarse con un oficial de la UCO.
El contraste entre el frío polar de esa sala de espera y el solecito que lucía fuera, en una calle cualquiera de la Costa del Sol que anhelaba dejar el invierno atrás, le retrotrajo demasiadas sensaciones encontradas a lo largo de unos últimos años que no habían sido fáciles para ninguno, sobre todo si se concentraba en el grupo formado por Bermejo, Macarena, Pablo y ella misma.
Deambuló por la sala, esperando que la llamaran para prestar declaración formal ante las autoridades, sobre todo por su conocimiento intrínseco de la infraestructura societaria de la Red del Estrecho y, por supuesto, por su testimonio sobre el asombroso descubrimiento en la nave de Guadarranque, con el famoso narco submarino como protagonista principal.
Mientras hacía tiempo, no podía quitarse de la cabeza la bronca de la noche anterior con Pablo.
Tras abandonar el apartamento de Sotogrande, se había desplazado hasta Marbella, donde le proporcionaron una cómoda habitación en un hotel de tres estrellas.
Imaginaba que había sido Milene, la encargada de temas logísticos en el grupo, la que se ocupó de la reserva, ya que Pablo no tendría ni tiempo ni ganas para esas tonterías.
A Miriam no le asustaba una buena discusión, aunque esa vez las palabras fueron más hirientes que de costumbre, con un afilado tajo que cortaba más que muchos cuchillos.
Pablo le recriminó su arrogancia y su egoísmo, siempre pensando en una nueva exclusiva, cuanto más escandalosa y peligrosa mucho mejor, sin tener en cuenta a los demás.
Y no solo por ponerse ella misma en peligro real, sino por entorpecer investigaciones en curso y preocupar de más a sus seres queridos.
Además, el hecho de que Pablo le prohibiera de forma sistemática publicar nada relacionado con el secreto del sumario tampoco le hizo demasiada gracia.
Tenía un reportaje rompedor entre manos, aparte de un contrato por cumplir, y le tocaba esperar a obtener un permiso que se le antojaba bastante difícil.
Ella también le reprochó varios asuntos a su pareja, en la típica bronca en la que todo se desmandaba y se empezaba a remover la mierda del pasado.
Uno y otro se echaron en cara episodios que jamás podrían olvidar y otras pullitas que a veces salían a flote, sobre todo cuando el cabreo y la impaciencia se adueñaban de todo.
Miriam odiaba el secretismo de Pablo, su puntillismo profesional y el intentar separar su parte personal del trabajo, algo que nunca le había ido demasiado bien a tenor de las terribles aventuras que habían corrido en el pasado.
Él se parapetó en un muro de frialdad, recordándole su puesto en una organización tan importante como la UCO, donde ya no era el pipiolo que Bermejo comenzó a apadrinar muchos años atrás, cuando coincidieron en sus primeras pesquisas juntos.
Por el camino habían perdido jirones de vida, reales y metafóricos, como la pérdida de su amiga Macarena.
También era cierto que la jueza Velasco falleció durante la peor ola de la pandemia, pero si no hubieran tenido el enfrentamiento previo con Álex Barreiro, en el que Maca salió perdiendo más que ella, quizá el maldito Covid no le hubiera atacado de una manera tan furibunda.
La conversación tomó otros derroteros y las aguas volvieron poco a poco a su cauce, aunque el resquemor se había colado por los resquicios de una pareja consolidada cuya relación había tenido altibajos a lo largo del tiempo.