Un rastro de sangre y silicio #3
Andrade soltó a continuación un improperio que habría hecho sonrojar a un estibador del puerto de Vigo. Golpeó el capó del Land Cruiser con la palma de la mano, airado, sintiendo el calor del motor y una frustración que le quemaba más que el propio metal ardiente.
— ¡Me cago na cona que os pariu! ¡Maldita sexa a súa estampa! Los teníamos ahí, Milene, a tiro de piedra —soltó utilizando su idioma materno, mirando hacia la estela de polvo que se asentaba lentamente sobre el camino forestal.
—Y a Alarcón también, se nos han escapado todos —añadió Oliveira, señalando hacia el laberinto de pinsapos por donde el secretario se había esfumado como un fantasma—.
De todas maneras, le ha venido Dios a ver al tipo este, menuda suerte ha tenido.
Ha aprovechado el tiroteo para escaquearse mientras nosotros nos hacíamos cariñitos con los sicarios.
Andrade se acuclilló para inspeccionar el desastre del neumático.
La rueda delantera derecha se había convertido en un guiñapo de caucho negro que exhalaba su último aliento.
El sargento suspiró de forma audible, tratando de calmar las pulsaciones mientras evaluaban la situación.
Eran agentes experimentados de la UCO y estaban acostumbrados a los imprevistos, pero aquel contratiempo le había sentado como una bofetada del destino en plena cara.
—No perdamos más el tiempo, Oliveira. Saca el gato y la rueda de repuesto mientras informo al jefe —ordenó mientras sacaba el móvil del bolsillo—. No le va a hacer maldita la gracia, pero se lo tenemos que decir.
Marcó el número de Roncero y no necesitó esperar más de dos tonos para escuchar su tono preocupado.
—¿Qué ha pasado? Andrade, dime que lo tenéis —soltó Roncero de corrido.
La voz del capitán sonaba tensa, cargada con la electricidad de quien manejaba demasiados hilos a la vez. Y la respuesta no iba a gustarle lo más mínimo.
—Lo hemos tenido, mi capitán. A él y a los sicarios, pero se nos han escapado —respondió Andrade, tratando de que su voz sonara profesional a pesar del mal humor—.
Ha habido un enfrentamiento armado en plena sierra, cerca del Pinsapo de las Escaleretas.
Los tipos del todoterreno han huido monte arriba, hacia el norte creo, no lo sé con seguridad en este laberinto.
Y al secretario le hemos perdido la pista, parece que se ha volatilizado en mitad de la maleza aprovechando la refriega.
Hubo un silencio masticable al otro lado de la línea. Andrade casi podía oír a Roncero procesando la información, recalculando la ruta en su mapa mental. Y eso que todavía no le había contado un pequeño detalle.
—Bueno, vamos a lo importante. ¿Vosotros estáis bien? —preguntó finalmente el oficial.
—Físicamente sí, aunque cabreados y exhaustos. Y encima nos han inutilizado el vehículo con un disparo en la rueda, estamos cambiando el neumático ahora mismo. ¿Hay alguna novedad destacable? No sé si ahora deberíamos…
—Sigo en contacto con Bermejo, espero que se tome las cosas con calma y prudencia, ya tenemos demasiados frentes abiertos. Anda siguiendo a otro tipo, el que parece el jefe de los sicarios y les ha dado la orden de perseguir al secretario. Un tal Manuel Aranda, alias el Turco.
—Ni idea, no me suena de nada.
—Eso ahora da igual. Escuchad, ese tipo es un eslabón importante de una organización criminal con intereses en toda la zona del Estrecho, ya os explicaré los detalles cuando nos veamos.
Creemos que se dirige a Ronda, no sabemos muy bien por qué.
Le he dicho a Bermejo que le siga, pero sin pasarse de listo, que me espere que yo voy para allá.
Y vosotros también deberíais dirigiros allí en cuanto podáis salir a la carretera, creo que Alarcón intentará llegar a esa ciudad por sus propios medios.
—¿Y eso? —preguntó Andrade sorprendido.
—Lo de esconderse como un ermitaño en las montañas está muy bien, pero creo que tiene otra opción.
Unos familiares de su mujer tienen una finca, un pequeño cortijo abandonado que lleva años en venta, situado a las afueras de Ronda, por lo que he podido averiguar.
Creo que puede convertirlo en su última trinchera, otra cosa es que le cacen por el camino.
Andrade frunció el ceño, mirando hacia las cumbres que empezaban a recortarse contra un cielo que ya no era negro del todo, sino de un azul profundo y gélido.
—¿Se la va a jugar a esconderse allí después de lo que acaba de pasar? —preguntó el sargento—. No me convence, la verdad.
—No tiene otro sitio al que ir, y su coche se ha quedado ahí tirado, ¿verdad?
—argumentó Roncero como pregunta retórica—.
Alarcón conoce la sierra, y seguro que las ganas de vivir le ayudan a encontrar una salida.
Si ha escapado a pie, acabará buscando la carretera o le pedirá a un buen samaritano que le acerque a Ronda.
—Pero yo…
—Pero nada, Andrade, hazme caso… —aseguró Roncero en tono serio—.
Escúchame bien: cambiad esa rueda y salid de ahí de inmediato.
No quiero que os quedéis vendidos en mitad de la sierra, no vaya a ser que los sicarios decidan dar media vuelta si han conseguido refuerzos.
Dirigíos a Ronda en cuanto podáis y allí nos reuniremos todos. ¿Entendido?
—Alto y claro, mi capitán. Nos vemos en Ronda. ¿Alguna instrucción más? No sé si tendríamos que coordinarnos con Bermejo…
—De Bermejo me encargo yo, no os preocupéis —afirmó el capitán de la UCO—.
Manteneos en contacto y me avisáis cuando estéis llegando, ahora os mando la ubicación exacta del cortijo.
Si Alarcón llega el primero a la meta, creerá que está a salvo en esa finca abandonada, pero se va a encontrar una sorpresa.
Tenemos que estar allí para evitar que el Turco o sus perros le pongan la mano encima antes que nosotros.
Andrade gruñó de modo imperceptible, no le convencía el alegato de su jefe.
Tenía sentido que, en un principio, Alarcón se dirigiera al interior de la sierra a esconder quizá el dispositivo electrónico o las claves de acceso al monedero virtual, antes de encaminarse hacia esa finca de Ronda.
Pero todo se había torcido por el camino; quizá estuviera malherido, sin vehículo, y tuviera que improvisar.
Así que nadie podía estar seguro de sus próximos movimientos.
Colgó y guardó el teléfono en su bolsillo.
Miró a Oliveira, que ya estaba aflojando los tornillos de la rueda con una eficacia envidiable.
La luz de la mañana empezaba a revelar la magnitud del paisaje: una belleza salvaje que a él, como gallego acostumbrado a otros verdes y otras nieblas, le resultaba extraña y hostil.
Se dispuso a ayudar a su compañera mientras le contaba los detalles de la conversación que ella no había podido escuchar.
—Dice el jefe que vayamos hacia Ronda —anunció Andrade, agarrando la llave inglesa para adelantar tarea—. Parece que la función principal se traslada a una finca cercana, esperemos que no acabe nadie asomándose al abismo de su famoso Tajo.
El sargento le explicó la situación, y también sus dudas al respecto, aunque le debían obediencia a su oficial superior. Un capitán al que, además, respetaban muy por encima de su trabajo o su compañerismo, por lo que no había nada más que decir.
—Ojalá tengamos oportunidad de resarcirnos con esos tipos, si es que no volvemos a pinchar por este camino de cabras —replicó Milene sin levantar la vista—. Porque la próxima vez que los tenga a tiro, no pienso disparar a las ruedas ni al motor.
Andrade asintió en silencio; la joven tenía razón.
En una guerra de ese calibre había que mirar por su integridad, era tu vida o la de ellos.
El sargento sabía que el tiempo de las sutilezas se había acabado desde que presenciaron en directo aquel tiroteo en el muelle de Puerto Banús.
El secretario judicial era la llave de todo aquel entramado e intentarían salvarle de una muerte segura.
Alarcón pensaba que quizá pudiera esconderse en un refugio seguro, cuando en realidad, solo estaba eligiendo el escenario de su propio final.
Y Andrade había decidido que, esta vez, el último acto lo escribirían ellos para cerrar la actuación.
—Venga, Oliveira. Terminemos con esto y pongámonos en marcha. No querrás que seamos los últimos en unirnos a la fiesta de Ronda, nos están esperando allí con los brazos abiertos.