El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un seguimiento como los de antes
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Un seguimiento como los de antes

Carretera de Marbella a Ronda, esa misma mañana

Dejó entre medias varios coches que utilizó como parapeto, aunque su escudo providencial fue un viejo camión de reparto que le servía de camuflaje perfecto para perseguirlo sin ser visto.

Eso era posible porque su contrincante marchaba tranquilo, ligeramente por debajo de la velocidad máxima permitida en autovía y por el contrario, el conductor del camión exprimía su castigado motor al máximo, llevándolo al límite de la estabilidad.

Lo más probable es que fuera tarde con el reparto y quisiera apurar, aunque semejante despliegue podría acarrearle más de un problema con un chasis demasiado forzado.

Una hazaña destacable para el camión que se tornó imposible en cuanto la carretera se empinó más de la cuenta, por lo que Bermejo perdió aquella ventaja y tuvo que cambiar de estrategia, permaneciendo agazapado, varios vehículos por detrás.

Su coche poco llamativo podía pasar desapercibido en aquel entorno, pero debía andarse con ojo.

Alguien como el Turco podía percatarse del peligro por puro instinto, por lo que no se pasó de listo y se mantuvo a una distancia prudencial.

Se maldijo al comprobar que el Range Rover negro del Turco devoraba las primeras rampas del puerto con una elegancia insultante.

Su vehículo no respondía igual ni tenía esas prestaciones, por lo que le llegó la hora de forzar la máquina un poco más.

Y es que su contrincante contaba con un elemento diferenciador, un coche de alta gama que dominaba aquel terreno como si fuera sencillo.

No podía quedarse absorto en el paisaje, debía concentrarse en un único punto, pero aquella maravilla de la naturaleza le hizo girar la cabeza hacia la izquierda durante un instante.

Su vista se quedó deslumbrada al contemplar cómo, a lo lejos, las primeras luces del alba empezaban a lamer las crestas de sierra Bermeja, tiñendo el cielo de un tono violáceo que le recordó a un campo de lavanda en plena floración.

Tuvo que ponerse las gafas de sol para no deslumbrarse con aquel amanecer espectacular.

Ajustó su asiento y los retrovisores para afrontar aquel tramo de carretera en las mejores condiciones y entonces se cruzó con otra imagen digna de la mejor postal.

A su espalda, con una invitación a relajarse en su seno después de una dura jornada, el mar Mediterráneo se extendía como una balsa de mercurio gigante y eterna.

Un fugaz segundo de relajación que no se podía permitir, por lo que prefirió dejar de mirar por el retrovisor para no distraerse.

Debía centrarse en lo principal, en su único mundo a esas horas de la mañana: las luces traseras de un todoterreno de lujo y el suave ronroneo de su propio motor, que empezaba a quejarse de forma lastimera ante el esfuerzo de la pendiente.

Había mantenido el contacto con Roncero en todo momento, obligado por el oficial de la UCO, que a su entender pecaba de exceso de paternalismo con alguien como él, que ya pateaba las calles cuando él no había hecho ni la primera comunión.

Pero su amigo prefería saber que el asesor ministerial se encontraba a salvo y no cometía ninguna torpeza, algo totalmente comprensible a su edad y más al abandonar la práctica diaria del trabajo policial, por lo que ni siquiera se lo tuvo en cuenta.

No le costaba nada tenerle contento y, de paso, llevar compañía para los momentos de zozobra.

—Sigue subiendo carretera arriba, Pablo —informó Bermejo, activando el manos libres con un toque rápido en la consola—.

Hemos pasado hace un rato el desvío de la Zagaleta y no parece que tenga intención de parar en ningún sitio.

Creo que nuestra conjetura puede ser correcta.

También se dirige hacia Ronda, me parece a mí, y eso puede convertirse en un reencuentro en toda regla.

—No lo pierda, inspector, debemos asegurarnos de su destino final —soltó Roncero a través del dispositivo.

Su voz llegaba nítida, con un tono preocupado y una pizca de tensión que traspasaba la línea telefónica—.

Quizá nos hemos pasado de listos pensando que se dirige hacia allí, aunque es lo más plausible.

Y más después de las últimas noticias que me han dado mis chicos.

Se ha liado una buena en plena Sierra de las Nieves.

—¿Qué ha pasado? Espero que tu equipo esté bien.

—Por los pelos, pero sí. Han salido indemnes, solo con un pinchazo en la rueda que ya han reparado. Se acaban de poner en marcha, les he ordenado que se reúnan también con nosotros en Ronda.

Roncero le explicó lo sucedido en aquel choque de trenes en un entorno tan peculiar, junto al Pinsapo de las Escaleretas. Era el segundo tiroteo al que se enfrentaban Milene y Andrade en la comarca, y podía no ser el último viendo el cariz que estaba tomando la situación.

—He avisado también a los mandos de la Compañía de Ronda, la Benemérita cuenta con una buena estructura en la comarca. Aunque de momento, y hasta que lleguen esos refuerzos o se reúna mi equipo con nosotros, estamos solo nosotros contra el mundo.

—De momento estoy yo solo, querrás decir —matizó Bermejo con una mueca que pretendía ser una sonrisa—.

Seguro que tú viajas en un coche mejor que este y sin estrés.

Y yo aquí agobiado, intentando que este tipo no se dé cuenta de que un jubilado con reúma le está pisando los talones.

¡Joder, si es que soy idiota! No sé quién narices me manda meterme en estos berenjenales, con lo a gusto que podría yo estar tumbado en una hamaca, disfrutando de una cerveza y una buena lectura.

El guardia civil ni siquiera contestó, aquella conversación la habían mantenido miles de veces a lo largo de los últimos años.

El expolicía conocía la opinión de Roncero al respecto, seguro que el joven pensaba que era tontería incidir de nuevo en el tema.

Así que ambos prefirieron cortar la comunicación por un rato y centrarse en la tarea.

Ni se molestó en lamentarse por encontrarse de nuevo en medio de una investigación complicada, a quién iba a engañar a esas alturas de la vida.

Si no contara con esa pizca de ilusión, esa pasión que le obligaba a levantarse por las mañanas, tal vez Bermejo hubiera arrojado la toalla hacía mucho tiempo.

Y eso no se le pasaba por la cabeza, por mucho que hubiera sufrido episodios de depresión en el pasado, ya que no pensaba rendirse ni por asomo.

Tuvo que alejar de nuevo de su mente esos pensamientos intrusivos que le daban guerra de vez en cuando.

No podía obviar la paradoja de la coincidencia espacial, con una misión insospechada en la querida tierra de su añorada Macarena.

Esa Málaga dulce y vibrante que él conoció en su momento junto a la jueza, la misma tierra que ahora recorría de otro modo mucho menos agradable, se le estaba atragantando demasiado.

Tampoco había pensado mucho en que todo aquel embrollo comenzó con el asesinato de un magistrado en su casa de Mijas, un compañero de profesión de Maca al que tal vez hubiera conocido en vida.

No se había preocupado de relacionarlos, pero era más que posible que por afinidad, ya fuera de paisanaje o de dedicación, hubieran coincidido en el pasado.

Tal vez le cayera bien o puede que no le soportara, pero él pretendía ayudar a resolver el caso que comenzó con su brutal asesinato.

De nuevo en silencio, que ni siquiera se atrevía a romper con algo de música en su aparato de radio para no distraerse, se dio cuenta de que el trazado de la carretera se volvía más exigente.

No era un enamorado de las curvas, que cada vez parecían más cerradas, mientras delante de él, el Range Rover las trazaba con una precisión insultante.

No es que fuera a sorprenderse a esas alturas.

Aranda conducía con seguridad, como si nadie pudiera toserle en el empeño.

Se sentía el dueño del cotarro, el amo del calabozo, como si supiera algo que ellos ignoraban.

Un rasgo típico del que se cree con derecho a todo, el poseedor del mapa del tesoro y el territorio a explorar para alcanzar la gloria.

El veterano expolicía sintió esa punzada familiar en el estómago, como si se le hubiera activado el instinto de caza en su interior.

Intuía que un profesional del crimen como el Turco, con su largo bagaje tanto en las fuerzas del orden como al otro lado de la línea que separaba el bien y el mal, no se desplazaría hasta Ronda por un simple cálculo partidista.

Y esa razón final era la que él debía averiguar, aunque hubieran supuesto que contaba con los mismos datos que ellos sobre la finca de la familia política a la que podría acercarse el famoso Alarcón.

Ese punto no lo había discutido aún con Roncero, por lo que decidió activar de nuevo el manos libres de su vehículo minutos después para recuperar la comunicación del canal que permanecía abierto por precaución.

—Pablo, ¿qué sabemos de esa maldita finca de Ronda?

—preguntó Bermejo, aprovechando una recta para acortar un poco la distancia con su perseguido—.

Porque si el Turco maneja la misma información que nosotros, va a llegar antes que el secretario y que cualquiera que esté al quite, debemos tenerlo en cuenta.

Ese Range Rover tiene más caballos que una cuadra de Jerez y yo me limito a mantenerme en su estela para no perderle.

—La finca se encuentra a las afueras de la ciudad, cerca del barrio de San Francisco, tirando hacia la carretera de Algeciras —respondió Roncero con serenidad—.

Se trata de un cortijo medio abandonado, oculto entre alcornocales, que ha estado mucho tiempo a la venta; pertenecía a un tío de su mujer.

Pero lleva razón, debemos establecer un plan de contingencia.

Si Alarcón llega hasta allí solo, sea a pie o en algún transporte de fortuna que se haya podido agenciar por el camino, se va a encontrar con un comité de bienvenida bastante desalentador.