El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un seguimiento como los de antes #2
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Un seguimiento como los de antes #2

—Pues eso te lo dejo a ti, cerebro privilegiado, que yo bastante tengo con lo mío. Dispón la logística que necesitemos, pero no se nos pueden escapar. Esto tiene que acabar hoy, habrá que echar el resto.

Bermejo suspiró de forma audible, pensando en lo que se avecinaba en esa mañana cuya niebla se había disipado con la luz brillante del sol de Andalucía.

Ronda, con su Tajo imponente y sus calles empedradas, les estaba esperando con paciencia centenaria.

Quizá la ciudad no era consciente de que podía convertirse en un verdadero duelo a muerte, un enfrentamiento en el que Alarcón, ese infeliz secretario judicial que quiso jugar en la liga de los mayores, difícilmente podría resultar vencedor.

—Mantenga la distancia, Bermejo, y nada de improvisar sobre la marcha, que ya nos conocemos —advirtió Roncero como si le leyera el pensamiento—. No necesitamos héroes a estas alturas, solo observación e informe de la situación.

—Descuida, muchacho, ya no tengo edad para esas tonterías. Solo quiero ver lo que hace este tío, no pienso dejarle escapar.

Bermejo ajustó sus gafas de vista cansada.

El Range Rover acababa de coronar uno de los puntos más altos del trayecto y, por un segundo, su silueta se recortó contra el resplandor naranja del sol naciente antes de desaparecer tras una curva cerrada.

El inspector retirado apretó el volante y se preparó para el descenso.

Ronda estaba allí mismo, esperándolos con su abismo abierto de par en par, el mejor escenario para su función de teatro real.

Manuel Aranda, alias el Turco, ajustó el volumen del sistema de sonido del Range Rover con un movimiento casi imperceptible del pulgar.

Podía resultar llamativo que un tipo tan rudo como él, acostumbrado a bregar en los bajos fondos, pudiera relajarse con semejante música.

Pero sí, era la que más le gustaba, sobre todo en situaciones en las que debía mantener el control.

Así que eligió una de sus piezas preferidas, austera y precisa, que encajaba perfectamente con el paisaje de rocas desnudas que desfilaba al otro lado del cristal tintado.

El aura mística del violonchelo inundaba el habitáculo de su coche, mientras pensaba en lo que estaba por llegar.

Para él, la vida era eso: una serie de movimientos calculados donde el ruido externo, ese molesto que nada aporta, siempre sobraba en ese tipo de ecuaciones.

De pronto, un leve parpadeo en la pantalla de la consola central rompió su concentración por unos instantes. Se percató enseguida de que era la señal cifrada de los hombres del Land Rover, una señal que no le producía buenas sensaciones. Aranda pulsó el botón del manos libres para asegurarse.

—Hablad de una vez. ¿Lo tenemos ya o no? —soltó en tono desabrido.

Ni siquiera saludó a los sicarios, debía demostrar quién mandaba allí. Bajó el tono de su voz, aplanándolo, intentando enmascarar el rastro de fatiga del viaje. No podía mostrar ni un átomo de debilidad, aunque aquel silencio más largo de lo normal le puso sobre aviso enseguida.

—Bueno, sí, pero al final no… Hemos tenido un pequeño contratiempo y se nos han complicado las cosas —replicó Nico, el joven neerlandés.

Su voz llegaba algo entrecortada, mezclada con el sonido del viento de la sierra—.

El secretario no estaba solo, llevaba guardaespaldas ocultos.

Se han identificado como Guardia Civil y nos han dado el alto, casi se nos echan encima cerca del árbol ese famoso. Hemos tenido que abrir fuego y…

El Turco no frunció el ceño ni golpeó el volante para no mostrar su frustración; debía mantener la compostura.

El idiota de Nico debía referirse al entorno del Pinsapo de las Escaleretas, un enclave conocido en el que perfectamente podían haber interceptado a Alarcón viendo el trayecto que llevaba su vehículo en el dispositivo de seguimiento por baliza.

Nico seguía explicando lo que había pasado cuando decidió interrumpirle.

—¿Ha habido bajas en el tiroteo? —preguntó simplemente, mientras se limitaba a observar cómo una ráfaga de viento empujaba unas nubes bajas sobre la carretera.

—Ninguna que sepamos, pero el Land Rover ha recibido varios impactos.

Hemos tenido que replegarnos hacia el norte para perderles la pista.

Lo malo es que el secretario se nos ha vuelto a escurrir en mitad del tiroteo.

Le teníamos a tiro, estábamos a punto de capturarle, cuando han llegado esos tipos.

Es muy escurridizo, se deslizó como una serpiente entre las rocas y aprovechó el caos para escabullirse monte arriba.

Si regresamos podemos cruzarnos de nuevo con la patrulla y…

—Olvidaos de eso ahora, no quiero más problemas —replicó el Turco antes de tocarle un poco las narices al sicario croata—. ¿Y tú no dices nada, Davor? Ni que te hubiera comido la lengua el gato, menudo profesional. Mandas al chaval a dar la cara por tu nueva cagada…

—No voy a permitirte que…

La voz grave de Davor se escuchó alta y clara a través del dispositivo electrónico.

Aranda sabía que el croata le tenía ganas y quiso buscarle las cosquillas, aunque en el fondo le seguía necesitando, al menos hasta que atraparan a Alarcón.

El ultimátum pendía sobre ellos como la proverbial espada de Damocles, por lo que necesitaba toda la ayuda posible antes de la hora final.

Eso sí, una vez finiquitado el tema, tendría que andarse con cuidado con Markovic.

O le despachaba a su manera, o podía tener problemas en el futuro, se lo veía en los ojos.

—Basta ya, dejad de lloriquear como nenazas —le cortó Aranda con una frialdad que hizo que el silencio al otro lado de la línea se volviera denso—.

Escuchadme bien, no voy a repetirme. Vuelvo a sacaros las castañas del fuego, no sé ni para qué os pago ese dineral.

Imagino que Alarcón sigue vivo y tiene el dispositivo; aunque haya podido salir herido del enfrentamiento, seguro que se las apaña para salir de la sierra por sus propios medios.

Y si es así, creo que solo tiene una dirección posible.

Yo sí he hecho mis deberes, no como vosotros.

Y puedo equivocarme, pero juraría que se dirige hacia aquí, a Ronda.

Igual se piensa que ha encontrado un refugio seguro, el único lugar donde cree que las paredes de piedra le protegerán.

Pero aquí estaremos nosotros esperándole.

—¿De qué coño hablas? —preguntó entonces Davor, que sí manejaba las palabrotas en español.

Aranda echó un vistazo al navegador; se encontraba a menos de veinte minutos de la entrada sur de Ronda. Les explicó la situación a sus hombres, al menos el primer esbozo de plan que había trazado a la carrera tras modificarse las condiciones de un problema que se estaba enquistando demasiado.

—Salid de la sierra ahora mismo, no perdáis más el tiempo.

Desde ahí no podéis atravesar la montaña para llegar a Yunquera ni a El Burgo, no hay carretera directa y os perderíais por pistas forestales.

Así que tendréis que volver sobre vuestros pasos, con cuidado de no cruzaros con los picoletos de nuevo.

—Pero no podemos…

—¡Pero nada! —exclamó cabreado el Turco—.

Sin excusas, os quiero aquí en cuarenta y cinco minutos, apañaos como podáis.

Tenéis que encontrar la entrada a la A-397 y subid hacia Ronda cagando leches —continuó el Turco—.

Quiero que vuestro Land Rover esté en la gasolinera de la entrada sur de Ronda en tres cuartos de hora.

Y espero que no traigáis a la Guardia Civil pegada al culo, nos jugamos mucho.

—¿Y qué hacemos con el secretario? —preguntó Nico.

—Ya te he dicho que te olvides, creo que esa rata viene hacia aquí y vamos a cazarle con una trampa especial para roedores.

Yo estoy llegando también, nos reagruparemos en el punto de encuentro.

Aunque antes tengo que hablar con alguien, quiero dejarlo todo bien preparado por si al fin conseguimos hacernos con las malditas criptomonedas.

Eso sí, una última cosa. Si Alarcón consigue llegar sano y salvo a esa finca de su familia política, quiero que seamos nosotros quienes le abramos la puerta, no esos perros de la Benemérita.

Cortó la comunicación sin esperar respuesta de aquellos idiotas. No le gustaba la incompetencia, pero sabía que en una cacería, a veces, hay que dejar que la presa crea que se ha escapado para que corra más rápido hacia una trampa mortal. Y allí estaría él para dejar caer el cepo sobre su cabeza.

El jeque le había enviado tres mensajes en la última hora, parecía que la paciencia se le estaba agotando a marchas forzadas.

El último era corto pero devastador, le había puesto los pelos de punta: «El tiempo no se compra con dinero, querido amigo».

El Turco sabía lo que eso significaba, no era idiota.

Si no se apoderaba de las criptomonedas antes de terminar ese día, el que acabaría finiquitado por orden del hombre de Dubái sería él.

Dejaría de ser un activo importante de la organización para convertirse en un estorbo, alguien reemplazable.

Y apreciaba demasiado su cuello para permitir que se lo cortaran a las bravas, sin presentar batalla.

Marcó un número grabado en la memoria del teléfono, alguien que no figuraba en su agenda oficial, ese tipo de persona que no hacía preguntas idiotas y se limitaba a obedecer.

Le transmitió unas órdenes precisas y le prometió verse en unos minutos para dar por finalizada la operación antes de que se cumpliera el ultimátum llegado de Oriente Medio.

—Ten la casa abierta y el equipo listo para mi llegada. Voy a necesitar una conexión de alta velocidad segura y el canal cifrado con Dubái abierto por lo que pueda suceder. Asegúrate de que no haya nadie merodeando por el barrio de San Francisco, entraré por la zona sur.