El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El camino a ninguna parte #3
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El camino a ninguna parte #3

Debía pensar en su seguridad. Si por un casual le interceptaban en un control antes de llegar a Ronda, aquella libreta en su poder se convertiría en una sentencia de muerte inmediata.

Sin ella encima, él sería la única persona con acceso real al mapa del tesoro.

De ese modo se convertiría en alguien a quien necesitaban mantener vivo, al menos el tiempo suficiente para hablar, si es que caía en malas manos.

Si era la policía la que lo detenía, la situación cambiaría drásticamente, pero prefirió no pensar demasiado en ello.

De hecho, la situación actual del pinsapo podría redundar en su beneficio, ya que no era tan visitado por los turistas por su estado y, además, pocos se la jugarían a refugiarse bajo la copa de un gran abeto que amenazaba con derrumbarse.

Quizá fuera el sitio ideal para esconder algo de muchísimo valor.

Buscó con la mirada un refugio para su fortuna.

No podía ser un lugar obvio, ni que cualquiera pudiera tropezarse con él.

Cerca de la base del pinsapo, en un lateral en el que las raíces se retorcían como serpientes petrificadas saliendo de la caliza, encontró un hueco profundo que podría servirle de escondite.

Allí, en una esquina apartada, nadie lo descubriría, protegido por una losa de piedra natural que parecía haber sido colocada allí por la erosión de siglos.

Se llevó la mano al pecho y sacó la libreta.

Allí, junto a las doce palabras del juzgado que ya se sabía de memoria como un mantra, descansaban las otras doce que el Ledger le había escupido en la soledad de su alojamiento en Nerja.

Eran palabras en inglés, términos que había tenido que grabar a fuego en su cerebro para no cometer ni un solo error ortográfico: Forest , Chance , Road …

Se había pasado todo el viaje en coche repitiéndolas en voz alta, agrupándolas de tres en tres hasta que el orden de cada una se volvió tan natural como su propio nombre.

Solo cuando estuvo seguro de que su memoria se había convertido en un disco duro infalible, se atrevió a enterrar la libreta bajo las raíces del pinsapo.

Ahora, aunque le quitaran el Ledger o le molieran a palos, el tesoro solo existía realmente dentro de su cráneo.

Con las manos desnudas y ateridas, se propuso terminar la tarea.

Escarbó en la tierra húmeda y fría con sus propios dedos, lastimándose algunas uñas, antes de enterrar la libreta envuelta en una bolsa de plástico que había sacado previamente de la guantera.

Colocó la piedra encima y disimuló el rastro con agujas secas de pinsapo y un par de ramas muertas.

Fotografió el lugar en su mente para no olvidar su ubicación y se dio por satisfecho con el resultado.

—Si no vuelvo a por ti —susurró, limpiándose las manos manchadas de barro en los pantalones—, espero que te pudras ahí escondida durante los próximos mil años.

Dudó un instante todavía antes de abandonar el lugar.

Se quedó un segundo más en silencio, memorizando la posición exacta respecto a la inclinación del sol y la rama principal del árbol.

Ahora solo llevaba el Ledger vacío en el bolsillo de la chaqueta, un dispositivo en el que podría almacenar ese dinero en un futuro, más o menos próximo si así lo decidía finalmente, pero que hasta entonces solo serviría como señuelo, un trozo de plástico sin alma que no significaba nada.

Justo cuando se disponía a regresar al coche, el silencio de la sierra se quebró en un instante y la adrenalina se le disparó sin darse cuenta, inundando su torrente sanguíneo.

No fue un petardazo ni un grito sobrecogedor lo que le había sobresaltado; fue algo más cercano y habitual lo que le heló la sangre en las venas.

Se trataba del sonido metálico de un motor potente subiendo en marchas cortas, el rugido de un todoterreno que cruzaba la montaña en busca de un claro objetivo.

Diego se quedó congelado un instante, sin saber qué hacer.

El sonido provenía del mismo carril por el que él acababa de subir, y en pocos segundos imaginó que podrían ver su coche, abandonado en el parking más cercano al monumento natural.

Se asomó al borde del terraplén y, a lo lejos, entre el polvo y los matorrales, divisó una mole oscura que avanzaba con una velocidad antinatural para aquel terreno pedregoso.

Alguien llevaba mucha prisa por alcanzar ese enclave y él tenía todas las papeletas para convertirse en presa fácil para unos individuos que no se andarían con tonterías.

Entonces sí que comenzó a sentir de verdad el miedo en sus huesos.

El pánico, el auténtico, ese que te paralizaba los pulmones, le golpeó con saña al percatarse de su situación.

Se acercó corriendo al parking, tirando de adrenalina, y decidió al menos intentar la huida.

Entró en el Focus, arrancó con un chirrido de neumáticos y metió primera sin mirar.

Sabía que no podía volver atrás; el único camino era seguir hacia adelante, un lugar donde la pista podría convertirse en un sendero impracticable.

Una trampa mortal en la que tal vez acabara su aventura, pero todavía no había llegado ese momento.

Aquel mastodonte apareció por el retrovisor apenas dos minutos después.

Diego lamentó en ese instante que no llevaran sirenas o cualquier otro distintivo oficial, al menos sabría a qué atenerse.

Por el contrario, solo pudo fijarse en una mole de acero galvanizado que se acercaba implacable hasta su posición.

Diego no se lo pensó dos veces y pisó el acelerador a fondo, en busca de un imposible.

El Focus saltaba sobre las piedras, el volante vibraba como si quisiera partirle las muñecas y él procuraba sacarle todo el rendimiento posible a un motor ya muy castigado, poco acostumbrado a trabajar en esas condiciones.

Un suicidio en directo que no podría acabar bien.

—¡Vamos, vamos, por favor! —gritaba desesperado, golpeando el salpicadero.

De repente, un estallido seco le sobresaltó tras atravesar el aire con un sonido sibilante, previo al estallido de furia.

El retrovisor lateral derecho saltó en mil pedazos, destrozado por lo que parecía un disparo a no demasiada distancia.

Diego se agachó por instinto, temeroso de las balas, y perdió por un segundo el control del vehículo.

Entonces otro disparo impactó en la chapa trasera de su coche, demostrándole que aquellos tipos no estaban de broma.

No sabía si habían fallado a propósito, solo con la intención de que se detuviera para no sufrir más daños, o el traqueteo y la conducción en terreno tan escarpado les había hecho errar en su objetivo, un tiro al blanco demasiado evidente.

Tal vez no quisieran matarle, pero eso tampoco le ayudaba a calmarse.

Si se limitaban a marcar el territorio, a obligarle a parar en su alocada huida, tampoco le beneficiaba en absoluto.

Muy al contrario, se encontraría a merced de unos depredadores que podían deshacerse de él a la menor oportunidad.

Tampoco le dio tiempo a elucubrar mucho más en este sentido, ni a pensar si sería buena idea detenerse y entregarse a la buena voluntad de unos tipos que le disparaban desde su vehículo.

Fue el destino el que decidió por él, o quizá esa providencia que actuaba con su propio y azaroso libre albedrío, la que le impidió continuar.

Diego llegó a una curva cerrada donde el barranco se abría a su izquierda, una caída de cincuenta metros de roca y matorral de la que no tendría escapatoria.

No pudo esquivar una piedra del tamaño de un melón, que golpeó los bajos del Focus con un estruendo metálico final.

La dirección asistida dejó de funcionar y el coche se le fue hacia la derecha, perdiendo momentáneamente el control del vehículo.

De pronto, el coche se trastabilló en todas direcciones y acabó encajándose con un golpe seco entre dos grandes rocas calizas.

El motor se caló a continuación, justo cuando un humo blanco y acre empezó a salir del capó.

El Focus le había hecho su último servicio, había que buscar otra salida para librarse de sus perseguidores.

Diego no esperó a que lo capturaran allí encerrado.

Empujó la puerta del conductor como pudo, que apenas se abrió unos centímetros al estar pegada contra la roca, y salió a trompicones del habitáculo, desgarrándose la camisa en el intento.

Escuchó detenerse al todoterreno a escasos metros de su ubicación y se le ocurrió mirar un instante en esa dirección.