El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Operación Nemo
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Operación Nemo

Tras la conversación con Bermejo de la noche anterior, no perdió un instante y puso un operativo en marcha, gracias a la buena disposición del comisario Calderón, desde su sede en Algeciras y la Comandancia de la Guardia Civil en Cádiz, desde donde habían enviado también efectivos por si se desmandaba la situación en un entorno tan complicado como el del Campo de Gibraltar.

Sabían que el Turco había abandonado su guarida de La Alcaidesa, pero no les importaba, ya que lo tenían localizado.

El dato revelador sobre dicho inmueble les había pillado en fuera de juego, pero gracias a la información de Bermejo todo tuvo sentido y la operación comenzó a fraguarse a mayor velocidad.

Calderón escuchó atento las explicaciones de Palacios esa misma noche, asegurándole que montarían el dispositivo para primera hora de la mañana, cuando pudieran pillar al máximo de integrantes de la organización trabajando en la nave de Guadarranque, dispuestos a desmontar la estructura logística de aquella mafia del Estrecho.

Calderón habló esa noche con el responsable de la comandancia gaditana para mantenerse también coordinados con la Guardia Civil.

Mejor tener todos los flancos cubiertos.

Lo que Palacios no sabía en esos momentos era que a la mañana siguiente, la unidad de la UCO desplegada en Marbella también dispondría de todos los datos.

Enseguida unieron los puntos y los diferentes responsables policiales llegaron a la misma conclusión: todos los crímenes y ciertos movimientos sospechosos ocurridos durante los últimos días relacionados con las rutas del Estrecho de Gibraltar, desde Algeciras hasta Marbella, parecían tener un nexo común.

Y esa mafia internacional, culpable de tantos delitos, era sobre la que había que poner toda la carne en el asador para acabar cuanto antes con su influencia perniciosa sobre los negocios locales.

El comisario Calderón acababa de confirmarle por teléfono que la redada había sido un éxito completo, castigando sin piedad el músculo financiero de la red en el Estrecho.

—Lo tenemos, Palacios —le había dicho el comisario con un tono de alivio—.

Hemos pillado al contable con las manos en la masa, el tipo que maneja la documentación y los movimientos financieros del grupo mafioso.

Se trata de un ejecutivo local, un tal Ezequiel Molina, al que llamaban de modo rimbombante el Facilitador en el seno de la organización.

Tiene miedo de sus jefes, pero se ha mostrado dispuesto a colaborar con nosotros si se le garantiza inmunidad y seguridad para él y su familia.

—¡Menudo pájaro! —exclamó Palacios—. Seguro que cantará la Traviata si hace falta con tal de librarse del talego. ¿Y no habéis encontrado nada más de interés en esa nave?

—Sí, claro, allí estaba la joya de la corona, nunca habíamos visto algo así.

La información era de primera, compañero.

El sumergible estaba casi a punto, y lo que había en aquellas cajas con los códigos QR no era mercancía corriente.

Creemos que es tecnología punta de telecomunicaciones, quizá de uso militar, los técnicos están todavía estudiándolo sobre el terreno.

Y, por supuesto, hemos detenido a más de una docena de hombres, entre operarios de bajo rango, técnicos y guardaespaldas armados.

De droga no ha sido la incautación más grande de nuestra historia, tampoco de dinero en metálico, pero no andaban descalzos en esta ocasión.

Todavía les quedaban por mover cien kilos de cocaína pura y guardaban unos trescientos mil euros en metálico, repartidos en dólares, euros y otras monedas.

Una victoria en toda regla, vamos a salir en todos los telediarios, ya lo verás.

—¡Me alegra saberlo! Pero mantened de momento un perfil discreto, por lo menos hasta que la operación que se está desarrollando en Ronda llegue a su fin. No queremos que el resto de los implicados se vayan de rositas, al menos los que operan en nuestro territorio.

Nacho repasó las fotos que le llegaban por canal seguro.

La dichosa nave de Guadarranque no se asemejaba a otros almacenes de droga que había visto en el pasado, convertida más bien en el centro logístico de una multinacional del crimen.

Por no hablar del sumergible, un transporte de alta gama capaz de burlar a los equipos de vigilancia aduanera, o los equipos de telecomunicaciones cifradas incautados, diseñados para algún tipo de operación clandestina todavía por esclarecer.

Palacios se quedó un momento parado, pensando en las posibles ramificaciones de todo lo descubierto hasta ese momento.

Intentó unir mentalmente los hilos invisibles que relacionaban todas las tramas que convergían en esa parte de Andalucía.

Comenzó a atar cabos y elaboró una idea primigenia que tendría que estudiar con más calma.

Algo que podría sonar plausible, aunque todavía no estuviera confirmado del todo.

Con la incautación inicial de aquellos veinticinco millones de euros en criptomonedas habían dado un golpe mortal a la infraestructura de la organización.

Y eso fue el detonante inicial, la llama que prendió la mecha y ocasionó una reacción en cadena.

Pero solo ahora comenzaba a ser capaz de ver todo el conjunto en su globalidad.

¿Y si aquellos millones en activos digitales, los mismos que le costaron la vida al juez Valcárcel en su casa de Mijas, no fueran solo parte del inmovilizado de una gran corporación?

Palacios comprendió entonces que podían convertirse en algo más que un simple botín de guerra, una incautación física de algo que iba mucho más allá, rompiendo el eslabón más débil.

Les quedaba mucha documentación por procesar, pero había comenzado a comprender el alcance de aquella macrooperación.

Los registros de Molina así lo corroboraban, esas criptomonedas incautadas eran parte fundamental del capital operativo de la red, el cash necesario para los movimientos más inmediatos.

Sin ese dinero, tal vez tuvieran problemas para pagar a alguno de sus socios internacionales, seguramente países sudamericanos situados al otro lado del Atlántico que servían de proveedores naturales, sobre todo para las grandes remesas de cocaína llegadas a la península ibérica.

«¡Claro, de ahí el nerviosismo del Turco!

», pensó Palacios, analizando la información de la que disponían y los datos facilitados por Bermejo desde la noche anterior.

Si el policía corrupto reconvertido en criminal, el ínclito Manuel Aranda, era el hombre fuerte de la organización en el Estrecho, aquella serie de varapalos policiales y judiciales le estaban dejando al borde del abismo.

Eso explicaba la urgencia de sus movimientos y las chapuzas cometidas por los sicarios encargados de la tarea, ya que él parecía no querer mancharse las manos.

Tal vez Alarcón se había convertido en la llave mágica para desbloquear todas las operaciones en marcha, si el Turco se encontraba en bancarrota técnica frente a sus socios locales si no lograba recuperar ese dinero.

De ahí que fuera fundamental para todos los actores involucrados en la trama averiguar si el secretario judicial, esa mosquita muerta que parecía no haber roto un plato en su vida, se había hecho o no con el ansiado tesoro, ya fuera depositando las criptomonedas en un dispositivo portátil o conservando en su poder las palabras mágicas, esa frase semilla que permitiría a cualquiera que supiera acceder a una aplicación de blockchain obtener la gloria inmediata en forma de monedas virtuales de oro de 24 quilates.

Ya podían tener la mejor infraestructura técnica y logística, como aquel submarino indetectable varado en Guadarranque, que si no tenían efectivo para pagar la carga, todo su castillo de naipes se desmoronaría de un soplido.

Daba igual que los jefes de la organización, los mismos que andaban escondidos en Ámsterdam o Dubái, tuvieran tantos millones en petrodólares como granos de arena hay en el desierto, más que de sobra para cubrir cualquier pérdida derivada de una mala operación o una incautación policial.

Si el Turco no demostraba que se había convertido en un valor firme, alguien en quien confiar, el hombre de hierro que sabía hacer frente a las adversidades, todo se iría al garete.

Y ellos estaban a punto de darle la puntilla a la Red del Estrecho, con ayuda de todos los agentes de la autoridad involucrados en tan gigantesca trama.

Tenía que hablar con Bermejo lo antes posible, no podían fallar en el momento más inoportuno.

—Maldita sea, Paco, cógelo de una vez —masculló Nacho, marcando por quinta vez el número del veterano investigador.

Palacios había abandonado la calle muchos años atrás, esas patrullas peligrosas en las que se jugaba el tipo en cada salida.

Prefirió la seguridad de su puesto de mando como jefe de la unidad de ciberdelincuencia de Málaga, algo que sus seres queridos también le agradecían.

Pero, por otro lado, se frustraba en algunas ocasiones, como en esa dichosa mañana de diciembre, cuando se encontraba atado de pies y manos, sin poder contactar con los realmente desplegados sobre el terreno.

Solo esperaba no llegar tarde por una simple llamada de teléfono.

El Turco estaba herido de muerte, y los animales salvajes se volvían impredecibles y peligrosos en esas situaciones.

Quería advertirle a Bermejo de que, tal vez, Aranda no estaba preocupado por su comisión, porque se jugaba algo mucho más importante.

No era descartable imaginar que fuera su vida la que se encontraba en riesgo, sobre todo si no recuperaba los activos digitales, momento que tanto sus jefes como sus proveedores podrían aprovechar para ajustarle las cuentas.

Si se jugaba el cuello por su incompetencia y se encontraba de frente con el operativo montado en Ronda, podía reaccionar de cualquier manera.

Y un tipo acorralado de esa forma se convertía en diez veces más peligroso, de ahí que hubiera que extremar las precauciones.

Pero el teléfono del antiguo inspector seguía comunicando, algo que terminó por soliviantar el ánimo de Palacios, que se las prometía tan felices unos minutos atrás.

No fue consciente de que Bermejo se encontraba en ese mismo momento en línea directa con Roncero, el oficial de la UCO, coordinando el seguimiento del Turco en las entrañas de Ronda.

Un cruce de líneas que podía desembocar en una catástrofe, una maraña de comunicaciones que debía desentrañar por el bien de la misión.

Palacios era pesimista por naturaleza, y por eso quiso buscar una solución inmediata.

Nunca se podría perdonar que por su falta de gestión, sobre todo a la hora de facilitar a los afectados una información importante que podía cambiar el enfoque del operativo organizado, alguien resultara malherido por un error en la planificación.

Se frotó la cara con frustración, sin moverse de la mesa y observando el mapa de la provincia de Málaga.

Para el Ministerio del Interior y toda su plana mayor, la Operación Nemo se convertiría en el gran titular de la semana.

Pero para él, solo sería el preludio de un desastre si no lograba contactar con Bermejo a tiempo o con los efectivos desplegados.

Ya fuera él, la Guardia Civil o quien llegara a interceptarle primero, debían conseguir que el secretario judicial se rindiera antes de que el Turco supiera que ya no tenía nada que perder.

Incapaz de comunicarse con el inspector para que le hiciera de puente, Palacios empezó a telefonear como un loco a la central de datos, buscando a alguien que le facilitara por otra vía el contacto del capitán Roncero. El tiempo se agotaba y todavía no estaba todo el pescado vendido.