El barranco del Guadalevín #3
No podía negar la evidencia, lo buscaban a él y a cualquier otro miembro de su organización y estaban dispuestos a entrar a sangre y fuego en sus dominios.
No se trataba de una identificación rutinaria, parecía más bien una entrada táctica de alta intensidad, coordinada desde las cúpulas más altas del ministerio del Interior.
¡Cuánto honor para tan pobre enemigo!, pensó de forma amarga antes de comprobar in situ la entrada final.
Aranda reconoció el patrón del asalto inminente, no era la primera vez que presenciaba algo semejante, aunque nunca había sido el objetivo principal de las unidades de élite de los dos cuerpos de seguridad más importantes del estado.
Notó el silencio tenso que se rompía por el chasquido interno de los equipos de transmisión o el murmullo seco de los mandos ordenando organizar un perímetro estanco en torno al inmueble atacado.
En pocos segundos, el primer escuadrón de ataque derribaría la puerta con un ariete técnico, antes de adentrarse en el interior de un edificio que podía albergar enemigos acechando entre las sombras.
Pero aquellos hombres no se andarían con tonterías y lanzarían granadas flashbang o aturdidoras para dejar fuera de combate a cualquiera apostado ahí dentro, gracias a la potencia de un arma no letal para la que uno no estaba preparado.
Las granadas reventarían el aire del inmueble y entonces los equipos de asalto barrerían cada habitación al grito de «¡Limpio! ».
Era hora de retirarse, ya había visto suficiente.
Por si fuera poco, consiguió avistar también a un tirador del GAR apostado en una esquina estratégica con un fusil de precisión.
Si ni siquiera con semejante despliegue de fuerzas comprendía que todo estaba perdido, con todo el peso de la ley llamando a su puerta, nada le haría cambiar de opinión en un futuro próximo.
Así que disimuló lo mejor que pudo sin mudar el gesto, dio media vuelta y se fundió con las sombras de la calle lateral.
Desde luego, habían organizado una jaula más que real, por lo menos en torno al piso franco, pero todavía se veía capaz de escapar entre los huecos de los barrotes y localizar a Alarcón.
De nuevo en marcha, alejándose del epicentro del caos, se perdió por las callejuelas aledañas al Puente Nuevo hasta que se detuvo frente a un escaparate de artesanía, pero no para admirar el arte realizado con cuero, sino para controlar a través del cristal el reflejo de una calle que le había dado mala espina.
Entonces vio una sombra en forma de viejos fantasmas que no esperaba encontrar allí.
Había dudado un instante al reconocerlo entre la multitud, hacía mucho tiempo que no se cruzaba con él, pero tenía todo el sentido del mundo, sobre todo al saber que sus amigos de la UCO se encontraban también en la Costa del Sol.
El Turco seguía teniendo contactos en sitios importantes, era la única manera de adelantarse a los acontecimientos y seguir con vida.
Sus buenos cuartos le costaba alimentar a semejantes sabandijas, que solo buscaban chuparle la sangre, pero era un dinero bien empleado, sobre todo si era su cuello el que estaba en peligro.
Y sí, aquel tipo tan desmejorado era su antiguo compañero en el CNP, el inspector Francisco Bermejo.
Los años no perdonaban a nadie, y Bermejo no era la excepción.
Enseguida se percató de que ambos se habían mordido mutuamente.
Se habían detectado a la vez, quemando cualquier posibilidad de mantener un seguimiento discreto, algo que no tenía que ser malo de entrada.
Asumió que el expolicía, ya que sabía que ahora se dedicaba a tareas ministeriales bajo el mando de otro viejo conocido, el excomisario Mardones, reconvertido en alto cargo político, no sacaría la pistola en medio de la multitud.
Debía aprovechar esa coyuntura y poner tierra de por medio antes de que lo cazara.
No sabía si sentirse halagado ante los impresionantes medios dispuestos sobre el terreno para una operación organizada a la carrera.
Tampoco necesitaba conocer el modo en el que habían dado con él en primer lugar y seguramente también, algo sencillo de admitir tras no recibir respuesta alguna desde Guadarranque, habían desarticulado la infraestructura de la organización en el Estrecho.
El Turco no necesitaba girarse para saber que el viejo sabueso de la UDEV no le quitaba el ojo de encima, una sombra molesta de la que debía librarse.
En cierto modo, le divertía la persistencia del bueno de Bermejo, un policía de los de toda la vida, alguien incorruptible que nunca podría entender su actitud ante la vida.
Se trataba de un encuentro de fantasmas olvidados en una ciudad que celebraba la vida bajo la luz cegadora de diciembre, en un entorno inigualable para un verdadero duelo al sol, digno del mejor spaghetti western de Sergio Leone.
—Nos hacemos viejos ambos, eso es indudable.
Pero tú sigues siendo muy previsible, Bermejo —susurró para sí mismo con una sonrisa sardónica que apenas curvó sus labios—.
Seguro que anhelas esa justicia que tanto te gusta, pero lo mío también es importante.
Yo solo busco el final del trayecto y no me vas a impedir conseguirlo.
De pronto, ese instinto afilado en mil emboscadas en sus años policiales le gritó con una voz interior que el momento decisivo había llegado. Lo vio de lejos. ¡Allí estaba!
Desde la Plaza de España, situada al norte de su posición, alguien llegaba al centro con demasiada prisa.
De pronto se encontró con una auténtica tartana, un anacronismo rodante en forma de vehículo a motor que irrumpía en la escena con mucha efusividad.
Una patrulla de policía local se lo quedó mirando desde una esquina situada más arriba, pero no le pudieron dar el alto.
Cuando quiso darse cuenta, casi tenía encima un viejo Nissan Patrol, un coche con carrocería supuestamente blanca en sus orígenes, repleta ahora de mugre y suciedad atemporal.
El vehículo escupía un humo negro y denso por el tubo de escape, algo que las autoridades no podían permitir, un detalle impropio de la pulcritud turística de la zona.
El decrépito motor tosía con un estertor metálico que el Turco quiso relacionar con el verdadero sonido de la desesperación.
Al igual que sus antagonistas, Aranda también había hecho los deberes y se conocía el rostro del funcionario fugado como la palma de su mano.
Así que tuvo que aguantarse las ganas de soltar un grito de triunfo al divisar a Diego Alarcón al volante, o al menos, lo que quedaba de él después de tantas escaramuzas inconclusas.
El secretario judicial tenía la mirada fija en la carretera, con sus manos aferradas al volante como una manera de anclarse a la realidad.
Entonces comenzó a girar la cabeza a izquierda y derecha, nervioso, buscando quizá un escondite o algún lugar para detenerse a descansar.
El rostro contrariado pareció decirle que también se había dado cuenta de la situación, al acercarse en aquel armatoste a unas calles convenientemente restringidas por las autoridades.
Se había metido él solito en la boca del lobo, aunque parecía que aún le quedaban fuerzas para seguir luchando.
Eso le gustó al Turco, su rival no era de los de rendirse al menor contratiempo, como había demostrado con creces en las últimas jornadas.
Había salido más o menos ileso de dos enfrentamientos con sus hombres, aparte de haber robado con arte el botín custodiado en el juzgado mientras todo el mundo andaba buscándole.
No le iba a quitar méritos. En realidad, se había comportado como un verdadero hombre de recursos, lo que hacía más interesante el enfrentamiento final.
Y ya que ni Davor ni el idiota de Nico, que Dios lo acogiera en su gloria, habían conseguido doblegarle, él tendría que encargarse de la faena para que aquel sainete terminara de una vez por todas.
El Patrol se detuvo de cualquier manera, cincuenta metros más allá de su ubicación, invadiendo parte de la acera al frenar el vehículo.
Entonces vio bajar del coche al tipo gris que llevaban tanto tiempo persiguiendo, un hombre con el rostro desencajado que puso pie a tierra con movimientos torpes, protegiendo su mochila con un celo casi religioso.
El Turco ignoró el paso de una patrulla de la Policía Local que parecía dirigirse hacia el barrio de San Francisco.
Sus ojos, fríos como el acero de su Glock, se clavaron en el bulto de lona que Diego apretaba contra el pecho, casi como si cuidara de su propio bebé.
Al contrario que la brigada de ciberdelincuencia, él no sabía si Alarcón había sacado el dinero de su caja fuerte virtual para depositarlo en algún dispositivo físico o se limitaba a custodiar las claves que le permitirían hacerlo más adelante.
De todas maneras, allí dentro se encontraba la llave que le abriría de par en par las puertas de la fortuna.
«Esos veinticinco millones de euros me vendrían muy bien ahora mismo», pensó Aranda. Y no era una mala idea, aunque primero tendría que hacerse con el tesoro, burlar el cerco policial y, lo que sería aún más complicado, escapar de las garras internacionales del hombre de Dubái.
En un principio, su objetivo era capturar al secretario, recuperar los activos digitales, contentar a los proveedores sudamericanos y calmar el enfado de sus jefes.
Pero dada la situación actual, con las autoridades arrasando con la infraestructura de la organización en Andalucía y él casi como único eslabón libre de la cadena, quizá habría que cambiar de prioridades y mirar por su propio bien antes que por el de los demás.