El peso de la culpa
Sotogrande, a esa misma hora
Ni siquiera se atrevía a encender el móvil, que había dejado en modo avión para intentar conciliar el sueño en una madrugada para olvidar, con multitud de imágenes inconexas superponiéndose en su mente agitada.
Primero intentaría despejarse con una buena ducha caliente que le destensara los músculos, seguido de un café bien cargado para ayudarle a comenzar un nuevo día que se antojaba complicado.
El runrún que le roía la mente no tenía nada que ver con el miedo a lo desconocido, al peligro que conllevaba que alguien de la organización que había estado investigando hubiera adivinado la ubicación de su escondrijo.
Se quedó más tranquila al ver en lontananza, antes de acostarse, coches de policía patrullando cerca de su alojamiento.
Tal vez fuera cosa de Bermejo, que le enviaba a compañeros para custodiar la zona por si acaso.
O quizá se debiera a una mera casualidad, tampoco tenía modo de saberlo.
Lo que a esas horas no podía sospechar era que el antiguo inspector de la UDEV hubiera incumplido la promesa que sí le había realizado de palabra.
Con todos estos pensamientos en la cabeza, todavía con el pijama puesto y una batita ligera que había incluido en su equipaje, Miriam se atrevió a subir por fin la persiana del ventanal principal, retirar la cortina y asomarse al exterior.
Sosteniendo todavía en la mano la taza de café que ya se había enfriado, la periodista se quedó mirando el horizonte desde su alojamiento en Sotogrande, un complejo vacacional de alto standing que ahora se encontraba ocupado muy por debajo de su capacidad en temporada alta.
Desde allí disfrutaba de unas privilegiadas vistas sobre el mar Mediterráneo, un paisaje que debería relajar al más estresado.
La ilusión óptica parecía convertirlo en una enorme balsa de aceite, de un azul tan intenso que costaba mirarlo fijamente para no salir cegado por su belleza.
Una mañana radiante bajo el sol tempranero de un mes de diciembre en Andalucía que no terminaba de apreciar en su justa medida, como si la brisa marina que envolvía aquel entorno privilegiado se volviera densa de repente, provocando vaivenes en una presión atmosférica que amenazaba con colapsar sus pulmones.
Se sorprendió a sí misma mordiéndose con saña la cutícula del pulgar, un hábito que creía haber desterrado años atrás, cuando aún era una joven que soñaba con escapar de una vida anodina.
Ahora lo tenía todo al alcance de la mano y, sin embargo, nunca encontraba ese poso de sabiduría que le hiciera darse cuenta de la suerte que había tenido en la vida.
Con un ligero temblor en las manos, recogió su móvil dispuesta a cumplir su palabra.
No le apetecía nada discutir con Pablo, pero su pareja se merecía una explicación.
Cada uno era independiente y procuraban no meterse en el trabajo del otro, pero a veces la realidad te superaba y era tiempo de claudicar.
Sin embargo, ni siquiera pudo preparar su alegato inicial para llamarle, ya que al desactivar el modo avión recibió varios mensajes del oficial de la UCO, al parecer bastante enfadado.
En ellos le aseguraba que ya sabía lo que había pasado, y no precisamente gracias a ella, sino a la información proporcionada por su amigo Bermejo en el seno de un operativo por organizar.
Pablo intentó no culpabilizar a Bermejo por haberla fallado, justificándose en que corría peligro y creyó que así velaría mejor por su integridad.
A Miriam tampoco le convencieron sus explicaciones, pero bastante tenía con saber que había metido la pata hasta el fondo y la bronca sería de campeonato.
—No me quiero enfadar ahora, ya hablaremos —añadió Roncero como último mensaje—.
Como no te quiero despertar tan temprano y voy a estar muy ocupado a lo largo de esta mañana, mejor hablamos luego, cuando haya acabado esto.
Queremos pillar a toda esta gente con las manos en la masa, a ver si somos capaces.
Y pórtate bien, por favor, quédate ahí encerrada hasta nueva orden. Un beso. Ciao .
Entendía que Pablo quisiera relativizar la situación, y más por escrito en un simple mensaje, justo antes de embarcarse en una misión de la que desconocía su grado de peligrosidad.
No le gustaba cabrearle, por lo que suspiró aliviada al ver que se despedía de ella de forma cariñosa, dispuesto a centrarse en su objetivo inmediato a partir de ese momento.
Ignoraba si se encontraba en esos momentos con Bermejo, persiguiendo y capturando al dichoso Turco u organizando algún tipo de operativo sobre la base logística de Guadarranque.
Desde primera hora se escuchaba jaleo en la zona, con coches de la Guardia Civil pasando por allí a toda velocidad.
Podía deberse al comienzo de una redada que ella había provocado, un detalle que todavía no sabía bien cómo procesar, si orgullosa por su contribución a la seguridad ciudadana o preocupada por destapar las miserias de una organización clandestina en el Estrecho.
Ese cambio sustancial en el entorno se notaba también en el ambiente, en la forma con la que los vigilantes de la garita de entrada a la urbanización se movían con más nerviosismo de lo habitual y, sobre todo, en el inusual despliegue policial que cada vez se ampliaba más.
De hecho, a lo lejos había divisado varias patrullas dirigiéndose por dentro hacia La Alcaidesa y también otro convoy camino de la A-7, en dirección San Roque, Algeciras o Guadarranque.
Rezó para que ni Pablo ni Bermejo tuvieran problemas o se vieran involucrados en ningún enfrentamiento armado en medio de las operaciones en marcha. De todos modos, incapaz de estarse quieta, intentó localizar a Roncero en su móvil, pero la línea se encontraba ocupada.
—Ten cuidado, Pablo, te lo pido por favor —susurró contra el cristal.
Su cerebro iba a toda velocidad y los nervios amenazaban con apoderarse de todo su organismo, por lo que intentó mantenerse entretenida con algo productivo.
Sabía que de momento no podría publicar nada, pero ella tenía una investigación en marcha y mucho que transcribir.
Había llegado casi hasta el final al descubrir la guarida logística de una peligrosa organización, y ahora solo le quedaba dar la puntilla periodística mientras las autoridades le daban la policial y judicial, derrotando por completo, o al menos eso esperaba, a la Red del Estrecho.
Sacó el portátil de su maletín, rebuscó entre sus apuntes y anotaciones diversas y se dispuso a escribir, plasmando negro sobre blanco las ideas principales de lo que sería un reportaje en toda regla.
Se debía a los que le habían encargado el proyecto, a sus lectores y al resto de la ciudadanía.
De ese modo podría mantener la mente ocupada, al menos hasta que pudiera hablar con Pablo.
Solo esperaba que, esa vez al menos, recibiera únicamente buenas noticias. No estaba preparada para más sustos, aunque ella se hubiera ganado más de un reproche por meterse sin ayuda dónde nadie le había mandado.
Se sentó en el lujoso sofá y cerró los ojos, intentando ignorar el zumbido de un helicóptero que, a lo lejos, parecía sobrevolar la línea de la costa.
Puso la mente en blanco y comenzó a teclear compulsivamente, en busca de un mantra que la mantuviera anclada a la realidad, al menos hasta que alguien fuera a sacarla de su ensimismamiento creativo.
LA RED DEL ESTRECHO, por Miriam Monfort.
Todo comenzó del modo más…