El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El camino a ninguna parte #4
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El camino a ninguna parte #4

Vio bajar del vehículo a dos hombres con determinación que se dirigían hacia él.

Uno era alto y musculoso, de andares rígidos y rostro de piedra, y parecía el jefe de la pareja, alguien acostumbrado a ese tipo de escaramuzas.

El otro parecía más joven, pero no por ello menos peligroso.

De hecho, con una calma glacial, fue consciente de que se ajustaba unas gafas de sol mientras desenfundaba una pistola con una parsimonia aterradora.

Su final estaba cerca y lo iban a cazar como a un conejo.

—¡Alarcón! —gritó el más alto con un acento duro, extranjero—. No nos hagas perder más el tiempo, deja de huir. Ya sabes lo que tienes que entregarnos si quieres seguir con vida. Danos el dispositivo y la clave y puede que tengamos piedad de ti.

Por toda respuesta y sin mirar atrás, Diego decidió callarse y seguir huyendo, a pesar de la amenaza.

Echó a correr ladera abajo en busca de una utópica salida, saltando entre los arbustos, mientras rodaba por la tierra y sentía como las lajas y otras piedras cortantes se le clavaban en multitud de lugares de su cuerpo, produciéndole heridas y laceraciones de diversa consideración.

El sonido de su propia respiración alterada le impedía escuchar lo que ocurría a su alrededor, agotado y exhausto tras un travesía accidentada por aquella carretera de montaña.

Pero fue consciente de las pisadas vigorosas de los sicarios detrás de él o el crujido de las ramas quebrándose al pisarlas.

Ya no les sacaba más que una decena de metros, podían haberle ejecutado perfectamente desde allí, pero pretendían capturarle vivo, al menos hasta que les diera lo que querían.

De repente, el sonido de otro motor, mucho más agudo y lejano que el de minutos atrás, se asomó a aquella tragicomedia en varios actos que se desarrollaba en plena Sierra de las Nieves. ¿Sería posible tener una mínima oportunidad de librarse de su fatal destino?

Y entonces, el infierno se desató a su alrededor.

—¡Alto a la Guardia Civil! —gritó una voz potente con un deje que Alarcón no supo discernir.

Ráfagas de disparos empezaron a sonar desde su flanco izquierdo, con los sicarios intentando repeler a los recién llegados.

Diego, oculto tras una roca, vio aparecer un vehículo sin distintivos que derrapaba en la pista superior.

De su interior salió un hombre de mediana edad y una joven espigada que se parapetaron detrás de su vehículo, respondiendo al fuego de los delincuentes con sus propias armas.

No le parecían guardias civiles de la zona, pero le daba igual.

Habían aparecido allí en el momento más oportuno y debía aprovechar la coyuntura.

Con sus perseguidores ocupados mientras se enfrentaban a tiros a las fuerzas del orden, quizá se le había abierto una ventana de oportunidad.

Y a fe que pensaba aprovecharla, o lo intentaría al menos una última vez.

El barranco se convirtió en un campo de batalla del que Diego fue alejándose paulatinamente, manteniéndose agachado, a salvo y sin llamar la atención sobre sus movimientos.

Escuchó gritos, increpaciones, órdenes en español y respuestas en idiomas extranjeros que no conocía.

Todo ello aderezado por una auténtica ensalada de detonaciones, cuyo eco rebotaba en las paredes de caliza de aquellos montes.

Diego, aprovechando que aquellas dos parejas parecían querer matarse por su culpa, siguió gateando entre la maleza.

Su instinto de funcionario insulso, de hombre gris que siempre sabía dónde estaban las salidas de emergencia, le sirvió una vez más.

Fue ese instinto primario el que le guio hacia un pequeño sendero de cabras, una trocha que bajaba hacia una zona de merenderos oculta por un bosquecillo de pinos.

Por fin, consiguió llegar al área recreativa con los pulmones ardiendo y la cara ensangrentada después de resbalar ladera abajo en su huida alocada del lugar de la batalla.

Allí, aparcada junto a unos bancos de madera, vio su futura y posible salvación: una vieja furgoneta Citroën C15 blanca, con el motor al ralentí y una nube de humo azulado saliendo del tubo de escape, parecía saludarle en silencio.

El dueño, un hombre vestido con ropa de trabajo que cargaba unos sacos de abono unos metros más allá, se había quedado paralizado mirando hacia la sierra, sorprendido por el sonido lejano de los disparos.

Se le quedó mirando más extrañado que otra cosa, tal vez al intentar dilucidar de dónde habría salido semejante aparición.

Diego no se lo pensó dos veces y aprovechó su momento. Se lanzó al asiento del conductor sin mirar atrás, metió primera y salió de allí dejando una estela de polvo, mientras el dueño de la furgoneta le gritaba e insultaba, lanzando improperios que el viento se llevaría en un instante.

Ya no tenía su coche, muerto en acto de servicio.

Tampoco conservaba su libreta, aunque seguía poseyendo su contenido en la memoria.

Pero sí contaba con una furgoneta destartalada, el Ledger vacío en el bolsillo y una dirección grabada en el cerebro: la de la finca familiar de Ronda.

El camino a la redención, o a la tumba, acababa de empezar de verdad.

Ignoraba quiénes eran sus ángeles de la guarda, pero aquel milagro en las montañas solo podía significar una cosa. El destino se encontraba de su parte y él no lo iba a desaprovechar.