El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El cortijo de la discordia #3
86%

El cortijo de la discordia #3

Apenas detuvieron el coche en su precario estacionamiento junto a un cobertizo auxiliar, el silencio de la serranía se rompió en mil pedazos. Un destello fugaz salió de una esquina del cortijo y el parabrisas del coche estalló en multitud de peligrosas esquirlas.

—¡Cuerpo a tierra! —gritó Andrade, empujando a su compañera fuera del vehículo mientras él rodaba hacia una especie de zanja abierta en el camino anexo.

El tiroteo que prosiguió a continuación fue inmediato y caótico.

Las balas de los sicarios repicaban contra el chasis del coche, buscando provocar el mayor daño posible en sus adversarios.

Andrade vio entonces desde su posición como un tipo joven, no el hombre más experimentado con el que había cruzado miradas en los muelles de Puerto Banús, se asomaba de forma temeraria desde una columna del porche, dispuesto a vaciar su cargador.

—¡Milene, cuida tu flanco derecho! —Andrade se asomó a su vez desde su parapeto, disparando ráfagas cortas para dar cobertura a su compañera.

Andrade creyó encontrarse en medio de una película de acción, con las escenas sucediéndose a cámara lenta en el proyector particular de su mente, como si el director del film pretendiera dar mayor verosimilitud a una trama ya de por sí cruenta.

De hecho, el realismo fotográfico en sus pupilas se plasmaba en blanco y negro, en una sucesión de clips cuyo resultado final podía volverse en su contra si no andaba espabilado.

Su compañera no se arredró ante el fuego cruzado y salió al descubierto, corriendo hacia un muro de piedra situado unas decenas de metros más hacia la izquierda.

Su posición delicada se tornó en mucho más peligrosa cuando el segundo tirador, el hombre con más experiencia que lideraba aquella pareja de criminales, la fijó de un modo más profesional con su fuego de supresión.

Oliveira tuvo que repeler la agresión y contestar a su vez para que su contrincante no se sintiera tan seguro, pero entonces descuidó su otro costado.

El sargento de la UCO contempló con horror cómo el segundo sicario, el más joven, veía la oportunidad de sorprender a su compañera.

El chico saltó desde el porche y corrió hacia la posición de Oliveira con la intención de rematarla desde atrás, ya que ella se encontraba bastante ocupada respondiendo al otro tirador.

—¡Nooo! —rugió Andrade.

Se levantó, ignorando su situación expuesta, y disparó tres veces.

Sintió entonces un picotazo en el hombro, un mordisco caliente que le provocó ardores en la articulación.

No sabía si una bala le había rozado o impactado directamente en su hombro, pero no tenía tiempo de averiguarlo y continuó apretando el gatillo con fuego a discreción.

Se tomó un segundo de más para apuntar con mayor entereza, en busca de un único objetivo: salvar a Oliveira.

Instantes después comprobó el resultado de su último disparo cuando el joven mercenario salió despedido hacia atrás, cayendo de forma estrepitosa antes de que su cuerpo desmadejado golpeara el suelo de tierra como un muñeco de trapo.

Comprobó que Milene se encontraba sana y salva. De hecho, parecía que el otro tipo había escapado en el fragor de la batalla, ya que el sonido rítmico de las pistolas al disparar se había detenido de repente y no veían ni rastro del tirador por ninguna parte.

Andrade le hizo una señal a su compañera para que se acercara hasta su posición.

Mientras, él se aproximó hasta el lugar en el que había caído el criminal abatido para comprobar su estado.

Nada más llegar, Andrade se topó con los ojos abiertos del chico, fijos en el cielo de diciembre, con un rastro de pavor en sus pupilas al ser consciente de su inminente final.

Acababa de matar a un crío que se creía demasiado mayor, cuando aquella guerra le venía muy grande.

Un vacío amargo le llenó el estómago, provocándole náuseas mientras la bilis amenazaba con salírsele por la garganta.

Aquel trabajo era así y no había tenido otra opción, la vida de Milene se encontraba en peligro y él actuó conforme al manual.

Pero eso no impedía que el suboficial gallego se sintiera fatal al arrebatar de ese modo la vida de un hombre tan joven.

Diego Alarcón se encontraba en la fase definitiva del proceso digital cuando los ruidos externos le provocaron las últimas dudas.

La urgencia del momento no le permitía andarse con florituras al escuchar los primeros disparos, así que pulsó el botón de Enviar antes de arrepentirse de nuevo; el tiempo apremiaba.

El enfrentamiento en la parte exterior de la finca se intensificaba por momentos y los disparos efectuados tan cerca de la casa sonaban como cañonazos que rebotaban de una pared a otra.

El secretario judicial sintió esa curiosidad insana inherente a la raza humana y se asomó por una ventana para contemplar el caos.

Vio el cuerpo de un chico joven, aparentemente muerto en el suelo tras un enfrentamiento con los mismos guardias civiles que le habían salvado en la sierra.

Mientras tanto, otro tipo, un hombre rubio que se movía con soltura entre los muretes, huía en dirección contraria disparando sin cesar para cubrir sus pasos.

Aquel sainete de muerte en directo le recordó que su aventura no había terminado todavía.

El miedo le hizo recobrar la lucidez de una forma casi eléctrica justo en el mismo instante en el que un sonido fuera de lugar rompió la quietud del salón, con los muebles recubiertos de sábanas fantasmales como únicos testigos de su aparente triunfo.

El Ledger pitó de nuevo de forma estridente.

Operación realizada .

Solo le quedaba una cosa por hacer, salir de allí antes de que nadie se percatara de su ubicación.

Agarró el dispositivo y el portátil como si le fuera la vida en ello y los guardó a la carrera en su mochila.

Y entonces, una ráfaga de nostalgia pasada le arrancó una sonrisa al mostrarle la puerta de salida.

Había recordado que en el garaje del cortijo los tíos de Ángela guardaban un viejo Nissan Patrol de los años 90, un verdadero tanque ambulante que utilizaban cada vez menos, sobre todo para moverse entre las fincas vecinas o, como mucho, acercarse al pueblo.

Solo esperaba que ese armatoste continuara en su lugar y arrancara si quería escapar de allí antes de que le pillaran.

Corrió hacia el cobertizo inferior por una escalera interna, rezándole a un Dios en el que no creía desde hacía décadas.

El coche continuaba allí, impertérrito, sepultado bajo una lona llena de polvo asentado durante décadas.

Alarcón miró en derredor y descubrió la llave de contacto colgando de un clavo en la pared del garaje, una costumbre rural que le venía de perlas, antes de comprobar si el milagro se consumaba como en sus mejores sueños.