El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un seguimiento como los de antes #4
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Un seguimiento como los de antes #4

En su interior aguardaba un ordenador portátil de última generación y otros dispositivos menos convencionales.

No se fiaba de la conexión local, así que tuvo que pedir el mejor equipo posible.

En Ronda, las paredes de un metro de espesor podían ser muy buenas para proteger secretos, pero no confiaba en la conexión de fibra del edificio.

Además, ese tipo de estructura conectiva sabía bien que podía ser cortada, monitorizada o hackeada por la policía o cualquiera de sus múltiples enemigos.

Extrajo del maletín reforzado una antena plana muy discreta, apenas del tamaño de un ordenador portátil, y la situó en el alféizar de la ventana que apuntaba al cielo despejado de la serranía.

Se trataba de un terminal de comunicación satelital de alta velocidad, configurado para saltar a través de una constelación de satélites de órbita baja, lo que le garantizaba una conexión encriptada de punto a punto imposible de triangular por las autoridades locales.

La manera más segura de efectuar movimientos en Internet sin que nadie se inmiscuyera en sus asuntos.

En cuestión de segundos, el dispositivo estableció un túnel VPN, una red privada virtual con un servidor seguro situado en el extranjero.

Si alguien monitorizaba esa señal, se encontraría con que el rastro digital se difuminaba a ojos vista.

La conexión no parecería realizada desde una casa señorial de Ronda, sino que se convertiría en una señal inequívoca de conectividad realizada desde una dirección IP fantasma en el centro de Europa.

De ese modo, con un canal seguro conectado directamente con Dubái y estabilizado al cien por cien, solo restaba que el invitado especial apareciera para dar comienzo al acto final de la función.

El Turco se sirvió un vaso de agua mineral y se quedó de pie frente al ventanal que daba a una de las esquinas de la cornisa del Tajo de Ronda.

No estaban situados justo encima del abismo, pero aun así la vista desde allí era pavorosa.

Solo había que imaginarse una caída libre hacia el curso erosionado del Guadalevín para sentirse pequeño e insignificante.

Uno de sus dispositivos especiales vibró sobre la mesa.

No se trataba de una llamada entrante, más bien parecía una simple notificación, un mensaje de los hombres que no habían podido completar la tarea en la sierra, fallándole una vez más.

Al parecer, los sicarios le enviaban las coordenadas GPS exactas del punto en el que habían perdido a Alarcón, mientras ellos aceleraban hacia el lugar de encuentro en Ronda.

El Turco las introdujo en su mapa digital y estudió el entorno.

El punto rojo parpadeaba en mitad de una mancha decolorada de pinsapos y rocas.

—Espero que hayas podido salir de ahí, cabronazo. Te estamos esperando con los brazos abiertos, ven con papá —murmuró Aranda para sí mismo, observando la posible trayectoria que unía ese punto con la periferia de Ronda.

Quizá alguien que no le conociera lo suficiente pensaría que se creía demasiado listo, pero Aranda no había perdido por el camino una especie de sexto sentido que desarrolló en la policía, cualidad que intentó alimentar y potenciar en su nueva actividad, una carrera delictiva de la que no se arrepentía lo más mínimo.

No tenía estudios de psicología ni nada parecido, pero casi siempre era capaz de meterse en la mente de sus adversarios, como en esta ocasión.

De hecho, no tenía ninguna duda. Sabía exactamente lo que estaba pasando por la cabeza del secretario, ese miedo cerval que le llevaría a seguir cometiendo errores en su alocado plan.

Y para ello había que tener también en cuenta un patrón geográfico.

No se imaginaba a Alarcón regresando a la costa o a su alojamiento en Nerja, donde ya le habían asustado lo suficiente, ni por supuesto asomar su fea cara por los alrededores de Marbella.

Tampoco lo veía, al menos de momento, intentando escapar hacia Sevilla, Lisboa o Madrid.

Y en esa situación, el único sitio cercano en el que podría refugiarse, el único lugar en el que podía pensar que estaba a salvo, se encontraba muy cerca de allí: la finca de los tíos de su esposa.

Haber cruzado los datos patrimoniales de la familia política de Alarcón a través de sus viejos contactos en el Registro de la Propiedad había sido un juego de niños en cuanto el funcionario se convirtió en un estorbo.

El ser humano suele volver a lugares donde se siente seguro, sobre todo si piensa que el mundo se le está echando encima o siente el agobio y el miedo adueñándose de sus actos.

Pan comido, allí estarían ellos para recibirle como se merecía.

Con la suficiencia de la razón prendida en su rostro, decidió abrir en su equipo una aplicación especial de mensajería cifrada.

El icono de un halcón dorado indicaba que el canal abierto con el equipo de soporte situado en el Golfo se encontraba totalmente preparado, listo para recibir instrucciones.

Envió un mensaje sucinto a los técnicos allí desplegados para que estuvieran preparados ante cualquier eventualidad.

Esperaba recuperar los activos digitales en las siguientes horas, a tiempo de efectuar la transferencia directa a Dubái antes de que se cumpliera el plazo previsto.

El Turco depositó el vaso sobre la mesa sin preocuparse por el cerco de humedad que dejaba sobre la madera noble.

Ese piso franco podría servirle en un futuro para algunas de las ideas que tenía en mente.

Tal vez, gracias a sus buenos contactos en registros y notarías malagueñas, podría aprovechar algún descuido del Facilitador o de sus jefes, poco atentos a la gran cantidad de propiedades que poseían en toda España, para poner a su nombre el inmueble sin armar mucho jaleo.

Una manera de cobrarse de algún modo los muchos sacrificios realizados en los últimos tiempos por un proyecto de expansión empresarial que parecía sumido en un mar de problemas.

Y eso que a él no le importaba la historia de aquella casa ni mucho menos la de la ciudad en la que se encontraba.

Solo eran negocios, nada más. Para el Turco, Ronda solo era un tablero de ajedrez con un relieve complicado.

Y él, la mano que controlaba los movimientos de todos los actores involucrados en una partida real en la que no todas las piezas acabarían de pie.

Sus hombres llegarían a la gasolinera de la entrada en pocos minutos, era hora de ponerse en marcha.

No debería ser demasiado complicado. Si conseguían mantenerse lejos de las autoridades durante un período suficiente de tiempo, estarían más cerca de su objetivo.

Solo tenían que posicionarse en los accesos a la finca y esperar al secretario.

Si lograban cuadrar los tiempos y Alarcón aparecía por allí en el momento adecuado, quizá derrotado, sangrando y agotado por el esfuerzo realizado, todos los sacrificios habrían merecido la pena.

Una vez en esa tesitura, el proceso sería rápido si Alarcón cooperaba desde el principio.

Si decidía ponerse sentimental con un dinero que no le pertenecía o buscaba la manera de joderle, el Turco no se andaría con tonterías.

Podría elegir dos tipos de salidas: entregarle el dinero, o probar el vértigo que se sentía al volar desde lo alto del acantilado más famoso de Ronda.

De cualquier manera, Aranda se aseguró de que el cargador de su pistola estuviera completo, por lo que pudiera suceder. No pensaba permitir que un funcionario del juzgado le hiciera perder más tiempo del estrictamente necesario, ya había tenido demasiada paciencia con ese idiota.

En el silencio de la casa, a punto de salir a recibir a sus hombres, el Turco se paró un instante, buscando una señal.

Solo se escuchaba el zumbido del ventilador del portátil y el hormigueo del equipo satelital, algo que no terminó de contentarle.

Hasta que a lo lejos, como caído del cielo, escuchó el tañido de una campana, tal vez la de la iglesia de Santa María.

Se santiguó a la carrera, contento ante la señal recibida. Había llegado el momento supremo, la caza estaba a punto de terminar.