El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) El camino a ninguna parte
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El camino a ninguna parte

Se tumbó en el incómodo camastro, pero fue incapaz de conciliar el sueño.

Llevaba horas con los ojos clavados en las grietas del techo, pendiente de un minutero que se movía a una velocidad más lenta de lo habitual, al menos según su parecer.

Cuando no pudo soportar más aquella tensión interna, decidió moverse.

La oscuridad de la noche había dado paso a un entorno gris ceniciento que todavía no anunciaba el amanecer, que a esas latitudes y en pleno mes de diciembre se retrasaría aún, pero no podía más.

La espera le estaba matando, así que levantó el campamento, terminó de empaquetar sus pocas pertenencias y salió de allí con la intención de no regresar jamás.

Esperaba que la bruma matinal le permitiera alejarse sin llamar mucho la atención y, a la vez, le ayudara a camuflarse sin delatar demasiado su silueta ni la de su viejo coche.

Cuando por fin se puso en marcha, el cierre de la puerta del Focus le retumbó en los oídos como si fuera el disparo de una ejecución.

Hasta ahí llegaba su estado de nervios, mientras sus ojos intentaban aclimatarse a la oscuridad y buscaban cualquier señal de que alguien le estuviera esperando para abalanzarse sobre él sin piedad.

Atravesó Nerja en silencio, con las luces del vehículo encendidas y a velocidad moderada para no cometer la torpeza de que le pararan por cualquier infracción menor de tráfico.

La ciudad estaba en calma y solo se veía en la calle a algún barrendero que empezaba su turno o repartidores que habían madrugado para comenzar su tarea con las primeras luces del alba, algo normal al comenzar una jornada festiva en todo el país.

Se congratuló por haber podido escapar de un lugar donde se sentía vigilado, la misma sensación que había tenido en el juzgado durante las últimas semanas.

Algo que no se inventaba ni estaba en su imaginación, aunque él no lo supiera bien a ciencia cierta.

Y sobre todo, ajeno a que cualquier movimiento suyo pudiera seguirse en tiempo real, gracias a la baliza que le habían colocado sin su conocimiento en su Focus de segunda mano.

Decidió no acercarse por la A-7, la autovía era la trampa ideal para que su matrícula saltara en cualquier cámara o radar de tráfico, enviando una alerta a las autoridades.

Ya no podía dar marcha atrás y elegir otro vehículo de huida, sabía que las prisas le habían hecho cometer una terrible equivocación, pero la asumiría hasta las últimas consecuencias.

En su lugar, giró el volante hacia el interior, buscando caminos menos transitados, en dirección a Frigiliana, dejando atrás ese Mediterráneo que empezaba a teñirse de un azul eléctrico.

El coche jadeó en las primeras rampas hacia los montes de la Axarquía, pero no podía rendirse tan fácilmente.

Sus ojos saltaban constantemente del asfalto al retrovisor, buscando unos faros que no llegaban, una sombra que confirmara que su libertad era tan solo un espejismo.

Al menos, durante ese primer tramo de travesía parecía que se encontraba solo, tendría que aprovechar el momento.

Sus pensamientos comenzaron entonces a disociarse, haciéndole distraerse de la conducción, algo peligroso en carreteras no convencionales.

Sintió la pequeña libreta de piel negra contra el pecho, justo encima del corazón.

El sudor frío propiciado por sus nervios y el relente de la madrugada consiguieron algo que no esperaba, que el cuadernillo se le pegara a la piel de un modo harto incómodo.

De hecho, cada vez que el coche cogía un bache, el dolor sordo del roce del cuero contra su tetilla le recordaba que llevaba ahí encerrada la promesa de veinticinco millones de euros escrita en una caligrafía temblorosa a lo largo de las benditas palabras de la frase semilla.

Se había convertido en una carga física, pero también en un dilema moral, un tumor de papel que le estaba devorando la conciencia, amenazando con hacer metástasis en su organismo.

—Solo un poco más, Diego. Ya queda menos para alcanzar la gloria —quiso animarse entre susurros, aunque su propia voz le resultó algo extraña, como la de un náufrago que había olvidado cómo hablar después de una larga travesía por mares insondables.

Pasó minutos después por las cercanías de Frigiliana, sin querer fijarse demasiado en las peculiares construcciones que hacían de aquella población un enclave tan especial.

Muy al contrario, sus famosas casas blancas se le asemejaban a inmensas lápidas bajo la luz mortecina, un pensamiento que tuvo que alejar de su mente para seguir avanzando.

La campiña de la Axarquía se volvió más abrupta unos kilómetros más allá, siempre transitando por carreteras secundarias en dirección oeste.

El entorno se hizo más agreste, lleno de olivos abandonados y vides retorcidas que parecían manos suplicantes saliendo de la tierra, en medio de un paisaje que le dio malas vibraciones.

Desechó esas sensaciones y prefirió recordar detalles más agradables que le devolvieran, al menos durante unos minutos, un poco de serenidad de ánimo.

Evocó la risa de su mujer o la calidez de su hogar en San Pedro de Alcántara.

Sonrió al rememorar esas tranquilas mañanas de domingo que ahora pertenecían a una vida anterior, a otro hombre que no tenía las manos manchadas de una ambición que le había devorado por dentro sin percatarse.

Se le pasó por la cabeza, por un instante fugaz y doloroso, dar media vuelta y acabar con todo.

Conducir hasta el puesto de la Guardia Civil más cercano, entrar por la puerta principal y soltar la libreta sobre el mostrador.

«Soy Diego Alarcón, el fugado que andan buscando.

Me he equivocado y asumo toda la responsabilidad sobre los errores que he cometido.

Aquí está la prueba que necesitan», diría antes siquiera de que le reconocieran al llegar.

Pero entonces visualizó unas siluetas grisáceas que le perseguían en sueños, la de aquellos hombres que no conocía pero que sentía respirar en su nuca desde que el juez Valcárcel fue asesinado en su propia casa.

Se dio cuenta de la paradoja, ni siquiera tenía la opción de entregarse.

Aquello no se convertiría en la solución, no era tan inocente.

En ese mundo corrupto en el que había querido hacerse el más listo, los que se arrepentían solían terminar enterrados en una zanja antes de asomar siquiera por el juzgado de guardia.

Al dejar atrás Vélez-Málaga decidió internarse un poco más al norte y atravesar la comarca por caminos menos transitados, en busca de un destino concreto.

Pretendía alejarse todo lo que pudiera de zonas urbanas repletas de cámaras, por lo que pensó en rodear la capital por las carreteras secundarias que bordeaban los montes, justo cuando comenzó a clarear un poco más por el horizonte.

El asfalto, desgastado y cuarteado por su falta de mantenimiento, reflejaba una luz mortecina que avisaba del sol que estaba por aparecer en breve.

Su mente pensó en las gafas de sol, un complemento que no necesitaba de momento, y la mirada se le desvió a la derecha, hacia la guantera.

Allí mismo, en un compartimiento bajo llave, el Ledger que había comprado en aquella tienda pretenciosa de Puerto Banús permanecía en su embalaje original.

Y en aquella pequeña caja de cartón guardaba un trozo de plástico y metal que podría ser su perdición.

Ese monedero del diablo que le tentaba desde su atalaya moral, prometiéndole la vida padre en paraísos fiscales y un olvido que, de momento, comenzaba a sentir más como una condena a muerte que como una liberación de su anodina existencia.

El camino se le hizo un poco pesado, por lo que decidió cambiar de estrategia.

A ese paso no iba a llegar nunca a su destino, todavía le quedaba un buen trecho.

Así que, una vez sobrepasada Málaga, no le quedó más remedio que adentrarse en la autovía A-357.

Tendría cuidado al conducir por allí, sin rebasar los límites de velocidad, sabiendo que en cualquier momento una patrulla podía darle el alto y todo habría terminado.

Se la jugó confiando en su buena fortuna para acercarse desde el norte y bajar después hacia Coín.

Un nudo de comunicaciones vital en la región y la puerta de entrada hacia un enclave muy especial para él: la Sierra de las Nieves.

Un terreno conocido que le traía muy buenos recuerdos y el sitio ideal para perderse y, a la vez, para esconder lo que le quemaba en el pecho.

Su seguro de vida por si alguien le interceptaba en algún momento de su periplo.

El ascenso hacia el corazón de la Sierra de las Nieves se convirtió en todo un ejercicio de aislamiento y retrospección.

A medida que el Focus dejaba atrás la civilización de Coín, la carretera se retorcía sobre sí misma, trepando por laderas donde la roca caliza empezaba a devorar el verde de los pinsapos, esos peculiares árboles, auténticos pinos autóctonos de la región.

Diego se detuvo en un apartadero cerca de un antiguo pozo de nieve, una construcción circular de piedra que antaño guardaba el hielo para las ciudades de la costa, según le habían contado de pequeño.

Una imagen que primero le transportó a su niñez, pero enseguida se le borró la sonrisa del semblante.

Y es que ahora, bajo la luz cruda de una mañana por abrir, aquel pozo parecía una sima peligrosa, una boca terrible con las fauces abiertas esperando tragarse sus secretos.

Bajó del coche y el aire gélido de la altitud le golpeó en la cara, cortándole la respiración por un segundo.

El silencio era absoluto en aquel enclave apartado, apenas roto por el crujido de sus pasos sobre la grava y el lejano graznido de un cuervo.

Diego se apoyó en el capó caliente del coche, tiritando a pesar de la chaqueta de invierno, y buscó el objeto que se había convertido en su perdición.