Las cartas sobre la mesa #2
En la sala contigua, Roncero se movía con una lentitud calculada.
El guardia civil arrastró una silla metálica, provocando un chirrido que hizo que Bermejo frunciera el ceño incluso tras el cristal.
El capitán de la UCO se sentó frente a Aranda y desplegó sobre la mesa una serie de carpetas, con el carísimo abogado contratado por la organización mafiosa como mudo testigo de sus movimientos.
Sin más preámbulos, le espetó en la cara al detenido que la Fiscalía iba a solicitar la mayor acumulación de penas que permitiera el Código Penal; un concurso de delitos por el asesinato del juez y organización criminal que lo dejaría a la sombra hasta que fuera un anciano.
—No consiento que le hable así a mi defendido, capitán —replicó Zamorano, el jurista al cargo del detenido—. Atengámonos a los hechos, nada más.
El Turco no pareció inmutarse ante las amenazas vertidas por su interlocutor y le hizo un gesto al abogado para que no se lo tomara tan en serio.
Bermejo decidió entonces que había llegado el momento de salir de la zona de sombras y unirse a la fiesta allí desplegada.
Abandonó la sala de observación y entró en el interrogatorio con paso firme.
Roncero le lanzó una mirada de soslayo, reconociendo su presencia e invitándole a comenzar un ritual que ya habían representado en más de una ocasión en el pasado.
—Querido Manuel, nos volvemos a ver. Eso sí, ahora en peores circunstancias para ti, mira que te lo advertí —dijo Bermejo, apoyándose en la pared—.
Ya no te veo tan seguro como en Ronda, ¿verdad?
Te pedí que colaboraras antes de que te arrepintieras y no me hiciste caso.
Sabes que ahora el escenario es muy diferente, el capitán te lo ha explicado con claridad.
No pudiste recuperar el dispositivo que tanto anhelabas y encima tus jefes te han dejado solo ante el peligro.
Me parece que te vas a comer un marrón muy gordo.
El Turco giró la cabeza lentamente y clavó sus ojos en el veterano asesor. Zamorano chasqueaba también los labios y negaba con la cabeza, dando a entender que seguía sin gustarle el tono ni la deriva del interrogatorio hacia su cliente.
—Vaya, vaya, el bueno de Bermejo —le soltó Aranda con desprecio—.
El hombre que susurraba a los ministros se rebaja aquí a aparecer como el poli bueno, menuda pantomima la tuya.
¿Te crees que vas a doblegarme con ese truco tan burdo?
Soy de la vieja escuela, como tú, y si no tenéis nada más que achacarme saldré en libertad en unas horas.
No hay ni una prueba en mi contra, todo circunstancial.
Zamorano le susurró algo al oído, tal vez indicándole que ese tipo de respuestas tendría que ofrecerlas él, con el acusado limitándose a responder con monosílabos a las preguntas de los policías.
—Nosotros no hacemos ningún truco, Manuel. Ese ha sido el secretario judicial, que te la ha jugado pero bien. Y eso que tú querías congraciarte con él, compartir ese dinerito tan goloso, que yo lo escuche con estos oídos.
Roncero quiso relevar entonces la intervención de Bermejo con algo más de rotundidad.
—¡Ya está bien! Dejémonos de tonterías y vayamos al grano —intervino Roncero, golpeando la mesa con el puño—. Querías pruebas, pues aquí las tienes.
El capitán desplegó una serie de carpetas clasificadas, cada una con evidencias, fotografías e informes policiales de diferentes departamentos, desde la científica a los forenses, pasando por ciberdelincuencia y otros documentos más técnicos.
El abogado echó un vistazo a la documentación por encima y su rostro demudó a uno cargado de preocupación.
Allí había de sobra para encerrar a su cliente una larga temporada y tirar la llave al mar.
—Ya no te pones tan gallito, ¿verdad? —le escupió Roncero a bocajarro—.
Tu abogado lo tiene clarísimo, no hay más que ver cómo le ha cambiado la cara.
Te vas a comer la muerte del juez, el robo con agravantes de las criptomonedas, el tiroteo de la Sierra de las Nieves y, por supuesto, el del cortijo de Los Alcornocales.
Tentativa de secuestro, extorsión, intento de homicidio contra guardias civiles en ejercicio, tráfico de drogas, tráfico de armas, blanqueo de capitales, conspiración, organización criminal y no sé cuántas cosas más.
¿Quieres que siga? Estás solo, creo que te has dado cuenta.
No hay otro tonto a quien cargarle el mochuelo y nadie va a mover un dedo por salvarte. A no ser que…
Roncero había dado en la diana, rebajándole los humos al detenido.
Bermejo notó cómo el Turco tensaba levemente los hombros, se le veía más incómodo…
Quizá solo fuera una pequeña grieta, pero había que insistir por ahí.
El sospechoso sabía muy bien cómo funcionaba ese negocio, y si se convertía en el problemático, en el cabo suelto que todo lo estropeaba, habría personas interesadas en que no abriera la boca por el bien común.
—¿Qué coño queréis? —masculló finalmente el Turco—.
¿Nombres, lugares, fechas? Seguro que el idiota de Molina ya ha largado por esa boquita todo lo que sabe.
Tenéis documentación de sobra, imagino que ya conocéis los trapicheos que se montaba el maldito Facilitador para organizar la logística y la gigantesca estructura con la que trabajábamos, ¿verdad?
—Bueno, no está todavía muy claro; me dicen que hay que estudiar toda la estructura y depurar responsabilidades —apuntó Bermejo—.
Al parecer, teníais en nómina a mucha gente: abogados, operarios de aduanas, estibadores, capitanes de barco, conductores de camión, prácticos del puerto, empresas logísticas y portuarias, y seguro que algún que otro político, funcionario administrativo e igual algún compañero del cuerpo.
Los queremos a todos, pero no nos conformamos solo con eso.
Bermejo le hizo una seña imperceptible a Roncero y este tomó su lugar.
—Queremos la infraestructura completa, Aranda, no nos conformaremos con menos.
Desde aquí hasta Oriente Medio, con todas las empresas implicadas, organizaciones y medios técnicos.
Por no hablar de las explicaciones sobre toda esa parafernalia tecnológica encontrada en la nave de Guadarranque, esa que al parecer transportabais de contrabando en el submarino.
Y, por supuesto, queremos conocer a toda la cúpula de la mal llamada Red del Estrecho.
Empezando por ese misterioso jeque que parecía darle tanto miedo a Molina.
—¿El jeque? —Aranda soltó una carcajada seca, despectiva, ignorando los tensos golpes de su abogado en el brazo—. Pues sí que apuntáis alto, fantasmas. Al jefe no le vais a oler la matrícula ni de lejos. Ese hombre juega en otra liga, es intocable.
—No te preocupes por nosotros, ya nos encargaremos de eso.
Tenemos amigos en la Interpol, seguro que algo podemos hacer al respecto.
Queremos acceso completo, ya me entiendes —aseguró Roncero, haciendo una señal para que trajeran el teléfono encriptado que Palacios había logrado intervenir, aunque no desbloquear del todo—.
O colaboras de una vez y nos das al jeque en bandeja de plata, o te soltamos en el patio de la cárcel del Puerto de Santa María con los presos peligrosos y hacemos correr la voz de que eres un chivato de la policía y has conseguido beneficios penitenciarios por tus servicios, aparte de agenciarte los veinticinco millones de euros que nunca aparecieron.
Tú verás cuánto duras allí dentro, creo que no hay mucho que pensar.
El abogado montó en cólera ante la intervención de Roncero y acabó discutiendo acaloradamente con su defendido, que ya no parecía tan reacio a colaborar ante la amenaza no tan velada de enfrentarse a una situación complicada en una prisión ya de por sí con mala reputación.
—Esto no es de recibo, capitán. Antes de que mi cliente piense siquiera en colaborar, queremos un escrito firmado de puño y letra por el fiscal jefe, hoy a ser posible.
En ese documento se estipularán los beneficios obtenidos, incluyendo la reducción de condena y otros privilegios de los que el señor Aranda podrá beneficiarse en caso de…
—Cállate un momento, picapleitos —soltó Aranda antes de dirigirse hacia Roncero, consciente ya de su verdadera situación—. ¿Qué necesitáis? Ya veo que habéis traído mi teléfono especial…
—Desbloquea el terminal y busca el contacto directo de tu jefe. No sé de qué me suena eso de un jeque con contactos en todo el Golfo Pérsico, así que espabila y suelta también su nombre real.
Bermejo contemplaba absorto el intercambio de pareceres, con Roncero como firme vencedor de aquella parte del combate. Parecía que el Turco se iba a doblegar por fin, por lo que estarían mucho más cerca de lograr los objetivos planteados antes de comenzar el interrogatorio.
El Turco pareció quedarse embobado mirando el terminal de titanio sobre la mesa.
Bermejo sabía que se acordaría toda la vida de haber tenido casi en la mano un dinero volátil que le hubiera servido para comenzar de cero muy lejos de allí, fuera de las influencias de la Red del Estrecho y, sobre todo, alejado de Andalucía y de la policía española.
Pero esa ya no era una opción, aunque él no supiera todavía que habían conseguido recuperar el botín en criptomonedas.
Tras un largo silencio, con todos los participantes expectantes ante los siguientes movimientos del detenido, Manuel Aranda pareció rendirse al fin. Introdujo el código de desbloqueo bajo la mirada atenta de Roncero y en la pantalla apareció una aplicación de comunicación satelital.
—Esto es una equivocación, no sabéis con quién estáis tratando.
El jeque Al-Mansour no me va a perdonar en la vida esta traición y tampoco tendrá piedad de vosotros por joderle el chiringuito.
Yo colaboraré en todo lo posible, pero necesito protección en la cárcel.
De lo contrario, lo negaré todo y me atendré a mi derecho a no declarar llegado el momento, eso os lo aseguro.