El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El barranco del Guadalevín #4
92%

El barranco del Guadalevín #4

De todos modos, tampoco podía cargarse al secretario por las buenas.

Ya fuera en el interior de un dispositivo digital o todavía con las claves intactas, necesitaba que Diego le abriera las puertas de ese submundo virtual que no acababa de comprender.

Solo cuando se viera con el dinero transferido a una de las cuentas bancarias que manejaba en paraísos fiscales, esas en las que guardaba los beneficios de sus últimos años a merced del mejor postor, podría deshacerse de él y poner tierra de por medio.

Tal vez se perdería en alguna isla paradisíaca del Caribe, una en la que nadie le encontrara jamás y pudiera vivir a cuerpo de rey.

El Turco empezó a caminar en la misma dirección que Alarcón, moviéndose entre un grupo de jubilados alemanes con el ritmo cansino pero letal de un tiburón en busca de presas en un arrecife.

El secretario miró un segundo a su alrededor, pero no fijó la vista en su perseguidor al cruzar sus miradas.

Manuel Aranda tampoco era un hombre que pasara desapercibido, pero a diferencia de a los inútiles de sus sicarios, Alarcón no le había visto la cara ni tenía por qué conocerle.

Una ventaja más a su favor que pensaba aprovechar antes de que Bermejo se le adelantara.

Cruzó de un lado al otro de la acera en tres zancadas, mezclándose entre el bullicio de una zona repleta de vida.

No quiso mirar atrás para alertar a su perseguidor, pero parecía que, al menos por unos segundos, se había librado de Bermejo o había puesto algo más de distancia entre los dos.

Así que fijó su mirada más adelante, en la pieza de caza que tenía ya a escasos metros, dispuesto a dar el golpe de gracia en cuanto viera la menor oportunidad.

No sabía si le gustaba o no el camino escogido por Alarcón, pero él no podía evitarlo. Diego se dirigía hacia el Puente Nuevo, quizá atraído por el abismo que se abría en forma de barranco mortal como una polilla hacia la luz artificial.

El Turco palpó el arma bajo su chaqueta y se aseguró de que estaba lista para utilizarla a la menor ocasión.

Todavía sentía el aliento de Bermejo en el cogote, aunque fuera algo menos pegado a su sombra, pero eso no le iba a arredrar tan cerca de la meta.

Tal vez el exinspector de la UDEV bramara en esos precisos momentos, ya fuera a través del teléfono o de algún tipo de aparato de radio, cabreado por haberle perdido entre la multitud mientras aleccionaba a alguna de las patrullas que pululaban por el casco histórico.

Para él, eso no era lo importante y solo tenía ojos para la espalda de Alarcón, situada ya tan cerca que casi podía tocarla con la mano si se descuidaba.

En aquel tablero de piedra y vértigo, en una partida que solo uno de los dos podría ganar, solo existían él, el puñetero funcionario y un tesoro digno de una película de piratas.

El Turco se impacientó y aceleró el paso de forma imperceptible.

Era consciente de que ambos se habían metido solitos en una jaula policial que podía ser de hierro macizo, un perímetro vigilado en el que nada escaparía al ojo de los inquisidores.

Pero él ya se encontraba dentro, a tiro de piedra, y no pensaba salir de allí con las manos vacías.

—Ya te tengo, Diego, no te resistas —murmuró, mientras sus ojos seguían la figura errática del secretario hacia la barandilla del Tajo—. ¿No pensarás…?

Manuel Aranda tuvo un instante de lucidez y creyó que Alarcón iba a terminar con todo, de una forma o de otra.

Siempre se ha dicho que hay personas que se sienten atraídas por los acantilados, barrancos o incluso el vacío que aparece debajo de una simple terraza.

Individuos que no pueden acercarse al borde de esos precipicios de diferente tamaño porque una fuerza irracional los arrastra sin remedio y sienten un deseo irrefrenable de volar y lanzarse al vacío sin mirar atrás.

No sabía si Diego Alarcón era una de esas personas o simplemente pensaba en librarse de una pesada carga que todo el mundo buscaba. De cualquier modo, él no podía permitirlo a esas alturas del partido.

—¡No me jodas, Dieguito! —exclamó en voz alta, a punto de descubrirse a gritos en medio de la multitud con tal de frenar a aquel insensato—. ¡Alto ahí!

Tan cerca ya del puente, el fragor de la cascada del Guadalevín ahogaba cualquier otro ruido alrededor.

Aquella banda sonora circunstancial, con millones de litros de agua cayendo a plomo sobre las rocas del barranco, le sumió en una burbuja peculiar en la que aislarse del mundo.

Se olvidó de Bermejo, del despliegue policial y de todo lo que aquello conllevaba para centrarse en su película particular, aquella en la que solo el Turco y Alarcón se retarían en un enfrentamiento desigual que solo podría contentar a uno de los dos.

Diego no sentía el frío en los huesos en una mañana soleada pero gélida, algo normal en plena serranía de Ronda avanzado el mes de diciembre.

Antes de abandonar el vehículo que le había llevado hasta allí desde el cortijo, aunque fuera dejando un rastro indeleble a su paso, decidió sacar el Ledger del fondillo interior de la mochila y guardarlo en el bolsillo delantero derecho de sus pantalones vaqueros para tenerlo más a mano por lo que pudiera suceder.

El roce del Ledger le quemaba la pierna a través de la telilla interior del pantalón, sintiendo su presencia como un peso muerto que parecía tener gravedad propia.

No era el peso del metal, sino el de los veinticinco millones de euros que aquel aparato ahora custodiaba de forma invisible.

Todavía sentía en la garganta el regusto insalubre de los compuestos químicos que arrojaba la combustión del gasoil a través del tubo de escape del Patrol, una peste maloliente que casi le cerró la tráquea al intentar respirar de forma natural mientras huía de Los Alcornocales.

Por eso había tenido que detenerse antes de tiempo, con los ojos también cegados por el humo insano que despedía el coche.

Tardó unos segundos en parpadear, limpiar sus ojos y comprender que el movimiento inusual que empezaba a registrar en las calles era debido a su posible presencia en el casco histórico.

Pero cuando pudo procesar mejor la situación, con la niebla mental algo más disipada después de una nueva fuga repleta de adrenalina, comprendió que había sido una mala idea dirigirse allí, a no ser que decidiera cumplir con una idea peregrina que se había instalado en su cabeza.

«¿Por qué no?», se dijo. Tal vez no tuviera nada que perder y fuera la única forma de librarse de todo.

Se acercó a buen paso al Puente Nuevo, nervioso ante la imponente visión que esperaba encontrar unos metros más allá.

Cruzó de acera con la mochila pegada al pecho para poder correr mejor en caso de necesidad, esquivando a un grupo de turistas que se quejaron en idiomas que no comprendía al chocar con ellos y adelantarlos.

Su destino se encontraba ahí mismo, ya había llegado al centro del Puente Nuevo y a su imponente mirador, una meta que jamás se hubiera planteado cuando comenzó aquella aventura repleta de peligros.

El rugido del agua, situada muchos metros por debajo de su posición, en medio del abismo más atractivo que hubiera contemplado en su vida, le llamaba con la voz hipnótica de las sirenas de Ulises.

Se sobrepuso a esa sensación y analizó el momento en el que se encontraba, ajeno a la batalla silenciosa que se desarrollaba a su alrededor.

Detuvo sus pasos y apoyó sus manos temblorosas en la piedra centenaria. Tuvo que apartar la vista del fondo, ya que al mirar de nuevo hacia abajo se le revolvió el estómago, y todo le daba vueltas en un carrusel de emociones encontradas.

Y no era porque aquellos cien metros de caída mortal le dieran algún tipo de miedo, al contrario.

Podía ser su única salvación, la solución a todos sus males en cierto sentido, dependiendo de la propuesta que escogiera de las que se mostraban ante él en la hora de la verdad.

Nunca había tenido pensamientos autolíticos, pero tuvo un breve momento de zozobra en el que el suicidio le pareció incluso la mejor opción.

De hecho, si saltaba con el dispositivo en su poder, aquel tesoro maldito se hundiría con él, cada uno en un pozo diferente.

Uno en un barranco trufado de rocas puntiagudas en el que perdería la vida al instante, y el otro en el abismo digital de bits, ceros y unos aleatorios cuyo contenido nadie podría jamás recuperar.

Una solución drástica pero eficaz que no tuvo siquiera tiempo de analizar.

Sintió de pronto un cambio en la presión del aire alrededor y una peligrosa presencia se cernió sobre él antes de que tuviera tiempo de darse la vuelta.

Alguien le buscaba y se había detenido demasiado cerca de su cuerpo, casi podía rozarle con los dedos si alargaba el brazo.

Un desconocido que seguramente no buscaba usar su cámara en el Tajo de Ronda, ya fuera para hacerse un selfi o fotografiar el barranco del Guadalevín, sino algo mucho más siniestro que estaba a punto de descubrir.

—¡Manuel, no lo hagas! —gritó Bermejo sin éxito, con su voz anulada por el ruido del gentío y el tronar de la cascada situada debajo de ellos.

El exinspector aceleró el paso un poco más, no podía alejarse de su rival.

En su periplo por las calles adoquinadas del casco histórico, apartaba a la gente entre disculpas, avanzando con un vigor que no creía conservar a su edad.

Sacaba fuerzas de flaqueza para evitar una catástrofe, intentando evaluar con el mayor tino posible todas las variables que se presentaban ante él.