El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Las cartas sobre la mesa
97%

Las cartas sobre la mesa

Marbella, al día siguiente

El capitán de la Guardia Civil se dejó caer sobre la desvencijada silla de cuerpo que presidía ese despacho, notando el crujido que su peso provocó sobre su estructura.

Roncero se fijó en la insultante luz de la Costa del Sol en pleno invierno, por lo que tuvo que bajar un poco la persiana para no deslumbrarse demasiado.

Junto a él, sentado en una silla auxiliar, Francisco Bermejo se terminaba un café medio decente que les habían conseguido gracias a los desvelos de una de las auxiliares.

El exinspector parecía esperar una explicación, por lo que no tuvo más remedio que contarle los entresijos de lo sucedido en las últimas horas.

—Todavía me zumban los oídos con el ruido de esa cascada, era demencial.

Y eso que yo no estuve allí tanto rato —rompió el silencio Roncero, frotándose las sienes—.

Cuando vi a Alarcón soltando el dispositivo me quedé a cuadros, no entendía nada.

Pensé incluso que ese tipo se había vuelto loco al arrojar esa millonada al fondo del abismo, como si el nihilismo se hubiera apoderado de su cuerpo y prefiriera destruir el tesoro solo por ver arder el mundo.

Bermejo arqueó una ceja antes de depositar el vaso sobre la mesa.

—Pero no fue así, ¿me equivoco? Te conozco como si te hubiera parido y yo también me quedé dándole vueltas al asunto anoche.

Desembucha de una vez. Alarcón no tenía cara de querer quemar nada que no fuera su propio pasado, a mí me sonaba más bien al rostro del que se sabe ganador.

Y aquí hay gato encerrado, no me engañáis.

—Efectivamente, de loco no tiene nada; es el más cuerdo y listo de todos nosotros, inspector —afirmó Roncero—.

El muy ladino es el tipo más racional que he conocido en todos mis años de servicio.

Lo que hizo fue un truco de prestidigitador, se marcó un David Copperfield de manual, y yo no lo capté a la primera.

Tiró su juguete para desarmar totalmente al Turco, que ya no tenía motivos para seguir luchando.

Pero se guardó un as muy bien escondidito que no supimos ver, y eso que nos hizo la seña de lejos, burlándose de nosotros.

—Sabes que me pierdo con tus disquisiciones filosóficas mezcladas con esa psicología tuya, así que explícamelo más clarito. ¿Qué me he perdido? El muy cabrón tenía cara de haber ganado la lotería, en eso no me engañó. No me digas que el dinero…

Roncero se inclinó hacia adelante, sonriendo ante la salida de su amigo, que había dado en el clavo sin saberlo.

Sabía que Bermejo no era ningún experto en criptomonedas ni activos digitales, por lo que buscó la manera más sencilla de explicárselo.

Utilizaría una analogía parecida a la que él mismo había tenido que procesar tras dialogar con los técnicos especialistas.

—Veamos, no es tan complicado. El dichoso monedero que salió volando no tenía el dinero porque, en realidad, las criptomonedas no se encuentran en ningún dispositivo físico.

Se encuentran en la red, de forma online, en una especie de caja fuerte digital que flota en el ciberespacio.

El Ledger es solo la llave, pero por perder una llave no es imposible acceder a tu propiedad, sea la que sea.

—Entonces, ¿hay forma de obtener un duplicado de esa llave y acceder a la caja fuerte?

—La verdadera llave maestra es una frase semilla de doce palabras.

Alarcón robó las doce palabras del juzgado y las memorizó, pero no se detuvo ahí.

En el cortijo, usó esas claves para entrar en la cuenta judicial y transferir cada céntimo a una nueva cartera privada, una que él mismo generó y que se abre con doce palabras distintas.

—O sea, que ha cambiado la cerradura —resumió Bermejo con una mueca.

—Justo eso, inspector. Ahora, las palabras del juzgado no valen nada porque la cuenta está a cero.

La fortuna está bloqueada tras doce palabras nuevas que solo existen en la cabeza de Alarcón y en una libreta que, al parecer, escondió en algún lugar de la Sierra de las Nieves cuando escapó de los sicarios.

Sin esas palabras, los veinticinco millones son humo, no podemos recuperarlos.

Por eso tiró el Ledger al Tajo de Ronda; quería demostrarnos que el aparato no servía de nada si él no abría la boca.

—¿En serio? ¡Qué cabronazo! —exclamó Bermejo anonadado—. Con la cara de tonto que se gasta el pavo, nos la ha jugado pero bien. ¿Lo habéis rescatado ya?

—Bueno, no ha sido todo tan sencillo. Alarcón quería un quid pro quo , no iba a entregarnos el dinero por las buenas.

Bermejo asintió lentamente mientras procesaba la jugada.

—O sea, que solo recuperaréis los veinticinco millones de euros si Alarcón canta el código que tiene guardado en su memoria. O si os dice dónde escondió la libretita, claro. La Sierra de las Nieves es muy grande para andar buscando allá arriba sin rumbo fijo. ¿Qué os ha pedido a cambio?

—Efectivamente, esa era su jugada. Y como sabe que es el único ser humano sobre la faz de la Tierra que posee la combinación de la caja fuerte, nos ha puesto un contrato por escrito sobre la mesa antes siquiera de comenzar a negociar —Roncero suspiró, sacando una carpeta azul del cajón—.

Nos ha pedido la luna y la superioridad no tardó mucho en concedérsela; nos encontramos en franca desventaja y todos queremos cerrar esta operación del mejor modo posible.

—Sorpréndeme, Pablito…

—Nada fuera de lo común, es comprensible dada su situación.

A cambio de entregarnos todo el dinero, quiere una reducción considerable de la pena, garantizada por escrito.

Como si fuera un vulgar raterillo que ha cometido un desliz, nada de un ladrón internacional de guante blanco.

Y claro, quiere entrar poco tiempo en prisión, al menos para aparentar, en una cárcel de mínima seguridad como el penal del Dueso, en Santoña.

—No está mal tirada, claro. Se aleja del Estrecho, que seguro que más de uno por aquí quiere buscarle las vueltas.

Y no es mal sitio, después de todo. Mirando al Cantábrico, apuntado a los talleres del penal, participando en sus actividades ecológicas, viviendo en un módulo tranquilo y en poco tiempo, a la calle.

Pero seguro que no se conforma solo con eso.

—Claro, quiere protección total para él y su familia.

Y lo más importante —continuó Roncero—. Quiere borrón y cuenta nueva al salir de prisión.

Una nueva identidad para él y su esposa, una relocalización completa en Cantabria y un empleo garantizado.

Quiere que le regalemos una vida nueva a cambio de que devuelva el botín.

—Es su manera de vencer al sistema, aunque sea a su modo particular.

Una especie de justicia poética en la que el funcionario gris no se convierte en millonario, pero empieza de cero gracias al mismo sistema que pretendía hacer saltar.

Como si se tratara de un simple juego, una partida interactiva donde él ha sido más listo que el resto.

—Creo que le darán todo lo que pida. Ahora, vamos a encargarnos del otro elemento, este será un hueso también duro de roer. A ver qué le sacamos al famoso Turco, no sé si estará por la labor de colaborar con nosotros.

El asunto Alarcón estaba encauzado, pero ahora les tocaba lidiar con la otra cara de la moneda. Un animal herido que les esperaba en la sala de interrogatorios, presto a saltar a la mínima de cambio.

La estancia parecía teñida de un gris sepulcral al mirarla a través del cristal de la sala de interrogatorios.

Bermejo permanecía atento, observando al hombre sentado al otro lado del espejo con una mezcla de cansancio y curiosidad.

El criminal conocido como el Turco, o Manuel Aranda, según rezaba todavía en su DNI, se presentaba ante ellos tranquilo y sereno, con una actitud ligeramente arrogante en sus ademanes.

No distinguió sudor en su frente ni nervios en sus extremidades, ese temblor involuntario de alguien que se juega una larga condena en la cárcel.

Al contrario, parecía más bien un depredador a la espera, como si le fuera a tocar el turno en una partida que todavía no había terminado.

A su lado tenía a Nacho Palacios, el jefe de la Brigada de Ciberdelincuencia de Málaga, que pareció adoptar una posición de entomólogo estudiando la escena con interés.

Bermejo sabía que el compañero no estaba tan acostumbrado a ese tipo de interrogatorios, no al menos desde que abandonó la policía judicial.

Para él, una jornada normal de trabajo transcurría entre servidores y rastreos de IP, pero su ayuda había sido fundamental para llegar hasta allí, por lo que fue un gesto de deferencia hacia su impecable trabajo en una investigación que estaba a punto de echar el cierre.

—Va de tipo duro, el muy idiota —susurró Palacios, rompiendo el silencio de la cabina—.

Se creerá que es intocable todavía, cuando su organización se ha caído con todo el equipo.

Y encima, parece que no se ha enterado de que se va a comer el asesinato del juez él solito.

Con un sicario criando malvas y el otro desaparecido, no tenemos a nadie más a quien echarle la culpa.

Y si solo nos queda él, le va a tocar pagar la factura completa, no nos queda otra solución.

Bermejo asintió sin apartar la vista del sospechoso.

—Igual espera todavía un milagro, vete a saber.

O que cometamos un error de procedimiento, lo veo muy tranquilo.

Quizá crea que puede salir libre por defecto de forma o cualquier otra gilipollez legal de esas que les gustan tanto a los abogados caros en los juicios.

Sabe perfectamente que nosotros somos funcionarios sujetos a un reglamento, no corruptos como era su caso, y él es un animal enjaulado a quien su jefe no va a poder sacar de este embrollo.