El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un rastro de sangre y silicio #2
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Un rastro de sangre y silicio #2

Casi podía oler el rastro de muerte que los mercenarios dejaban en el aire, en una noche clara de invierno en la que la luna señoreaba un cielo trufado de estrellas.

El corazón le latía con un ritmo sincopado, sabiendo que estaban a punto de entrar en conflicto.

Andrade podía parecer un tipo tranquilo y reflexivo, pero le gustaban esos enfrentamientos de vez en cuando, aunque fuera a costa de jugarse la vida.

Era la salsa de su trabajo, lo que le permitía seguir vivo y no pensar en el resto de los problemas a los que se enfrentaba nuestra sociedad.

Y sí, podía reconocer que Alarcón era un funcionario corrupto, un tipo mediocre que se había creído más listo que el sistema.

Un pardillo que pensó en convertirse en un ladrón de guante blanco, cuando había ido dejando demasiadas pistas por el camino.

Un hombre vulgar que no le caía demasiado bien, pero el único que poseía la llave para abrir la caja de Pandora de las criptomonedas.

Y por muy idiota que fuera aquel tipo, no podía permitir que los sicarios lo ejecutaran allí mismo a sangre fría, borrándolo del mapa y arrojando su cadáver a cualquier barranco perdido.

Era su trabajo y lo efectuaba a conciencia, por lo que se preparó para el inminente choque de trenes.

Redujo la distancia cuando estaban cerca, ya los tenían.

Con un movimiento mecánico y preciso, Andrade activó el interruptor del salpicadero y al instante, los potentes destellos de la señal V-1 ocultos en la parrilla y tras el parabrisas rasgaron la oscuridad de la montaña, tiñendo las rocas de un azul eléctrico y violento.

El factor sorpresa se había terminado y la caza estaba a punto de comenzar.

Milene Oliveira comprobó su arma y sintió el frío del metal de su Beretta contra la palma de la mano, un recordatorio sólido en medio de los bandazos que pegaba el Land Cruiser en aquel entorno salvaje y peligroso.

Andrade conducía como un poseso, pero ella no se mareaba con facilidad.

Además, tantos años de patrullas y seguimientos le habían curtido el estómago, ese era el menor de sus problemas en ese momento.

Prefería fijar sus ojos, adiestrados para ver en la penumbra después del trayecto entre la bruma, para que no se apartaran de la mole oscura que ahora tenían a apenas doscientos metros de distancia.

—Se detienen, ve con más cuidado —masculló Milene, incorporándose en el asiento—. ¡Andrade, para!

Vio cómo el Defender de los sicarios clavaba los frenos en un ensanchamiento del carril, una especie de arcén natural que les vino de perlas para detenerse, levantando una nube de grava que brilló bajo la luz de la luna.

Unos metros más adelante, encajonado contra un talud de piedra, descansaba el Ford Focus gris.

Parecía un animal herido, abandonado a su suerte mientras su dueño intentaba escapar de su improvisada cárcel de metal.

—¡Ahí está Alarcón! —gritó Milene al ver una silueta salir atropelladamente del coche siniestrado y lanzarse hacia la maleza.

Andrade había comprendido la jugada y no esperó más, con el beneplácito en forma de asentimiento por parte de Milene.

Cruzó el Land Cruiser en mitad de la pista y utilizó el bloque del motor como escudo.

Milene saltó antes incluso de que el vehículo se detuviera por completo, rodando sobre la tierra dura y buscando la cobertura de la aleta delantera, por lo que pudiera suceder.

—¡Alto a la Guardia Civil! —El grito de Andrade resonó en el anfiteatro natural de la sierra, pero la respuesta fue el restallar seco de un disparo.

El primer proyectil impactó en el marco de la puerta del Land Cruiser, arrancando una astilla de metal que pasó silbando cerca de la mejilla de Milene.

Ella no se amilanó lo más mínimo y tiró de experiencia en esos casos.

Se asomó lo justo para ver a los dos criminales y comprobó lo que le había asegurado en su momento su compañero: no eran simples aficionados, eso por descontado.

Los tipos se movían con una economía de movimientos aterradora, en una danza sincronizada digna del mejor equipo paramilitar.

Uno cubría el flanco, disparando a los recién llegados, mientras el otro avanzaba hacia la posición donde Alarcón se había ocultado entre los pinsapos.

—¡El de la izquierda es mío! —anunció Milene a gritos.

Apretó el gatillo dos veces con resultado incierto en el fragor de la batalla.

El estruendo, multiplicado por el eco de las paredes del barranco, fue ensordecedor.

A lo lejos, el Tajo de la Caína se alzaba en toda su magnificencia, pero ellos no estaban allí para admirar el paisaje, sino para defenderse de unos enemigos duros de pelar.

Los disparos de Milene obligaron al sicario más alto a tirarse al suelo, interrumpiendo su cacería.

Todavía no tenía muy claro si los sicarios querían matar al secretario o simplemente capturarle para que les entregara el botín, pero ella debía ponerse en lo peor y evitar derramamiento de sangre civil.

El tipo malencarado le respondió con una ráfaga corta que hizo saltar trozos de asfalto a pocos centímetros de las botas de Milene.

—¡Están intercambiando sus posiciones! —advirtió ella, viendo cómo el segundo tirador se perdía entre los troncos de los árboles, buscando el ángulo adecuado, quizá para ejecutar al secretario.

La danza de los proyectiles a su alrededor se volvió frenética.

Milene sentía el calor de los casquillos vacíos quemándole el antebrazo al caer al suelo, sin tiempo para fijarse en esos detalles.

El aire fresco de la madrugada serrana se saturó de un olor acre, una mezcla de pólvora y pinaza quemada que le entró de golpe por las fosas nasales mientras se le taponaban los tímpanos.

Por un segundo, vio a Alarcón a lo lejos, trepando por una zona de rocas con una torpeza desesperada, con la camisa destrozada y lleno de magulladuras.

Era un blanco fácil, pero los sicarios estaban demasiado ocupados cubriéndose del fuego de la UCO.

—¡Se retiran! —exclamó Andrade desde el otro lado del coche—. Han visto que no iba a ser tan fácil y cambian de estrategia.

El sargento llevaba razón, como pudo comprobar Milene.

Habían sobrevivido al primer asalto, pero la batalla continuaba.

Y ahora tendrían que decidir si perseguir campo a través al secretario o ir en pos de unos asesinos en libertad que no podían permitir que se marcharan de rositas.

Aunque el destino decidió intervenir en ese instante, para que esa dicotomía quedara obsoleta.

Y es que los mercenarios, al darse cuenta de que la sorpresa se había esfumado y que tenían a dos guardias civiles encima, tomaron una decisión táctica que les alejaba de su presa, al menos de momento.

Empezaron a retroceder hacia su todoterreno, manteniendo el fuego para impedir que Andrade y Milene avanzaran hacia ellos.

Fue entonces cuando Milene escuchó un sonido que le dolió más que el silbido de las balas: un pfff prolongado y sibilante que venía de la parte baja del Land Cruiser.

—¡Mierda, Andrade! ¡La rueda! —gritó, sintiendo cómo el coche se inclinaba levemente hacia la derecha.

Un proyectil perdido o un rebote fortuito había segado la válvula o destrozado el flanco de la rueda delantera derecha.

Daba igual, el neumático había quedado inutilizado y con él, sus esperanzas de lograr alguno de los objetivos que tenían en mente.

Al menos, no habían sufrido el reventón conduciendo a toda velocidad por esas carreteras, lo que les habría complicado mucho controlar el vehículo sin salirse de la vía.

Milene vació el resto del cargador contra el radiador del todoterreno enemigo, intentando inutilizarlo a la carrera, pero la carrocería reforzada del Land Rover Defender impidió el destrozo.

El motor del todoterreno rugió a conciencia, las cuatro ruedas traccionaron con violencia y el vehículo salió disparado hacia arriba, ganando altura por el carril forestal en una maniobra suicida que casi les provocó un disgusto a los mercenarios.

—¡Sigue disparando, que no escapen! —rugió Andrade, pero ya era inútil.

La polvareda que levantaron los sicarios al huir formó una cortina lechosa bajo la luz de la luna.

Milene bajó el arma, con la respiración entrecortada y el sabor del polvo en la lengua, presa todavía de una gran excitación.

El silencio regresó a la Sierra de las Nieves de forma abrupta, solo roto por el tableteo metálico del motor caliente y el siseo agónico de su propia rueda desinflándose sin remisión.

—¡Maldita sea! Se han ido y no hemos podido hacer nada —gruñó ella, mirando hacia el bosque por donde Alarcón también se había volatilizado—. Y el secretario ha aprovechado la ocasión para poner tierra de por medio. Se ha metido en lo más hondo de la espesura, a saber por dónde anda ahora.

Milene se pasó la mano por la frente, limpiándose el sudor después de una refriega que les había colocado al límite de sus fuerzas.

Estaban tirados en mitad de la nada, con un coche inutilizado y sin posibilidad de perseguir a nadie.

Ni a los profesionales del crimen ni al funcionario desesperado que había escapado a gatas, moviéndose ambos por un terreno que ellos apenas conocían.

Sintió una punzada de frustración en el pecho, la amarga sensación de la derrota.

Habían olido el éxito de la misión a escasos metros y el destino, en forma de un trozo de plomo mal dirigido, les había dejado fuera de combate.

Era un contratiempo fácil de solventar, aunque les haría perder un tiempo precioso. Pero ellos no se rendirían tan fácilmente, debían calibrar muy bien sus opciones y ejecutarlas con celeridad.