El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un rastro de sangre y silicio
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Un rastro de sangre y silicio

Mientras los compañeros de la policía judicial allí destinados se afanaban en adelantar las diligencias relacionadas con el tiroteo del muelle de Ribera, ellos prefirieron invertir sus esfuerzos en otra dirección.

Sabían que el secretario judicial, Diego Alarcón, había abandonado la comarca a bordo de su propio coche, un Ford Focus gris pasado de años y kilómetros según los datos de los que disponían.

Un fallo típico en alguien que no era un profesional del crimen y la mejor manera de localizarle, si es que no se encontraba ya en Francia o Portugal, países a los que podría llegar perfectamente en coche sin que nadie le detuviera.

Milene aseguraba que Alarcón era un tipo listo, y que seguro que habría cambiado ya de coche para pasar más desapercibido.

Pero Andrade no estaba de acuerdo, aunque fuera lo más lógico en su caso.

Primero, porque no imaginaba al bueno del funcionario judicial robando un coche, haciéndole un puente y escapando a la carrera.

Y tampoco iba a cometer la equivocación de alquilar otro coche a su nombre, con su tarjeta de crédito y su carnet de conducir.

—¿Y si dispone de una identidad falsa? Ignoramos cuánto tiempo llevaba planificando su huida, y con el dinero de las criptomonedas se pueden comprar muchas cosas.

Andrade negaba con la cabeza mientras Oliveira seguía explicándole otras ideas que tenía con respecto a este caso.

Ambos decidieron terminar la jornada de una vez, ya era bastante tarde, por lo que se retiraron a descansar a sus habitaciones en víspera de un festivo en el que seguirían trabajando como si de una jornada laborable se tratase.

Un descanso que se interrumpiría mucho antes de lo que esperaban y, además, por un aviso doble.

Desde el cuartel de Marbella estaban también en contacto con la Comandancia de Málaga y la jefatura provincial de tráfico.

Les habían pasado los datos del vehículo de Alarcón, por si alguna cámara o patrulla lo cazaba en algún punto de la provincia.

No tenían muy claro si el secretario seguía escondido en la región o se había largado de allí, pero mejor tener cubiertos todos los flancos.

El móvil de Andrade recibió un aviso poco antes de las cinco de la madrugada.

El Ford Focus de Diego Alarcón había sido avistado tres veces esa noche: primero, en la zona de Nerja, donde tal vez se escondiera.

Poco después, una cámara de seguridad de un área de servicio cerca de Vélez-Málaga captó una imagen borrosa de un tipo con una gorra calada que encajaba con su descripción.

El hombre aparecía comprando agua y mirando por encima del hombro, como si esperara ver al mismo diablo después de llenar el depósito de un coche gris que cuadraba con la descripción que tenían.

Y por fin, con una nitidez mucho más clara, el famoso Ford Focus fue captado por las cámaras de la autovía A-357 en dirección Málaga-Cártama.

—Milene, despierta —gritó Andrade cuando llamó a su compañera por teléfono a su habitación—. Creo que nuestro hombre planea algo. Le han visto por la Axarquía, ha debido de bordear Málaga y ahora se dirige hacia el interior de la provincia, camino del monte. ¿Dónde narices va?

Oliveira se desperezó mientras procesaba la información, con la mente todavía al ralentí al ser despertada de golpe. Andrade la conocía bien y sabía que reaccionaría enseguida, dándole su propio punto de vista, como así sucedió.

—Por ahí puede perderse perfectamente en la Sierra de las Nieves y será casi imposible encontrarle si tiene algún refugio en la zona.

No es mala opción, igual se ha sentido agobiado si se encontraba en Nerja, a saber.

Habrá que ponerse las pilas, otra cosa es que pudiéramos alcanzarle en ese laberinto que seguro que conoce mucho mejor que nosotros.

—Yo voto por seguir el rastro, no tenemos nada que perder.

Voy a llamar al capitán ahora mismo para informarle, no podemos movernos sin luz verde.

Venga, asumo yo la responsabilidad; te espero en cinco minutos en el parking, salimos enseguida a carretera con nuestro coche camuflado.

Creo que el Land Cruiser se portará bien, aunque tengamos que meternos en zona montañosa.

—A sus órdenes, mi sargento. Lo único es que…

—Espera un momento, Oliveira. Si antes lo digo… Me llama el jefe, ahora te cuento.

Andrade colgó la llamada a Milene y se dispuso a hablar con el responsable de su unidad, que al parecer también había madrugado.

—Hablando del rey de Roma… Buenos días, mi capitán. Casualmente estaba charlando ahora mismo con Oliveira y comentábamos que…

—Escúchame, esto es urgente. Acabo de hablar con Bermejo, anda por la Sierra de las Nieves y ha visto algo que no le cuadra. Creo que debemos intervenir, es urgente.

—¿Bermejo? ¿Qué pinta el viejo inspector en todo este asunto? —Andrade frunció el ceño, sin saber lo que ocurría.

—Ya os lo explicaré con calma, no perdamos más el tiempo.

Ha detectado a dos profesionales, probablemente los mismos tipos con los que os cruzasteis en el tiroteo de Marbella por la descripción que me ha dado, subiendo por la carretera de Ojén.

Al parecer, llevan algún tipo de localizador y buscan a alguien en el interior de la Sierra de las Nieves.

Van a por una presa y me jugaría la paga de este mes a que se trata de nuestro amigo Diego Alarcón.

Los sicarios se dirigen en dirección Monda y Guaro, aunque según me han comentado, desde ahí pueden adentrarse en la parte más intrincada de la sierra, donde hay multitud de recovecos.

Espabilad, no quiero otra víctima mortal, tenéis que daros prisa.

Si llegáis tarde, recogeréis un cadáver y nada más.

—Eso no está lejos de aquí, jefe, salimos a escape. Teníamos medio localizado al secretario y esto cuadra con la información de la que disponíamos.

Andrade le explicó brevemente a Roncero el seguimiento que habían hecho desde la jefatura de tráfico del trayecto de Alarcón a lo largo de una noche ajetreada.

Ambos estuvieron de acuerdo en que pretendía esconderse en la sierra, ignorando seguramente que unos sicarios podían cazarle en cualquier momento si de verdad le habían puesto algún tipo de baliza.

—Tened cuidado, Andrade, esos tipos son unos profesionales. Y mantenedme informado, yo voy a seguir investigando unas pistas desde aquí, puede que nos veamos en un rato.

—Ok, así lo haremos. A nosotros no nos van a pillar desprevenidos como al juez en su casa. Nos mantendremos en contacto.

Andrade sintió una descarga eléctrica recorriendo su espina dorsal antes de recoger a Oliveira. Si los sicarios tenían un localizador, Alarcón estaba más que perdido; ni se iba a enterar de que podían cazarle como a un conejo deslumbrado por unos faros en plena carretera.

Tres minutos después salieron a toda velocidad del cuartel, no había tiempo que perder.

Para el sargento, pisar el acelerador del Land Cruiser fue casi un acto reflejo.

Con la templanza de Milene a su lado, el suboficial de la UCO se sentía tranquilo.

Cruzaron la distancia entre la costa y la montaña en un tiempo que habría hecho palidecer a cualquier piloto de rallies , saltándose la prudencia en cada curva de la carretera de Ojén.

Un trayecto a vida o muerte. Si no interceptaban a los sicarios, podían despedirse del desgraciado de Alarcón.

Hasta que la suerte quiso hacerles un guiño de madrugada.

—Mira eso —dijo Milene, señalando hacia una pista forestal situada en un nivel por encima de ellos, justo cuando comenzaba a clarear el día.

A lo lejos, una columna de polvo se elevaba entre los pinos.

A Andrade no le había dado tiempo a observar el paisaje salvaje por el que transitaban, bastante tenía con mantener sobre cuatro ruedas el coche sin salirse de la trazada en algunas curvas mortales que desafiaban a la gravedad, asomándose a abismos insondables que no le apetecía visitar de esa forma tan suicida.

Hasta que divisó con el rabillo del ojo lo que le quería mostrar su compañera.

Se encontraban todavía lejos y habían tenido suerte de distinguirlo en la distancia, gracias a la diferencia de alturas entre algunas curvas ascendentes de aquella carretera de montaña.

A esa velocidad, con la adrenalina disparada y la atención puesta en la carretera, Andrade no terminaba de fiarse de su sentido de la orientación, pero habría jurado que aquella carretera no seguía hacia el noroeste, en dirección hacia la población de Tolox, una de las más importantes de la comarca, sino que se adentraba más hacia el interior, hacia las estribaciones montañosas situadas más al oeste.

Desde luego, la silueta y los movimientos del vehículo que aparecía en lontananza no se asemejaban a los de ningún dominguero que saliera de excursión a horas intempestivas.

La velocidad a la que se movía aquella mole oscura era demasiado agresiva, y le recordó la actitud típica de un depredador.

En una curva algo más abierta, justo bajo el foco de la luna, Andrade creyó distinguir el perfil del conductor, muy similar al del tipo que le enfrentó la mirada en aquel muelle castigado por las balas de dos bandas rivales.

—Son ellos —masculló Andrade, sintiendo cómo se le borraba el cansancio de un plumazo—. Milene, ten al arma preparada por si acaso, no podemos descuidarnos ni un momento.

El camino se volvió casi impracticable para vehículos convencionales, pero Andrade apenas tuvo que forzar la máquina de un motor más que preparado, mientras esquivaba piedras y matorrales en una carrera contrarreloj.

Se estaban acercando a marchas forzadas, solo esperaba contar con el factor sorpresa durante un rato más, rezando para que los sicarios permanecieran atentos a lo que tenían por delante, en pos de su presa, y no se percataran de lo que llegaba por detrás.