El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El barranco del Guadalevín #6
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El barranco del Guadalevín #6

—¡Alto ahí, ya está bien! —gritó Bermejo, cabreado—. No tenéis escapatoria ninguno de los dos, estáis rodeados por fuerzas policiales. Yo solo estoy intentando ayudaros, el que antes se entregue optará a un trato mejor, antes de que os detenga la Guardia Civil.

Alarcón le miró un segundo, ya que lo tenía de frente, pero el Turco ni se inmutó. De fondo se oían pisadas cada vez más pesadas, órdenes impartidas con voz de mando y mucho movimiento en torno al puente. Todo se precipitaba y todavía no había conseguido convencerlos para deponer su actitud.

—Seamos prácticos, caballeros —seguía Bermejo con su soliloquio sin que nadie le rebatiera—.

A ver, Diego, déjalo ya. Si tú mueres por una idiotez o tiras al barranco ese aparato, nadie ganará con ello.

Y lo mismo digo en tu caso, Turco. Si le disparas, el dinero se evaporará para siempre y tú acabarás tus días en la cárcel.

¿Es qué no os dais cuenta, almas de cántaro?

Vio cómo el Turco le lanzaba de reojo una mirada cargada de odio, consciente de que no podía salirse con la suya.

El policía corrupto no era tonto, y a esas alturas sabría de sobra que se encontraba atrapado en un limbo poco favorecedor entre su inevitable codicia y el cañón invisible de los francotiradores apostados por el GAR, que buscarían una posición elevada desde el Parador o cualquier otro edificio cercano para tenerle a tiro.

—Venga, muchacho, no arruines tu vida —insistió de nuevo ante Alarcón al ver un atisbo de duda en su mirada.

Bermejo se acercó aún más, de manera natural pero sin alardes, intentando romper la burbuja de tensión—.

No puedes vencer ni escapar, y lo que tienes en mente como posible venganza es una solemne estupidez.

Baja el brazo, camina hacia mí y olvidemos todo esto, no queremos que nadie salga herido.

Así, muy bien, todavía podemos arreglar esto.

Por su parte, escasos segundos antes, el capitán Roncero había irrumpido en el extremo norte del puente flanqueado por dos agentes del GRS que portaban escudos balísticos mientras procuraba organizar aquella maldita operación que se les había ido a todos de las manos.

Ordenó que evacuaran a todos los peatones que todavía deambulaban por las inmediaciones del puente, buscando asegurar la zona para evitar bajas civiles ante un eventual tiroteo.

Tenía a todos los hombres en posición, atentos a sus órdenes, mientras contemplaba cómo Bermejo intentaba hacerse con el control de la situación, de forma infructuosa, al menos de momento.

El sudor le corría por las sienes a pesar del relente serrano; se jugaba mucho con aquel dispositivo en pleno centro, rodeado de la expectación de cientos de vecinos y turistas que, extasiados, seguían las evoluciones del conflicto desde posiciones más seguras.

A través del pinganillo, la voz de uno de los tiradores expertos del GAR le devolvió a la realidad con un latigazo vocal que le entró de forma directa al tímpano:

Aquí Sierra Uno, en posición. Blanco sucio, mi capitán. El civil se ha movido un poco y me bloquea el ángulo idóneo de tiro. Si el sospechoso se desplaza un poco a la izquierda, o el civil a la derecha, podré tener un tiro más limpio. ¿Orden de fuego llegado el caso, señor?

Roncero estudió la escena con angustia en su mirada.

Todavía se escuchaban los gritos y los pasos apresurados de los turistas saliendo a la carrera de la zona, mientras las sirenas de diversas agrupaciones aullaban en las inmediaciones.

Se vio desde fuera como el espectador patidifuso de un triello antinatural, un duelo a tres que le recordó a la mítica escena de Clint Eastwood rodada en un valle burgalés.

Tres hombres adultos sometidos a una tensión extrema, detenidos en el tiempo sobre el cauce del río Guadalevín.

La perfecta definición de una infernal ratonera de la que nadie saldría ileso si cualquiera de los allí presentes perdía los nervios.

—¡No disparen! ¡A todas las unidades, mantengan el dedo fuera del gatillo! —bramó Roncero por la radio.

Se adelantó en solitario, dejando atrás la protección de los escudos, con las manos bien visibles en alto, manteniéndolas alejadas de su chaqueta técnica de la UCO.

Sabía que si el Turco se sentía acorralado, podía matar a Alarcón por puro despecho y el Ledger se perdería para siempre en el abismo.

O peor aún: Alarcón, abrumado o herido de muerte, podría también dejarse caer al vacío.

—¡Diego, soy el capitán Pablo Roncero, de la Guardia Civil!

—gritó a pleno pulmón mientras avanzaba a duras penas desde la otra punta del puente, a través de un pasillo humano que la policía acababa de abrir—.

¡Deponga su actitud y entre en el perímetro seguro!

¡Tiene mi palabra de que la Fiscalía escuchará su versión de los hechos!

¡Solo traiga ese dispositivo aquí y terminemos con esto de una vez!

Alarcón miró en su dirección, pero no podía asegurar que le escuchara con nitidez desde esa distancia, con todo el ruido externo que los rodeaba. Esperaba al menos que pudiera leer su lenguaje corporal, él solo pretendía ayudar.

—¡Baje el arma, Aranda, no puede vencer aquí hoy! —exclamó con la garganta desgarrada por la emoción del momento—. Ya es hora de…

Manuel Aranda se sintió acorralado por primera vez en mucho tiempo. El suelo amenazaba con abrirse bajo sus pies, en una posición tan inestable como el vacío que se abría a su izquierda. Le dolía la cabeza y no fijaba bien la vista, abrumado por las circunstancias.

El sermón de Bermejo le taladraba los oídos, aunque la cháchara intrascendente del capitán de la Guardia Civil tampoco le mejoró el ánimo.

El cerco se estrechaba en torno a ellos y sabía que se encontraba bajo la mirilla de uno o más tiradores de élite.

Si el responsable daba la orden adecuada, sería hombre muerto en milésimas de segundo.

En otro país quizá habrían disparado primero y preguntado después, pero en la España democrática todavía tenía posibilidad de salvarse, al menos de no acabar en una caja de pino, cambiando su ropa de calle por el chándal gris del economato de prisión.

El tiempo también hacía estragos en su caso y la tensión del momento le golpeaba sin piedad.

Aquel maldito oficinista se reía en su cara, sosteniendo lo que podía ser su jubilación sobre un precipicio de casi cien metros de altura.

Mientras tanto, su brazo se cansaba también y no podía ya sujetar con comodidad la pistola, una Glock que pesaba cada vez más bajo la protección de su chaqueta.

El dilema del prisionero se planteaba ante él en toda su extensión.

No era un hombre muy instruido, pero siempre le había hecho gracia aquella paradoja fundamental de la teoría de juegos, sin que nunca se hubiera parado a pensar en una aplicación práctica.

Hasta hoy, claro. Y allí la tenía, frente a él, demostrando que dos individuos racionales podían no cooperar en circunstancias extremas, incluso cuando lo que más les convenía era hacerlo.

—No escuches a estos tíos, Diego, son policías.

Te pudrirás en una celda de tres por dos metros si les entregas ese juguete, es lo único que quieren —masculló el Turco, centrando toda su voluntad en el secretario, mientras procuraba ignorar al resto de los protagonistas de la escena—.

Dame el Ledger y vámonos juntos de aquí, tendrán que dejarnos salir si colaboramos.

Tengo gente esperándome y un plan, no nos pillarán si nos largamos ya.

¿Qué me dices? Nos lo repartiremos entre los dos, fifty-fifty . ¿Trato hecho?

Alarcón pestañeó y le miró con gesto extraño durante un segundo. Tal vez estuviera consiguiendo minar sus reservas, aunque sería complicado escapar de aquel cerco asfixiante.

—Creo que tú también deseas acabar con esto, lo veo en tus ojos.

Déjame usarte de parapeto para que no nos disparen desde los tejados, y salgamos de aquí los dos juntos —improvisó sobre la marcha el Turco, cada vez más inquieto ante lo que veía en las pupilas de su adversario—.

Yo haré de malo, no hay problema. Ya sabes, como si te secuestrara y te llevara conmigo de escudo, es la única manera de salir de aquí con vida.

Después, nos largamos en mi coche y desaparecemos, es pan comido.

Alarcón pareció sonreír y eso no sabía bien lo que significaba. Hizo un último intento desesperado, el tiempo apremiaba y no tenía más espacio para maniobrar.

—Venga, zanjemos esto de una vez y salgamos todos ganando.

Ellos solo quieren su medallita para salir en los telediarios y el dinero irá para el Estado; a saber dónde acabarán esos millones después, igual se los quedan para los fondos reservados.

¿Eso es lo que pretendes con este numerito?

En serio, hazme caso. Yo solo quiero que tú y yo vivamos como reyes, tengo amigos que nos facilitarán las cosas.

Piénsalo muy bien, lo tenemos ahí delante, al alcance de la mano.

Imagínate una isla paradisíaca donde te traten como a un hombre importante; alguien con dinero y poder, no un simple funcionario judicial que no le importa a nadie.

Vio con temor cómo el brazo de Alarcón oscilaba en el aire.

La carcasa metálica del Ledger brillaba bajo el sol de diciembre, burlándose de todos ellos con una mueca irreconocible.

Tensó el dedo sobre el gatillo, dispuesto a todo si la cosa se torcía.

El bramido de la cascada le saturaba los sentidos, mientras notaba que algo cambiaba en el entorno.

No sabía lo que era, pero había llegado la hora de la verdad.

Se encontraba a un único segundo de cometer una locura ante multitud de espectadores o de hacerse rico si lograba la colaboración de su adversario.