El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El barranco del Guadalevín #5
93%

El barranco del Guadalevín #5

A unos quince metros de distancia distinguía todavía la nuca del Turco, y un poco más allá, situado ya muy cerca del mirador, le pareció ver una figura encorvada, un hombre con la actitud de alguien que ha sido derrotado, un tipo insignificante que no podía ser otro que Diego Alarcón.

Había llegado el momento de actuar antes de que el asunto se saliera de madre.

Bermejo metió la mano bajo la chaqueta y agarró con fuerza la culata de su arma, pero dudó un instante.

No se la podía jugar, el puente y su famoso mirador sobre el barranco se encontraban llenos de civiles indefensos e inocentes.

Desde grupos de turistas siguiendo a su guía en un freetour a parejas de enamorados demostrándose su amor sobre el Tajo de Ronda.

Jubilados, grupos de chavales y todo tipo de transeúntes que se encontraban totalmente ajenos a la función que se desarrollaba a su alrededor.

Tenía que buscar otra salida, no podía jugársela en ese entorno.

Un disparo fallido no tenía por qué herir a nadie en un principio, pero provocaría el caos y quizá un enfrentamiento armado que convertiría a Ronda en un matadero a plena luz del día.

Estaba ya muy mayor para asumir semejante carga sobre sus espaldas, aparte del hecho irregular de que portara un arma en público sin ser policía en acto de servicio, por mucho que llevara una identificación ministerial que no serviría de nada ante la opinión pública en caso de desastre.

Optó por contemporizar de momento, devanándose los sesos para encontrar la solución.

Vio cómo el Turco acortaba la distancia sobre su víctima, abalanzándose sobre Alarcón con una zancada poderosa que le recordó sus orígenes como oficial de policía antes de pasarse al lado oscuro.

No había tiempo que perder, necesitaba ayuda.

Bermejo sacó el teléfono de un tirón y marcó el número de Roncero.

—¡Los tengo, Pablo! Estamos en el mirador central del Puente Nuevo, necesito cobertura urgente. ¡Daos prisa o esto será una masacre!

El momento decisivo había llegado, el Turco lo experimentó en todas sus terminaciones nerviosas.

Sintió la vibración del suelo de piedra bajo sus botas, pero también el murmullo creciente de las conversaciones banales de los turistas o el bramido del agua al castigar el cauce del barranco milenario que todo lo subyugaba.

Ya casi podía tocarlo y oler el miedo de Alarcón, mezclado con un aroma indistinguible que despedía un tufo maloliente a su paso.

El secretario judicial parecía una estatua de sal pegada a la piedra del mirador, con la vista perdida en un horizonte que jamás alcanzaría.

Manuel Aranda ignoró el ruido a su alrededor, como los gritos de Bermejo a su espalda queriendo hacerse oír por encima del estruendo reinante.

Le molestaba su presencia tan cercana, pero tendría que olvidarse de él por un instante.

Total, sabía que el viejo inspector jamás le dispararía por la espalda en un lugar sagrado para el turismo, eso iba en contra de todos sus principios.

Sus ojos estaban fijos en la mochila de lona, lo único que le importaba a esas alturas. Se acercó aún más, con Alarcón todavía en Babia, presto a ganar la partida. Estiró la mano izquierda, mientras con la derecha sujetaba la pistola escondida, hasta casi rozar la chaqueta del secretario judicial.

El Turco se colocó justo detrás de Diego, invadiendo su espacio personal, y sintió el calor que desprendía el cuerpo sudado de un funcionario que parecía demasiado tranquilo.

—No te muevas, Diego, no tienes escapatoria —susurró en su oído con una calma aterradora, dejando que el metal de la Glock, todavía oculta bajo la chaqueta, rozara ligeramente el costado del secretario—. No grites, no te gires con brusquedad. Y, sobre todo, no hagas ninguna tontería.

El cuerpo de su víctima ni siquiera pareció alterarse, ni su actuación provocó el más ligero movimiento muscular en un tipo que parecía totalmente ido.

—Todo ha acabado, pero no tiene por qué terminar mal para ti. No busques con la mirada a nadie, estamos solos tú y yo. Así que date la vuelta muy despacio, mírame a los ojos y dime que tienes lo que quiero. Es lo único que necesito, ya lo sabes. Si me lo das ahora mismo, nadie saldrá herido.

Entonces sí, le pareció que Alarcón se tensaba y pudo comprobar cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar la barandilla con saña, todavía sin volverse.

El Turco sintió el subidón de la victoria, por fin lo había logrado.

Tenía los veinticinco millones en la palma de la mano, al secretario no le quedaba otra salida.

Pero en ese momento, sucedió algo imprevisto.

Diego Alarcón giró su cuerpo lentamente y le plantó cara con arrogancia.

El Turco no vio el miedo que esperaba en sus ojos.

Muy al contrario, aquella mirada de loco le sobresaltó por un instante, antes de comprender su significado real.

Había visto en aquellos ojos algo con lo que ya se había topado en alguna ocasión, la lucidez salvaje del que ya no tiene nada que perder. Y eso era lo último que esperaba.

La voz de aquel desconocido le llegó como un escalofrío eléctrico que le recorrió la espina dorsal, pero Diego se obligó a no temblar, no quería mostrar debilidad.

Por primera vez en su vida, el miedo no le agarraba la boca del estómago, estrujándosela sin piedad.

Más bien se había convertido en una suerte de impulso, en un motor de energías renovables que le proporcionaría las fuerzas necesarias para acometer los siguientes pasos.

Recordó el olor a tierra mojada del pinsapo y la libreta enterrada en la Sierra de las Nieves, su auténtico seguro de vida. Esa era la única verdad; lo demás era ruido y furia que debía ahuyentar de su mente para afrontar la situación en igualdad de condiciones.

—Imagino que usted es el jefe, ¿verdad? —preguntó Diego, aparentando una calma que le costaba mantener.

Quiso darse la vuelta con un rictus triunfal en el rostro, con una mueca cínica y una luz en los ojos que desconcertara a su rival.

No sabía si lo había conseguido, pero al contemplar de cerca a aquel individuo, con una apariencia mucho menos aterradora de lo que hubiera supuesto en un principio, le pareció distinguir una sombra de duda en su mirada—.

Sus hombres están dejando un reguero de sangre por el camino.

Y todo por este miserable trozo de plástico.

Diego deslizó la mano derecha hacia el bolsillo de su pantalón con una lentitud exasperante, rodeando el Ledger con los dedos antes de su aparición triunfal.

Lo sacó con rapidez y lo sostuvo con el brazo derecho estirado hasta más allá de la barandilla, provocando la sorpresa de su interlocutor.

El monedero del diablo pendía sobre el vacío, al filo del abismo donde el aire del barranco soplaba con mayor fuerza.

—¿Qué demonios…?

—Lo tengo aquí mismo, amigo —dijo Diego con calma, mientras sujetaba con fuerza el dispositivo, suspendido sobre los cien metros de caída—.

Es muy fácil de comprender, ¿verdad? Si me toca, intenta quitarme el Ledger por la fuerza o se le ocurre apretar ese gatillo, soltaré el maldito monedero, eso es algo ineludible.

Un movimiento en falso y veinticinco millones de euros aprenderán a volar antes que yo, aunque luego tenga ganas de arrojarme al abismo de cabeza.

¿Quiere apostar contra mí? ¿Es usted un hombre de fe? A no ser que…

Bermejo llegó a escasos cinco metros de la pareja discordante y se detuvo en seco, con las pulsaciones aceleradas ante el vodevil que se representaba ante él.

Quizá la estampa todavía no había llamado demasiado la atención entre los turistas, pero él captó enseguida los matices de un enfrentamiento que no tenía visos de terminar demasiado bien.

El Turco parecía encañonar al secretario judicial por debajo de la chaqueta, de la forma más discreta y sibilina posible, con un aire de verse superado.

Mientras tanto, Alarcón, con una calma inusitada, parecía retarle a plena luz el día.

Como si le ofreciera una especie de sacrificio millonario ante el altar improvisado en el que se había convertido la barandilla del puente y el barranco bajo ella.

Por si todo esto fuera poco, el ruido del tráfico, el murmullo de la gente y el fragor de la cascada del Guadalevín no le ofrecían la mejor cobertura para andarse entre susurros y no alterar a los transeúntes.

En el Puente Nuevo, a media mañana de una jornada de diciembre, solo podía hacerse oír a gritos.

Y si no conseguía que le escucharan en los próximos segundos, tal vez la Parca apareciera en medio de Ronda para cobrarse una víctima por un simple malentendido.

—¡Manuel, baja eso! —gritó Bermejo, abriendo las manos en un gesto de paz tras guardar el arma y mostrar las palmas vacías—. Seguro que me has reconocido, soy Bermejo, coincidimos en la judicial hace mil años.

El Turco ni se inmutó y el gesto inequívoco de Alarcón le dijo a las claras que no estaba dispuesto a entregarse.

—Y tú, no hagas tampoco ninguna tontería de la que luego te arrepientas, Diego —le rogó con voz lo más calmada que pudo—.

Soy un enviado especial del ministerio del Interior, antiguo inspector de policía.

Tengo plenos poderes para negociar con los dos, así que vamos a hablar como personas civilizadas. ¿De acuerdo?

Ninguno de sus supuestos interlocutores le hizo el menor caso, mientras ellos dos continuaban con su particular duelo de miradas.

Aranda hizo un movimiento algo más brusco y el secretario se alarmó y perdió casi el equilibrio precario en el que se encontraba.

Su brazo se bamboleó en el aire y a punto estuvo de soltar su valiosa carga, pero consiguió recuperar la verticalidad a tiempo.