El barranco del Guadalevín #7
Alarcón escuchó con atención la oferta del Turco y, por primera vez en varias jornadas, sintió una ganas irrefrenables de reírse ante lo absurdo de la situación.
Recordó sus palabras exactas, «ese funcionario judicial que no le importaba a nadie» fue la gota que colmó el vaso de su paciencia.
Aquel tipo no entendía nada y ni siquiera había arañado la superficie de su compleja armadura.
El tal Aranda ni siquiera fue consciente de la realidad.
Diego ya no era ese hombre insustancial que describía con exactitud, ese traje lo había dejado atrás horas antes.
Sin nada que perder, tras ver las fauces de la muerte tan de cerca, el hombre que salió de Marbella con el miedo en el cuerpo se había transformado en una bestia diferente tras escapar del tiroteo en el cortijo.
Miró al Turco a los ojos, plantándole cara.
Después le regaló una mirada de suficiencia al inspector Bermejo, sin olvidarse tampoco de su ración para el capitán Roncero, que también había avanzado disimuladamente a través del puente para acortar la distancia que los separaba.
Todos querían algo de él, eso estaba claro.
Pero, por una vez en la vida, Diego tenía todos los triunfos en la mano.
Y allí, el resto de los presentes necesitaban de su permiso para convertirse en héroes, villanos o burócratas victoriosos.
—Todos tienen algo de razón, eso se lo concedo —dijo Alarcón mientras su voz cortaba el aire por encima del rugido del agua—. Nadie gana si el dichoso dispositivo cae al vacío.
Alarcón sonrió de una forma que nadie entendería.
En ese preciso momento no fue consciente de haberles ofrecido una expresión de tristeza, cargada de una serenidad absoluta.
Y entonces, sus dedos, entumecidos por el frío, el miedo y los minutos en tensión, se relajaron sobre la carcasa metálica del Ledger.
—Pero es que este triste funcionario ya ha ganado, amigos —susurró para sí mismo antes de añadir, parafraseando uno de sus poemas preferidos—: Yo soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma.
Con un movimiento fluido y elegante, como si llevara siglos ensayándolo, Diego abrió la mano en busca de su libertad.
El dispositivo electrónico, aquella carcasa de acero y plástico que tantos quebraderos de cabeza le había dado, se comportó del modo que cualquiera hubiera imaginado.
El monedero del diablo, esa jaula virtual que contenía veinticinco millones de euros teñidos de la sangre de los inocentes, quedó suspendido durante un milisegundo sobre el cielo de Ronda antes de entregarse a la innegociable fuerza de la gravedad.
Su cara de satisfacción contrastaba con los rostros estupefactos que veía en sus compañeros de partida.
Aquel tipo, el Turco, Aranda o como quisiera llamarse, soltó un grito animal que se escuchó por encima del gorgoteo de la cascada incesante.
Un aullido de puro dolor que no parecía dirigido directamente a él, sino más bien al preciso momento en el que perdió para siempre esa jubilación dorada con la que tal vez soñara en algún momento.
Un criminal indefenso que se abalanzó hacia la barandilla con un reflejo inútil que ya no le devolvería el objeto perdido.
Se fijó entonces en el exinspector Bermejo, que reaccionó llevándose las manos a la cabeza. También fue curioso el comportamiento del capitán Roncero, deteniéndose en seco a mitad del puente, como si alguien le hubiera disparado un tiro en el pecho.
Diego se sintió liberado por fin, una sensación extraña que tendría que aprender a sobrellevar. El Ledger había pasado a mejor vida, desapareciendo en el abismo, tragado por la espuma blanca del Guadalevín cien metros más abajo. Pero se había guardado un as bajo la manga…
El tiempo pareció detenerse durante unos instantes en el Puente Nuevo de Ronda, con los protagonistas de aquel teatrillo sumidos en sus propias contradicciones.
Bermejo vio caer el dispositivo en el aire, atónito, y creyó que aquel contratiempo terminaría de ensuciar una investigación que había comenzado torcida desde el principio.
A Mardones no le iba a hacer maldita la gracia aquel final tan abrupto, habría que endulzárselo de algún modo.
Pero lo que más le impactó al veterano asesor ministerial no fue el dinero perdido en un instante, los veinticinco millones de euros tirados por el desagüe, real y metafóricamente hablando, aunque fuera en aquel enclave tan espectacular como la cascada formada en el barranco del Guadalevín.
Lo que de verdad le removió por dentro fue el rostro triunfal de Alarcón, la mirada cargada de intención de un supuesto hombrecillo gris que les había dado jaque mate al resto de contendientes.
El secretario judicial no agachaba la mirada ni parecía sentir ningún tipo de remordimiento por sus actos desesperados.
Muy al contrario, retaba al Turco en un duelo visual sin ambages, mostrándole una especie de superioridad moral que helaba la sangre en las venas.
Alarcón se había quedado allí de pie, con los brazos laxos colgando a los lados de su cuerpo, como si se hubiese librado de un peso infinito que le castigaba el alma, y se mostraba tranquilo ante los demás, libre de cargas, mientras a su alrededor el mundo estallaba sin remedio.
—¡Al suelo! ¡Guardia Civil! ¡Suelte el arma ahora mismo! —gritaron los hombres de Roncero enseguida, rompiendo el hechizo al adentrarse en el último círculo de Dante.
Vio cómo los agentes del GRS se abalanzaban sobre un Turco desmoronado, una piltrafa hecha hombre, el mismo tipo derrotado por las circunstancias que ni siquiera intentó usar la Glock para defenderse.
Tampoco iba a ser un hipócrita a esas alturas, pero Bermejo se alegró en su fuero interno por la cura de humildad que había recibido Manuel Aranda.
El supuesto lobo ibérico, el cazador de las montañas, derrotado y casi castrado de forma humillante por alguien que sentía muy inferior a él.
Una capitulación en toda regla provocada por un pelagatos cualquiera, por un oficinista de tres al cuarto que se le había jugado a todos con una maniobra inesperada.
Mientras los gritos del equipo de asalto y el chasquido de las esposas se alzaban sobre el fragor del Tajo, Bermejo se acercó con mesura ante el protagonista principal, que también acabaría detenido.
Llegó hasta la posición de un Alarcón que seguía recostado en la piedra de la barandilla, mirando hacia el horizonte de la serranía, y le apoyó una mano en su hombro.
—La que has liado, muchacho…
Roncero llegó al mirador instantes después, con la cara desencajada por la repentina sorpresa.
Se asomó al barranco por inercia, buscando un milagro imposible que jamás ocurriría.
No le impresionó el golpeteo cansino e incipiente del agua sobre las rocas, ese martilleo incesante cuya erosión horadaba las rocas desde tiempos inmemoriales, indiferente a lo que sucediera muchos metros más arriba de su exuberante exhibición.
Lo que realmente le había dejado anonadado fue la frialdad con la que Alarcón ejecutó su plan sin encomendarse a nadie.
Veinticinco millones de euros perdidos para siempre, unos fondos incautados por el juzgado que se volatilizaron en un instante por el mero capricho de un hombre inestable.
No le tenía miedo a la reacción de su superior, el coronel Antúnez, ni al resto de autoridades a las que había que rendir cuentas de un operativo que todavía no había terminado, pero aquel resultado final no se lo esperaba nadie.
—¿Por qué lo ha hecho? —le espetó a Alarcón mientras dos agentes lo inmovilizaban con excesiva rudeza para tratarse de un delincuente de cuello blanco—. Podíamos haberle conseguido un buen trato con el fiscal, no lo entiendo…
Alarcón lo miró tras comprobar que se llevaban custodiado a Manuel Aranda y lo subían en un coche de la Guardia Civil.
Pareció esperar a que se quedaran allí a solas ellos dos, como si quisiera confesarle algo importante.
Roncero se fijó en su rostro, en una mirada cansada pero en la que brillaba una inteligencia especial.
En su gesto no vio rastro alguno de locura, solo una fatiga infinita y algún elemento más que no era capaz de dilucidar en esos instantes.
—Y me van a conseguir ese trato con la fiscalía, capitán, denlo por seguro —dijo Alarcón con voz suave, antes de que se lo llevaran también detenido los hombres del GRS—. Todavía tengo algo importante que ofrecer, mucho más de lo que usted pueda imaginar.
Roncero tardó en comprender el acertijo lanzado con voz meliflua por un individuo que los había engañado a todos, sobreviviendo a los incesantes avatares del destino.
Bermejo, que estaba a su lado, le hizo un gesto al percatarse de que el último vistazo de Alarcón, antes de que introdujeran su cuerpo en un coche patrulla, fue dirigido hacia las estribaciones más altas de la serranía de Ronda.
Ambos captaron ese brillo especial en los ojos del secretario.
Fue Roncero el que se obligó también a mirar en esa dirección, girando su cabeza para contemplar los picos lejanos que se recortaban sobre el cielo claro de diciembre.
Solo entonces comprendió que la partida virtual no había terminado en el fondo del río. Todavía quedaba una pantalla más.