El camino a ninguna parte #2
Sacó a continuación la libreta negra de debajo de su camisa y comprobó que el papel estaba ligeramente ondulado por el sudor de su cuerpo.
Al abrirla se topó con su dulce condena: las doce palabras clave, escritas con su letra de calígrafo judicial, parecían brillar con una luz propia y peligrosa.
Esa luz poderosa que atraería la desgracia sobre él, sin saber que iba a cometer otra equivocación que tal vez le salvara la vida.
—Tengo que saber si sigue ahí —murmuró en voz baja, sabiendo que era una tontería.
La duda era un ácido que le quemaba las entrañas.
Sabía que no debía encender el teléfono para no atraer miradas sobre él y su actual posición, pero no fue capaz de evitarlo.
Tal vez encendiera una bengala en medio de la noche que atraería a polillas indeseables sobre su persona, pero la necesidad de confirmar que el botín no se había esfumado en el limbo digital era superior a su prudencia.
Con las manos temblorosas sacó el teléfono que se había agenciado para emergencias tras dejar el suyo en casa.
Un dispositivo sin acceso a redes sociales ni otras aplicaciones típicas de los smartphones , la manera más fácil de que le localizaran si cometía ese desliz.
Guardaba en su memoria un único programa financiero que esperaba que pudiera sacarle de dudas.
Desde ahí no podía conectarse a través de la VPN que tenía instalada en su portátil, pero se dijo que solo sería un momento.
Un error que no calculó en su justa medida, pero la angustia lo estaba devorando por dentro.
Lo encendió con una pizca de miedo y esperó a que las barras de cobertura parpadearan con una señal débil, apenas un hilo de conexión satelital que bailaba en el borde del abismo.
Allá arriba la conexión no era muy buena ni tampoco estable, pero le tendría que servir para una última comprobación antes de lanzarse a la piscina.
A pesar de los nervios, y tras un par de intentos infructuosos, Diego consiguió acceder al Blockchain Explorer.
Había llegado el momento de la verdad. Sus dedos temblorosos teclearon la dirección de la cartera judicial, otro dato que almacenaba en su memoria por su propia seguridad.
Durante unos segundos el icono de carga giró lentamente, intentando conectarse, en un círculo infinito que parecía burlarse de su ansiedad.
Finalmente, la pantalla de inicio se le mostró en todo su esplendor, tras un amago de desconexión que le hizo soltar un grito.
Allí estaba su salvación, la llave del éxito, el saldo equivalente a veinticinco millones de euros.
Los activos seguían allí, anclados en la cadena de bloques, imperturbables ante la tragedia humana que estaban desencadenando a su alrededor.
Nadie los había movido todavía; el tesoro seguía esperando a que él diera el paso definitivo con su Ledger.
Su organismo sufrió entonces una extraña sacudida.
Un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la sierra le recorrió la espalda desde el cuello hasta el coxis, con un hormigueo insano que le dejó mal cuerpo.
Miró el Ledger que descansaba en la guantera; sacó el dispositivo de su empaque original y se lo guardó en el bolsillo.
Era un trozo de plástico y metal negro configurado con su propia contraseña, pero todavía huérfano de fondos.
Un recipiente vacío esperando el diluvio de oro digital.
Aún no se había atrevido a volcar los activos en el dispositivo, haciéndose de verdad con el botín y custodiándolo como si fuera su único propietario.
Acometer ese paso definitivo no tendría vuelta atrás.
Hacerlo significaba que el dinero ya no sería un concepto abstracto, algo virtual flotando en una nube de datos, sino algo físico que llevaría en el bolsillo como cualquier ricachón de los que pululaban por rincones como Puerto Banús, Montecarlo o Dubái.
De repente, la paranoia regresó a su mente con una fuerza inusitada.
¿Había tardado demasiado en conectarse y visualizar los activos digitales?
¿Había sido el ping de la conexión lo suficientemente largo como para que alguien lo rastreara?
Le daba igual que se tratase de la policía, los verdaderos dueños del dinero o quien fuera esa gente que le vigilaba desde hacía tiempo.
Si le pillaban allí, parado como un pasmarote, el juego habría terminado para siempre.
Alarcón miró hacia la carretera en cuesta, fijándose en la curva cerrada que acababa de subir antes de detenerse en aquel inhóspito paraje.
Le pareció distinguir un destello metálico a lo lejos, quizá un reflejo del sol sobre un parabrisas, pero decidió que solo era su imaginación.
La carretera estaba desierta y nadie le perseguía, al menos de momento.
Apagó el teléfono con tal violencia que casi se le resbaló de las manos; no podía perder más el tiempo.
Guardó la libreta y sintió que el pozo de nieve a sus espaldas le observaba como un testigo mudo de su perdición, un ente silencioso que nunca le delataría.
Se olvidó de tonterías y comenzó a moverse, apremiado por la urgencia del momento.
Y es que el miedo que se había vuelto a apoderar de sus gestos le avisaba de que cada instante de inmovilidad se podía convertir en un segundo que le restara de vida.
—Tengo que llegar lo antes posible a Ronda —se recordó, volviendo al asiento del conductor—. En la finca de los tíos de Ángela estaré a salvo. Solo tengo que cruzar este maldito laberinto sin perderme, ya no queda nada.
Sabía que era una tontería, que insuflarse ánimos de ese modo no iba a salvarle del desastre llegado el caso.
Pero era la única manera que había encontrado para no pensar en las consecuencias de sus actos.
Arrancó el motor con una pizca de indeterminación y su rugido apagado, sonando en medio de aquella soledad milenaria, le dio un mal pálpito.
Como si aquel sonido constante pareciera una lejana llamada de socorro, un toque de atención para cualquiera que estuviera escuchando en la lejanía.
Minutos más tarde, Diego se vio conduciendo por una pista forestal, un carril de tierra y piedra suelta que se internaba hacia los alrededores del Pinsapo de las Escaleretas, uno de los iconos de la Sierra de las Nieves.
Conocía bien este camino de sus años de juventud, cuando el aire de la sierra era todavía un bálsamo y no ese oxígeno denso que ahora le costaba tragar.
Una zona agreste, salvaje, que se había convertido con el paso del tiempo en un enclave demasiado turístico en su opinión, pero que todavía guardaba en su entorno sitios más apartados que podrían servirle para sus propósitos.
El coche traqueteaba, y cada golpe de la suspensión contra las piedras del camino le hacía castañetear los dientes, en un estado febril que le atormentaba cada vez más, esperando cruzarse con enemigos en cada recoveco de aquel camino de cabras.
Al menos, había logrado alcanzar la primera parada de su camino, ahora tendría que buscar el sitio adecuado para el propósito que le había llevado hasta allí arriba.
Por fin llegó al parking de la zona recreativa, donde aparcó de cualquier manera y apagó el motor.
A escasa distancia se distinguía el claro donde se alzaba el gigante milenario, un árbol al que se aferraría con todas sus fuerzas si así pudiera mitigar sus temores.
El impresionante Pinsapo de las Escaleretas se erguía ante él sereno y tranquilo, con una majestuosidad indiferente a las miserias de los hombres, altivo y soberbio desde su atalaya de superioridad.
Sus ramas, dispuestas como peldaños hacia un cielo que comenzaba a clarear, proyectaban una sombra vasta y protectora sobre sus hijos adoptivos.
Lamentablemente, el pobre pinsapo ya no se encontraba tan lozano como lo recordaba de su juventud.
Ese abeto excepcional, de unos quinientos años de edad, era una reliquia botánica de la era glacial, con casi treinta metros de altura y un tronco de gran circunferencia, unos cinco metros aproximadamente.
Fue declarado monumento natural andaluz en 2001 por su valor y singularidad, pero se estaba muriendo poco a poco.
Así lo atestiguaban algunas de sus ramas, ya podridas, que parecían a punto de quebrarse por su estado.
Por eso las autoridades habían instalado un pequeño mirador de madera para poder observar el pinsapo desde poca distancia, pero sin alterar su frágil equilibrio.
De hecho, se desaconsejaba bajar hasta su base o deambular por allí, por el peligro del desprendimiento de grandes ramas que podían provocar una desgracia.
En su momento, a Diego le había parecido el entorno ideal para sentirse protegido en plena naturaleza, en busca de esa comunión intrínseca con la que olvidarse de sus penas.
Se olvidó de las indicaciones de precaución en la zona y bajó hasta encontrarse al lado del árbol.
Sin miedo a recibir un golpe inesperado en la cabeza por la caída de alguna rama podrida, se acercó un poco más y rozó con las yemas de los dedos su tronco rugoso.
De ese modo pudo sentir en la piel la fuerza interna de un ser vivo poderoso que permanecía allí, erguido y orgulloso, desde tiempos inmemoriales.
La paranoia que le nublaba los sentidos se mutó entonces en una lucidez desesperada por recuperar el control de sus actos.
Se llevó la mano al pecho y sacó la libreta, había llegado el momento de desprenderse de ella.
De todas maneras, de momento recordaba perfectamente todas las palabras que conformaban la frase semilla, pero nunca venía de más tener un seguro de vida, por si acaso.