El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El cortijo de la discordia
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El cortijo de la discordia

Había tardado más de lo previsto en salir de la sierra, maltrecho, aterido de frío y todavía temblando al rememorar las escenas en las que se vio a las puertas de la muerte, asediado por unos sicarios que le perseguían.

Si no llega a ser por la intervención milagrosa de aquellos guardias civiles, tal vez hubiera acabado con sus huesos enterrados, algo irónico si lo pensaba con calma, junto a la libreta que sepultó en las raíces del famoso pinsapo.

Así se hubieran ido juntos al infierno, sin que nadie hubiera podido nunca recuperar el dinero robado.

Después le costó ubicar la situación exacta del cortijo, que sabía que se alzaba en una ladera al sur de Ronda, cerca de la carretera de Algeciras.

Cuando por fin consiguió orientarse, comprobó que la aguja que indicaba el nivel de gasolina en el depósito se encontraba en las últimas, por lo que apuró sus opciones sin forzar demasiado el motor para llegar in extremis a su destino.

El edificio principal de la finca era una construcción de planta cuadrada que contaba con unos muros encalados hacía tiempo que habían empezado a amarillear por la desidia familiar.

Después se topó con un patio central que él recordaba muy hermoso en otros tiempos, repleto de flores en sus parterres, pero que ahora solo olía a estiércol pasado de fecha y no a las fragancias embriagadoras de las azaleas o el jazmín.

Diego detuvo la furgoneta, con el motor humeando tras el castigo sufrido, y decidió ocultarla a la vista de extraños, por lo que pudiera suceder.

Divisó en un lateral una especie de antiguo granero techado con uralita que podría servirle muy bien para sus fines.

Tapó el vehículo con una manta raída que encontró en una estantería y se dirigió hacia el interior de la casa, aunque no sabía si sería capaz de entrar.

Se detuvo un momento antes de continuar, asqueado por el olor que desprendía su cuerpo.

La mezcla de sudor rancio y tabaco que impregnaba la cabina de la furgoneta se había unido al hedor de su propio miedo, convirtiendo aquel viaje en un infierno de sensaciones.

Unos efluvios que se le habían pegado a la piel como una segunda capa de mugre que recubría toda su epidermis.

El resto del conjunto tampoco le ofrecía mayor consuelo, cuando fue consciente de sus movimientos torpes al bajarse del vehículo, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar en voz alta.

El costado le dolía horrores y ahora se percataba de la realidad.

Quizá se debiera a un golpe producido durante la huida, o fueran simplemente las punzadas de su cobardía las que se manifestaban de esa forma en su cuerpo.

Dejó atrás esos pensamientos y se concentró en lo que de verdad le preocupaba.

Recordaba su última visita a la finca, años atrás, cuando los tíos de su mujer aún no habían sido trasladados a la residencia, pero se encontraban de vacaciones y le pidieron a Ángela que fuera a echarle un vistazo a la casa.

Aquella tarde, ella había cogido la llave de una maceta de barro con forma de cabeza de león, un secreto familiar para emergencias que podría servirle si nada había cambiado en todo ese tiempo.

Tuvo suerte y encontró la maceta, medio destrozada, colgada de un gancho cerca de la puerta principal.

Introdujo sus dedos entre la tierra helada, buscando un imposible.

Se topó con las raíces secas de unos geranios echados a perder hasta que el frío metal de la llave rozó sus yemas.

Un alivio momentáneo le recorrió el espinazo, aun sabiendo que no se encontraba todavía a salvo.

De todos modos, llegado el caso, habría intentado acceder de algún otro modo a la casa sin llave de apertura, aunque los recios muros y las ventanas enrejadas le hubieran supuesto un problema casi imposible de solucionar.

Al entrar, el aire viciado y el frío húmedo le golpearon sin piedad en su pituitaria.

Se adentró en un salón que recordaba bastante recargado, decorado en un estilo rococó, algo muy pasado de moda ya en esa época de su juventud.

En ese momento, semejante detalle era lo menos importante, aunque su interior se hubiera convertido en un museo de ausencias inconfesables.

Se fijó en que la mayoría de los muebles se encontraban cubiertos con sábanas blancas que, bajo la escasa luz matinal que se filtraba por algunos huecos de las persianas, parecían fantasmas del pasado flotando en el ambiente.

Por lo demás, la casa se encontraba a oscuras, pero no pensaba subir los plomos.

Primero, porque era innecesario dada la claridad que iba en aumento con el paso de las horas.

Y segundo, porque no le apetecía que un antiguo contador inutilizado hiciera cualquier ruido delator que llamara demasiado la atención, recordando que tal vez se encendieran también todas las luces exteriores, demostrando a cualquiera que estuviera al acecho que alguien había entrado en la finca deshabitada y abandonada desde mucho tiempo atrás.

No recordaba bien lo que había pasado allí, y sintió no haber atendido más cuando su mujer le contaba los embrollos familiares al respecto.

Los tíos de Ángela no tenían descendencia propia, por lo que hubo problemas cuando decidieron recluirse en una residencia geriátrica en vez de meter una chica en casa que los ayudara durante sus últimos años.

Después, tras el fallecimiento de los dueños de la finca, todos los sobrinos acabaron enfrentados por una herencia sin testamento, con multitud de problemas y pleitos que acabaron por cansar a Ángela, que se desentendió de la trifulca familiar para siempre.

Al parecer, su primo mayor intentó venderla por su cuenta y todo acabó en una tremenda pelea, por lo que el matrimonio Alarcón prefirió inhibirse y olvidarse de una finca que acabó abandonada por todos, a merced de cualquier desaprensivo.

De todos modos, para poder orientarse mejor en la casa y no gastar la poca batería que le quedaba en el teléfono móvil, Diego encendió unas velas que encontró en la cocina y las colocó sobre la mesa del comedor, resguardándolas de las corrientes de aire para que no se apagara su llama.

Había llegado el momento de la verdad, ese punto exacto en el que pasaría de ser un hombre fugado y supuesto delincuente, a convertirse en un ladrón internacional en toda regla.

Una decisión complicada, llena de aristas, que no podía demorar más, a pesar de las terribles consecuencias que le podría acarrear su siguiente movimiento.

Había conseguido salir de su coche, empotrado en medio de la Sierra de las Nieves, cargando con la mochila en la que guardaba sus posesiones más preciadas.

Sacó el portátil y el Ledger de su interior, todavía sorprendido de su propia arrogancia al no pensar en los peligros, en los límites de lo desconocido que se aparecerían ante él en cuanto diera el paso.

Sus manos temblaban tanto que le iba a costar un mundo insertar el dispositivo USB en la ranura correspondiente.

—Solo un poco más, por favor —susurró de forma lastimera, con una voz que sonó extraña en el vacío de la estancia—. Unos sencillos pasos y seré un hombre libre para siempre. O alguien con una diana en la espalda hasta el fin de los tiempos.

Los remordimientos le asaltaron sin avisar y su mente se bifurcó pese a sus esfuerzos, mostrándole imágenes que prefería no haber visualizado antes de acometer su apuesta de futuro.

Recordó lo injusto que había sido con Ángela incluso en ese preciso momento, cuando se aprovechaba de su conocimiento sobre un inmueble familiar en su propio beneficio.

Ni siquiera la excusa de encontrarse en peligro, asediado por lobos hambrientos armados con pistolas, le sirvió para ahuyentar esa amarga sensación.

No podía volver atrás, pero lo poco que le quedaba de empatía se encargó de recordarle sus malas artes.

¿Y si su mujer se encontraba en esos precisos momentos detenida, declarando ante la policía?

Ni siquiera le daría tiempo a odiarle con todas sus fuerzas por abandonarla a su suerte, aterrada ante una situación para la que nadie se encontraba preparado.

Tantos años de sacrificios y sinsabores acababan de una manera que no sabría si podría recuperar, por mucho que dijeran que el dinero todo lo podía.

Reflexionó sobre una vida aburrida de la que nadie se preocupaba.

Tras años de indolencia, de precariedad, con trabajos como interino en puestos lejanos de su domicilio que ni siquiera le importaban lo más mínimo, se encontraba ahora en una posición inmejorable.

El funcionario gris que todos pisoteaban se había convertido en un cisne que podría volar muy lejos, gracias al fruto prohibido de un árbol al que jamás tendría que haberse arrimado.

¿Y si se entregaba a la policía? O a la misma Guardia Civil que había intervenido en su favor en medio de la Sierra de las Nieves. Tal vez podría colaborar con la justicia, llegar a algún tipo de acuerdo que no hundiera su vida y su reputación para siempre.

La decisión era complicada, pero al final se atrevió a cruzar el Rubicón.

La tenue claridad de una mañana despejada de diciembre se filtraba a duras penas entre las rendijas de las persianas de madera, proyectando ráfagas de luz sobre el suelo de terrazo.

Se fijó entonces en el brillo de la pantalla del ordenador, con apenas un quince por ciento de batería restante, la única fuente de luz que necesitaba en esos instantes.

Afuera, como si el tiempo se hubiera detenido, solo escuchaba el ulular del viento de la sierra, que castigaba los alcornocales antes de colarse también entre los recovecos de una casona cerrada desde hacía mucho tiempo.