El barranco del Guadalevín
Centro de Ronda, esa misma mañana
Frenó el vehículo frente a la fachada del Parador de Ronda con una brusquedad que delataba su estado de ánimo, ofuscado por tanto contratiempo.
El trayecto desde Marbella no había sido precisamente un camino de rosas, angustiado por los acontecimientos que se habían ido sucediendo a lo largo de las últimas horas.
Mientras subía a buen ritmo por la carretera de montaña, el teléfono no había dejado de escupir noticias desastrosas.
Su primera impresión vino al enterarse a primera hora de la mañana de la torpeza peligrosa de Miriam al pasarse de la raya con sus investigaciones, soslayada de momento con unos cuantos mensajes que Miriam había evitado contestar, aunque tenía alguna llamada perdida suya.
Después, el altercado de su equipo en plena sierra con unos mercenarios que buscaban la misma presa.
Más tarde, los nervios al saber que Bermejo se encontraba solo en un seguimiento que tal vez le quedara grande a esas alturas del partido.
Y unos minutos antes se había enterado del fracaso del operativo en el cortijo de Los Alcornocales, en las afueras de la ciudad, saldado con un intercambio de disparos que Roncero todavía no alcanzaba a procesar.
Un sicario muerto, Andrade herido de bala y el dichoso secretario a la fuga de nuevo.
Al bajar del coche, el aire gélido de una mañana invernal de Ronda le obligó a abrocharse la chaqueta.
Divisó a Bermejo en la entrada del Parador, resguardado quizá también del relente serrano.
El antiguo inspector de la UDEV, ahora asesor ministerial, nunca había necesitado uniforme para imponer su presencia; su sola silueta, cargada de una veteranía cínica, ya ponía a Roncero en guardia.
Se aproximó entonces a saludar a su amigo cuando una llamada entrante lo interrumpió de nuevo.
Bermejo le divisó desde su posición, pero él le hizo una señal para hacerle ver que tenía que atender esa llamada antes que nada. Dos minutos después colgó y estrechó la mano del retirado inspector de policía con una mueca de fastidio.
—Perdón por hacerle esperar, inspector —dijo Roncero al acercarse, usando ese tono de respeto casi reverencial que reservaba para el hombre con el que había vivido algunos de sus momentos más intensos como policía judicial—.
Siento el retraso, pero no he parado ni un momento.
Y no tengo buenas noticias precisamente.
Bermejo pareció ponerse en guardia, como si un resorte oculto en su organismo le hiciera saltar ante las malas noticias.
—¿Qué sucede, Pablo? —preguntó angustiado el expolicía—. No será nada de Miriam, ¿verdad? Espero que ella esté a salvo.
—No, tranquilo, Miriam está bien. No así el sargento Andrade, que últimamente parece llevarse todos los golpes.
Roncero le resumió brevemente todos los sucesos acaecidos esa mañana, rematando con el operativo fallido en aquella finca a las afueras de Ronda.
—¡Madre mía! —exclamó Bermejo—. Como si el enfrentamiento de la Sierra de las Nieves hubiera sido solo el aperitivo de lo que ha pasado luego en el cortijo, menudo despropósito.
Roncero suspiró, sintiendo el peso de la responsabilidad en los hombros.
—Ha sido un desastre, eso es cierto. Andrade está herido, no sabemos de momento su gravedad.
Una bala le ha alcanzado el hombro en el cortijo de Los Alcornocales mientras intentaban contener a los sicarios, que iban también en busca de Alarcón.
Oliveira se lo ha llevado al hospital más cercano, así que tengo a los dos fuera de combate.
Y además, tenemos a un mercenario muerto, un crío rubio que no debería haber estado allí, y el otro se ha esfumado.
Pero lo peor no es eso, se puede imaginar…
—Lo malo es que el pájaro ha volado, ¿no? Ese Alarcón es cosa fina —concluyó Bermejo, girándose al fin.
—Exacto, ha dado en la diana. El secretario judicial ha escapado de allí aprovechando la distracción de mis hombres, y creen que se dirige hacia aquí.
He hablado con las autoridades locales y se ha activado una Operación Jaula que tal vez nos sirva para atraparle de una vez por todas.
Pero eso no es todo, creo que también se ha organizado otro dispositivo reforzado para ir al piso franco que ha estado vigilando.
Bermejo entornó los ojos, como si quisiera analizar esa estrategia.
—¿Van a entrar los GEO en el piso?
—No podemos andarnos con tonterías a estas alturas, no después de lo sucedido —afirmó Roncero con rotundidad, explicándole de paso a su amigo que la operación Nemo había sido todo un éxito y que debían acabar con toda la infraestructura de la organización mafiosa en la región.
—Vaya, no lo sabía. Bien por Palacios, eso ha sido cosa suya al organizarlo todo con tan poco margen de tiempo.
—Sí, le debemos una. Justo antes de encontrarnos he recibido una llamada de arriba, un viejo amigo que me ha sugerido que hay que terminar con todo esto hoy mismo, de la forma más discreta posible. Algo que me parece a mí que no estamos consiguiendo…
—No te referirás al ínclito de Mardones, ¿verdad?
—El mismo que viste y calza, el todopoderoso secretario de Estado. Al parecer, desde el ministerio del Interior siguen nuestras evoluciones con interés, nos encontramos en pleno ojo del huracán.
—¡Maldita sea, siempre igual! —exclamó Bermejo, cabreado—. Que vengan los trajeados aquí y se peguen con narcos, sicarios y mercenarios de todo tipo, a ver qué tal se les da.
—De ahí que ya vaya con todo; no voy a permitir más fallos, me ha dado carta blanca para actuar, asegurándome que nadie me iba a poner ninguna pega y ha cumplido su palabra, tengo a todo el mundo movilizado a mi orden, como si yo fuera el comandante en jefe de esta comarca.
De ahí que quiera sacar al Turco de ahí dentro y cortar por lo sano lo que tenga pensado hacer.
Si no lo logramos, puede que Ronda se convierta en el escenario de una guerra abierta, a cara de perro.
Y eso no lo podemos permitir, no quiero que nos saquen de nuevo en el telediario.
—Con tanta cháchara no he podido avisarte antes.
El Turco ya no está en el piso, querido Pablo —le informó Bermejo con voz gélida—.
Ha salido hace un rato, tal vez de cacería, si huele que la presa está cerca.
Él también sabrá que sus hombres han fallado en el cortijo, y si el idiota de Alarcón se dirige directo hacia la boca del lobo, él querrá aprovechar su ocasión.
Salieron del Parador y Roncero dudó un segundo.
Los operativos especiales no necesitaban su comparecencia para hacerse cargo del piso franco de la calle Armiñán, esos hombres sabían hacer su trabajo y además, por lo que contaba Bermejo, tal vez se encontraran con el inmueble vacío.
En caso contrario, eran perfectamente capaces de doblegar a cualquier esbirro que permaneciera en el piso, por lo que decidió encaminarse hacia otro lugar donde fueran más necesarios sus servicios mientras el resto de las unidades desplegadas en el centro histórico, tanto de Policía Local como de Guardia Civil, permanecían atentas a cualquier contingencia.
Ya le avisarían en caso de cruzarse con algo importante.
Ni siquiera se percataron de que habían llegado andando, casi por inercia dada la cercanía, a una de las zonas más visitadas y fotografiadas de la ciudad.
Roncero se apoyó en la barandilla de piedra, mirando hacia el Puente Nuevo, intentando sopesar los pros y contras de la situación.
Se encontraban en una encrucijada, y los siguientes pasos serían fundamentales en pos de lograr finiquitar las investigaciones en curso.
La luz de diciembre iluminaba el fondo del Tajo, donde el río Guadalevín todavía bajaba con fuerza, formando espectaculares cascadas gracias a las lluvias que la borrasca Efraín había dejado durante los días anteriores en la serranía.
Los dos amigos se quedaron un momento embobados, mirando al infinito, abrumados ante la belleza de una imagen de postal, con los sentidos centrados en el reflejo del sol en las caudalosas aguas y en el fragor de la cascada rebotando contra las rocas de la sima.
—No podemos fallar otra vez, Bermejo. Debemos capturar a Alarcón, recuperar el dinero y atrapar al Turco.
De poco nos serviría haber desmantelado la nave de Guadarranque con submarino incluido si no acabamos con los responsables de la organización.
Y, sobre todo, si no conseguimos relacionar sus trapicheos en el Estrecho con la muerte del juez Valcárcel y otros acontecimientos surgidos en los últimos días, que fue en principio los que nos trajo a Marbella.
—No te flageles, Pablo, tus chicos han hecho lo que han podido, dadas las circunstancias.
Por lo que me comentas, salvaron al secretario de una ejecución segura en la sierra, y ahora han impedido que lo capturen de nuevo, aunque hayan salido malparados.
Y el tipo este parece que tiene siete vidas, no sé cómo consigue librarse tantas veces. Joder, espera un momento…
Bermejo se quedó mirando su móvil, perplejo ante el mensaje que acababa de recibir.
—Vaya con el tipo que no había roto nunca un plato…
Palacios me dice que la unidad de Ciberdelincuencia tenía bajo vigilancia la dirección pública del juzgado.
No entiendo bien la explicación técnica, pero por lo visto, las criptomonedas ya no están en su jaula virtual.
La cadena de bloques acaba de registrar un movimiento de salida hace escasos minutos; los veinticinco millones han volado.
—Eso solo puede significar una cosa, que por fin Alarcón ha utilizado las palabras clave robadas del juzgado para escamotear el dinero y traspasarlo a una cuenta de su propiedad. Si la transacción se ha confirmado en la red, ya no hay marcha atrás, nos van a crucificar. Y ahora, ese tipo…