El cortijo de la discordia #2
Diego sostuvo el Ledger en alto con dedos temblorosos.
Aquel pequeño dispositivo, de poco más de cinco centímetros, se convertía en realidad en una caja fuerte digital que funcionaba al margen del mundo conectado.
Pero no todo iba a ser tan fácil. Si quería escamotear los veinticinco millones de euros custodiados en el juzgado, le quedaba un paso complicado que realizar antes de que se produjera ese milagro.
Y para ello, para regalarle una nueva identidad al monedero digital, debía utilizar las doce palabras clave de la frase semilla inicial.
Unas palabras que había memorizado como una oración impía, aparte de preservar su recuerdo escondiéndolas bajo el Pinsapo de las Escaleretas, anotadas en su libreta, junto a la nueva clave generada para su propia cuenta.
Abrió el portátil y ejecutó el software de gestión.
Sus dedos volaron sobre el teclado, introduciendo las doce palabras de la clave semilla del juzgado: Ancient , Year , Purpose ...
Necesitaba que el ordenador invocara esos fondos desde la blockchain para poder desviarlos a su propia cuenta. Había llegado el momento de la verdad.
Fue un proceso tenso y costoso, en el que puso especial cuidado para teclear todas las palabras correctamente y en el orden adecuado.
Al introducir la duodécima palabra, la pantalla parpadeó un instante antes de mostrar el inventario de la cartera judicial.
Diego no vio un número de cuenta corriente, sino el listado de activos que le habían quitado el sueño: 773 BTC y algo más de 10.
400 ETH. Justo debajo, el software calculaba la valoración total en tiempo real según el mercado de aquel 6 de diciembre: 25.
104.332 euros. La cifra bailaba ligeramente, cambiando arriba o abajo cada pocos segundos, como si el botín tuviera pulso propio.
—Ahora, mi parte —susurró Diego.
Abrió un pequeño archivo de texto que había guardado previamente en el escritorio del portátil al configurar su nuevo dispositivo en Nerja.
Allí estaba su propia dirección de destino, una hilera incomprensible de letras y números que empezaba por 0x…
La copió y pegó en el campo de Enviar. Se detuvo un segundo con el ceño fruncido, recalibrando las cifras en pantalla con una precisión obsesiva; no se permitiría ni un solo error en el desglose final antes de dar el salto.
Quedaban los últimos pasos técnicos. Conectó a continuación el Ledger al puerto USB del ordenador y el dispositivo le pidió el PIN de acceso.
Introdujo los cuatro dígitos que él mismo había elegido la noche anterior, una cifra que recordaría sin problema al coincidir con la clave de su tarjeta de crédito, y la pequeña pantalla cambió a un mensaje de espera. En el portátil, pulsó Enviar.
De repente, el Ledger cobró vida y el corazón le dio un vuelco.
En su minúscula pantalla apareció la orden: Confirm Transaction?
El aparato le pedía una última validación física, el momento final.
El cursor parpadeaba en el portátil y la batería bajó al catorce por ciento, no podía demorarlo más tiempo.
A pesar del sudor que le nublaba la vista, Diego repitió el proceso de validación con una frialdad mecánica que no sabía que poseía, confirmando las órdenes de envío en la pequeña pantalla.
Tenía la llave puesta, solo le quedaba girarla.
Si pulsaba los dos botones del Ledger ahora, el dinero dejaría de pertenecer al Estado para siempre y se convertiría en un auténtico ladrón internacional.
Cerró los ojos, suspiró y dudó un segundo. Entonces, el sonido de un tableteo que jamás podría olvidar, los gritos y el rumor de pasos en el exterior lo sacaron de su burbuja particular. Había alguien fuera, asediando la casa, justo en el momento más trascendental de su vida.
—¡Dios mío! ¿Qué hago?
La duda no podía paralizarle de nuevo a escasos segundos de que todo su mundo se desmoronara de nuevo. Así que inspiró aire con fuerza y…
Pocos minutos antes, dos sombras siniestras acechaban desde uno de los laterales del bosque de alcornoques, el lugar perfecto para acercarse sin ser vistos, aunque fuera a plena luz del día.
Hubieran preferido enfrentarse al operativo en plena noche, pero las circunstancias actuales mandaban y el tiempo corría en su contra.
La experiencia era un grado, pensó Davor, pero el peso de los años no le impidió moverse por el perímetro exterior de la casa con fluidez y elegancia natural.
Se comportaba como el depredador letal que no necesitaba comprobar con sus propios ojos la ubicación real del objetivo para saber dónde estaba su presa.
Solo quedaba el último paso para cazarle en su propia madriguera.
Habían dejado el coche a un kilómetro cuesta arriba, subiendo por el sendero pedregoso.
Se habían acercado después despacio, tomando precauciones, atentos ante cualquier movimiento extraño en el interior de la casa o en sus aledaños.
Necesitaban vigilar los movimientos de Alarcón, pero debían tener también en cuenta que ya les había sorprendido una vez la Guardia Civil, algo que no podría suceder de nuevo si querían salir con bien de esa misión.
Nico permanecía a su lado y por una vez pareció perder su aura, esa languidez teñida de frialdad con la que aparentaba caminar por la vida.
De hecho, Davor tuvo que advertirle en silencio, ya que escuchaba perfectamente el sonido de su respiración, demasiado fuerte para una misión encubierta.
Se fijó en que el muchacho apretaba con fuerza su pistola, con el seguro de su Glock ya quitado.
Davor lo detuvo con un gesto seco; debían andarse con ojo antes de actuar.
—Silencio —ordenó con un susurro gélido.
Davor escrutó la fachada con calma. Le pareció distinguir un resplandor trémulo a través de una de las ventanas principales, tal vez alguna vela o una lamparita atenuada.
No habían escuchado de momento ruido alguno, pero su olfato de cazador le dijo que aquella madriguera se encontraba ya ocupada.
Nico le señaló el lateral del patio, desde donde se divisaba uno de los flancos de una vieja furgoneta, tapada de cualquier manera con una manta raída.
Su instinto no le había fallado, Alarcón se encontraba en el interior de la casa y ellos iban a capturarlo con vida, o al menos a intentarlo.
Se preparó para rodear la casa por el flanco izquierdo, donde el porche de madera ofrecía cierta cobertura, para acercarse algo más al objetivo final.
Tenían que ver todavía cómo asaltar la edificación, que desde aquella posición les parecía casi inexpugnable.
Davor se devanaba los sesos en busca de la mejor solución, no querían armar un jaleo que alertara a los vecinos cercanos, cuando algo vino a importunarles.
El croata se llevó un dedo a los labios pidiéndole silencio a su compañero, sin que Nico se hubiera percatado del motivo de su desasosiego.
Y entonces, ambos escucharon con nitidez un sonido metálico procedente del camino de acceso y que se propagaba por el aire.
Aquello no era algo anecdótico, como el siseo del viento entre las ramas de los árboles o el caminar huidizo de algún animal, ni mucho menos.
Hubiera apostado su cuello a que se trataba del crujido de neumáticos deslizándose lentamente sobre la grava, mezclado con un roce de ramas contra metal pesado.
—Tenemos compañía, chaval —dijo Davor, desenfundando su arma con una calma que aterraba—. Prepárate, no nos pueden pillar otra vez por la espalda.
Nico asintió, mostrando en su rostro pálido los efectos del frío invernal a esas latitudes, mientras sus mejillas se coloreaban por la emoción del momento. El chico apretó su arma y acompañó en silencio a Davor, moviéndose de forma sincronizada entre las sombras de los muros perimetrales.
El coche en el que viajaban los componentes de la UCO avanzaba por el carril de tierra, a unos quinientos metros por debajo del cortijo, extremando las precauciones por lo que se pudieran encontrar al llegar.
Andrade manejaba el volante con serenidad, aunque tenía el antebrazo izquierdo entumecido por la tensión.
Oliveira, fijándose en el mapa digital desplegado en su móvil, señaló la estructura situada un poco más allá.
—Es ahí, no hay duda. Esa es la finca que nos ha indicado el capitán; habrá que proceder con cautela. Al parecer, ha hablado también con la compañía de Ronda y nos van a enviar refuerzos, espero que no entren aquí como un elefante en una cacharrería.
—De momento estamos nosotros solos, así que habrá que apañarse. ¿Crees que de verdad Alarcón está aquí escondido? —preguntó Andrade no demasiado convencido, aunque cumpliendo las órdenes dictadas por su superior.
—No lo sé, la verdad —replicó Oliveira—. Puede que el secretario ya haya llegado o que la pedrada del jefe no tenga ningún fundamento y este tipo se haya largado por otro lado. Habrá que averiguarlo, compañero.
—Vamos a entrar por el lateral del bosque situado allá arriba —informó Andrade—. Voy a apagar las luces y nos acercaremos con cuidado, no vaya a ser que los tipos de la sierra estén también por aquí y nos vean llegar desde lejos.
Continuaron el trayecto en un silencio solo roto por el crujido de la grava al transitar con los neumáticos sobre ese tipo de terrenos.
A Andrade le disgustó tener que atravesar una zona algo más boscosa, donde las ramas de algunos arbustos arañaron de forma sutil las puertas de su vehículo, incrementando de ese modo el ruido en torno a un acercamiento que no estaba siendo todo lo sigiloso que pretendían.
—Creo que podemos acercarnos por ahí —indicó Oliveira, señalando un lateral del cortijo—. No sabemos lo que podemos encontrarnos ahí dentro, así que mucho ojo.