El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El cortijo de la discordia #4
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El cortijo de la discordia #4

Quitó la lona del vehículo y abrió la puerta.

Luego introdujo la llave en el contacto del Nissan.

Los años de indolencia le hicieron toser más de la cuenta al arrancar, pero tras insistir, logró lo inenarrable.

Aquel anticuado motor soltó un quejido agónico que le asustó, antes de rugir con un humo negro y denso que le supo a gloria.

Debía aprovechar la coyuntura, ya que la acción parecía desarrollarse en el patio delantero, por lo que le vendría de perlas para salir en dirección contraria.

Engranó la marcha atrás con poca pericia, maniobró con embrague y acelerador buscando el punto justo y el coche se encabritó.

Cuando lo tuvo más o menos dominado, pisó con fuerza y el Patrol salió disparado, rompiendo la puerta de madera desvencijada de aquel habitáculo para salir al exterior.

Cuando controló el potente cacharro, enfiló el camino de servicio que bordeaba la finca en dirección hacia el norte, oculto por la polvareda y el follaje de los alcornoques, en busca de su libertad.

Ignoraba hacia dónde se dirigía, pero tenía que alejarse de aquel lugar de muerte y destrucción, el mismo que le había proporcionado el mayor orgasmo de su vida al ver semejante cantidad de dinero reflejada en una pantalla azulada.

Solo sabía que la ciudad se encontraba allá delante, a tiro de piedra, y la imagen del famoso puente, el Tajo de Ronda, le atrajo con fuerza.

Quizá en el centro histórico, al abrigo de la multitud, podría ocultar su rastro antes de escapar para siempre, aunque el peso metafórico del Ledger en su posesión le provocara un mareo repentino.

Tras completar la transacción, el monedero del diablo se había convertido en una extensión de su propia vida.

Aunque sabía que el dinero estaba a salvo en la red y que él podría recuperarlo en cualquier rincón del mundo con las palabras que guardaba en su memoria, aquel dispositivo era ahora la prueba física de su pecado, el tótem que le vinculaba a la fortuna.

Si por un casual acababan por cazarlo las fuerzas del mal y él moría sin revelar el código de acceso o la frase semilla, el tesoro de la isla de Stevenson se hundiría también en un pozo digital eterno, un abismo insondable al que nadie podría acceder.

Ese insulso trozo de metal y plástico se convertiría así en su seguro de vida, pero también en su sentencia de muerte si caía en malas manos, todo al mismo tiempo.

La batalla había terminado con bajas, algo que nadie pudo impedir.

Andrade sufrió una especie de vahído por la pérdida de sangre y se sentó en un murete.

Se mantuvo allí, con la espalda apoyada en la pared de piedra mientras presionaba el vendaje improvisado que Milene acababa de colocarle sobre el hombro.

El dolor era un latido sordo que rompía el silencio repentino de la sierra, justo cuando su compañera comenzó a efectuar llamadas a diestro y siniestro, avisando a su jefe del resultado del operativo tras hablar con el servicio de emergencias.

La herida de bala no parecía de las peores, pero sabía que su compañera no permitiría que se moviera de allí hasta que lo examinaran los médicos.

—En unos minutos llegará la ambulancia; de esta creo que te vas a librar, sargento.

—Nos ha salido graciosa, la niña. ¿Y el otro mercenario? Creo que se ha escapado y yo aquí, impidiendo que cumplas con tu obligación. Hay que entrar a la casa, puede que el secretario siga escondido en su interior, si es que realmente vino aquí en algún momento.

Escucharon entonces un golpe seco muy fuerte y ambos se pusieron en tensión.

Segundos después, a lo lejos, divisaron algo extraño entre el espeso follaje de los alcornoques.

Parecía una densa columna de humo negro, algo que pudieron corroborar al distinguir en la lejanía el rugido de un motor viejo, el mismo que marcaba la trayectoria de una huida desesperada.

—¡Maldita sea! Creo que el secretario escapa —dijo Oliveira con la voz entrecortada.

Ambos se quedaron mirando un momento hacia el horizonte, con la vista fija en la polvareda que se alejaba hacia el norte, hacia las cornisas de Ronda. Y entonces, por el acceso situado más al este, llegaron también un par de patrullas de la Guardia Civil.

—A buenas horas… —mencionó Milene de pasada.

Andrade tardó todavía en responder, con las emociones a flor de piel.

Miró por última vez el cuerpo del joven de origen nórdico, un bulto inerte que empezaba a enfriarse bajo el sol de invierno, un daño colateral demasiado extremo para una investigación que se había ido enquistando por el camino.

Sintió entonces una punzada amarga de derrota, una sensación agridulce que nada tenía que ver con el daño provocado por la herida de bala.

Su misión era salvar vidas, pero a veces las cartas venían marcadas de antemano.

—Creo que ese tipo va hacia la ciudad. Que den el aviso a la compañía de Ronda y que bloqueen los accesos al casco histórico —ordenó finalmente Andrade, incorporándose con esfuerzo—.

Hay que cerrarle el paso porque creo que todavía lleva encima algo por lo que la gente está dispuesta a matar o morir.

Esto no ha acabado todavía, Oliveira, solo se traslada de escenario.