Un seguimiento como los de antes #3
El Turco aceleró ligeramente, había llegado su hora.
El Range Rover respondió con un rugido sordo, ganando velocidad en el tramo final del puerto.
Al fondo, la silueta inconfundible de Ronda empezaba a recortarse contra el cielo.
Una ciudad construida sobre un abismo que le aterraba y fascinaba a partes iguales, una metáfora de la vida en la que se había instalado desde hacía tiempo, siempre al borde del precipicio.
El escenario perfecto para que alguien como Diego Alarcón comprendiera de una vez las consecuencias de sus actos.
En el retrovisor, Aranda vio un coche gris a lo lejos, una mancha metálica que mantenía una distancia prudencial, como muchos otros vehículos en la carretera.
No le dio importancia, estaba ya con la mente en otro sitio.
En ese trayecto, a esa hora, todos los viajeros parecían sombras persiguiendo el mismo sol.
Y él pretendía llegar el primero a la meta y cruzarla como el único vencedor.
Hacía muchos años que no visitaba esa ciudad, pero Bermejo debía reconocer que, para cualquier turista o visitante, la primera impresión al adentrarse en Ronda era la de una sorpresa muy agradable.
Y no es que en ese momento pudiera solazarse mucho con las vistas, con esa estampa romántica de los poetas al recorrer un laberinto de piedra blanca y calles traicioneras por doquier.
En su caso, se encontraba allí por un buen motivo, así que debía aplicarse a la tarea y olvidarse de los paisajes de postal.
El Range Rover negro del Turco redujo la velocidad al entrar en el casco urbano empedrado, moviéndose con la parsimonia de un depredador que conocía bien su territorio y acechaba a sus víctimas desde su balcón de seguridad.
Bermejo, situado a tres coches de distancia, sentía el sudor frío resbalándole por la nuca, aun encontrándose en pleno diciembre.
Le llamó la atención el tráfico caótico de aquella mañana, pero recordó que Ronda era también una ciudad turística, repleta de visitantes con motivo del puente festivo.
Así que tuvo que esquivar furgonetas de reparto que bloqueaban las esquinas o turistas despistados que cruzaban sin mirar.
Un caos circulatorio que se convertía a la vez en su mejor aliado y su peor pesadilla para conducir.
—Ya estamos en la ciudad, Pablo —dijo Bermejo al manos libres—.
El Turco ha entrado por el sur, dejando atrás el barrio de San Francisco, o eso me ha parecido leer en las indicaciones.
Se está metiendo en la zona vieja, creo que vamos por la avenida principal.
Estoy viendo también a mi izquierda una especie de castillo muy bien conservado, esta zona me suena de hace años que la visité.
Lo voy a tener complicado para seguirle, esto es un laberinto.
Y como se meta por las callejuelas que dan al Tajo, a ver qué hago con el coche y cómo evito que me pille persiguiéndole.
—Tenga mucho cuidado, inspector —Roncero sonaba algo tenso—.
No sabemos si tiene gente esperándolo en algún piso franco o cuáles serán sus próximos movimientos.
He contactado con la Compañía de Ronda, pero todavía no se han puesto en marcha.
Andrade y Oliveira vienen de camino, yo llegaré también en unos diez minutos.
—Tranquilo, chaval, no es mi primer seguimiento.
Pero agradezco tu preocupación —respondió Bermejo, socarrón—.
Voy a buscar un hueco antes de que me muerda, no voy a pecar de pardillo a estas alturas.
No sé si estaréis haciendo alguna troncha alrededor de la finca de marras, pero aquí dentro también necesitaríamos gente para tener localizado al Turco.
E imagino que se reunirá además con sus hombres en la zona si estos han salido escaldados por los tuyos en la sierra.
—Estamos en ello, no se preocupe. Manténgame informado de cualquier novedad. Cambio y corto.
El Range Rover giró poco después a la izquierda, marcando el viraje con un destello rápido del intermitente antes de adentrarse en una calle donde las paredes de piedra parecían llevar siglos tostándose al sol.
El Turco había dejado la avenida principal, perdiéndose en ese entramado de callejuelas que Bermejo tanto temía atravesar.
Estaba a punto de ser cazado, necesitaba un pequeño golpe de fortuna para que no le descubrieran o perdiera definitivamente a su presa.
Entonces vio su oportunidad y la aprovechó con un maniobra demasiado brusca.
Una furgoneta dejaba un hueco junto a una tienda de marroquinería y él ocupó su lugar sin hacer caso de los bocinazos de otros conductores.
Solo esperaba que Aranda no se hubiera percatado de su movimiento antes de perseguirle a pie, rezando porque su destino final se encontrara en las inmediaciones.
Apagó el motor y, antes de que el silencio inundara el habitáculo, giró el torso hacia la derecha, tapando con su corpachón la visión de cualquiera que quisiera mirar por su ventana.
Abrió la guantera con rapidez y sacó su vieja Beretta, la misma que le había sacado de más de un apuro en el pasado.
Antes de abandonar el vehículo comprobó el cargador por puro instinto y se la acomodó en la cintura, ocultándola con la chaqueta ligera que le cubría del relente y le servía también de camuflaje.
Al salir del coche, el aire de Ronda le golpeó en la cara con un aroma a leña y humedad de montaña, un ambiente diferente al de la cercana costa.
Caminó con paso rápido pero sin querer llamar la atención, ese andar de persona despreocupada que contemplaba escaparates cuando en realidad andaba fijándose en posibles entradas y salidas para un operativo policial.
Por fin había tenido algo de fortuna, su objetivo se encontraba a escasos metros, en la acera de enfrente, algo más adelantado en la misma calle.
Aunque al final torcieron en la siguiente esquina, pudo atisbar desde su posición como el Turco detenía el Range Rover frente a un portón de madera tachonada de hierro.
Al parecer, se trataba del garaje privado de una casa señorial con solera.
El delincuente no tuvo que esperar mucho.
El portón se abrió de forma automática y al todoterreno se lo tragó la oscuridad del interior antes de que la enorme cancela volviera a cerrarse con un chasquido metálico.
Bermejo se detuvo frente a un puesto de recuerdos turísticos, fingiendo interés por una postal del Puente Nuevo.
—Se ha encerrado en una casa de seguridad, Pablo —dijo por el auricular oculto en su oreja que mantenía comunicación directa con el oficial de la UCO—.
Se trata de una propiedad antigua, de esas que tienen muros de un metro de ancho.
Estamos a la espalda de la calle Armiñán, ahora te paso la ubicación exacta…
Bermejo caminó unos metros más, haciéndose el encontradizo mientras realizaba su propia fotografía mental del entorno, ya que no quería sacar su móvil para inmortalizar el momento.
—Creo que se ha ocultado en algún tipo de piso franco o base de operaciones en toda regla, como quieras llamarlo.
Y me da en la nariz que no ha venido aquí de turismo.
No sé si el Turco irá después hacia la finca en caso de que Alarcón aparezca por la zona o dirigirá la batida desde aquí, soltando a sus perros de presa para hacer el trabajo sucio.
Pero al menos ya tenemos una ubicación, pasa la información a quien sea menester.
—Buen trabajo, inspector. Mantenga la posición, eso es primordial, pero nada de intervenir sin ayuda —ordenó Roncero desde el otro lado—.
Mis compañeros llamarían demasiado la atención en ese entorno, mejor los envío a la finca, pero le mando cobertura.
Voy a pedir a la policía local que envíen un par de patrullas discretas para cubrir todos los flancos de la base de operaciones, aunque no quiero que intervengan todavía.
No queremos asustar al oso antes de cazarlo in fraganti .
Bermejo se apoyó en una pared de cal blanca, sintiendo el latido de su propio corazón en las sienes, con la adrenalina haciendo de las suyas.
A pocos metros, tras esos muros centenarios, el Turco estaría preparándose para el ataque final.
Ignoraba si estaría hablando con sus sicarios o dando explicaciones a sus jefes, pero Bermejo podía sentir el peligro en el aire.
Un poco más allá, en la calle principal que habían dejado atrás, el vacío del Tajo de Ronda daba paso al abismo más tenebroso.
Ese que debían evitar a toda costa, buscando la solución más adecuada a un problema demasiado complicado.
—Creo que esto se va a poner feo, Pablo, me da a mí en la nariz —murmuró el expolicía, casi más para sí mismo que para su interlocutor—. Como al secretario se le ocurra aparecer por aquí, le van a recibir con fanfarrias.
A Manuel Aranda no le terminaba de convencer el olor añejo de la casa de seguridad, una mezcla de madera vieja y un exceso de productos químicos de limpieza, algo que intentaría cambiar en un futuro si le daban la oportunidad.
El interior pasado de moda del enorme piso contrastaba con fuerza con la modernidad aséptica del Range Rover, un vehículo con el que cada vez estaba más encantado, aparcado de cualquier manera en el patio de entrada de la propiedad.
El Turco cruzó el salón de techos altos sin dedicarle una sola mirada a las estilizadas vigas de madera ni a los muebles de época.
Fue directo a una mesa de despacho de nogal donde ya le esperaba un maletín de aluminio abierto, con todo el equipamiento necesario a su disposición, tal y como había solicitado anteriormente.