El barranco del Guadalevín #2
Roncero recordó los datos facilitados por su equipo cuando encontraron la pista del Ledger comprado por Alarcón en Puerto Banús.
Lo más probable era que hubiera volcado el dinero en ese dispositivo, deambulando por ahí con la bonita cantidad de veinticinco millones de euros en el bolsillo.
Una situación rocambolesca que no sabía bien cómo afrontaría un tipo con sus cualidades.
—Tranquilo, Pablo, no creo que vaya ahora en dirección Sevilla o regrese a la costa. ¿No me decías antes no sé qué del coche en el que había escapado?
—Sí, es verdad. Milene me dijo que se ha fugado montado en una tartana, un vehículo grande, aparatoso y con muchos años que hacía mucho ruido y despedía demasiado humo al escapar entre los alcornocales.
Ya he dado aviso para que permanezcan atentos por si se le ocurre aparecer en Ronda, aunque yo iría en otra dirección.
—Bueno, no sabemos cómo piensa alguien en su situación.
Es un funcionario del juzgado, no un héroe de acción, demasiado bien le ha ido hasta ahora.
Si ese vehículo es muy llamativo y a saber en qué condiciones se lo ha encontrado en esa finca dejada de la mano de Dios, puede que busque otro medio de locomoción.
O que quiera perderse entre los turistas, no sabemos.
—He enviado la ficha policial del Turco y la información de la que disponemos de Alarcón a todas las unidades, a ver quién los encuentra antes.
Esperemos que tanto despliegue sirva de algo y no hagamos otra vez el ridículo.
Antúnez me va a matar, me parece extraño que el coronel no me haya llamado todavía.
A no ser que Mardones le haya calmado hasta comprobar cómo acaba la cosa.
—Tranquilo, creo que todo saldrá bien. Confía en mí, muchacho, tenemos todos los flancos protegidos y no se nos van a escapar.
Roncero sacó su terminal de radio, con los dedos todavía rígidos por la tensión, dispuesto a seguir dirigiendo la operación ante la falta de noticias.
—He ordenado que patrullen a pie cada callejón desde el barrio de San Francisco hasta el centro, no quiero que se mueva ni una mosca sin que nos enteremos. Si Alarcón entra en el casco histórico, lo encontraremos. Pero puede que dar con el Turco no sea tan fácil.
—Déjamelo a mí, muchacho. Seguro que su ficha policial está desfasada, ahora está muy cambiado y yo soy el último que le ha visto la jeta a ese indeseable.
Voy a darme una vuelta por toda la zona turística, puede que esté por aquí camuflado.
O que se haya reunido ya con el sicario huido, no creo que se vayan a largar de aquí sin hacerse con la pasta, si es que saben también que el posible próximo destino de Alarcón es el centro de Ronda.
—Perfecto entonces, yo me quedaré por aquí coordinando los diferentes operativos hasta que demos con alguna pista y comprobaré qué ha sucedido al final en el piso de la calle Armiñán.
Me parece bien lo de buscar al Turco entre la multitud mientras tanto, no podemos quedarnos quietos.
Pero eso sí, tenga cuidado y no ponga a nadie en peligro si ese tipo intenta escapar.
Tenemos rodeada la zona, no pueden salir de aquí sin que los veamos.
Bermejo asintió levemente y se ajustó el abrigo.
—Haré lo que pueda, chaval. Pero reza para que ese secretario judicial, si es que aparece, no monte alguna jugarreta y nos quedemos todos con cara de idiota.
Roncero se quedó solo en el mirador, viendo cómo Bermejo se perdía entre los turistas, sin tiempo para contestar a su amigo.
No quería pensar mal y asumir que la última apreciación del veterano policía se refería a algo relacionado con el abismo que se abría bajo sus pies.
No había podido elaborar un perfil psicológico del secretario judicial con tanto ajetreo, pero le parecía extraño que, después de tantas adversidades sufridas para escapar con el dinero incautado en criptomonedas, fuera ahora a lanzarse a las garras de la muerte.
El capitán de la UCO sabía que, a pesar de los galones conseguidos y los éxitos logrados en investigaciones pasadas, el futuro de su carrera dependía en gran parte de lo que sucediera allí esa mañana de diciembre.
Con la presión añadida desde la secretaría de Estado de forma sibilina, sabía que el destino de veinticinco millones de euros y la reputación del ministerio del Interior dependían de las paranoias de un funcionario gris que huía en un coche viejo, con una mochila demasiado pesada a sus espaldas, y del desempeño de unos asesinos entrenados que lo perseguían como alimañas, ajenos al operativo envolvente que protegía toda la ciudad.
Manuel Aranda dejó atrás la calle Armiñán con una parsimonia insultante, sobre todo al percatarse del movimiento que comenzaba a notarse en esa parte de la ciudad.
Solo eran detalles sutiles que a un particular se le pasarían desapercibidos, pero para alguien como él, un viejo caimán acostumbrado a moverse entre las cloacas, aquel despliegue que comenzaba a intuirse en torno a las arterias centrales de Ronda solo le trajo una frase a la cabeza: se estaba organizando una Operación Jaula en toda regla.
Todavía no podía concretar si semejante dispositivo se debía a un intento de las autoridades por cazar a Alarcón, si es que ellos tenían alguna pista más sobre su paradero, o se trataba únicamente de un intento por detenerle a él o a sus esbirros.
El idiota de Davor le había enviado un mensaje, avisándole del fracaso de su misión, la posible baja del mercenario holandés y su más que probable exilio para no acabar con sus huesos en la cárcel.
—Ya ajustaremos cuentas tú y yo algún día, Turco. De momento me largo de aquí, no quiero acabar como Nico ni estoy dispuesto a chuparme años de prisión. Jebi se i ti i tvoj novac, odlazim. Fuck you!!
No entendía el croata, pero con el contexto en español y la frase final en inglés le servía para hacerse una idea.
Davor le mandaba a la mierda antes de largarse de allí, dejándole con el marrón encima a él solo.
El secretario seguía libre y con el dinero en su poder, y además, las autoridades estaban cerrando el cerco sobre él.
Y, por si fuera poco, no lograba localizar al Facilitador ni a ninguno de los hombres de la nave de Guadarranque, por lo que se olió que algo iba extremadamente mal en una jornada que no había comenzado con buen pie.
Así que tendría que apañárselas solo, situación a la que se había acostumbrado en su vida más veces de las que podía recordar.
No era tan sencillo, pero lo intentaría con todas sus fuerzas.
Primero, debía atrapar al maldito secretario y recuperar el dinero.
Luego, escapar de allí antes de que la pinza cayera sobre él.
Y después, encargarse de arreglar los pagos pendientes con los sudamericanos y contentar a los jefes del Golfo, todo antes de que se cumpliera el plazo límite.
No le asustaban los retos, así que solo le quedaba lanzarse sin miedo a perderlo todo, ya que la salvación todavía dependía de él, sin intervenciones de extraños.
Sabía que la jaula se estaba cerrando en el casco histórico.
Reconocía los patrones: el cambio de ritmo en el tráfico rodado, la tensión eléctrica que precedía a las sirenas o las miradas de soslayo que se encontraba en cualquier esquina.
Pero para él, todos esos movimientos policiales no eran más que ruido blanco de fondo, una interferencia molesta que no le impedía fijarse en una frecuencia mucho más importante, la que le daría la victoria final.
Ni siquiera se preocupó por el destino del piso franco de la calle Armiñán, ese inmueble que había soñado con poner a su nombre. Si de verdad le estaban vigilando o conocían sus movimientos, era posible que las fuerzas del orden hubieran irrumpido en la casa con una orden de registro.
Se dio la vuelta y se acercó de nuevo hasta la esquina de esa casa para comprobar la situación. Enseguida se dio cuenta del espectacular despliegue en torno al edificio, con fuerzas conjuntas de la Guardia Civil y de la Policía Nacional.
El Turco se detuvo a la sombra de un soportal, entornando los ojos con la frialdad de quien analizaba un tablero de ajedrez que conocía de memoria.
No se trataba de una operación menor, aquello no eran simples patrullas de seguridad ciudadana.
Enseguida divisó cómo dos furgones oscuros, sin distintivos pero con el inconfundible sello del GOES de la Policía de Málaga, bloqueaban el acceso norte a la calle Armiñán.
En un instante, sus agentes, embutidos con monos tácticos y cascos FAST, descendieron de los vehículos con la precisión de un reloj suizo, con los subfusiles MP5 pegados al pecho y la seguridad que les daba el haber efectuado ese tipo de operaciones cientos de veces.
Los pocos transeúntes que todavía deambulaban por la zona huyeron despavoridos al encontrarse con semejante panorama o se refugiaron en bares, portales o comercios cercanos para no perder ripio de lo que sucedería a continuación.
La curiosidad mató al gato, pensó el Turco, aunque sabía que la raza humana no iba a cambiar a esas alturas de la historia.
A pocos metros de allí apareció un contraste cromático con el azul policial que le sorprendió en un principio, sobre todo al saber que el despliegue táctico se había convertido en una operación conjunta.
El verde oliva de los trajes clásicos del GRS de la Guardia Civil tomaba las posiciones bajas de la calle, desplegando escudos balísticos y herramientas de intrusión pesada frente a la puerta de un inmueble que iba a ser asaltado en unos segundos.